SEMBLANZAS

Los pasos injustamente olvidados.

Casi cincuenta años después de su muerte, Alfonso Paso continúa siendo uno de los dramaturgos españoles más representados fuera de España, mientras su figura permanece relegada en su propio país por motivos que trascienden lo estrictamente literario.

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Los pasos injustamente olvidados.

El pasado 10 de julio se cumplieron cuarenta y ocho años del temprano fallecimiento, con solo cincuenta y un años, de uno de los más geniales dramaturgos que desarrollaron su oficio en la posguerra española: Alfonso Paso.


Un autor relegado al olvido

La desmemoria histérica y sectaria que padece este país desde hace ya demasiado tiempo ha hecho que él, como tantos otros que deberían figurar con letras de oro en la historia de nuestras letras, nuestro teatro y nuestro pensamiento, permanezca en un rincón del olvido para tanta y tanta gente.

Cuando aún hoy se representan sus obras en numerosos lugares del planeta, en su patria, tan rica pero tan injusta, se le ha condenado al ostracismo y al silencio oficial, solo roto, a veces, por los esfuerzos ímprobos de su hija, Almudena, por mantener vivo el recuerdo de su amado padre.

Ella misma decía, con motivo del aniversario de su muerte, en 2019, que hay obras suyas representándose en nueve países en estos momentos.

Semejante baldón para España debería ser contestado desde múltiples frentes que, pareciera, debieran enfrentar la injusticia que supone la marginación y la condena a la muerte social y artística, en su propio país, de tantos y tantos que, en otros lugares, ajenos a la demagogia y al sectarismo de la izquierda española, son admirados y respetados. Pero no es así. Entre el fanatismo intolerante (e ignorante) de unos y la desidia, pasividad y cobardía de otros, se hurta a la generación presente y a las que vienen detrás una riqueza intelectual y artística que nunca podrán saber que dejaron de disfrutar, simplemente porque se les privó de su conocimiento.


Las razones del arrinconamiento

El motivo de este arrinconamiento no es otro —así ocurre siempre— que la adscripción ideológica de Alfonso Paso. Se le identifica con el régimen de Franco por haber desarrollado su labor durante esos años, ignorando —tantas cosas se ignoran porque no interesa averiguarlas— que fue, según múltiples datos y documentos, el autor más censurado de la época y que no recibió una sola subvención pública de aquel régimen. Cuenta su hija que se arruinó dos veces comprando teatros para que su gente pudiera trabajar.

Es más, Alfonso Paso se consideraba, más que franquista, falangista y joseantoniano. En junio de 1972, en la revista Primer Acto, decía:

«Dentro del sistema, yo me siento socialista. Nunca me ha gustado el capital y sí el trabajo y, por tanto, por sentir esa idea socialista y querer permanecer junto al sistema, llegué al convencimiento de que soy falangista. La figura de José Antonio provocó en mí, a pesar de la clara burocratización de la Falange, fuerte impacto. Y hoy creo, firmemente, en el porvenir del país, siempre y cuando el ideario de José Antonio continúe vigente».


Una trayectoria extraordinaria

Paso, que llegó a obtener tres carreras universitarias —Filosofía y Letras, Medicina y Psiquiatría, y Periodismo—, participó, en los últimos años cuarenta, en el grupo vanguardista Arte Nuevo, junto a Alfonso Sastre, Medardo Fraile y otros. Además, se casó con Evangelina Jardiel, hija del gran Enrique Jardiel Poncela, otra ilustre víctima del extremismo sectario y miope.

De su obra teatral son innumerables los hitos que cabe destacar: El pobrecito, Usted puede ser un asesino y Veneno para mi marido, estas dos últimas dentro de un género ideado por él y trufado de humor negro e intriga policíaca, que fue alabado por el propio Gonzalo Torrente Ballester.

Cuidado con las personas formales o Vamos a contar mentiras fueron otras obras exitosas entre tantas: ciento setenta y nueve obras de teatro, de las cuales aproximadamente noventa y tres fueron editadas. Los Palomos, Las que tienen que servir y muchas otras completan una producción extraordinaria.

En 1963, El canto de la cigarra fue estrenada en el teatro Anta de Broadway, convirtiendo a Alfonso Paso en el primer autor español vivo en estrenar en uno de los principales teatros del Broadway profesional.

Desarrolló también su oficio como guionista de televisión y cine. La serie El último café permaneció dos años en pantalla y también dirigió seis películas.

Enseñar a un sinvergüenza (1968) ostenta un récord de permanencia en cartel, con veintitrés años consecutivos (se dice que solo superado por La ratonera, de Agatha Christie, en Londres). Es famosa la genial viñeta de Mingote, donde un matrimonio se dispone a salir y el marido, mirando la cartelera, pregunta a su esposa:

«¿Qué prefieres para esta noche, cine o Alfonso Paso?...»


Un testimonio sobre Muñoz Seca

Pero Paso desarrolló también una vasta labor periodística, recogida y recopilada con todo amor y cariño por su hija en un libro reciente, Los pasos perdidos. De ella voy a destacar un artículo de 1977, titulado ¿Quién mató a Muñoz Seca?, en el que relata la visita que su padre, Antonio Paso, también dramaturgo y libretista de zarzuela, realizó —acompañado por Alfonso, con solo diez años— al ilustre autor en la cárcel de San Antón, en octubre de 1936, gracias a la intercesión de Pedro Luis de Gálvez, un poeta comunista al que llamaban el capitán Saltatumbas. Este supervisó en todo momento la visita y contempló cómo el padre de Alfonso se quitaba sus propios calcetines para dárselos a don Pedro, a fin de que abrigaran mejor sus pies. Reproduzco aquí la última parte de dicho artículo:

Si quieres que Muñoz Seca siga vivo, habla con Orden Público y con Carrillo, que es quien lleva todo esto.
Mi padre, viejo republicano, a la salida de aquel emocionante encuentro, llamó desde mi casa a Diego Martínez Barrios. Me parece que le estoy oyendo hablar:

—Si eres inteligente, Diego, si lo somos, no podemos permitir que un escritor esté en la cárcel. Eso mancha a la República.

Cuando colgó el teléfono aseguró a mi madre, conmigo delante, que Martínez Barrios iba a hablar con Carrillo.
La cosa no se me ha olvidado nunca porque yo asociaba el nombre de Carrillo a un vecino de la casa y mi padre me tuvo que sacar del error. Repito textualmente sus frases:

—Ese es capaz de todo con tal de hundir a la República, pero si Diego quiere...

Días después de lo que estoy narrando comunicaron a mi padre la muerte de Muñoz Seca. Santiago Carrillo Solares se acordará seguramente de un viejo republicano que quiso romper su carné, de número muy bajo, en la calle Mayor, delante de Unión Republicana, por la muerte de Muñoz Seca, de la cual es responsable, mientras no se demuestre lo contrario, el Carrillo Solares a quien hay que aplicar la acusación por delito tipificado de genocidio y atentados contra la humanidad.»


Una memoria incómoda

Esa es la memoria que se quiere borrar a costa de silenciar y arrinconar a quienes conocieron la verdad.

Artículo publicado en primicia en el Diario de Sevilla el 15/07/2019, enviado posteriormente a La Razón de la Proa por su autor.

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