MEMORIA HISTÓRICA
Los trenes de la muerte de Jaén
Dos convoyes de presos salieron de Jaén en agosto de 1936 rumbo a Alcalá de Henares. El viaje, marcado por amenazas, agresiones y asesinatos, desembocó en una de las tragedias más oscuras de aquellos primeros meses de la Guerra Civil.
A principio de agosto de 1936 llegaba al director de la prisión de Jaén el siguiente telegrama:
«El director general de Prisiones al director de la prisión de Jaén: de acuerdo con el gobernador civil, entregue para su conducción a Alcalá de Henares cuatrocientos a quinientos reclusos de los que se hallen en esas prisiones».
Hacia las tres de la madrugada del 11 de agosto, el director reunió a unos tres centenares de presos para comunicarles su traslado a Alcalá de Henares. En aquella decisión habían pesado motivos de seguridad y de mejora del bienestar de los reclusos por las condiciones climáticas más benignas que presentaba Alcalá de Henares, en palabras del responsable del establecimiento. En la prisión de Jaén, el 23 de julio, se ha producido una sublevación de presos comunes que pretendían linchar a los detenidos políticos, hacer méritos en la situación de guerra para conseguir su excarcelación. Además, el control del Frente Popular es casi absoluto. Desde que se ha producido la sublevación militar en España, centenares de personas han sido detenidas en la provincia de Jaén y enviadas a las cárceles. Toda la provincia ha quedado en manos del Frente Popular, con una excepción: Villarrodrigo, un pueblo de dos mil habitantes, próximo a la provincia de Albacete, que pronto cambiará de adscripción con los cuatro jefes del alzamiento fusilados. En la cárcel provincial de Jaén, cuando parte la primera expedición, sólo hay un dirigente izquierdista reconocible: Pablo Flórez Urdapilleta, destacado socialista que ha ido a despedir a su hijo falangista, Pablo Flórez, futuro guripa en la División Azul.
Jaén representa uno de los mayores contrastes de la sociedad española. Zona de grandes latifundios, de enormes extensiones de olivar, mantiene a una población campesina, desheredada, jornalera, analfabeta, que pasa hambre, a la que Miguel Hernández había dedicado aquella invocación: «Jaén, levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares». Creen que ha llegado la hora del desquite y la situación bélica favorece la revancha, incrementa el odio secular, el de los siglos y siglos de malvivir en una tierra que precisa de una transformación radical que los distintos regímenes no consiguieron darle, ni la República tampoco. El señuelo de la revolución social no cuesta imponerlo en la mayoría de aquella población campesina, hambrienta y desesperada. Y para quien quiera saber más, que recurra a Edward Malefakis o a los discursos de José Antonio Primo de Rivera en el Parlamento de la Segunda República en julio del 35.
A nadie se le escapa que la autoridad nominal de un gobernador civil, el radical socialista Luis Rius Zunón, fiel al legítimo gobierno de la República, no es más que una pantomima. Milicias de los partidos socialistas, comunista y de los anarquistas se han hecho con el poder en todas las localidades, han formado comités del Frente Popular y son ellos quienes deciden qué hacer con sus enemigos, con los «fascistas», muchos enviados a la prisión provincial, otros recluidos en la catedral de Jaén, ya que han convertido el recinto sagrado en cárcel [I]. La Guardia Civil de la provincia, en su mayor parte, apoya la rebelión, pero no se atreven a manifestarlo. Habrá que esperar a septiembre para que se concentren en el santuario de Santa María de la Cabeza, en demostración de honor y sacrificio que hoy se oculta en nuestra historia.
El primer convoy
La primera expedición no parte de la estación de ferrocarril de Jaén, sino de Espelúy, un pueblo cercano donde se encuentra estacionado un tren. El paso por las localidades hasta llegar al embarque muestra el enorme grado de hostilidad que existe y en Espelúy «grupos de obreros con hoces en las manos pretendiendo cortar las cabezas de los expedicionarios» [II]. Hasta allí son llevados en camiones, los que sirven para transportar pellejos de aceite, embadurnados de restos de grasas. Grupos de carabineros velan por la vida de los presos.
En el tren han colocado un cartel: «Prisioneros del Frente de Córdoba», reclamo falso porque los detenidos lo han sido en la capital o en pueblos de la provincia y no en frente alguno. En el de Córdoba, en Cerro Muriano, al coronel Ciriaco Cascajo, que se ha sublevado, se le está acusando de utilizar como escudos humanos a mujeres y a hijos de gentes que tiene detenida para evitar los bombardeos del ejército leal. El «Prisioneros del Frente de Córdoba» es una clara incitación que traerá sus consecuencias, buscadas desde un principio.
La escolta del tren la forman siete miembros del cuerpo de asalto, diez guardias civiles y cerca de cincuenta milicianos. Al frente, el teniente de carabineros Juan Oporto Gallego, quien con el tiempo formaría parte de los sitiados en el santuario de la Virgen de la Cabeza, donde moriría.
El Frente Popular de Jaén ha avisado a sus compañeros por telégrafo de la expedición y de los lugares por donde ha de pasar el tren para que salgan al encuentro. Se ha calentado a la masa contándoles la falsedad —podría haber sido, pero no lo era— de que son gentes que han empuñado las armas en el frente de Córdoba [III]. Son en total 324 los reclusos que viajan [IV]. Los viajeros de aquel primer tren de la muerte proceden de la capital, de Porcuna, de Adamuz (Córdoba), de Lopera, Guarromán, Huelma, Jódar, Navas de San Juan, Pegalajar, Espelúy, Torres, Jabalquinto, Quesada, Córdoba, Baena, Santisteban del Puerto, Villanueva de la Reina y Torredonjimeno. El estar en la lista ha estado en función del deseo de los comités populares de las distintas localidades.
El viaje es un calvario. Después de atravesar la provincia de Jaén hay que hacerlo en Ciudad Real, Toledo y entrar en la de Madrid. En el trayecto son insultados y amenazados, en Santa Elena, Alcázar de San Juan… En este nudo ferroviario, el agua vertida en el suelo por milicianos, a propósito y como cebo, provoca culatazos a algún preso cuando iba a beberla. Particularmente graves son las acometidas en Santa Cruz de Mudela, que llenan de temor a los viajeros: las milicias apostadas en los andenes intentan abrir las puertas del tren para bajar a los prisioneros. Otros relatan que el cénit se alcanzó en Alcázar de San Juan por la parada más larga, ya que allí se dio de comer a los milicianos que vigilaban el convoy [V]. Solo hubo una excepción en cuanto al acoso y se registró en el recorrido del primer convoy —que no del segundo—, la de la estación de Aranjuez, donde, según uno de los prisioneros, «incluso nos miraban de forma compasiva» [VI]. El trayecto hasta Alcalá de Henares se complicaba: son muchas las estaciones del recorrido y en casi todas ellas una chusma, previamente alertada, les esperaba. Insultos, amenazas, coacciones, agresiones…
Ni agua, ni alimentos, ni posibilidad de ir al servicio. Hay testimonios que sitúan la primera ingesta de comida y agua a las 21 horas del día 11 y otras que hablan de 36 horas de abstinencia absoluta.
Hacia las cuatro de la tarde entraba el convoy en la madrileña estación del Mediodía, una catedral laica para el transporte de la era industrial, pilotada en hierro, vestida con ladrillos cocidos en los alfares del Abroñigal y coronada por una claraboya que inunda de luz y calor los andenes. Está vacía, pero pocos minutos después centenares de milicianos y milicianas armados llenan la estación con ánimo amenazante. Además de las comunicaciones telefónicas avisando de su llegada, medios impresos han enardecido a las masas para que den el recibimiento adecuado a los fascistas asesinos [VII]. Se producen intentos de asaltar el tren que son frenados por un oficial del Ejército [VIII]. Se quiere quemar el tren y son milicianas, con amplia representación en aquella muchedumbre, las que se muestran más partidarias de aquella bestialidad [IX]. Son numerosos también los miembros del sindicato ferroviario que aparecen enardecidos, dispuestos a acabar con aquella masa indefensa de presos. Un factor de apellido Villalba y que ejerce de capitán de milicias es uno de los principales dirigentes que amenaza y llega a pedir un bidón de gasolina para quemar el convoy [X], lo que no ocurre por el temor a que la estación se incendie. La disyuntiva que se presenta es trágica: fusilar a todos los prisioneros o quemar el tren. Ante la impotencia, el teniente responsable de la custodia consigue hablar con el Ministerio de la Gobernación y pide refuerzos para contener a la muchedumbre. Le envían una compañía de asalto y otra de milicianos. Relata uno de los prisioneros [XI] que un capitán de asalto comunica con el general Pozas, quien le ordena poner las fuerzas a buen recaudo y que no se ocupase de los presos. Guardias de asalto y carabineros, de los que custodian el tren desde los estribos de los vagones, provistos de bombas de mano, consiguen frenar el ímpetu asesino de los milicianos. Se vuelve a contactar con el Ministerio y se recibe la orden de entregar 10 o 12 detenidos para ser interrogados. Precisamente ese número de prisioneros será el que bajará del tren en poco tiempo, no para interrogatorio, sino para ser asesinados [XIII]. Entrega de presos que se hace mediante un recibo extendido por la Dirección General de Seguridad y entregado al teniente Oporto.
La memoria tiene lagunas, interpretaciones, pero el relato anterior lo corrobora ni más ni menos que el director general de Seguridad del gobierno legítimo de la República. Un sujeto que las declaraciones que realiza, finalizada la guerra, son propias de un cínico o de un sujeto en trance de pagar cuentas pendientes a sus enemigos. Efectivamente, en la declaración del 14 de septiembre de 1942 afirmaba que la Dirección General de Seguridad a su cargo no conocía el traslado de presos desde la cárcel de Jaén. No recuerda si habló con el presidente de Gobierno Giral en asunto de tanta trascendencia, confunde el primer tren de la muerte con el segundo y muestra de forma transparente en lo que se había convertido el gobierno legítimo de la República, una entelequia, NADA: «el criterio del ministro de la Gobernación era evitar en todo caso que la fuerza pública se enfrentase con el pueblo armado, ya que si el gobierno se sostenía de una manera artificial, sin tener donde cimentarse y viviendo sobre una especie de plataforma ficticia, trataba de evitar que esa plataforma fallase si la fuerza pública, siempre insuficiente, era desbordada en un choque con las masas».
A poco de arrancar el tren de la estación del Mediodía para dirigirse a Alcalá de Henares, y en donde ha habido tres intentos fallidos de ponerlo en marcha, vuelve a parar en Entrevías. Y allí se pone en práctica el tributo de sangre que hay que dar para satisfacer a la bestia, al pueblo en armas. Empiezan a bajar gente del tren, entre ellos Emilio Domínguez Guzmán (futuro delegado provincial del Frente de Juventudes de Jaén), que viendo a la muerte próxima, se dirige a un miliciano al que con toda probabilidad conocía y le dice: «Da un abrazo a mi madre y dile que estoy bien». El miliciano, a gritos, indica a sus compañeros que aquellos que han bajado no son diputados, que son gente humilde. Dueños y señores de la vida de los prisioneros deciden su no ejecución y buscan en el tren las víctimas adecuadas. En el vagón de cola encuentran las presas que ansían. De los primeros bajados, puestos de espaldas para ser asesinados y que se han salvado milagrosamente, sólo uno queda allí, al que matarán con las nuevas víctimas que bajarán del tren. Se trata de Luis Funes Morales, que, además de gafas —¡ay, Pol Pot de mis amores!—, llevaba un buen reloj [XIII]. El llevar gafas, pijama o relojes se convierten en los filtros que eligen los milicianos para bajar del tren a las que van a ser sus víctimas.
Buscan a un antiguo diputado conservador, a Jenaro Navarro, al que no encuentran. En el vagón de cola viajan exdiputados de derechas que se convierten en las piezas codiciadas junto con algunos otros, once en total: José Cos Serrano, León Carlos Álvarez Lara, Fernando López Obregón, Vicente de la Riva Galán, José Marín Acuña, Luis Ventura Balaña, Martín Reinado Burgos, Carmelo Torres Romero, José María Torres Romero, Ramón Contreras Graciani y Luis Funes Morales. Los cuerpos serán enterrados en el madrileño cementerio del Este [XIV]. Cuando los exdiputados Cos Serrano y Álvarez Lara fueron bajados del tren, intentaron coger sus maletas, diciéndoles los milicianos que para el sitio adónde iban no les hacían falta equipajes [XV]. Botín de guerra: procedieron los captores a descerrajar los bultos y a quedarse con lo allí contenido. Milicianos de los que viajan en el tren alertan a sus compañeros para la próxima jornada. Al día siguiente llegará otro tren repleto de fascistas y en donde irá el obispo de Jaén.
El teniente a cuyo cargo está el convoy, pistola en mano, obliga al maquinista a seguir adelante y no parar, actitud valiente que evitará se cometan más asesinatos [XVI]. Abundan los testimonios donde la Guardia de Asalto y la Guardia Civil resultan bien paradas por su comportamiento en este primer convoy y a ellas se les adjudica el que no se produjera una matanza más sanguinaria [XVII]. Se repite entre los testigos —como si hubiera interés expreso en ello— el excelente comportamiento con los presos de Juan Viedma, cabo de la Guardia de Asalto, que impidió en múltiples ocasiones las agresiones contra los detenidos y les dedicó palabras de consuelo.
Por fin el tren llegaba a la estación de Alcalá de Henares; desde allí la conducción finalizaría en la cárcel de La Galera, donde hay testimonios que indican que no les esperaban, que desconocían su llegada. Y surge otra vez la duda sobre el posible descontrol del legítimo gobierno de la República o en que esperaba, en efecto, que nunca llegaran.
A la arribada a la estación de Alcalá hay cierto orden, una tranquilidad que se rompe cuando una miliciana que ha llegado en un tren de Guadalajara arenga a la multitud y ésta intenta el asalto [XVIII]. Los prisioneros pasan entre dos filas de milicianos que se ensañan dando culatazos en las piernas o atizando con hierros a los prisioneros. Otros cuentan que se intentó la estratagema de cubrirlos en los camiones que van a hacer el traslado desde la estación hasta La Galera. La Guardia Civil se muestra impotente, advierte a los prisioneros para que se oculten en las cajas de los camiones, pero cuando aquello fue descubierto volvieron a sufrir amenazas y golpes.
Desde la estación de Alcalá hasta la prisión no es camino de rosas, aunque protegidos por la Guardia Civil, reciben pedradas, golpes e insultos. Algunos de los camiones utilizados son basculantes y, llegados al destino, impulsan el brazo hidráulico y depositan la carga en el suelo. Son setenta y dos los presos que tienen que recibir cuidados médicos por estar heridos. La pesadilla del viaje ha terminado, once han quedado en el camino. El horror ha quedado grabado en sus mentes, pero en el fondo son afortunados. No saben el espanto que se avecina para los que en pocas horas tomarán el segundo convoy.
El segundo convoy
Desde la prisión de Jaén y desde la catedral convertida en cárcel, decenas de presos son llevados hacia la medianoche del 11 al 12 de agosto a la estación de ferrocarril. El tren consta de diez vagones y los expedicionarios proceden de Villacarrillo, Beas de Segura, Peal de Becerro, Cazorla, Vilches, Jaén, Adamuz. Son en total 245 presos los que viajan destino Alcalá de Henares [XIX]. Protege el convoy la Guardia Civil, con 50 efectivos bajo el mando de Manuel Hormigo Montero.
En el trazado que llega a Madrid, en Villaverde, la vía férrea está colapsada y no es posible continuar. Hay testigos que hablan de que las vías estaban interceptadas con sacos terreros [XX]. Da igual, la vía está cortada. Se ha diseñado un plan para desviar el tren y producir un escarmiento en masa contra los fascistas. La logística de aquellos asesinatos corre a cargo del Frente Popular de Vallecas. En este pueblo, limítrofe a la capital, como viene ocurriendo en casi toda la geografía española, el poder está en manos de los partidos y de las agrupaciones de izquierdas. Cuando se escriba el libro Aproximación a la historia de Vallecas —si es que no está escrito— convendrá que el escribiente, además del minucioso relato sobre la represión del ejército fascista de ocupación, no olvide lo que sigue. Hay una base de operaciones que recibe información, que domina el pueblo, que cobra rescates, que amenaza, que roba, que encarcela, que juzga, que condena y que mata. El poder está en manos del pueblo en armas. Y allí aparecen todos, no son incontrolados ácratas los asesinos, son ellos y los demás. Hay un comité revolucionario, un comité de salud pública, donde están representadas todas las fuerzas populares y en donde aparece como máxima autoridad Antonio Ariño Ramis (a) el catalán.
En Vallecas funciona el batallón Pablo Iglesias, formado por socialistas, que más tarde se convertirá en la 49 Brigada y que había fundado el coronel Lacalle, responsable del reparto de armas entre izquierdistas al comenzar la guerra. Disponen, por supuesto, de una checa (que esto les gusta) en el antiguo colegio del Niño Jesús de Praga, con el que se han quedado, tienen como personajes destacados a quien fuera alcalde Amós Acero y a Álvaro Artigas, este último señalado como instigador de los asesinatos tras los juicios populares que se celebrarán en el pueblo. Socialista era Julián Martínez Gómez (a) el chepa, responsable de las milicias de Vallecas, y Tomás Rodajo, Ángel Ocaña o Pedro García Moreno, entre otros, participantes en los asesinatos y en los saqueos. En Vallecas funciona, en el confiscado convento del Ave María, el Partido Comunista, con el dirigente Manuel Fernández Cortinas (a) «el barbas»; fundaron un radio y un cuartel de milicias. Disponen también de una checa en la calle de Doña Sabina, 6, en el barrio de Doña Carlota. En Vallecas funciona el grupo de las Juventudes Socialistas Unificadas conocido como «los diablos rojos», que tiene a Julián García al frente y forman parte de tan ejemplar cuadrilla Luis García Humanes (a) el tábano, Antonio Valles Consqui (a) el cosqui, Enrique Cuenca Fernández o Luisa Pulpón Montalvo (a) la hostión. En Vallecas funciona la CNT, que se ha quedado con la iglesia del barrio de Doña Carlota, y tiene una checa con Victoriano Buitrago al frente, al que se hará responsable de numerosos paseos. A la CNT pertenecen también Ginés Ruiz Caparrós, Mariano Hernández (a) el churrero o Francisco Durán Tomé (a) el estropeapozos. Tienen también un ateneo ubicado en el local que fue de los Hermanos de la Doctrina Cristiana. Desde aquí, milicianos de todos los colores que han recibido órdenes de reunirse y que suman más de 300, capitaneados por un sargento comunista manco conocido León Rojo, se van a dirigir hacia el apeadero de Santa Catalina. Saben que un tren de prisioneros va a pasar por allí para coger la línea de Aragón. Miembros de las tres checas (que esto les gusta) se disponen al asalto y establecen un cordón de seguridad en torno al apeadero.
El tren procedente de Jaén ha sido desviado y en el apeadero de Santa Catalina queda parado. El paisaje que ven los viajeros colorea en amarillos, ocres, pardos y grises que son los que ha dispuesto la geografía y el clima; el rojo intenso correrá y muy pronto a cuenta de ellos. Hacia las tres de la tarde aparecen fuerzas de la Guardia de Asalto al mando de un teniente para apoyar a la Guardia Civil que custodia el tren. Los numerosos milicianos armados que ya están allí intentan el asalto del convoy. Dos horas más tarde, el teniente de asalto, tras hablar por teléfono, se dirige a la masa vociferante diciendo: «Ya pueden ustedes llevarse los presos, pero que a esto no hay derecho». La fuerza pública que ha controlado el tren y se ha puesto en contacto con el Ministerio de Gobernación se marcha. Ha habido órdenes para que la Guardia Civil que custodia el tren abandone su misión. Cuando el jefe de los guardias ordena a sus hombres retirarse del tren, los prisioneros se abrazan a ellos para impedir su marcha, sabedores de lo que va a ocurrir en cuanto desaparezcan. La Guardia Civil huye, porque ha recibido orden de hacerlo, y marcha en un tren con dos vagones hacia la Comandancia de Delicias, en Madrid, a donde llegarán hacia las 6 de la tarde y desde ahí a la estación del Mediodía para regresar a Jaén.
Hacia las 6 de la tarde aparece un coche con tres ametralladoras que son bajadas del vehículo; se disponen muy próximas entre ellas y a unos cincuenta metros del tren. Aquellas armas están a cargo del panadero Emilio Díaz Hernández, de Mariano el pelás, y la tercera de el talaya, este último carpintero, miembro del Partido Socialista desde el año 1935 y secretario de la Agrupación Socialista de Vallecas. Antonio Ariño Ramis, el catalán, y Marcelo Hernández Sáez el barbas, ambos armados con pistola ametralladora, dirigen la salida de los prisioneros del tren, a los que les quedan segundos para morir. Las ametralladoras empiezan simultáneamente el tableteo asesino. Los primeros son un grupo de diez indefensos colocados junto al terraplén de explanación de la vía [XXI]; poco a poco su número aumenta, llegando a los treinta y cinco o cuarenta. Lucio, el sereno del Puente de Vallecas, se encargaba de dar a los fusilados el tiro de gracia [XXII]. En la desesperación, algunos viajeros intentan la fuga tirándose por las ventanillas del tren, pero serán cazados por los milicianos.
Este apeadero de Santa Catalina, distante dos kilómetros y medio de Vallecas, pertenecía a la ferroviaria MZA. Desde lo alto del terreno, en cotas que asciende la pendiente, se dispone un mirador natural, un promontorio. Unas dos mil personas procedentes de Vallecas y en donde había mujeres y niños, a quinientos metros de la escena del crimen, viven con pasión la degollina que se está produciendo. Desde hacía siglos, los fanales intelectuales de aquellas masas, luminarias elevadas a la categoría de héroes, profetas laicos a los que nunca leyeron, habían clamado contra el oscurantismo de los poderes que subyugaban al pueblo. Desde las Luces habían conspirado para acabar contra altar y trono, habían creado todo un imaginario para la construcción de un mundo nuevo. Habían bramado, habían escrito novelas, dramas, libelos y hasta poemas reclamando el fin de la tiranía. Habían pintado, habían grabado, habían esculpido imágenes y símbolos útiles contra la canalla gobernante encerrada en escoriales de sierra o en catedrales de provincia o en ermitas de aldea porque un mundo mejor era posible. Se habían espantado de los autos de fe, de las guerras de religión, del tartufismo sacramental, de la doctrina cristiana y ahora sus hijos predilectos, los destinatarios de sus enseñanzas falaces, EL PUEBLO, se agolpaba en la árida tierra del sur madrileño —arenas, gravas, arcillas y cantos—, subidos al cerro de Santa Catalina, en un día de agosto, sofocante, sudando, para disfrutar de la matanza de varios centenares de seres indefensos («con gran vocerío semejante al que se oye en los toros y en las verbenas») y de la siguiente profanación, obligada y ritual, de sus cadáveres, al lado del camino de hierro que hizo la compañía Madrid-Zaragoza-Alicante; junto al ventorrillo de Manuel Moreno.
Cuando sólo quedaba gente en un vagón, uno de los presos grita que está allí por equivocación, como los demás integrantes, aterrados. Los asesinos, tras intercambiar pareceres entre ellos, deciden no matarles. Alguno de los indultados salvó la vida de forma providencial; fue el caso de Antonio Trapero Hervás, activo militante de las JONS de Vilches, que sacó un carné de su antigua pertenencia en la CNT y consiguió convencer a los asesinos para después avalar como anarquista sin lugar a dudas a Leocadio Moreno Páez, uno de los jefes del SEU de Murcia. Algún otro pudo torear a la muerte tras exhibir recibo de un importante donativo dado —muy a su pesar— al SRI (Socorro Rojo Internacional). El tren vuelve con los supervivientes a la estación de Entrevías y desde allí son trasladados a la checa de Vallecas, a donde acudirá a visitarles el insigne republicano y exministro de Gobernación Amós Salvador. Al día siguiente se les traslada a la cárcel Modelo de Madrid.
Entre los pasajeros asesinados y buscado con denuedo, el obispo de Jaén Manuel Basulto Jiménez, que portaba abrigo negro y alzacuellos morado, y que en los últimos momentos de su existencia dicen que dio la absolución a los demás y perdonó a sus asesinos. Quien acabó con su vida fue Julián Sevilla Sáez, a partir de entonces el mataobispos. Cayeron junto a él el deán de la catedral Félix Pérez Portela, la hermana del obispo y su marido, y cayó también ametrallado el general Leopoldo Saro Marín. La hermana del prelado pidió que quien la matara fuera una mujer y fue entonces cuando una miliciana, Pepa Coso Majano, dijo: «a ésta la mato yo» [XXIII]. La montonera de cadáveres de los masacrados fue removida para hurtarles todo lo que de valor tenían, botín que metían en un saco los dirigentes del Comité revolucionario, representantes de la clase obrera. Acabados los fusilamientos, los matarifes invitaron a los espectadores a acercarse para contemplar mejor el espectáculo [XXIV].
Hombres, mujeres y niños, que han acudido, han maltratado y se han burlado de los vivos y pasarán a la profanación cuando estén muertos [XXV]. Pero no quedó ahí la broma. Trasladados los cadáveres en camiones al cementerio de Vallecas, el cortejo de asesinos jugaba con los cuerpos inertes en una burla macabra. El transportista Venancio Martínez González relata que [XXVI] «…pudo observar el paso de algunos de los camiones que conducían a los cadáveres: vió —sic— a Juan Serrano (a) Juanón (detenido en Alcalá de Henares) y a Felipe Melgares (a) Chamorro (este en un campo de Concentración) que iban con los cadáveres pisándoles la cabeza y levantándoles el brazo con la mano cerrada mientras exclamaban: “Estos ya se han hecho comunistas”». El mismo Martínez González continúa un relato que produce escalofríos: «Tiene conocimiento el declarante que, una vez las víctimas en el cementerio», la vecina de Vallecas Leonor Martínez (a) la Quiñones (detenida en Alcalá de Henares) se dedicó a ultrajar el cadáver de la hermana del obispo, invitando a los milicianos a que lo vieran hacerlo, manipulando soezmente en las partes más íntimas de el —sic— cuerpo de la víctima.
La principal evidencia obtenida al respecto es que estas matanzas, según sostiene Santiago Mata [XXVII], fueron autorizadas por el Gobierno de la República con el consentimiento muy probablemente del presidente del Gobierno (José Giral), casi con certeza del ministro de Gobernación (Sebastián Pozas) y sin ningún género de dudas del director general de Seguridad (Manuel Muñoz).
De los supervivientes de las dos expediciones, tras conducirles a la prisión de Madrid, algunos conseguirían huir en los incidentes del 22 de agosto (matanza en la cárcel Modelo), mezclándose con los presos comunes fugados; otros morirían allí. Los hubo que, llegado noviembre, fueron conducidos a otra masacre, la de Paracuellos, y otros que consiguieron la libertad, durante la guerra o cuando, finalizada ésta, fue liberada.
Notas
[I] Los machones del crucero de la catedral de Jaén muestran el testimonio del horror que vivió aquella tierra durante la Guerra Civil. Ciento treinta y siete nombres de religiosos asesinados por el solo delito de profesar el ministerio sacerdotal. En aplicación de las leyes de memoria se amenazó en su día a la catedral de Jaén por contar, sin ánimo alguno de revancha, la verdad de lo ocurrido. Ver en Forumlibertas.com -> El Tren de la Muerte y el martirio del obispo de Jaén.
[II] Declaración de Rafael Vadillos.
[III] Declaración de Rafael Vadillos.
[IV] La relación nominal que la prisión hace llega al número 322, pero hay dos repetidos, los números 187-187 bis y 226-226 bis, y faltan en la numeración el 292 y 293.
[V] Declaración de Alfredo García Espantaleón.
[VI] Declaración de Benito Garrido.
[VII] Según el testimonio de Antonio Malo, el periódico socialista Claridad ha publicado que 600 prisioneros del Frente de Córdoba llegaban ese día a Madrid; uno de los prisioneros lee la noticia en el periódico que lleva un miliciano.
[VIII] Declaración de Fernando Méndez Valenzuela.
[IX] Declaración de Rafael Vadillos.
[X] Declaración de Alfredo García Espantaleón.
[XI] Declaración de Rafael Vadillos.
[XII] Declaración de Juan Biedma.
[XIII] Declaración de Lucas Gómez Gómez.
[XIV] Declaración de Benito Garrido.
[XV] Declaración de Ricardo Moreno.
[XVI] Declaración de José García Centeno.
[XVII] Declaración de Antonio Gavilán.
[XVIII] Declaración de Fernando Méndez Valenzuela.
[XIX] El número ofrecido por la Prisión Provincial de Jaén es el de 245. Existen otros datos contradictorios; así, la Jefatura de Vigilancia de Jaén dio la cifra de 429 presos, de los que 400 fueron asesinados. Un total de 245 en relación nominal hecha por la prisión provincial de Jaén. El testimonio de Andrés Portillo eleva a 450 presos, de los que 400 serían fusilados, y la relación nominal que hizo la Delegación Provincial de Información e Investigación de la FET y de las JONS habla de 142 víctimas y de 7 supervivientes.
[XX] Declaración de Antonio Trapero Hervás.
[XXI] Declaración de Emilio Díaz Hernández.
[XXII] Alguno, tras ser fusilado, no muere y consigue huir malherido. El ácrata Pablo el mellao se ufanaba de haber cogido con su compañero Pablo el Boyero y habérselo cargado «por segunda vez» en el Prado Lombardo junto al puente de Vallecas. Mejor suerte tuvieron dos prisioneros dados por muertos y que, esperando a ser enterrados, se levantaron y fueron llevados a la Casa de Socorro (testimonio de Delfín García Palomo).
[XXIII] En la declaración prestada en noviembre de 1941 ante el Tribunal Militar de Madrid que la juzga se la adjudican 19 años. Debe tratarse de un error porque, de ser cierto, cuando cometió el asesinato tenía 14 años. A esta miliciana la acompañaba otra, de nombre Tomasa Velilla. Algunos testigos cuentan que al final quien la remató fue un tal Manuel Machaca. Manuel García confesó haber disparado sobre una mujer —la única de la expedición era la hermana del obispo—, pero que, tras hacerlo en una pierna, fue una miliciana provista de dos pistolas quien la disparó en la cabeza, continuando el ensañamiento sobre la víctima por parte de otros milicianos, entre ellos uno apodado el gorrión. El albañil Benito Porras contaba que una mujer picada de viruelas se jactaba de haber asesinado a una mujer y de haberla cortado un dedo para quedarse con un anillo. En rueda de prisioneras, Pepa Coso fue reconocida sin lugar a dudas por el testigo Benito Porras.
[XXIV] Declaración del labrador Valentín San Narciso Sancho.
[XXV] Declaración del maestro nacional Simón Gómez Sancho.
[XXVI] Declaración de Venancio Martínez González.
[XXVII] El gobierno legítimo de la República, a los veinte días de empezar la guerra, dejaba de ser legítimo para muchos países. Según artículo sobre el libro El tren de la muerte de Santiago Mata: «La documentación diplomática ha revelado que, al día siguiente de producirse la masacre, los embajadores extranjeros comunicaron al Gobierno republicano que admitirían en sus sedes diplomáticas a ciudadanos españoles. “Todos los Gobiernos, excepto México, Turquía y Argentina, autorizaron a sus embajadores a marcharse de España, si bien finalmente no lo hicieron pensando en la protección que debían a sus súbditos”», explica en Treneando.com -> ‘El tren de la muerte’, un viaje al primer fusilamiento masivo de la Guerra Civil