SEMBLANZAS
Juan Antonio Rodríguez, ejemplo de lealtad
De quienes han hecho cabeza en nuestras organizaciones e iniciativas se hace memoria. De los camaradas de a pie, de los que, sin relucir, han cumplido, y bien, muy bien, sus obligaciones militantes, es más fácil que se borre el recuerdo. No debe ser así en el caso de Juan Antonio Rodríguez Montanero.
Un militante forjado en la sencillez
Le conocí hace casi cincuenta años. De ascendencia modesta, como muchos de nosotros (Longinos, Socorro, Pérez Garijo...), militó en las Falanges Juveniles. Ingresó en el seminario, que abandonó al cabo de unos años. Se afilió al tinglado FES.
En las elecciones generales de finales de los años setenta participó como candidato de FEI y grabamos en TVE algunas de sus intervenciones en los espacios gratuitos. También intentamos realizar algunos proyectos de comunicación. Tengo en memoria alguna reunión en la Casa de Campo, acompañados del siempre diligente compañero de RTVE, viejo camarada de FF. UU., Federico Sánchez Aguilar. En mi barrio de Aluche recuerdo que vivían algunos trabajadores de su empresa, que fabricaba muebles sencillos y que montó en Fuenlabrada.
Curiosamente, el hijo de un vecino de mi niñez, Mariano García, con un taller de zapatería debajo de la ventana de mi casa de la calle Baleares, junto al barrio de Comillas, sería uno de los colaboradores administrativos de su aventura empresarial. Juan Antonio dio mucho trabajo a camaradas y colaboró siempre de forma desinteresada con todos los que solicitaban ayuda.
Los orígenes de una vida de esfuerzo
Tras un inevitable deterioro físico, nos dejó hace unas semanas. Murió en brazos de su hijo Óscar, heredero fiel de las virtudes y afanes de su padre, médico del Servicio de Urgencia Médica de la Comunidad de Madrid, quien nos ha escrito una evocación que merece atención:
«Juan Antonio nació en Torremejía (Badajoz) en 1946. Siempre llevó a gala ser extremeño, aunque viviera casi toda su existencia en este bendito Madrid, ciudad a la que se mudó con su padre siendo niño, como avanzadilla del resto de la familia, que se reuniría con ellos meses después.
Mi abuelo Antonio, carnicero de profesión, emigró a la capital y trabajó de todo menos de carnicero, en aquella dura posguerra. Falleció con sesenta y pocos años por la maldición familiar cardiovascular, muy orgulloso de su hijo y de sus obras.
Mi padre se crió en un barrio pobre de los arrabales, San Fermín. Accedió a una educación de calidad en el seminario de Alcalá de Henares, donde se forjó humanística y religiosamente (si es que no es lo mismo) y donde estudió becado gracias al auxilio de unas señoras mayores. Esto conformó su personalidad y curtió su carácter, junto con la huella del Frente de Juventudes. Gracias a Dios (sobre todo por sus hijos), no tomó los hábitos y continuó su formación de manera autodidacta mientras trabajaba. Tras realizar el servicio militar y casarse con mi madre, marchó a Cádiz a trabajar, donde concibieron a un servidor, y posteriormente regresaron a Madrid, donde fundó su empresa a principios de los años setenta.»
Una empresa al servicio de las personas
«Su empresa fue su obra y empleó sus energías en ella. Creó muchos puestos de trabajo y fue emocionante ver la presencia de algún superviviente de Europea del Mueble en el velatorio. También acogió en la empresa a familiares, amigos y conocidos, que ayudaron al crecimiento de la misma; siempre pagó sus deudas y su palabra era ley. Ayudó cuando pudo, en la medida de sus posibilidades.
Crió a cuatro hijos, a los que educó con el ejemplo, junto con su esposa, y siempre fue leal a su familia. Hombre hogareño y de pocos amigos, ávido lector, con una gran biblioteca y con pocos vicios: los puros de esa tierra cubana de la que tanto gustaba».
La prueba del dolor y la despedida
«El epílogo de su vida vino marcado por la muerte de su hija Sonia, tan prematura como triste. Desde entonces se borró de esta existencia y pervivió con escasa ilusión.
Posteriormente, el declive de la empresa y sus problemas cardíacos fueron deteriorando su cuerpo y su mente. Últimamente la demencia progresaba y ya no era ese hombre tan fuerte, de personalidad arrolladora y, a veces, hostil, que con los años se dulcificó. En sus últimos años no tuvo dolores y mantuvo una buena calidad de vida.
Falleció el 20 de mayo en su casa, de manera súbita, acompañado de sus hijos y de su esposa. Su agonía fue muy corta y tuve el privilegio de presenciar su salida de este mundo acompañado por mis compañeros del SUMMA 112 y decirle que le quería.
Fue valiente, leal, humilde y consecuente, y solo me pidió hace años que le velaran con su camisa azul, del color del mono de los obreros. Curiosamente, fue incinerado en Fuenlabrada, donde estaba su fábrica.
Alguna vez me han dicho que me parezco algo a él. Ojalá me acerque un poco a sus virtudes. Te quiero mucho, papá; intercede por nosotros. Seguro que estás con Sonia fumándote un Cohíba tras comerte un par de huevos fritos con patatas...»
El recuerdo de un capitán de empresa
A renglón seguido de lo escrito por Óscar, algún otro camarada ha querido dejar patente su lealtad joseantoniana inquebrantable, su valor y su sentido de la disciplina; su recuerdo erguido, en posición de firmes, siendo ya capitán de empresa, soportando con estoicismo marcial alguna de aquellas filípicas tremendas de Sigfredo. Y la ayuda a sus camaradas, y a quienes se la pidieran por medio de estos. Y el compromiso con sus trabajadores: cómo dejaba su despacho directivo, remangándose, para ayudarles en la carga de muebles en algún camión que debía salir con urgencia; las muchas horas que pasó en el hospital con alguno de ellos, paciente terminal; o el agradecimiento de uno de quienes acudieron a su velatorio, que recordaba que él estaba en este mundo gracias al trabajo que Juan Antonio dio a su padre, permitiéndole formar una familia. No es poco.

