Bajar el listón, sin perder el horizonte
La conversación sosegada parece cada vez más difícil en tiempos de prisas, corrección política y desencanto. Entre utopía y realismo, queda la defensa de un país habitable sin renunciar a los ideales.
La tertulia que se apaga
Últimamente participo en pocas reuniones donde se converse sosegadamente entre amigos, y crean que lo siento; tengo para mí que la tertulia, como institución tradicional, está de capa caída, ya no digo las literarias y tradicionales de señores con toda la barba, sino las de la simple peña ocasional, tras un yantar medianamente apetitoso y a la hora del café y de las copas.
Y los motivos de esta decadencia pueden ser varios: uno de ellos lo constituyen las prisas y el ajetreo, causas de que, casi acabados los postres, los contertulios se levantan para acudir a sus quehaceres; otro —y esta es una opinión muy personal— por el estricto control antitabaco, y ya ha pasado a la historia el ritual de encender el cigarro —en mi caso, la pipa— para seguir departiendo entre volutas de humo; y la tercera es esa "censura mental" que lo políticamente correcto nos ha impuesto poco a poco, y que coarta la libre expresión en público, con el riesgo de que, en una mesa próxima, un comensal ajeno al grupo dialogante increpe al hablante y amenace con poner una denuncia.
De todas formas, participo en alguna conversación o velada en las que predomine la confianza, se permitan opiniones dispares, se respete el turno de palabra, se mantenga la educación y, en fin, prevalezca lo que los modernos denominan buen rollo.
El reproche de la utopía
En esas contadas ocasiones, no me coarto a la hora de manifestar mis ideas y, a la recíproca, escucho con suma cortesía las contrarias, por muy opuestas que sean a las mías. Pero he comprobado que la imputación más repetida por mis antagonistas —por decirlo así— no es precisamente una discrepancia frontal, sino la de que lo dicho por un servidor pertenece al ámbito de la utopía.
Ya saben: según la RAE, utopía es «plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación»; y, ante la recriminación de marras, me repito en mi interior la última parte de esa definición académica: «…irrealizable en el momento de su formulación», es decir, el aquí y ahora, porque la historia puede dar muchas vueltas.
En el fondo, se me acusa amigablemente de radicalismo. A título de ejemplo, se me achacan como utópicos mis planteamientos sobre una necesaria transformación de la sociedad a partir de la educación en valores y, especialmente, en el campo de la Enseñanza; por mi propia experiencia como profesor jubilado y por las informaciones de mis colegas que aún no han llegado a esta situación, tengo que reconocer que no andan desencaminados mis contertulios al echarme en cara mis utopías…
Ideas tachadas de quiméricas
Siguiendo con los ejemplos, mis opiniones sobre lo económico y lo social, sobre el trabajo, la propiedad de los medios de producción, la empresa o la aparición de un auténtico sindicalismo, no es que despierten controversias de fondo o de oposición cerrada, ni tampoco sarcasmos hirientes —suelo tratar con personas educadas—, pero sí una reiteración del calificativo de quiméricas, incluso cuando propongo la creación de viviendas sociales, de cooperativas o de créditos con bajo interés.
No digamos cuando expreso mis pareceres sobre la inviabilidad de mantener el Estado de las autonomías tal como está concebido; suelo obtener expresiones de asentimiento, pero, al mismo tiempo, de conmiseración por mi osadía; incluso se llega a considerar utópica una postura de superación de los nacionalismos con un proyecto común atractivo para todos los españoles, lo que ya quedó muy bien dicho con aquello de la gaita y la lira; para qué les voy a contar en el momento en que pongo en duda la propia democracia mientras persista la partitocracia…
Y así sucesivamente, si se conversa sobre la posibilidad de llegar a integrar una Europa basada en sus auténticas raíces, o sobre la España vaciada, o sobre el descontrol de la inmigración, o sobre la postura de algunas jerarquías eclesiásticas en torno a la islamización de nuestro continente…
Bajar el listón sin renunciar
En conclusión, he tomado la decisión prudente de bajar el listón de mis criterios y pareceres en público y, en la medida de lo posible y sin abdicar de mis ideas en absoluto, abogar en público, ya no por esas utopías, sino llevarlas al terreno de la "eutopía", es decir, según la etimología de la palabra, exponer mis deseos en pro de «un buen lugar para vivir», siguiendo la letra del maestro José Antonio Marina. Traducido: hacer de España, en la medida de lo posible, un lugar donde todos los españoles puedan vivir sin excesivas estrecheces.
Quizás en esta concesión influyan la edad y las circunstancias personales; como decía el gran Enrique de Aguinaga, «yo ya no puedo salvar a nadie»; pero, en todo caso, se trata de puro realismo, sin que ello signifique que pierda de vista los horizontes ideales, los que son tachados de utopías. Y me repito aquella brava sentencia que escuché en mi lejana juventud: «Busca lo que nunca existió», que he convertido en un proyecto de vida.
Deseo de todo corazón que una gran parte de la sociedad española, especialmente la más joven, empiece ahora a subir el listón…
