LIBROS
Petón y el mito revisado de José Antonio
La publicación del supuesto diario secreto de José Antonio reabre viejos debates sobre su figura, su mito político y su lugar en la historia, entre hallazgos valiosos y lecturas discutibles.
Un libro esperado entre el mito y la polémica
Ha aparecido un libro titulado Diario secreto de José Antonio, cuyo autor, José Antonio Martín Otín, “Petón”, es persona de sobra conocida para quienes están en la pomada del joseantonianismo y sus periferias, y también para los amantes del fútbol, por ser su autor, en ambas modalidades, un analista excelente.
Pero como el comentario de un texto no se basa en la apología del mismo, porque ya para ello están los departamentos de marketing de la editorial que lo publica, les dejo a ellos jabón y linimento y paso a reflexionar sobre lo que a mí me ha parecido este escrito, editado por Espasa y divulgado en digitales mediante resúmenes proventa y pasteurizados, y en donde tampoco han faltado artículos-respuesta al potente estímulo petoniano; o sea, que a algunos les ha sorprendido este parto y les ha recordado tiempos pasados suyos, de creencias dadas por muertas y que, ahora, les sobrevienen recuerdo y justificación de conductas propias almacenadas en esa parte del cerebro que tiende a esconder lo que nos dicen que es malo.
La agenda de marzo de 1936 como núcleo documental
La base documental utilizada es una agenda de azaroso destino donde José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia —más del segundo apellido que del primero, según Petón— va dejando su impresión personal e íntima durante el mes de marzo de 1936 (elecciones de febrero, encarcelamiento interminable, aniquilación de la Falange) y que, además, figura en su integridad en el libro de Martín Otín, contribuyendo el aporte a una edición que no queda más remedio que elogiar por cuidada, corregida y completa. En resumen: que los veintipocos euros que cuesta se pueden dar por bien gastados.
Quienes han situado al fundador de la Falange dentro de una corriente vázquezmellista, si se han leído el libro, tienen que estar que trinan ante el intento de colocación en una tercera España más cerca de Sanz del Río, del maestro Giner y de Manuel Azaña que del integrismo católico o de los principios ideológicos de Acción Española.
Más aún: campanas deben tocar a rebato por Extremadura cuando empiecen con el libro y les venga a la mente la frase del alcalaíno pronunciada en las Cortes el 13 de octubre de 1931 y que todo el mundo conoce:
«España ha dejado de ser católica: el problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica del pueblo español».
Si hubiera aguantado Sigfredo Hillers, habría puesto a trabajar a su FES y a sus juventudes falangistas —que esto le gustaba— para sacar un tocho demoledor —ya lo hizo— que neutralizara el atrevimiento del periodista; y no por enfrentamientos físicos ocurridos in illo tempore —que, sobre eso, pelillos a la mar—, sino porque no representa lo que fue la verdadera Falange, por más que pudieran coincidir en varios aspectos, y por más que la difusión machacona y mántrica contra el confusionismo francofalangista ya la hizo el FES (una neofalange más) cuando vivía el dictador; o sea, cuando vivía el dictador.
Y pienso que hasta Adolfo Muñoz Alonso añadiría, si pudiera, un capítulo a Un pensador para un pueblo, de digestión casi imposible, pero inevitable por quedar concernido. En fin, que da para la polémica.
La fabricación franquista del mito del Ausente
La construcción interesada del mito José Antonio está clara. No hay historiador que niegue esa exaltación post mortem por parte de Franco del jefe de la Falange con "T".
En esta corriente falsaria destaca Petón a Joaquín Martínez Arboleya, “Santicaten”, por inventarse una forma de muerte similar a los relatos de La leyenda áurea, de Giacomo de la Vorágine, y que otros repetirán más tarde en algunos de sus aspectos; y así quedó, y muy bien, en el libro trabajado y sentido de José María Zavala sobre el tema.
Como sería lista interminable, recurro a quien, de los extranjeros hispanistas, cuenta con mayores adeptos —entre los que no estoy yo—: Paul Preston. El británico nos habla de la orquestación del culto a la personalidad de José Antonio, muñida por el general Franco y compañía —entre ella, la de muchos, muchísimos falangistas—, aunque su simpatía personal hacia el Ausente no era alta, sino más bien underground.
Otorga Preston al líder de la Falange estar abierto a una reconciliación nacional imposible y marca la poca empatía y el reconocimiento nulo como posible gobernante capacitado que otorgaba el falangista al general (p.247). Aunque de ahí a establecer una relación de odio (pp. 274-275), como afirmaba Amando de Miguel y reproduce e insiste Petón, me parece una hipérbole innecesaria.
Entre la exaltación y el juicio sereno del personaje
De la exaltación irracional al elogio del fundador de la Falange —se publicó un libro de citas encomiásticas hace tiempo— hay el trecho de la cordura y de la prudencia, y en esa línea destaca a personajes como Rosa Chacel, Juan Ramón Jiménez, Salvador de Madariaga o Claudio Sánchez Albornoz: todos ellos perdedores en aquella Cruzada y bárbara de «malos contra malos» —Payne—, sufridores del exilio, españoles sin duda alguna, transterrados.
Y resulta llamativo que en ellos se fije, porque una de las debilidades del libro y de su autor es darle más veracidad en los juicios a los de la otra orilla del Mar rojo que a aquella por la que apostó la Falange en su conjunto.
A partir de la transcripción de las notas agendísticas («agenda iure»), las digresiones ampliadoras que suministra —que en ello consiste el texto— aportan grandes conocimientos, muchos novedosos, otros no, tanto de personajes relevantes como de otros cuya historia fue mínima, olvidada o poco conocida.
Un portento en su especialidad deportiva, Petón nos pone en contacto con gentes que arriesgaron en política y que se dejaron el pellejo —porque se lo quitaron—, que constan impresos en el texto, practicantes además de deportes —fútbol, sobre todo— y de otros, incluso del ajedrez.
Azaña, el proceso judicial y la persecución falangista
Queda sugerido, y algo desarrollado, pero poco, el calvario judicial que desde el 14 de marzo sufrió el líder de la Falange y su organización: programado, alevoso y calculado. Si tuvo como responsable principal al alicantino José Alonso Mallol, director general de Seguridad, contaba por el escalafón superior con Amós Salvador, ministro de Gobernación, que algo tendría que ver, y con Manuel Azaña, presidente del Gobierno y luego presidente de la República, todopoderoso en su momento —y no por celestino—, aunque meses después viniera a pintar lo que la Tomasa en los títeres.
Y a quien en el libro se le trata muy decentemente, lo que no es novedad en el descubrimiento de las virtudes de don Manuel, que ya el Partido Popular se empeñó hace años en ello: «un político extraordinariamente bien dotado para el análisis y bien pertrechado de ideales» —José María Aznar, años después de su militancia en el FES—.
Que el leviatánico Araquistáin era un bicho, enemigo de la “tercera España”, sí, como dice Martín Otín, pero que no funcionaba solo; y el miedo de José Antonio estaba a partir de la línea que iba desde Largo Caballero hacia la izquierda, en donde, a partir de ahí, cualquier mínimo roce se convertía en penalti y que, a lo que se vio, a don Manuel —que tenía el silbato de árbitro— o no le preocupaba o hacía que no le preocupaba.
«Es, pues, inútil, señores diputados, que venían a preguntarme a mí si estoy dispuesto a dar paso al régimen comunista; si no estuviéramos hablando de cosas serias diría que esto es un poco risible, y no por nada, sino, entre otras razones, por las siguientes: primera, porque yo no soy comunista; si lo fuese estaría sentado entre los comunistas; y segunda, porque mi deber, aunque fuese comunista, estando aquí y habiendo recibido el poder para lo que lo he recibido, es conservar la Constitución desde el Gobierno, mientras las Cortes no la reformen, aunque fuera comunista; y si mañana estuviera aquí un Gobierno socialista elegido por una mayoría electoral o por una mayoría parlamentaria, tendría que respetar la Constitución como yo la respeto, con todo su socialismo…»
(Manuel Azaña, 16 de abril de 1936. Congreso de los Diputados. Con el jefe de la Falange con treinta y dos días en la trena).
La emoción literaria y la fuerza de la prosa de Petón
Esas digresiones —sin irse por las ramas, por supuesto— vienen a ser el relato que un experto conocedor te está contando, sin el recurso a justificaciones eruditas de lo dicho, y que le dan agilidad al texto, a lo que se suma una prosa muy próxima que, en determinados momentos, lleva al lector —o a algunos lectores sensibilizados— a traspasar la fase del conocimiento y entrar en la de la emoción.
Tal ocurre cuando habla de la División Azul —no podía ser menos— o en la parte final del 12 de marzo, sin duda soberbia:
«En la madrugada del 20 de noviembre del 36… El mismo Cristo, melodía caminante sobre los rumores del cortejo que acompaña al hermano de Perico Durruti, va apretado en la mano izquierda de José Antonio, camino de la Esperanza en la que cree».
Y si el lector se acompaña oyendo Amarguras, de Font de Anta, ya no va más.
Conocimientos que van referidos al entorno político, a la programada represión social-comunista contra la Falange, a las amistades del autor de la agenda y a sus camaradas, con especial atención a la práctica del deporte de los mismos y a su destino.
Los amores, las conjeturas y las zonas de sombra
Hasta tres son los amores que nos sugiere Petón en su libro: el de Pilar Azlor, con frustración peligrosísima, al punto que casi alienta un coup de force; el de Elisabeth Asquith, que reconozco es el que más me gusta; y el de Bibby, en ciernes, que no llega al del tío Alberto, pero en algo se le parece.
Muchos menos de los que le adjudican otros herederos de la promesa al jefe falangista, y contrapunto tanto al asexuado que trazaron durante años sus hagiógrafos oficiales como al canco que insinuó Martín Prieto, no se sabe bien por qué.
La gran obra de teatro La princesa roja —que no tuvo el escrache merecido de la izquierda y que pasó como mini musical sin pena ni gloria, y que a algún mecenas le costó un pastizal— presentaba un cuadro donde la pareja Bibesco-José Antonio, tras una charla íntima entre buenos amigos, finalizaba con un fundido en negro muy sugerente.
Mi llorado camarada Juan Domingo y yo nos preguntábamos por la solución de aquel encuentro, y la alternativa era clara: o a rezar el rosario o a faire l’amour. Dado que la Bibesco no parece que fuera persona muy religiosa, coincidimos los dos en descartar el rezo. Suposiciones.
Suposiciones que también aparecen en el libro del diario y que resultan necesarias en cualquier investigación, so riesgo de quedar descartadas por escépticos o por nuevas pruebas que se aporten.
Entre ellas, el archivo secreto de militancias paralelas, «donde debía estar, por ejemplo, Ángel Pestaña» (p. 15), o una entrevista secreta y misteriosa entre José Antonio y Azaña en el otoño del 35, en Almagro 31, en la que le avisaría el primero de un próximo futuro de terror porque a don Manuel le iban a comer la tostada, justo después del acto de Comillas.
En este tenor, la llamada de José Antonio a Portela Valladares para salvar a La Barraca, de García Lorca, con problemas económicos que llevaban a su desaparición —reconocido por el hermano del poeta granadino—, o anotaciones clave sobre el asunto del libro que debían constar en el archivo de Azaña que la Gestapo se llevó de París, o la participación directa de Stalin y de sus monaguillos en la muerte de Buenaventura Durruti… y aquellas otras que figuran en las notas finales en las páginas 262, 263 y 266.
La ILE, La Barraca y la reinterpretación cultural
La ubicación de José Antonio en un viaje con paradas en la Institución Libre de Enseñanza (ILE), la Colina de los Chopos o La Barraca es una apuesta atractiva y arriesgada que, desde luego, rompe —y rompió, porque no es nueva— con la monotonía interpretativa con que se vendió durante tiempo al personaje.
El eslogan de venta, machaconamente repetido para justificar el discurso, fue el «como decía José Antonio», tal vez el sintagma más repetido en la prensa española de todos los tiempos. Pero lo indicado en este aspecto rompedor del jefe falangista, que está muy bien decirlo, forma parte del anecdotario.
Desperdigados por el texto quedan múltiples personajes sujetos al elogio o al desprestigio en distintos grados o niveles de filias o de fobias.
Entre los personajes positivos están —y no todos— Perales, Justina, Ceferino Maestú —imposible no hacerlo— y los camaradas falangistas arrasados en calles o checas, sometidos a persecución y a martirio (pp. 234-236), con parada esencial en Eduardo Ródenas, con su SEU y su Barraca, sin olvidar a otros muchos desconocidos, luchadores, que pagaron su atrevimiento de hacerse de la Falange con sus vidas.
De entre los falangistas elogiados incluye, aunque por motivos diferentes, a Miguel Primo de Rivera y a José Utrera Molina.
Positivos también le resultan los buscadores de una tercera vía, con los que emparenta de alguna manera a Primo de Rivera con la ILE, Francisco Giner de los Ríos, Claudio Sánchez Albornoz o Juan Ramón Jiménez; y llama la atención la inclusión, incluso, de Negrín y, en particular, de Azaña. Sorprendente.
Manuel Azaña como figura central de la controversia
Una dedicación especial merece Manuel Azaña y la presentación favorable —excesivamente favorable— que se hace de él.
A nivel político, por lo que se sabe, las relaciones con la Iglesia, ese gigante de la sociedad española y de la historia de España, no parece que fueran las mismas entre José Antonio y el jefe de Izquierda Republicana.
«Nuestro movimiento incorpora el sentido católico —de gloriosa tradición y predominante en España— a la reconstrucción nacional…» (norma programática 25), algo que dudo atrajera lo más mínimo a Azaña.
En cuanto a la articulación del Estado, el credo falangista, cuyo máximo hacedor era Primo de Rivera, negaba de raíz —y justamente por lo mismo, por la deseada “unicidad”— el Estado integral con autonomías defendido por Azaña:
«…la implantación de la autonomía en Cataluña, y pronto la de otros pueblos peninsulares en las modalidades que les sean propias […] no significan ruptura […] es todo lo contrario».
Para José Antonio:
«La Constitución vigente, en cuanto incita a las disgregaciones, atenta contra la unidad de destino de España. Por eso exigimos su anulación fulminante» (norma programática 2).
A lo que se ve, no era muy partidario José Antonio de aquella Constitución.
La configuración del Estado que partía de ella, con el debate religioso, el agrícola y el de la territorialidad como elementos medulares, se convertía para Manuel Azaña —presidente del Gobierno, presidente de la República— en elemento indiscutible:
«Nosotros representamos una política estrictamente basada en la Constitución, que nosotros declaramos hoy por hoy intangible, pese a los técnicos que escrupulosamente la examinan con sus lentes para hallar en ella defectos orgánicos» (Comillas, octubre del 35).
En fin…
El choque entre dos concepciones del Estado
La única zona de intersección —y tampoco— podría estar en el apartado “Tierra” de las normas programáticas de la Falange (normas de la 17 a la 22), en donde se reclamaban principios revolucionarios que, por otra parte, sobrepasaban lo que la izquierda republicana quería hacer en el campo.
En lo referido a la “democracia”, allí, en el crítico periodo intermedio, Manuel Azaña no dudaba:
«Vosotros tenéis que escoger entre democracia, con todas sus menguas, con todas sus fallas, con todas sus equivocaciones o errores, o la tiranía con todos sus horrores. No hay opción» (Comillas, octubre del 35).
La opinión del líder falangista era favorable a otra democracia: a la democracia orgánica, sí; como los krausistas y Madariaga, sí; pero no a la defendida por el presidente republicano, y en ello era contundente:
«Una vez más el régimen parlamentario en el que usted cree y yo no ha consumado un atropello».
Y todavía más:
«…Yo no entiendo por qué ha de ser preferible a la dictadura de un hombre la de doscientas cincuenta bestias con toga legislativa» (4 de junio de 1936, carta a Giménez Fernández desde la Cárcel Modelo).
El dique de contención contra el marasmo que algunos veían llegar —no solo José Antonio—, es decir, la posibilidad de un golpe de fuerza intentado o proyectado por la Falange junto a otros —ofrecimiento a Portela— con una dictadura provisional, tampoco pareció contar con el mínimo deseo de Azaña de llegar a esa solución; no entraba en sus presupuestos:
«La dictadura es una consecuencia o una manifestación política de la intolerancia; su motor es el fanatismo, y su medio de acción, la violencia física. La dictadura conduce a la guerra y allana los caminos de la revolución en contra de aquello mismo que la dictadura se propone defender; entontece a los pueblos o los enloquece» (Comillas, octubre del 35).
Un libro valioso que no altera el curso histórico
Y a partir de ahí, los reconocimientos personales de la valía de ambos; el que el presidente Azaña le enviara por su seguridad a la cárcel —llamativo y, que perdonen, me cuesta creerlo—; la fantasmal entrevista de Almagro 31 después del evento de Comillas ya referida; la carta quemada que el mensajero de Azaña lleva al preso de Alicante; y, sobre todo, la amistad compartida con Elisabeth Asquith, que resulta un potosí para quienes nos gusta, y estoy seguro de que lo fue para José Antonio.
El devenir de la Falange —o sea, de José Antonio— quedaba claro, entre otras razones porque, además de un intelectual, era un hombre de acción y había creado un grupo político cuya extinción estaba programada primero por los “hunos” y luego por los “hotros”, por lo que no va a cambiar para nada la historia, por más que se empeñe Espasa («un documento inédito que cambia la historia»).
Y no lo digo yo: lo dice Petón en su excelente obra, contradiciendo el anuncio de la portada:
«Lo que va con el Frente Popular es la irrevocable voluntad de acabar con cualquier resistencia que impida el dominio venidero de la izquierda radical. Tomarse la molestia de leer lo que envía Araquistáin desde Leviatán es conocer un poco antes lo que va a pasar, lo que está ya pasando. Araquistáin es el cerebro; se ha hecho con el lado fuerte del Partido Socialista, el cerebro impositivo que amedranta a Azaña y los suyos en el Gobierno de la nación. José Antonio Primo de Rivera es un obstáculo a eliminar según esa lógica extrema» (p. 243).
«No coincide en casi nada con ellos —la derecha golpista—, pero es que los otros —lo cree del todo—, a la mínima, los trituran. Esa fue la razón primera por la que la Falange entró en guerra: que en el otro lado los mataban» (p. 249).
Lo que constituye un axioma.
