ARGUMENTOS
Comunalismo Hispano. Una hipótesis política
Frente al liberalismo individualista y al estatismo absorbente, el comunalismo hispano propone una tradición política basada en la comunidad, la autogestión y el bien común.
Una intuición política olvidada
Cuando se decidió la autodisolución de la FE de las JONS Auténtica, un camarada de FEI (Falange Española Independiente) me comentó con cierta sorna cómo, en el congreso de Zaragoza de 1979, un grupo de camaradas “auténticos” propuso mantener la organización cambiando nombres y simbología. El nombre propuesto para el nuevo partido, o movimiento, sería el de Movimiento Comunal de los Pueblos Ibéricos. A mí, sinceramente, me pareció que los camaradas “rivales” no estaban descaminados e, incluso, podían, por ese camino, profundizar en la autenticidad.
¿Por qué era adecuado este nombre?
Pocos saben, o tienen en cuenta, que hubo una modernidad hispana, alternativa y distinta del modelo ilustrado, calvinista y anglosajón que prevaleció en el norte de Europa y en Estados Unidos. Esta corriente nuestra se basaba en una cosmovisión netamente hispánica, y también hispanoamericana, donde el comunalismo —tanto el tradicional en nuestra península como el del otro lado del Atlántico, el de la América mestiza—, dentro de un marco espiritual de afirmación católica y unido a la herencia corporativa de nuestras Cortes, hermandades y cofradías, se contraponía al liberalismo individualista y a la modernidad materialista anglosajona.
La modernidad hispana frente al individualismo liberal
La modernidad hispana, heredera de la Contrarreforma (con notables influencias jesuíticas), valora y potencia aquel comunalismo donde la organización social, la comunidad de fe y el “bien común” tienen primacía sobre el individuo. Aunque derrotada económicamente por el capitalismo anglo-protestante, la modernidad hispana ha prevalecido culturalmente a través de una identidad tan patente como el barroco hispanoamericano y esa capacidad sin igual de crear unidad y síntesis a partir de la heterogeneidad, configurando un ethos propio.
José Luis Rubio Cordón y Manuel Lizcano Pellón son dos intelectuales fundamentales para entender la propuesta de una “vía hispana” basada en el comunalismo frente al individualismo liberal. Ambos formaron parte de una generación que, desde mediados del siglo XX, buscó en las raíces históricas de España e Iberoamérica un modelo de organización social alternativo a la modernidad anglosajona.
Lizcano Pellón es el teórico de la comunalidad o el “Mancomún”. Su obra se centra en rescatar una identidad iberoamericana que no se define por el consumo o el contrato social frío, sino por vínculos espirituales y colectivos.
El Mancomún y la raíz popular española
El Mancomún sostiene que las formas de vida comunales son las señas de identidad que han vertebrado la historia hispánica, actuando como resistencia frente a la atomización del individuo liberal. Rubio Cordón, afiliado al FSR de la mano de Narciso Perales, enfocó su pensamiento en la dimensión política y social de la comunidad iberoamericana.
El comunalismo y el concepto moderno de autogestión tienen puntos de encuentro profundos con la tradición española más popular y genuina. Esa misma tradición que defendía el carlismo popular —fenómeno mucho más profundo que la cuestión dinástica del siglo XIX— y aquel denominado federalismo autogestionario, que algo torpemente y no exento de oportunismo político interpretaron los seguidores de Carlos Hugo de Borbón.
Por esa época de finales de los setenta, también los sectores de la Falange más vital, así como los resucitadores del Partido Sindicalista, defendían modelos comunales y autogestionarios. En dichos movimientos prestaron atención y sometieron a crítica al modelo yugoslavo y a algunas experiencias en la América hispana (caso del Perú de Alvarado).
Se rechazaba al Estado liberal centralista y a cualquier forma de dictadura, y se buscaba en las instituciones históricas una base para la democracia social. El modelo se basaba, por lo tanto, en principios y fundamentos que habrían de hacer efectiva la autonomía de los grupos sociales. Se trataba de dar fuerza y poder a la base: ya sea a través del sindicato y el municipio (falangistas), o del fuero (carlistas), o la comuna (anarcosindicalistas).
Principios fundamentales de la propuesta comunalista
Algunos de los ejes de esta propuesta política eran los siguientes:
- Sociedad frente a estatismo absorbente: tanto Lizcano Pellón como Rubio Cordón defendieron que la soberanía reside en la sociedad y en sus comunidades naturales (municipios, gremios, pueblos), no en un Estado abstracto.
- Este “sociedadismo” sintoniza directamente con el principio de subsidiariedad carlista; así como —aunque a algunos, sobre todo a los muy ramiristas, parezca contradictorio— con la idea tan joseantoniana de descargar al Estado de funciones que éste había asumido, inherentes a otros entes intermedios.
- España, para José Antonio, era una unidad de destino donde la sociedad se integraba mediante la representación orgánica.
- Había que revitalizar las unidades naturales de organización social —la familia, el municipio, el sindicato—. Pensaba José Antonio que éstas habían de recuperar sus funciones originales, que les habían sido arrebatadas por el Estado liberal. Ello no debilitaba la naturaleza del Estado, sino que la hacía más fuerte, por cuanto éste solo se justifica en cuanto instrumento al servicio de esa unidad de destino a la que están llamados los grupos anteriores al propio Estado.
- La tradición era ahora propuesta como revolución. La tradición no era inmovilismo, sino el rescate de las libertades concretas frente al absolutismo y el liberalismo. Manuel Lizcano Pellón veía en el Mancomún una forma de “comunismo hispánico” tradicional, que permitía una modernidad libertaria sin pasar por el individualismo capitalista.
- Anticapitalismo y anticolonialismo: José Luis Rubio Cordón, en su ensayo de la “Rebelión Mestiza”, conectaba con aquella tradición popular que defendía sus viejos fueros como garantía de autogobierno frente a la dictadura del mercado y la burocracia.
- El capitalismo también era visto por Cordón como una “invasión extranjera” —cultural y económica— que destruyó la red de solidaridad comunitaria. La tradición popular hispana, en su defensa de los bienes comunales y los pastos colectivos, servía de precedente histórico para su propuesta de comunalismo.
- Democracia directa y participativa: las decisiones importantes se toman en asambleas o consejos donde todos los integrantes tienen voz y voto.
- Propiedad y gestión colectiva: los medios de producción, el territorio o los servicios son controlados por la comunidad para el beneficio de todos, no para el lucro individual.
- Apoyo mutuo: fomenta la solidaridad y la cooperación entre vecinos para resolver necesidades básicas —vivienda, alimentación, educación— mediante el trabajo conjunto. Análogo al mutualismo proudhoniano.
- Autonomía: busca reducir la dependencia del Estado y del sistema capitalista, creando redes propias de subsistencia y gobernanza.
Proyectos heterodoxos en la España de la Transición
En la España de la Transición hubo, ciertamente, proyectos originales juzgados como heterodoxos que, pese a sus diferencias, compartían una misma insatisfacción con el liberalismo clásico y con el franquismo institucional.
El carlismo renovado, el sindicalismo neopestañista y el sector auténtico de la Falange defendían tradiciones distintas —acaso no tanto—, pero coincidían en tres ejes: autogestión, concepción orgánica de la sociedad e inspiración cristiana (indiscutible en el caso de Rubio Cordón y algún otro líder del Partido Sindicalista Autogestionario —hijo del FSR y de Pestaña—).
La hipótesis de una gran convergencia política
¿Qué habría resultado de una fusión política sobre esas bases?
1) Un modelo económico autogestionario de raíz comunitaria:
- La idea de propiedad social y gestión directa por los trabajadores; la subordinación de la propiedad al bien común y el énfasis sindical.
- Una síntesis plausible habría combinado empresas cooperativas y cogestión obligatoria en sectores estratégicos, con representación de trabajadores, técnicos y comunidad local.
- No sería capitalismo liberal ni planificación estatal rígida, sino una economía de comunidades productivas articuladas en federaciones sectoriales.
- La banca podría haberse orientado hacia cajas de crédito territoriales y fondos mutuales.
- Resultado probable: un proyecto atractivo para obreros descontentos con el capitalismo y también para sectores tradicionalistas que recelaban del marxismo.
2) Una sociedad orgánica y una democracia estructurada.
- Partiendo de la crítica al individualismo político, se podría haber diseñado una democracia orgánica auténtica y participativa: representación por municipios, sindicatos, cooperativas y regiones históricas.
- Con una Cámara territorial (eco del federalismo carlista) y una Cámara socio-profesional (eco del corporativismo falangista democratizado).
3) En lugar de partidos como único canal de representación, el sistema integraría cuerpos intermedios con legitimidad electoral interna.
- La clave estaría en evitar la deriva autoritaria que históricamente afectó al corporativismo, incorporando garantías pluralistas.
- Resultado probable: una arquitectura institucional original, compleja y difícil de encajar en el consenso constitucional de 1978.
4) Inspiración cristiana como marco ético.
- La convergencia encontraría un suelo común en el personalismo cristiano: centralidad de la dignidad humana, primacía del bien común sobre el lucro, justicia social y solidaridad interterritorial.
- El clima del Concilio Vaticano II, que tanto sigue molestando a los sectores más reaccionarios e integristas, y que inspiró a los renovadores del carlismo frente a los ultramontanos, aportaría una lectura social avanzada que hubiera desenmascarado a los tradicionalistas más farisaicos.
- La Falange, fiel a su historia, habría aportado una ética de servicio y defensa de la comunidad nacional y la justicia social.
- El resultado sería un cristianismo político, no confesional de Estado, pero sí culturalmente explícito.
- Resultado probable: apoyo en sectores católicos sociales; resistencia en ámbitos laicistas, en la derecha liberal capitalista y en la izquierda marxista.
5) La cuestión territorial.
- Habría una conjunción entre una tradición federal y foral —que habría que actualizar, sacándola del medievo— y un espíritu de unidad nacional fuerte.
- Una fórmula de compromiso podría haber sido una España de regiones y confederaciones de municipios con amplia autonomía económica, administrativa y cultural, pero integradas en un proyecto nacional solidario y en una planificación estratégica común.
- Es decir, federalismo funcional con cohesión nacional explícita.
- Resultado probable: fricciones internas debidas a recelos antiguos, pero también capacidad de atraer tanto a regionalistas no independentistas como a nacionalistas españoles con claro compromiso social.
5) Posicionamiento político.
- A la izquierda del conservadurismo liberal.
- Distinto del marxismo de los comunistas; competidor de la izquierda en el mundo obrero, pero con identidad personalista cristiana —tan legítima como cualquier otra inspiración filosófica, sin caer, por ello, en un innecesario confesionalismo—.
- Opuesto al centralismo autoritario y también al nacionalismo excluyente.
La prueba decisiva: empleo, cooperativas y legitimidad social
Y si, al mismo tiempo, se hubiera actuado en las crisis propiciadas por quienes vendieron a nuestra patria —por ejemplo: proponiendo una reconversión de astilleros en empresas cooperativas; o una siderurgia parcialmente autogestionada; o la creación de empresas auxiliares en minería—, ¿qué habría cambiado?
- Se hubiera tenido una legitimidad práctica. No sería un discurso ideológico, sino: hemos salvado empleos sin el Estado ni multinacionales.
- Si, además, se hubieran creado veinte o treinta cooperativas sólidas en zonas industriales —tipo Mondragón—, se habrían generado cuadros técnicos propios; habría una militancia vinculada a empleo real.
- Igualmente, se podrían haber lanzado una federación municipalista, una plataforma económica autogestionaria y un partido o movimiento político con base productiva real.
Una fusión de fuerzas políticas basada en la autogestión, el organicismo social y fundamentada en el personalismo de inspiración cristiana tradicional habría producido un proyecto singular: comunitarista, social y nacional.
En un artículo anterior ya comentamos los requisitos para que algo así pudiera tener éxito en el contexto actual. Pero es una hipótesis que conviene seguir teniendo en cuenta.
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