ENTREVISTA
Mario Triviño: memoria de un divisionario
Mario Triviño recuerda su militancia falangista, la Guerra Civil, la prisión y la División Azul, así como su experiencia en Rusia y una vida marcada por la fidelidad a José Antonio y a sus convicciones.
Mario Triviño. [1] El viejo tinglado [2]
Entrevista póstuma a un divisionario, realizada en 2008 pocos días antes de su fallecimiento. La conversación recorre su juventud falangista, la Guerra Civil, la División Azul, su relación con Rusia y su fidelidad a José Antonio.
Los comienzos: el SEU y la Falange
—Mario: ¿En qué año y circunstancias te afiliaste a Falange Española de las JONS?
—Oficialmente, en el año 1934, pero no a Falange, sino al SEU, al Sindicato Español Universitario, que estaba integrado en la Falange, y luego, en el año 35, me hicieron delegado del SEU del Instituto de segunda enseñanza de Lagasca.
Tradicionalmente había en Madrid dos institutos de segunda enseñanza, el San Isidro y el Cardenal Cisneros; y la República creó cinco o seis más, entre ellos el Lagasca [3], que estaba en un barrio obrero, entonces La Prosperidad, y allí me hicieron delegado del SEU; y allí es donde me di a conocer a los elementos comunistas del barrio, que eran muchos.
Porque recuerdo que entonces había un barrio —ahora han cambiado las ciudades, todo ha cambiado— donde está la calle de Alfonso XIII, que era el barrio de los socialistas, que eran hijos de enchufados del Partido Socialista y, por lo tanto, enemigos, estudiantes, estudiantillos todos ellos, porque eran hijos de aquel famoso socialista… Bueno, ahora no me acuerdo del nombre.
Eran aspirantes a señoritos y todos estudiaban en el instituto donde yo era nada menos que delegado del SEU. Eran rojos todos, el setenta por ciento se puede decir que eran rojos, el veinte por ciento no eran nada, y los cuatro que éramos nosotros, que estábamos contra todo. Eso fueron los principios.
La guerra y una familia de tradición militar
—¿Y la Guerra Civil, dónde la pasaste?
—Yo soy de una familia, por parte de madre, militar. Mi abuelo fue capitán de Infantería. Y murió en Cuba luchando contra los norteamericanos, cuando la perdimos, y lo enterraron en Ciego de Ávila, que está en el centro de la isla de Cuba.
Su hijo, el hermano de mi madre, fue militar también, primer teniente de Infantería, luchó en Marruecos, en el Barranco del Lobo y todo aquello. El abuelo, el que murió en Cuba, tenía tres hijos: el militar, Dominica, que era la mayor, que se casó, que era una mujer guapísima, y tuvo dos hijos, el hijo, también militar, en ese caso teniente de Artillería.
Y ese espíritu militar lo gozaba yo y pensaba, así, por encima, cuando terminara el Bachillerato, hacerme militar también. Vino la guerra y no pude hacer esto.
Entonces, estoy hablando de una familia tradicionalmente militar, es decir, españolista, contraria a los separatismos, al sesgo que daba la República a la cuestión militar de disciplina y tal.
Hasta tal punto que mi madre —más tarde contaré que la mataron los rojos—, que no estaba afiliada a ninguna cosa, fue precisamente la que, el día 29 de octubre de 1933, como el mitin fue radiado a todo Madrid, me dijo: «Mario —porque ella me había oído ya mis simpatías—, mañana habla José Antonio»; y a las doce de la mañana estábamos pegados en casa a uno de los aparatos de radio que había entonces.
O sea, que yo soy moralmente falangista desde el 29 de octubre de 1933.
Detención y primeros días de la guerra
—¿Qué sucedió exactamente? ¿Caíste prisionero? ¿Fuiste detenido?
—La guerra fue… Hay algo dudoso en la desaparición de mi madre porque yo no estaba allí. La guerra estalló el 18 de julio y yo, delegado del SEU de Lagasca, era sobradamente conocido; y quince días después, el 3 de agosto del año 36, me detuvieron.
Me detuvieron unos comunistas que de sobra me conocían, pero que fueron relativamente correctos y, luego, los de Asalto… pero se portaron extraordinariamente bien y les debo la vida a los guardias de Asalto que acompañaban a los comunistas, que se comportaron bien conmigo…
Voy a contar lo sucedido, porque vale la pena: yo vivía en la calle López de Hoyos, 73; enfrente había un cine, el cine Moderno [4], y a la derecha había un local que había sido palacio o no sé qué, que en el momento aquel lo tenían los de la CNT-FAI; me detuvieron a las 2 o 3 de la mañana entre el 3 y el 4 de agosto y yo vi que me despertaban en la cama unos guardias de Asalto que ponían, siguiendo indicaciones, para dar sensación de legalidad y… nada, es una detención, y a mi madre, dándole esperanzas, quitando el matiz desagradable del asunto.
Bajamos y entonces los anarquistas, curiosos —a las 6 de la mañana, no había nadie por las calles—, se acercaron; vieron las insignias de los comunistas: —¿Qué pasa, qué pasa, camaradas? —Nada, un fascista que hemos detenido. —¡Coño, un fascista, matadle aquí mismo!
Los anarquistas pugnaban por asesinarme allí, delante, en la plaza que había entre mi casa y el salón Moderno; y al fin, gracias a los comunistas, que tenían órdenes concretas y tenían los guardias de Asalto, salí de aquella espantada bien, y me llevaron a la comisaría de Buenavista, que estaba cerca del cine Pardiñas.
Ellas se quedaron en casa, no se metieron con ellas y, supongo, se encargarían de saber las circunstancias de mi detención, en los días que estuvieron vivas, porque estoy hablando de dos personas en plural: una era mi madre y otra era mi hermana, que tenía dos años menos que yo.
Yo tenía 17 para cumplir 18 y mi hermana tenía 15. Mi hermana era una buena estudiante, apolítica por completo y sólo se dedicaba a estudiar. Sabía más matemáticas que yo, sabía más latín que yo, más de todo que yo; y, a pesar de tener dos años menos que yo, cuando estalló la guerra iba un año detrás de mí.
Soy un buen falangista, pero fui un mal estudiante, y ella era una apolítica y una buena estudiante. Me acuerdo que cogía una columna y… tanto… cuanto y nunca se equivocaba. Yo la admiraba…
La familia y la desaparición de su madre y su hermana
—¿Qué pasó con tu familia?
—Pues… mi familia estaba compuesta de mi madre, de mi hermana y de un señor que se había casado con mi madre, porque mi padre —esta es otra historia— era un capitán de la Marina mercante que desapareció; en el año 1923 se fue a América y nunca más se supo; o sea, que el señor que estaba casado con mi madre —porque entonces existía, como ahora, el divorcio y todas esas cosas— no era mi padre.
Era un buen hombre, pero muy cobarde y, además, de izquierdas; pretendió —lo cuento como anécdota— llevarme al mitin de Azaña, al célebre mitin de Comillas [5]; yo me negué y él era de ideas liberales y las creía. Pero era muy cobarde.
En el momento de mi detención, mi madre hizo que su marido, mi padrastro, nos acompañara a donde me llevaran; y el otro, cargado de miedo… temblaba el coche por el miedo que llevaba… Me llevaron a la comisaría del distrito de Buenavista y allí los comunistas enseguida sacaron sus carnés: —Somos del Partido Comunista. —Y este, ¿qué?; y yo dije: —Un falangista.
Y la gente que había por allí se quedó… Era la época en que empezaban los bombardeos, los paseos célebres eran conocidos por todo Madrid; así es que los guardias de Asalto pensaron: «Este nos va a registrar, es un loco y tal…». Me hicieron el fichaje. Mi padrastro estaba loco porque aquello se terminara pronto y él desapareciera…
De la Dirección General de Seguridad a las cárceles
—¿Te llevaron a alguna prisión? ¿Estuviste en alguna checa?
—Me llevaron a la Dirección General de Seguridad, en la calle Víctor Hugo.
—Y después de ahí, ¿a dónde fuiste?
—A la cárcel de las Ventas, una cárcel de mujeres habilitada para hombres. A mí me detuvieron en la noche del 3 al 4 de agosto… a los 15 días. Fui uno de los primeros detenidos no paseado y allí… a esperar.
Estuve aproximadamente hasta abril del 37 y, en abril del 37, no sé por qué razones, entre otras porque —esto parece el razonamiento contrario— dejaron vacías las cárceles, las célebres sacas y paseos a Paracuellos del Jarama… estrategia de ellos.
Me trasladaron a San Antón, a la cárcel de San Antón, que sigue existiendo la iglesia, y en la cárcel de San Antón me juzgaron. Hablo ya aproximadamente del mes de mayo del 37 y en esta época yo ya sabía que había pasado algo muy trágico, aunque no sabía la tragedia en qué consistía; pero que mi madre no diese señales de vida ni viniera acompañada de mi hermana; pues yo… que no tenía ya nada que perder, me puse chulo con los del Tribunal Popular [6] que me juzgaron.
Así es que, cuando a la gente que estaba en mi caso o le daban el paseo por las razones que tuvieran, o les condenaban a dos años y medio, a mí me condenaron a cuatro años y diez meses, que era el máximo a que podían condenar.
De allí me llevaron al campo de concentración de Santa Bárbara, en Alicante, allí arriba, en la montaña. Allí estuve seis meses; luego me trasladaron al campo de trabajo de Albatera que, como anécdota, contaré que ahora los rojos dicen que lo creó Franco, y no [7]. Yo estuve un año entero en aquel campo de trabajo.
La portera y un episodio tras la guerra
—¿Por qué no nos cuentas qué pasó con tu madre y tu hermana? ¿Sabes algo?
—No. Que dejé de verlas y fueron inútiles las gestiones que hice. Es que si cuento lo que hice y los resultados que tuvo… Desaparecieron.
Había una portera en casa que era muy fiel y muy leal con nosotros, con nuestra familia. Cuando, una vez terminada la guerra, aparecí por allí a ver qué pasaba y a una familia que había en el piso alto de nuestra casa, que no estaban catalogados, en mi apreciación, como enemigos nuestros, un día que hice un viaje después de la guerra —porque yo vivía en casa de un primo mío que era capitán de Artillería, del que he hablado al principio—, me encontré con el panorama de que abajo —entonces pasaban tranvías por allí— veo un tumulto, en la puerta de mi casa, y en el tumulto, como capitaneándolo, un tipo con la camisa azul, la pistola, los emblemas que entonces llevaban los falangistas, que ellos no lo conocían porque ellos no habían tenido ocasión de ser de la Quinta Columna, que detenía a la mujer esta, a la portera.
Y yo, que sabía que había intervenido en varias ocasiones y dando información se había portado tan bien con nosotros, no lo podía admitir. Entonces disimulé, porque soy tímido, y seguí una parada más hacia el exterior de Madrid y me bajé para pensar lo que tenía que hacer.
Entonces seguí al grupo donde estaban los falangistas, entre los que había soldados, moros de Ceuta… de Melilla, una bandera de Falange, y ver dónde la llevaban. Fui al cuartel de ellos y entré sin temor y con decisión absoluta.
Me puse a hablar con el teniente que estaba tomando declaración al supuesto falangista y entonces pregunté que de qué la acusaban. —De ser una roja. Y yo dije por encima los servicios que había prestado a mi familia…
La decisión de alistarse en la División Azul
—Mario, ¿por qué te alistaste a la División Azul?
—Pues es obvio, con lo que os he contado antes. Además, ahora se da la tendencia de los rojos a decir que en la División Azul no fueron… voluntarios.
Yo fui voluntario neto, neto, que además no gozaba de una buena situación familiar… Los sucesos de la guerra de España habían roto la situación aquella de que yo iba a seguir los estudios que tenía pensado hacer aquel año en que terminé el Bachillerato.
En suma, tenía una situación un poco anormal; y eso hay que considerarlo con mucha atención en mi caso, porque —yo ahora sigo la historia contada por otros, incluso enemigos, que no pudiendo decir cosas malas de la División, por ejemplo que fuéramos cobardes ante el enemigo— insisten en que fuimos obligados, más o menos obligados; y yo, en cierta manera, sufro este sambenito.
No encontraba la palabra, pero yo puedo asegurar con detalles que he estudiado, vuelvo a repetir, y que he vivido, que, por ejemplo, en mi compañía, de 169 hombres, había un solo obligado, por circunstancias que no vienen al caso.
Los demás eran todos del SEU de Madrid, neofalangistas, porque eran más bien hijos de perseguidos por los rojos. El SEU de Madrid estaba casi plenamente en combate y, como os digo, mi compañía, la segunda compañía del 262, de 169 hombres, 168 éramos voluntarios netos mentalmente y, para variar, el que vino obligado murió y murió siendo un camarada de nosotros, no un tío que nosotros le llevamos a la muerte, sino que murió allí pensando como nosotros.
O sea, quiero dejar muy claro que la campaña nuestra fue de voluntarios y hablo de la primera División, porque sabéis en general que hubo dos, aunque yo diría que dos y media… primero quince, dieciséis o dieciocho… primero, los que sustituyeron a las bajas, a los heridos, a los muertos, naturalmente, y una tercera División, la del final, la del decaimiento de Alemania, que esos no me atrevería yo a…
Yo conozco personalmente a miembros de las tres Divisiones y no hay uno que mantenga hoy que fuera allí obligado, no lo hay; o sea, fue una empresa completamente de voluntarios.
Alemania, Rusia y la población civil
—¿Qué recuerdos tienes del trato con los alemanes y con la población rusa?
—Pues con los alemanes, aunque parezca mentira, o difícil de entender, poco. Éramos dueños del territorio que ocupábamos, obedecían nuestras leyes… Se veía a alemanes pasar por allí, o sea, tuvimos poco contacto con ellos.
Con la población civil, pues es conocido, porque incluso en el libro El enemigo ha reconocido que nuestras relaciones no fueron buenas, sino buenísimas con la población civil. Se llegó hasta situaciones esperpénticas de amores y líos entre soldados y mujeres, que nos aceptaban con toda naturalidad.
Fijaos en un detalle importante: yo he ido a Rusia seis veces después de la División Azul, como turista, y en las seis veces… —se fija en uno de sus dibujos—: Podría decir que yo era uno de esos soldados…
Quiero precisar que, después de la campaña, en los años finales del siglo pasado, he ido a Rusia seis veces, tres con el comunismo todavía allí y tres ya fuera del comunismo. Actualmente tengo carteo y amistad con una rusa, Vera Bujarrova (sic), con la cual mantengo tanta confianza que…
El recuerdo de los españoles en Rusia
—El inicio de esta amistad vino de que en uno de los viajes que hicimos a Rusia encontramos un pueblo donde las chicas —bueno, las ancianas que habían sido chicas sesenta años antes— se acordaban de todas las canciones de moda que cantábamos en aquella época y disputaban quién sabía, quién recordaba, más el español.
Se pusieron en la siguiente situación de anécdota: «Yo sé —en ruso— más español que tú, sé contar uno, dos, tres, cuatro…», y establecían como un campeonato, y había quien llegaba al dieciséis, al diecisiete o al dieciocho. Con motivo de ser simpáticas, tenían un poco de pendencia entre ellas, de quién controlaba mejor el recuerdo de los españoles cuando estábamos allí y tuvimos trato con ellas, cosa que no pasaba con los alemanes [8].
La historia de la División: cuarenta y cinco mil voluntarios, cuatro mil novecientos y pico de muertos, más vale decir cinco mil, exactamente, siete mil heridos, entre los cuales estaban los mutilados.
Por ejemplo, la batalla de Krasny Bor se celebró en la segunda época de la División Azul. Yo ya no estaba allí. La célebre batalla de Krasny Bor —creo— que fue el 10 de febrero del 43. Ellos, ochenta tanques; nosotros, ninguno. Ellos, toda la aviación del mundo; nosotros, ninguna. Ellos, unidades equivalentes a dos divisiones; nosotros, un tercio escaso de una.
Pues… ya no era la clásica salida divisionaria de la Falange, José Antonio y tal… ya no era ese tipo de soldado que aguantara aquello… Son cifras que indican…
La política y la División Azul
—Mario, se ha dicho que fuisteis utilizados por la política por las circunstancias diplomáticas de ese momento. ¿Qué opinas?
—Un poco. Pues sí.
—Y a tu vuelta de la División Azul, ¿cuál fue tu actitud política?
—Pues se veía que la Falange no iba a llegar a la meta nunca. Y claro, cada uno tiró por donde tiró: unos a aprovecharse a fondo… menos de lo que la gente se cree; otros, aislándose, que fue mi caso. Yo me aislé después del combate, cuando volví de la División Azul. Y tanto me aislé que viví diez años fuera de España. Mi hija nació en Guinea Ecuatorial.
Yo me fui a Guinea Ecuatorial, allí que les den a los que quedaron en Madrid… Volví en el año 42, me fui a Guinea inmediatamente, estuve diez años allí, nació mi hija, me casé, volví. Y cuando volví empecé a fijarme en los grupitos que entonces existían de reivindicación de la Falange; y en esas estuve hasta que vino la realidad que provocó todo aquello, la desaparición de la Falange.
Me hice del FES [9], aunque me jorobaba mucho eso de ser un señor, un tío, de sesenta o setenta años en una Federación —sic— de Estudiantes Sindicalistas. Así que cuando eso derivó en Falange Española Independiente, yo me puse contentísimo de ser promotor de aquel incipiente movimiento falangista desde la reivindicación de la verdad nuestra.
El aislamiento frente al régimen
—¿Tuviste alguna vez algún ofrecimiento de cargos por el régimen de Franco, alguna tentación de colaborar?
—Me autoaislé.
El balance de una vida
—Bueno, y ahora que han pasado tantos años. Estás ahora en la última etapa. Ya has cumplido más de noventa. Mirando hacia atrás ¿Cómo miras, con ira, sin ira? ¿Con la satisfacción del deber cumplido? ¿Cuál sería el balance?
—Satisfacción del deber cumplido.
Encantado de la personalidad de José Antonio, del cual, si no fuera por mi condición masculina, diría que estoy enamorado, políticamente. Me proclamo un entusiasta del ideario de José Antonio. Y no creo que España haya caído tan bajo como para olvidarlo o tenerlo…
Espero todavía algo que nos abrigue de esta chapuza que tenemos: PSOE; separatistas de España entera; y el PP, que no tiene de patriota absolutamente nada. Pues yo, falangista, hasta vencer o morir.
José Antonio y Ramiro Ledesma
—Gracias. ¿Quieres añadir algo más, alguna cosa más que quieras añadir a los telespectadores?
—He presumido, presumo y presumiré de haber sido siempre, desde el día de la fundación, un seguidor de José Antonio y de Ramiro Ledesma Ramos, que no hay que olvidarle tampoco.
—Muchas gracias, Mario.
Notas del artículo
[1] En el año 2008 se realizó una entrevista a Mario Triviño que está en Internet. Pocos días después de realizarla, el viejo falangista divisionario moría. Se ha realizado una transcripción literal de aquello y se acompaña la creación plástica de Mario, que confirma en sus acuarelas su visión militante de la vida y el amor intenso que llegó a profesar a Rusia, a su gente y a sus paisajes. Su obra pictórica se encuentra diseminada. Sabemos que el antiguo Museo de la División Azul de la calle Alonso Cano de Madrid tenía obras suyas; trasladado al nuevo Museo del Ejército ha sufrido de una mutilación impresionante, casi irreconocible con aquellas estancias del sótano de la calle de Alonso Cano donde durante años con enorme dignidad se mantuvo. En portales sobre la D. A. pueden verse algunas obras de Mario Triviño y junto a estas se incorporan como complemento a la comunicación acuarelas pertenecientes a Dikaion y a la señora Wagner.
[2] El nombre de Viejo tinglado, bautizado así por José Lorenzo García, agrupa a un grupo de antiguos militantes del FES que han realizado labores de indagación histórica sobre el mundo de la Falange. En ese Viejo tinglado están, además de Lorenzo, José-Ramón López Créstar, José Mata o Francisco Blanco. Fueron los responsables de la revista digital El Rastro de la Historia.
[3] El Instituto Lagasca se ubicaba en un hotelito, de tres plantas y jardín, en las cercanías de la madrileña calle de Cartagena, en los aledaños del barrio de Salamanca. Fue nombrado su director, el 31 de julio de 1936, don Francisco Cebrián Villegas, quien consiguió que, durante la Guerra Civil, siguiera impartiéndose enseñanza. Tras la depuración de posguerra, volvió a ocupar su cátedra en el Instituto Cardenal Cisneros en el curso 1945-46 y permaneció en la docencia hasta su jubilación en 1957. Lo cuentan Santiago Aragón y Carmen Rodríguez en su estudio sobre Ciencia y Educación en los Institutos Madrileños de Enseñanza Secundaria (1837/1936).
[4] El Cine Moderno se encontraba en la calle de López de Hoyos, entonces número 161, casi esquina con la que ahora es la calle de Alfonso XIII. Cambió repetidas veces de nombre, Cine López de Hoyos, Cine Covadonga, y fue, con los años, sede de la Filmoteca Española.
[5] Manuel Azaña, buen orador, dio un mitin en el campo de Comillas en 1935. Se trataba de una gran explanada muy próxima al madrileño barrio de Usera, situado al final de la actual calle de Baleares, detrás del colegio Perú, entre la avenida de Oporto y el puente de Toledo. El mitin fue organizado por su partido, Izquierda Republicana. Se trató allí el artículo 26 de la Constitución (control y disolución de las órdenes religiosas). Se dice que asistieron más de 400.000 personas entre puños en alto y banderas tricolores y rojas.
Después de la Guerra Civil se montó allí un poblado de infraviviendas (los comilleros), donde existía un pequeño local de FET. A principios de los años sesenta se tiró el poblado y se levantaron bloques de pisos financiados por el Instituto Nacional de la Vivienda y también un colegio Nacional (Perú).
Muy cerca de allí están las sacramentales. En la de Santa María, José Antonio y sus camaradas falangistas dieron sepultura a Matías Montero. También al lado está situada la pradera de San Isidro, pintada por Goya y lugar de memoria, donde fueron paseados cientos de patriotas madrileños en los primeros días tras el 18 de julio de 1936.
[6] Acaso queriendo encauzar la ilimitada violencia homicida de los grupos de milicianos que, en los primeros días de la guerra, impartían su particular justicia, el 23 de agosto de 1936 se creó un Tribunal Especial en Madrid, en que se dio entrada a los partidos y sindicatos de izquierda. Un Decreto de 25 del mismo mes lo amplió al resto del territorio controlado por la República y dictó normas para su funcionamiento.
Estos órganos, llamados popularmente Tribunales Populares, estaban habilitados «para conocer de los delitos de rebelión y sedición y de los cometidos contra la seguridad exterior del Estado» y, más tarde, para juzgar delitos de traición y espionaje, lo que implicaba poder sentenciar sobre la mayor parte de causas penales abiertas en tiempos de guerra: desafección, derrotismo, espionaje, adhesión y auxilio a la rebelión, infracciones en materia de abastecimiento, etc.
Aunque querían presentarse como independientes, sus miembros eran elegidos sin ninguna garantía de imparcialidad, por los comités provinciales de los partidos que integraban el Frente Popular y por los sindicatos. Cada Tribunal se componía de uno a tres funcionarios judiciales, que ejercían como jueces, y un número mínimo de ocho jurados: se trataba de órganos pretendidamente judiciales, politizados y parciales.
[7] Con su particularísima y sesgada versión de la historia —en la fuente citada en el original—, la Federación Estatal de Foros por la Memoria afirma que el presidio de Albatera «fue uno de los primeros campos de concentración abiertos en España tras el fin de la Guerra Civil».
[8] El buen comportamiento de los soldados de la División Azul es reconocido casi unánimemente por los historiadores. Una muestra más en el programa de Informe Semanal: División Azul, perdedores de otra guerra. Entre los historiadores participantes se menciona a quienes, sin tener «filias» por la DA, manifiestan la bonhomía de los divisionarios. Es el caso de José Luis Rodríguez, que exculpa a la DA de cualquier labor de limpieza y destaca la buena relación con la población civil y de ayuda mutua. Por su parte, Xavier Moreno Juliá manifiesta: «Hoy por hoy no se puede imputar en absoluto a la División Azul una actitud de vejación ni de maltrato a la población judía».
[9] A la denominación FES responden varias realidades: el Frente de Estudiantes Sindicalistas, que se expresa en sus siglas, fundado en 1963; las Juventudes Falangistas; y el Frente Nacional de Trabajadores: organizaciones ilegales todas, alzadas en pleno franquismo como cauce de los falangistas que querían reconstruir la genuina Falange de José Antonio, en oposición al régimen político de entonces.
Otras pantallas en que este proyecto buscó cobertura legal fueron la Asociación Juvenil Octubre y el Círculo Ruiz de Alda. Llegada la Transición, en vista de que el Gobierno de Adolfo Suárez concedió a Raimundo Fernández Cuesta la denominación histórica de Falange Española de las JONS, se articularon como Falange Española Independiente.
Para mayor información, consultar: Blanco Moral, Francisco y García Fernández, José Lorenzo, FES. La cara rebelde de la Falange (1963-1977), Ediciones Nueva República, Barcelona, 2008, 293 pp.
