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¿Podría triunfar hoy un programa como el de FE-JONS Auténtica?

El texto analiza si un proyecto como el de FE-JONS Auténtica tendría hoy viabilidad real, a la luz de la transformación del trabajo, la persistencia del Estado liberal y los límites culturales de la sociedad contemporánea.

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¿Podría triunfar hoy un programa como el de FE-JONS Auténtica?

Contexto histórico y pregunta de partida.

Durante la Transición española existieron proyectos políticos que no encajaban ni en el liberalismo parlamentario emergente ni en la izquierda marxista clásica. Entre ellos destacó la FE de las JONS (Auténtica), con el falangismo oficial, que defendía una reorganización política basada en la comunidad orgánica, el sindicalismo autogestionario y la representación funcional. Medio siglo después, la pregunta reaparece con un matiz inevitablemente analítico: ¿podría hoy encontrar viabilidad real un espacio semejante?

La respuesta no depende de la mera voluntad ideológica ni de la perseverancia militante. Depende, sobre todo, de transformaciones materiales y culturales profundas. Más que de liderazgos o siglas, hablamos de estructura social.


La comunidad como base estructural imprescindible.

La comunidad como condición previa. El eje municipalista, comunal o sindical-político que proponía este proyecto exige una base hoy escasa: la comunidad real. No como consigna sentimental, sino como entramado concreto de relaciones duraderas en un territorio vivido y productivamente activo.

Para que un programa de ese tipo encontrara suelo fértil, deberían darse al menos tres condiciones: un territorio experimentado como espacio compartido, y no solo habitado de manera transitoria; relaciones sociales estables, no meras redes digitales efímeras; y una producción local significativa capaz de articular intereses comunes.


Disolución de los vínculos comunitarios.

Sin comunidad concreta, no hay municipalismo sustantivo, ni comunalismo operativo, ni sindicalismo político con base territorial. La sociedad actual, marcada por la movilidad laboral constante, la urbanización difusa y los vínculos mediados por plataformas, fragmenta precisamente aquello que este proyecto necesitaba como fundamento. Donde antes había barrio, fábrica y asociación, hoy predominan trayectorias individuales móviles y pertenencias reversibles.

La re-materialización del trabajo. El segundo pilar era el trabajo organizado como sujeto político. Tanto la tradición sindicalista —la de un sindicalismo como el de Pestaña— como la formulación falangista partían de la idea de que la producción podía articular representación y poder. Para que algo semejante reapareciera, tendrían que confluir trabajo colectivo reconocible, conflictos económicos localizados y capacidad real de control de la producción. Sin densidad material compartida, el sindicato pierde su función vertebradora.


Transformación del trabajo y crisis del sindicalismo.

La economía de plataformas, la precariedad estructural y la fragmentación contractual han diluido el sujeto sindical clásico. Donde antes existían grandes centros industriales, con asambleas presenciales y negociación concentrada, hoy encontramos cadenas logísticas globales y trabajadores aislados, subcontratados o autónomos dependientes. La transnacionalización productiva desplaza el conflicto fuera del ámbito local y dificulta la articulación de una representación funcional coherente.

Sin re-materialización del trabajo, el sindicalismo político pierde su base antropológica: ya no hay experiencia común suficientemente intensa que permita convertir la condición laboral en identidad política total.


Condiciones para una crisis estatal efectiva.

La hipótesis de una crisis estatal operativa. La mera desafección simbólica hacia las instituciones no bastaría para abrir espacio a alternativas estructurales. Históricamente, las fórmulas corporativas o comunitarias florecen cuando el Estado no llega o llega tarde. Para que un programa como el defendido por la FE de las JONS (Auténtica) tuviera oportunidad, debería producirse una crisis funcional real: incapacidad para garantizar servicios básicos, pérdida efectiva de control territorial o apertura de espacios para soluciones no estatales.

En la España actual, pese a tensiones evidentes (presión de los nacionalismos periféricos insolidarios, deterioro progresivo de las instituciones por la corrupción sistémica y la invasión, por parte del ejecutivo, de los otros poderes del Estado —incluida la monarquía inane—), el aparato estatal sigue siendo operativo. Puede ser criticado, pero no ha propiciado aún vacíos sistémicos prolongados. Sin vacío institucional, la alternativa no encuentra necesidad social imperiosa. Mientras el Estado, mal que bien, funcione, la sustitución orgánica carece de urgencia.


El peso del consenso liberal dominante.

El consenso liberal como lenguaje común. Otro requisito sería el colapso cultural del consenso liberal como gramática compartida incluso por sus críticos. Proyectos como el nuestro solo podrían renacer si se volviera pensable, con legitimidad amplia, el antiparlamentarismo, la representación funcional o formas de democracia no individualistas.

Hoy, incluso quienes cuestionan el sistema lo hacen en términos de derechos individuales, representación electoral y pluralismo competitivo. El imaginario dominante no ha sido sustituido; se discute desde dentro. La crítica adopta el lenguaje liberal para impugnarlo, pero rara vez propone su superación estructural.


Individualismo y cultura del no compromiso.

Por otro lado, cada día más, se extiende la cultura del no compromiso. Pocos trabajadores estarían dispuestos a asumir su responsabilidad en empresas autogestionadas donde no existiera un contrato de salariado, sino uno de asociación, con todas las ventajas y todos los inconvenientes que ello conlleva.

Sin ruptura cultural profunda, cualquier intento de introducir esquemas orgánicos y autogestionarios quedaría relegado a minorías ideológicas. No basta con denunciar al parlamentarismo y al capitalismo; es necesario que la sociedad deje de considerarlos como el horizonte natural de legitimidad.


Necesidad de una nueva síntesis cultural.

La necesidad de una nueva síntesis cultural. Incluso si se dieran condiciones materiales favorables, la reedición literal de lenguajes y símbolos de los años treinta a setenta resultaría estéril. No podría reaparecer con imaginarios industriales clásicos ni con retóricas épicas del siglo XX. Un eventual renacimiento exigiría nueva ética del trabajo y del territorio, nuevo imaginario simbólico y nueva legitimidad moral. Sin traducción cultural contemporánea, cualquier intento quedaría confinado a la nostalgia o al ejercicio doctrinal.

El problema no es únicamente político, sino antropológico: la sociedad postindustrial ha transformado la percepción del tiempo, del compromiso y de la identidad colectiva. Sin metabolizar ese giro, no hay posibilidad de síntesis viable.


Errores estratégicos y límites internos del movimiento.

Los errores estructurales del pasado. Más allá de las condiciones externas, nuestro movimiento cometió errores propios que limitaron su alcance:

  1. Falta de sentido de la eficacia política. La FE de las JONS (Auténtica), así como también otras falanges y el refundado Partido Sindicalista, privilegiaron la pureza ideológica y la fidelidad a su genealogía intelectual en detrimento de la construcción de mayorías, los lenguajes híbridos y las alianzas tácticas. Pensaron en términos de doctrina larga en un tiempo político corto.

  2. Análisis erróneo de la Transición. Supusieron que el nuevo régimen liberal sería frágil y no elaboraron una estrategia para operar dentro de un sistema parlamentario estable. Hubo, incluso, quienes en grupúsculos marginales llegaron a apostar por el golpismo —alternativo a la mascarada del 23F—, del brazo de algunos militares, o por métodos revolucionarios calcados de los de la ultraizquierda. El resultado fue quedar fuera sin construir un “afuera” institucionalmente operativo.

  3. Sobreestimación del sujeto social —pueblo español—. En el caso falangista alternativo, se sobrestimó una cierta idea (falsa) de la comunidad nacional (los españoles de a pie); en el caso de otras opciones sindicalistas, no se supo ver la centralidad futura del conflicto laboral clásico. Ambos imaginaron sujetos históricos en declive.

  4. Incapacidad institucional. Paradójicamente, siendo proyectos de institucionalidad alternativa, no lograron crear municipios modelo, sindicatos piloto de escala significativa ni cooperativas económicamente relevantes —existieron los modelos de las cooperativas de Mondragón y de las sociedades laborales de transportes urbanos de Valencia y Almería, pero hubo una falta de implicación militante de los grupos falangistas y sindicalistas que los proponían como modelo—. Sin instituciones propias consolidadas, la teoría quedó suspendida y la militancia se agotó.

  5. Exceso de pasado. Aunque críticos con el franquismo, permanecieron anclados en marcos del siglo XX industrial: nación homogénea, empleo estable, industria localizada. La sociedad, lamentablemente traicionada por sus oligarquías, avanzaba hacia servicios, precariedad, individualización y cultura mediática. No supieron metabolizar ese tránsito.


Obstáculos estructurales en la era de la globalización.

Grandes obstáculos difícilmente superables. Algunos componentes de nuestro planteamiento aparecen como algo históricamente clausurado por la globalización:

  • El sindicato como sujeto político total choca con la fragmentación laboral y la transnacionalización productiva. La democracia orgánica, basada en representación funcional en sustitución del voto individual, en nuestras sociedades complejas se encuentra con grandes obstáculos de carácter cultural y de viabilidad técnica. La comunidad nacional como sujeto orgánico transversal nos la han escamoteado y ya no integra clases ni estructura la economía como en el siglo XX; opera más como identidad disputada que como principio organizador total.

  • Asimismo, el imaginario revolucionario no marxista —con su léxico de destino histórico y comunidad de productores— adolece hoy de falta de traducción movilizadora inmediata. Y la militancia total, disciplinada y doctrinal, resulta difícilmente compatible con economías precarias y vidas fragmentadas. Predominan activismos parciales y compromisos reversibles.


Entre la memoria política y la viabilidad futura.

¿Memoria o posibilidad? El balance es sombrío. Hoy encontramos fragmentos sin síntesis, prácticas dispersas sin teoría común y discursos sin sujeto político estable. Para que un espacio como el que encarnaron los sectores actualizados y revolucionarios de la Falange pudiera adquirir viabilidad estructural serían necesarias, como analizamos anteriormente, una comunidad real, un trabajo colectivo con densidad material, un territorio vivido, una crisis estatal operativa y una ruptura cultural con el liberalismo como lenguaje compartido. No menos importante sería el fervoroso afán colectivo por recuperar la soberanía nacional, buscando alcanzar una masa crítica relevante en el tablero internacional mediante alianzas con otras naciones (fundamentalmente, hispanoamericanas).

Sin esas condiciones, ese espacio seguirá existiendo como memoria difusa o corriente subterránea, pero no como fuerza política estructurada. La cuestión decisiva no es si podría volver por voluntad militante, sino si la estructura social que lo haría pensable puede reaparecer en nuestra sociedad.

Por ahora, esa estructura no está presente. Habría que construirla.

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