MEMORIA

La implantación de la Falange en Venezuela

La Falange venezolana surgió al calor de la Guerra Civil española, entre el entusiasmo de sus militantes, las rivalidades con los comités nacionalistas y las dificultades propias de la emigración española.
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La implantación de la Falange en Venezuela

Solidaridad con el pueblo venezolano

Con la solidaridad con nuestros hermanos de Venezuela, hijos de la gran España, sentimos su dolor, apoyamos las iniciativas de ayuda que se están planteando y deseamos que salgan del laberinto creado por cleptócratas y patanes.

A ese pueblo sufriente, y no solo por el desbordamiento de la naturaleza, llegó el reflejo de la Falange durante la última Guerra Civil española. Estos apuntes, que siguen para conocimiento de los lectores de La Razón de la Proa, figuran en el libro La Falange del exterior, de Ediciones Esparta. 


Los primeros falangistas en Venezuela

Comenzada la guerra, se intentó el apoyo de los distintos gobiernos a favor de los bandos en lucha y la movilización de las colonias de españoles. El tradicionalista Maximiliano Fernández de Alaña y los falangistas Alejandro Frías Balmes y Carlos Linares de Montemayor constituyeron, poco después de iniciada la sublevación en España, un grupo nacionalista.

Fernández de Alaña había llegado a Venezuela en busca de trabajo en el mes de febrero de 1936. De ideología carlista, había pertenecido al Círculo Tradicionalista de Santander. Frías Balmes y Linares de Montemayor procedían de Barcelona y Madrid. Ambos eran falangistas y huyeron de sus lugares de residencia con pasaportes venezolanos. El padre de Frías era venezolano y residía en Barcelona. Linares era venezolano, descendiente de españoles, y estudiaba en Madrid. Desde septiembre de 1936 hasta octubre de 1937 no consiguieron establecer contacto con la organización falangista en España.


La organización de la Falange

El viaje de propaganda del Gobierno de Burgos, realizado por el falangista González Marín a Caracas, promovió a este pequeño grupo y a algunos españoles más a la constitución de una Junta Organizadora de la Falange.

Casi por el mismo tiempo, el viaje de propaganda nacionalista realizado por López Ferrer lograba la constitución de un Comité Nacionalista en Venezuela, tras las reuniones mantenidas en el domicilio del español y capitán de la Guardia Civil, Cecilio Marrero Suárez. Se decidió que la Falange quedara constituida en el seno del mismo comité.

Este oficial se encontraba en Venezuela para formar un cuerpo similar a la Guardia Civil en aquella República, que acabaría con un reglamento muy similar al de la Benemérita. Se había decidido su marcha en junio de 1936, durante la denominada primavera de plomo. La petición hecha por el presidente de la República de Venezuela, Eleazar López Contreras, uno de cuyos pilares era controlar el orden público, contó con el beneplácito del Gobierno español. Acompañaron a Marrero los suboficiales Ramón Moreno, Rafael Cabanillas y Gregorio Rajal. La adscripción elegida, iniciada la contienda civil en España, hacia el bando nacional quedó clara con Cecilio Marrero.

Otro domicilio particular que permitió reunirse a la Falange de Caracas —posiblemente cuando se produjo la ruptura con los comités nacionalistas— durante los años 1937 y 1938 fue el del ciudadano venezolano José Vicente Pepper Bethancourth, un anticomunista visceral. El afán de predominio de algunos dirigentes del Comité había marginado al núcleo falangista, que separó sus actividades de las del Comité Nacionalista, a pesar de los primeros acuerdos realizados.


Las tensiones con los comités nacionalistas

Como en tantos otros países, se producía el enfrentamiento entre la Falange y los seguidores de la derecha española de corte tradicional, normalmente en posesión de una cómoda situación económica.

El presidente del Comité Nacionalista era Manuel Pérez Abascal, de origen santanderino y con una gran fortuna; de vicepresidente primero actuaba Modesto de Aysa, empresario del frontón Jai-Alai, quien en julio de 1937 fue delegado por José Antonio de Sangróniz para intentar el reconocimiento de la España rebelde. Formaban parte también Cecilio Marrero, el empresario Saludes y el banquero Enrique Pérez Dupuy.

Acuerdos de colaboración puntual entre Comités y Falange, auspiciados en la visita del falangista colombiano Ginés de Albareda, pronto se romperían, así como el intento de unificación proyectado desde España y a cuyo frente figuraba Tito Menéndez Rubio (exdelegado nacional de Propaganda de FE de las JONS). Este último iba a ser enviado a Venezuela como jefe de la Falange en agosto de 1938, tras las quejas que Fernández Benet presentó al secretario general Fernández Cuesta sobre aquella Falange. Desde el Comité Nacionalista existían actitudes contrarias a la Falange de Venezuela y se propagaba una pretendida irreligiosidad de esta.


Un movimiento de escasos recursos

Con la prohibición expresa de mezclarse en la política interna venezolana, Fernández de Alaña había recibido autorización gubernamental para el funcionamiento de la Falange.

Obreros, estudiantes, pequeños comerciantes y empleados de muy escasos medios de fortuna integraban aquel núcleo falangista. Privados de una mínima infraestructura material, su funcionamiento se reducía a contactos con agrupaciones afines y a la organización de actos religiosos en memoria de relevantes caídos de la España nacional.


La colonia española y la Sección Femenina

Las instituciones españolas Casa de España y Cámara de Comercio eran favorables a la España republicana, mientras que el Centro Español se mostraba partidario de la España nacional.

La dicotomía existente en la colonia pasaba también a las órdenes religiosas allí establecidas. Mientras los dominicos españoles prestaban apoyo completo a la causa nacional, algunos jesuitas vascos eran reticentes con ella y con la Falange, alineándose con el Gobierno nacionalista de Euzkadi.

En el local de los agustinos de Caracas, y a pesar de las amenazas vertidas por Fernández Benet, a quien no le gustaban mucho los falangistas de aquel país, se constituyó la Sección Femenina de la Falange venezolana. Un miembro de esa congregación religiosa, Ángel Sáenz, llegó a ser el responsable de Prensa y Propaganda.


La reorganización de la Falange

Con la situación de monopolio político otorgado dentro de España a la FET, Fernández de Alaña intentó que se emitieran órdenes para situar al Comité Nacionalista en la órbita de la Falange, transformándolo en Auxilio Social y quedando, en cierta forma, bajo la disciplina del Partido.

Pero tal deseo no llegaría porque en España la persistencia en la autonomía de esas juntas recaudadoras nacionalistas proporcionaba unos beneficios que una unión a fortiori podía echar por tierra. En consecuencia, igual que en otros lugares, se permitió la autonomía de esas secciones y, al final de la guerra, quedarían convenientemente reconducidas.

A finales de noviembre de 1938 se nombraba delegado de FET, con carácter honorífico, a Isidro Sáenz de Heredia y Osio, en quien concurría el ser pariente de José Antonio Primo de Rivera y secretario del representante del Estado, José Antonio Sangróniz —no precisamente falangista—.

Se había llegado a una situación compleja. Por una parte había un jefe nombrado, Tito Menéndez, que no acudía; por otra, un jefe en funciones, Fernández de Alaña; y, por último, un delegado con respaldo de los organismos dirigentes en España.


La etapa final y la expansión territorial

A principios de 1939, Fernández de Alaña continuaba ejerciendo de jefe de la Falange y seguía quejándose del poco eco de los Comités Nacionalistas para las recaudaciones destinadas al Auxilio Social de las provincias liberadas, cuya cuantía había alcanzado los tres mil dólares.

Pero su mandato iba a finalizar en breve, haciéndose cargo Isidro Sáenz de Heredia ante la imposibilidad de que Tito Menéndez asumiera la Jefatura. El nuevo jefe llegó a una actitud de concordia con los comités nacionalistas, con quienes creó conjuntamente un Hogar Español que integraba a la FET, al Consulado, a la Cámara de Comercio y al Comité Nacionalista, contando con la aprobación del Delegado Nacional del Servicio Exterior, José del Castaño.

La nueva Junta Directiva de la Falange incluía a antiguos miembros del Comité y contaba con Santos Valdés, como secretario; Múgica Millán, en Trabajo; Julián Hernández, en Administración; Fernando Benet, en Prensa y Propaganda; Manuel Gorachón, en Sanidad e Higiene; y Claudio Faure, al frente de Información e Investigación.

Aquellos cambios no sentaron bien a antiguos dirigentes falangistas y, el 15 de mayo de 1939, Manuel de Goya (antiguo Delegado de Trabajo), Carlos Linares de Montemayor (fundador de la Falange venezolana y antiguo Delegado de Prensa y Propaganda) y Alejandro Frías denunciaron a Sáenz de Heredia, acusándole de estar dominado por Sangróniz y de haber incorporado en bloque como delegados a personajes adinerados de los Comités.

Se le acusaba también de no permitir la afiliación, ni siquiera como simpatizantes, de naturales de Venezuela, cuando ese contingente suponía el 80 % de la Falange en una colonia de algo más de seis mil españoles, donde la gran mayoría eran enemigos del nuevo Estado franquista. Rasgos de una epidemia que sacudía a casi todos los núcleos de la Falange del exterior.

A pesar de esas informaciones negativas —procedentes de antiguos falangistas ya sin puestos de responsabilidad—, la Falange venezolana, desarrollando una labor más institucional, de Estado, que de partido, amplió sus dependencias a Maracaibo, Barquisimeto, San Cristóbal y Valencia.

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