El viaje de Isabel Díaz Ayuso a México ha reabierto el debate sobre la Hispanidad desde una defensa del mestizaje, la concordia y la herencia común frente al victimismo histórico y la política del resentimiento.
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La reciente visita institucional de Isabel Díaz Ayuso a México ha trascendido ampliamente el ámbito económico y diplomático para convertirse en un debate de fondo sobre la Hispanidad, la memoria histórica y el futuro de las relaciones entre España y América. Frente a quienes pretenden reducir cinco siglos de historia común a un relato exclusivamente culpabilizador, la presidenta madrileña optó por reivindicar una visión positiva del legado hispánico basada en el mestizaje, la lengua compartida y una civilización construida entre ambos lados del Atlántico.
Ayuso no viajó a México para impartir lecciones históricas ni para alimentar provocaciones gratuitas. Muy al contrario, insistió en numerosas ocasiones en la necesidad de mirar al futuro y fortalecer los vínculos culturales, económicos y humanos entre pueblos hermanos. Su mensaje giró constantemente alrededor de la unión de más de seiscientos millones de hispanohablantes y de la necesidad de superar los discursos de odio, resentimiento y división.
La Hispanidad como proyecto de encuentro
En este contexto debe entenderse su defensa de la figura de Hernán Cortés y del mestizaje hispanoamericano. Ayuso recordó que la historia de América no puede analizarse únicamente desde categorías ideológicas contemporáneas ni desde una lectura simplista de vencedores y vencidos. La realidad histórica fue mucho más compleja: alianzas indígenas, mestizaje cultural, evangelización, fundación de ciudades, universidades, hospitales y una inmensa comunidad humana que hoy comparte idioma, tradiciones y formas de entender el mundo.
Sus palabras contrastaron con el tono empleado por la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, quien acusó a quienes reivindican a Hernán Cortés de estar “destinados a la derrota” y volvió a recurrir al discurso de la conquista como trauma permanente. Ese enfoque resulta problemático no sólo por su simplificación histórica, sino porque convierte el pasado en una herramienta de confrontación política presente. Alimentar continuamente agravios de hace quinientos años difícilmente contribuye a resolver los desafíos reales que hoy afronta México.
El victimismo como instrumento político
Ayuso señaló precisamente esa contradicción al recordar problemas gravísimos de la sociedad mexicana actual, como los desaparecidos, la inseguridad o las enormes carencias sociales. Su reflexión era clara: algunos dirigentes prefieren refugiarse en la reinterpretación permanente del pasado antes que asumir responsabilidades sobre el presente y el futuro. El recurso constante al victimismo histórico termina funcionando como un mecanismo de cohesión ideológica y de movilización política, pero raramente como un camino auténtico de reconciliación.
Frente a ello, la presidenta madrileña reivindicó el mestizaje como uno de los grandes fenómenos históricos de la humanidad. No habló de supremacías nacionales ni de nostalgias imperiales, sino de una comunidad cultural plural nacida del encuentro entre pueblos distintos. Su afirmación de que “sería absurdo odiarnos compartiendo apellidos” resumía una evidencia frecuentemente ignorada: España y América forman parte de una misma realidad histórica profundamente entrelazada.
José Antonio y la idea de comunidad hispánica
La defensa de la Hispanidad realizada por Ayuso conecta, además, con una larga tradición intelectual española que tuvo en José Antonio Primo de Rivera uno de sus principales formuladores políticos. Para José Antonio, la Hispanidad no era un proyecto de dominación, sino una comunidad espiritual y cultural basada en la fraternidad entre pueblos libres unidos por una herencia común. Consideraba que España tenía una vocación universal precisamente por haber sabido integrar culturas y extender una civilización mestiza y creadora.
José Antonio hablaba de la Hispanidad como una “unidad de destino” cimentada en la lengua, la fe, la cultura y una determinada concepción humanista del hombre. Frente a los nacionalismos excluyentes o las luchas de clases importadas de otros modelos ideológicos, proponía una idea de comunidad histórica solidaria y abierta. Esa visión rechazaba tanto el imperialismo agresivo como el complejo autodestructivo que hoy lleva a ciertos sectores a negar cualquier aspecto positivo de la obra española en América.
Concordia frente a enfrentamiento
Resulta significativo que Ayuso insistiera repetidamente en conceptos como libertad, concordia y hermanamiento, mientras desde algunos sectores oficialistas mexicanos se respondía con acusaciones de “fascismo”, protestas identitarias y discursos de confrontación. La diferencia de tono revela dos maneras muy distintas de abordar la historia: una orientada a construir puentes y otra centrada en reabrir heridas para extraer rentabilidad política.
La Hispanidad no significa negar errores históricos ni idealizar el pasado. Ninguna nación está libre de sombras en su trayectoria. Pero reducir la presencia española en América exclusivamente a “atrocidades” supone ignorar deliberadamente siglos de mestizaje, instituciones comunes, creación cultural y convivencia compartida. Precisamente porque España y América comparten una historia compleja y profunda, el camino más fértil no es el resentimiento retrospectivo, sino el reconocimiento mutuo y la cooperación entre pueblos hermanos.
En tiempos de fragmentación identitaria y polarización ideológica, el mensaje defendido por Ayuso en México posee una indudable fuerza simbólica: reivindicar la Hispanidad no como nostalgia del pasado, sino como una gran comunidad cultural llamada a entenderse desde la libertad, la dignidad y la concordia.

