Montserrat, memoria de una juventud peregrina

La visita del papa León XIV a Montserrat ha devuelto actualidad a una montaña que durante décadas fue destino de miles de jóvenes españoles. Recordamos dos grandes peregrinaciones que marcaron la historia de la primera OJE (1960/77) y del Frente de Juventudes.
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Montserrat, memoria de una juventud peregrina

Una montaña que sigue convocando la memoria

La visita del papa León XIV al monasterio de Montserrat, el pasado 10 de junio, con motivo del milenario de la abadía, ha devuelto este santuario catalán al primer plano de la actualidad religiosa. Tras orar ante la Virgen de la Moreneta y saludar desde el balcón del monasterio, el Pontífice recordó la larga tradición cristiana de España, destacando la fe, la unidad y la acogida del Evangelio que han caracterizado históricamente a nuestra nación.

Cuarenta y cuatro años antes, el 7 de noviembre de 1982, san Juan Pablo II protagonizaba otra jornada inolvidable en la montaña santa durante su primer viaje apostólico a España. Aquel día, marcado por una lluvia incesante, miles de fieles acompañaron al Papa en una visita que quedó grabada en la memoria colectiva.

Hoy, la presencia de León XIV invita también a recordar otro capítulo menos conocido de la historia de Montserrat: las multitudinarias peregrinaciones organizadas durante las décadas de 1950 y 1960 por las organizaciones juveniles vinculadas al Frente de Juventudes, cuya huella aún permanece viva gracias a los testimonios conservados en revistas como Lucero y Trocha.


Cuando el camino era también una escuela

En agosto de 1956, seiscientos jóvenes de las entonces Falanges Juveniles emprendieron la denominada marcha volante Independencia, convergiendo desde distintos puntos de Cataluña, Baleares, Castellón y Huesca hasta reunirse en Monistrol para ascender finalmente en peregrinación a Montserrat. Aquella marcha de diez jornadas no perseguía únicamente alcanzar un santuario. Era una actividad concebida para educar mediante el esfuerzo, la convivencia y el conocimiento directo de la geografía y de la historia de España.

Las largas etapas, de hasta cuarenta kilómetros diarios, alternaban la marcha con actos culturales, formación, encuentros con los habitantes de los pueblos recorridos, celebraciones religiosas y actividades propias de la vida campamental. Las canciones, el compañerismo y la disciplina convertían el camino en una auténtica escuela al aire libre. La llegada de los seiscientos participantes a la explanada del monasterio y la posterior ofrenda ante la Moreneta simbolizaban la culminación de una experiencia que buscaba formar hombres capaces de servir a la comunidad y amar más profundamente a España.


De Montserrat al Pilar: una peregrinación para toda España

Diez años después, en el verano de 1966, la Organización Juvenil Española llevó aquella tradición un paso más allá con la Marcha-Peregrinación Nacional Mariana entre Montserrat y la basílica del Pilar. Durante veinte jornadas, más de un centenar de afiliados procedentes de todas las provincias recorrieron 347 kilómetros atravesando Cataluña, Aragón y numerosos pueblos donde fueron acogidos por vecinos y autoridades. Aquella iniciativa quiso unir dos de los grandes santuarios marianos de España mediante una experiencia de sacrificio, oración y fraternidad.

La crónica de la marcha refleja una vivencia profundamente humana y espiritual. Antes de partir, los peregrinos depositaron ante la Moreneta una arqueta con tierra traída desde toda España y ofrecieron un copón elaborado con el mismo estilo sencillo de los campamentos juveniles. Durante el recorrido convivieron con las poblaciones que atravesaban, rezaron, cantaron y compartieron el esfuerzo cotidiano hasta alcanzar la basílica del Pilar. Más que una simple marcha deportiva, fue un símbolo de unidad nacional construido paso a paso, cuyo recuerdo permanece vivo y que hoy podrá ser conocido con mayor detalle gracias a esta crónica de la revista Trocha.


Recuperar la memoria, también desde el compromiso

Precisamente porque Montserrat forma parte de esa memoria común, resulta difícil comprender determinadas decisiones adoptadas en los últimos años por la comunidad benedictina que administra el monasterio. Muchos antiguos participantes en aquellas peregrinaciones consideran especialmente doloroso que, perteneciendo a la misma congregación benedictina que custodia la abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, nunca haya existido una manifestación pública de solidaridad hacia sus hermanos ante las campañas políticas dirigidas contra aquel lugar. A ese silencio añaden también el de otras instancias eclesiales, desde la Conferencia Episcopal hasta la Santa Sede, cuya firmeza consideran insuficiente ante una cuestión que afecta al patrimonio religioso y a la libertad de la Iglesia.

Tampoco ha sido bien recibida entre muchos veteranos la retirada de la estatua yacente que presidía el acceso al Mausoleo del Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat. Para quienes conocieron aquel monumento, no representaba únicamente un episodio de la Guerra Civil, sino el recuerdo de unos voluntarios catalanes que combatieron movidos por su fe y por una determinada concepción de la tradición histórica de Cataluña y de España. La visita de León XIV ofrece, por ello, una oportunidad para mirar nuevamente hacia Montserrat desde una perspectiva más amplia: como lugar de oración, de reconciliación y también de memoria.

Porque las montañas conservan las huellas de quienes las recorrieron, pero solo la fidelidad de las generaciones presentes permite que ese legado continúe vivo, inspirando nuevos caminos de servicio, fe y amor a España.

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