EDITORIAL
España: europea por decisión, hispánica por vocación
El 9 de mayo invita a repensar Europa desde sus raíces y desde la vocación histórica de España: una patria de patrias, unida por la civilización cristiana y abierta al horizonte universal de la Hispanidad.
Europa, patria de patrias
Cada 9 de mayo, el llamado Día de Europa suele reducirse a un ritual institucional entre banderas, discursos previsibles y declaraciones burocráticas. Sin embargo, Europa no nació en Bruselas ni en los tratados administrativos del siglo XX, sino en una historia mucho más profunda: la de una civilización común, forjada en Roma, en la Cristiandad y en la conciencia de pertenecer a una comunidad de destino superior a los intereses inmediatos.
Europa fue durante siglos una realidad espiritual antes que económica. Su unidad no dependía de reglamentos ni de tecnocracias, sino de una cultura común, de una concepción trascendente del hombre y de una misión histórica reconocible. Cuando esa conciencia desaparece, Europa deja de ser una civilización para convertirse en una simple estructura de gestión, vulnerable al egoísmo, la fragmentación y el vacío moral.
La soledad del europeo contemporáneo
La creciente sensación de descontrol en las fronteras europeas, con una inmigración masiva procedente de países culturalmente ajenos y, en muchos casos, sin verdadera voluntad de integración, simboliza bien la soledad del europeo actual. El ciudadano contempla cómo se debilita el proyecto común mientras aumentan la inseguridad, la desconfianza y la impresión de que las instituciones ya no representan ni protegen eficazmente a los pueblos que deberían servir.
El nacionalismo —todos los nacionalismos— constituye el individualismo de los pueblos, y todo individualismo desemboca inevitablemente en egoísmo. Pero tampoco el europeísmo burocrático ofrece una respuesta suficiente. Confundir Europa con la ineficacia de Bruselas es un error tan grave como reducir la patria a la exaltación excluyente de lo propio. Ni aislamiento nacional ni uniformidad tecnocrática: Europa exige una síntesis superior.
España, europea por decisión
España posee en esta cuestión una responsabilidad singular. Somos europeos no por accidente geográfico ni por adhesión administrativa, sino por voluntad histórica. Como recordaba Julián Marías, España fue el único país que quiso ser plenamente europea. Frente a la alternativa del siglo VIII entre Europa o África, nuestra historia eligió la Cristiandad, la romanidad y la continuidad de una civilización.
La Reconquista no fue solo una guerra territorial, sino una decisión histórica de pertenencia. Ocho siglos de esfuerzo colectivo consolidaron una voluntad de ser europeos que culminó con la unidad de los Reyes Católicos. España no heredó pasivamente Europa: la eligió, la defendió y la proyectó. Por eso nuestro europeísmo no puede ser superficial ni subordinado a modas ideológicas contemporáneas.
Hispánica por vocación universal
Pero España no solo fue europea por decisión: fue americana por vocación. Cuando consolidó su unidad política, su impulso no consistió en encerrarse en sí misma, sino en abrirse al mundo. La empresa hispánica fue la expresión más alta de esa universalidad española: descubrir, fundar, evangelizar y mestizar. No se trató de simple dominio, sino de una concepción integradora de la comunidad humana.
Europa e Hispanidad no son términos opuestos, sino dimensiones complementarias de una misma misión histórica. España fue plenamente europea precisamente porque fue universal. Su grandeza no nació del repliegue identitario, sino de la apertura generosa. La verdadera patria no se define por el egoísmo de conservarse, sino por la capacidad de ofrecer al mundo una forma superior de convivencia y sentido.
Frente a la disolución global
Hoy tanto Europa como Hispanoamérica sufren la presión de una globalización que pretende uniformar conciencias, debilitar soberanías y vaciar las identidades históricas de su contenido moral. No hablamos aquí de apertura legítima entre pueblos, sino de una homogeneización ideológica que sustituye la comunidad por el mercado, la tradición por el consumo y la política por la pura administración económica.
Celebrar el Día de Europa exige, por tanto, recuperar una idea exigente de civilización. Europa debe volver a ser una patria de patrias, una unidad de destino en lo universal, no una maquinaria sin alma. Y España, fiel a su doble condición europea e hispánica, tiene el deber de recordar que solo desde las raíces se construye el porvenir. Amamos Europa precisamente porque no renunciamos a exigirle grandeza: porque también para Europa la razón no está en las bandas que la dispersan, sino en la proa que la orienta hacia su verdadero destino.
