ARGUMENTOS

La España que queremos, la España real y la España posible.

Una reflexión serena sobre España: lo que anhelamos, lo que realmente es y lo que aún puede llegar a ser. Un ejercicio de realismo y compromiso que invita a pensar, sin renuncias, pero con sentido de posibilidad.

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La España que queremos, la España real y la España posible.

Este texto es un resumen de un artículo de Luis Fernando de la Sota Salazar, publicado en la revista Cuadernos de Encuentro en 2019. Se puede leer completo en este enlace. Se sugiere participar con comentarios al final del artículo.


España: entre el ideal, la realidad y lo posible

El análisis de la situación de España exige, en primer lugar, una disposición a revisar convicciones asentadas durante años. No se trata de renunciar a ellas, sino de someterlas a contraste con la realidad para evitar que se conviertan en inercias que impidan comprender el presente. Como en cualquier proyecto que aspire a tener recorrido, resulta imprescindible definir una hoja de ruta clara: establecer objetivos, analizar los medios disponibles y asumir las circunstancias que condicionan su consecución.

La metáfora del viaje resulta particularmente ilustrativa. Todo rumbo exige un destino, pero también la capacidad de adaptación a los imprevistos. En la travesía, los cambios de dirección son inevitables —por factores externos o errores de cálculo—, pero lo decisivo es no perder la referencia que orienta el conjunto del recorrido. Incluso cuando no se alcanza el objetivo previsto, el hecho de haberlo intentado con coherencia y determinación constituye, en sí mismo, un valor.

Desde esta perspectiva, el análisis se articula en tres planos complementarios: la España que se desea, la España que existe y la España que resulta posible construir.


La España que queremos

El primer plano remite al ámbito de los principios, las convicciones y los ideales. Históricamente, ha correspondido a los intelectuales la tarea de formular estos marcos de referencia, orientando el debate público y ofreciendo criterios de interpretación. Sin embargo, en el contexto actual, esa función aparece debilitada. Con frecuencia, las reflexiones quedan relegadas al ámbito privado, mientras el espacio público se empobrece en términos de profundidad y rigor.

En ese vacío, adquiere relevancia el papel de iniciativas y espacios que, sin aspirar a la acción directa en el ámbito político, contribuyen al análisis y a la reflexión sobre los problemas del país. Esa labor exige, ante todo, un conocimiento lo más preciso posible de la realidad. Como en el ámbito médico, cualquier diagnóstico requiere datos fiables que eviten errores de apreciación.

La referencia a España como “paciente” subraya la necesidad de un examen global: político, económico, social e internacional. Solo desde una visión de conjunto es posible evitar que las emociones, las nostalgias o los deseos condicionen de forma excesiva el análisis. La advertencia de que los españoles, en ocasiones, no comprenden lo que les sucede mantiene su vigencia si no se realiza ese esfuerzo de objetivación.

La España que se desea se construye a partir de un conjunto de valores que han estado presentes en distintos momentos históricos y que siguen conservando actualidad. Entre ellos, destaca la centralidad de la persona como eje de la acción política, entendida no como un elemento abstracto, sino como sujeto concreto de derechos y deberes.

Junto a ello, se sitúa la idea de España como comunidad que, sin renunciar a su diversidad, mantiene una unidad sustancial. Este principio no excluye el reconocimiento de las diferencias, pero sí rechaza su utilización como elemento de fractura.

Otro componente esencial es la exigencia de una política social orientada a corregir desigualdades y a garantizar condiciones de vida dignas. Esta dimensión se complementa con una concepción de la política como servicio, frente a su degradación en instrumento de beneficio personal o de promoción individual.

Asimismo, se reivindica un modelo de conducta basado en la sobriedad, la austeridad y la honestidad, no solo como virtudes individuales, sino como fundamentos de una sociedad cohesionada. La aspiración a una comunidad rica en valores morales, éticos y culturales forma parte de este horizonte.

Sin embargo, el contraste con la realidad obliga a reconocer que una parte significativa de la sociedad no comparte plenamente estos principios o no los sitúa entre sus prioridades. Esta constatación introduce un elemento de complejidad que impide plantear el ideal en términos exclusivamente normativos.


La España real

El segundo plano del análisis se centra en la situación efectiva del país. España presenta, sin duda, aspectos positivos: niveles de desarrollo relevantes, una sociedad capaz de movilizarse solidariamente ante situaciones de emergencia y una trayectoria histórica que incluye momentos de gran relevancia.

No obstante, junto a estas fortalezas aparecen debilidades significativas. El sistema político muestra signos de fragilidad, tanto en su funcionamiento como en la calidad de sus liderazgos. La falta de sentido de Estado en determinadas decisiones contribuye a erosionar la confianza institucional.

Uno de los elementos más sensibles es la progresiva desnaturalización del espíritu de la Transición. A pesar de sus limitaciones, aquel periodo permitió establecer un marco de convivencia basado en el consenso. La reaparición de tensiones que se creían superadas pone de manifiesto la fragilidad de algunos equilibrios.

A este escenario se suma una percepción creciente de pérdida de valores. Este fenómeno se manifiesta en diversos ámbitos: en los medios de comunicación, en la producción cultural y en la vida cotidiana. La tendencia a relativizar principios éticos o a justificar conductas cuestionables contribuye a generar una sensación de desorientación.

En este contexto, resulta especialmente relevante evitar que la frustración derive en una visión distorsionada de la realidad. La idea de que los esfuerzos sin resultado conducen a la melancolía ilustra el riesgo de centrar la atención en cuestiones inmodificables, descuidando otros ámbitos en los que sí es posible actuar.

Una de las claves del análisis consiste en asumir que la mayoría social se inclina por soluciones reformistas, alejadas de planteamientos rupturistas. Este dato condiciona la viabilidad de determinadas propuestas y obliga a replantear las prioridades.

Desde esta perspectiva, diversos elementos estructurales deben ser abordados con realismo. La monarquía parlamentaria constituye un componente consolidado del sistema institucional. Su cuestionamiento puede formar parte del debate, pero su existencia responde a una realidad política y jurídica difícilmente eludible en el corto plazo.

La Constitución, por su parte, ha demostrado ser un instrumento eficaz de articulación del sistema. Sus posibles deficiencias no invalidan su papel como marco de referencia. La alternativa a su cumplimiento no puede ser su sustitución inmediata, sino, en todo caso, su reforma en aspectos concretos mediante procedimientos acordes con el propio ordenamiento.

El modelo autonómico representa otro de los ejes del sistema. A pesar de las críticas que suscita, su implantación ha generado una estructura institucional que cuenta con respaldo social en amplios sectores. La reversibilidad de este modelo resulta, por tanto, limitada, lo que no excluye la posibilidad de ajustes en su funcionamiento.

En cuanto a los partidos políticos, su papel como instrumentos de representación resulta cuestionado por su incapacidad para resolver determinados problemas. Sin embargo, no existe en la actualidad un modelo alternativo que garantice una participación más eficaz. La crítica, por tanto, debe ir acompañada de propuestas que superen el mero rechazo.

Finalmente, la democracia se presenta como un elemento irrenunciable. A pesar de sus imperfecciones, constituye el único sistema que asegura la participación libre de los ciudadanos. Las experiencias históricas muestran que las alternativas autoritarias, incluso cuando ofrecen soluciones puntuales, terminan derivando en formas de poder que restringen las libertades.


La España posible

El tercer plano del análisis se sitúa en el ámbito de lo viable. No se trata de renunciar a los principios, sino de articularlos en función de las condiciones existentes. La pertenencia a Europa constituye uno de los factores determinantes de este marco.

La integración en el proyecto europeo limita determinadas opciones, pero también ofrece oportunidades. A pesar de las críticas que puedan formularse sobre su evolución, la Unión Europea ha contribuido de manera decisiva al desarrollo económico y a la estabilidad política. La experiencia de países que han intentado distanciarse de este marco evidencia la complejidad de esa decisión.

En consecuencia, la actuación debe orientarse dentro de los márgenes que establecen estos condicionantes. La idea de una “España posible” implica asumir límites, pero también identificar espacios de intervención.

En este contexto, pueden señalarse tres líneas de acción prioritarias:

La primera consiste en la reafirmación de los principios y convicciones que configuran el proyecto. Este proceso no implica inmovilismo, sino la consolidación de una base desde la que abordar el futuro con coherencia. La expresión «sin renunciar a nada, pero con visión de futuro» sintetiza esta actitud.

La segunda línea se orienta a la selección de problemas concretos sobre los que intervenir. La dispersión de esfuerzos reduce la eficacia de cualquier iniciativa, por lo que resulta necesario priorizar aquellos ámbitos que tienen mayor impacto en la vida de los ciudadanos. Entre ellos, destacan cuestiones como la unidad territorial, la dignidad de la persona, la protección de la vida, la evolución demográfica o la gestión de los flujos migratorios. El abordaje de estos temas requiere análisis rigurosos y propuestas fundamentadas.

La tercera línea hace referencia a la creación y mantenimiento de espacios de encuentro. La posibilidad de articular diálogos constructivos, basados en el respeto y la pluralidad, constituye un elemento diferencial en un contexto marcado por la polarización. Estos espacios permiten canalizar iniciativas, contrastar ideas y generar propuestas que contribuyan al debate público.

En conjunto, la articulación de estas tres dimensiones —principios, análisis y comunidad— configura una estrategia orientada a influir en la realidad sin desconocer sus límites. La combinación de realismo y aspiración se presenta como la vía más adecuada para evitar tanto el voluntarismo como la resignación.

El horizonte que se dibuja no es el de una transformación inmediata, sino el de una contribución sostenida. La mejora de la sociedad no depende exclusivamente de grandes decisiones políticas, sino también de la acumulación de iniciativas que, desde distintos ámbitos, inciden en la configuración del espacio público.

En este sentido, la idea de servicio adquiere un significado central. No se trata de protagonismo, sino de responsabilidad. La acción, incluso cuando se desarrolla en ámbitos alejados del poder institucional, puede tener efectos relevantes si se orienta con criterio y perseverancia.

La España posible no es, por tanto, una versión reducida del ideal, sino su adaptación a las circunstancias. Supone reconocer las limitaciones sin renunciar a los objetivos, y actuar en consecuencia.


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