La consigna de sostener un Gobierno agotado
El apoyo incondicional de los partidos separatistas al Gobierno no responde, según el autor, a razones coyunturales, sino a una estrategia sostenida para avanzar en sus objetivos políticos de largo recorrido.
La veracidad en la política y la estrategia del separatismo
En la España oficial no suele ser una virtud acreditada la veracidad. Tampoco exageremos: la falsedad y la simulación pueden considerarse comunes a todo el mundo político a escala universal, pero da la impresión de que en la España actual nos llevamos la palma.
Tenemos que hacer una salvedad, si bien poco honorable desde mi óptica: generalmente, los nacionalismos separatistas no engañan en sus intenciones, salvo que se trate de dirigirse a aquellos ciudadanos que no comparten sus obsesiones. Un caso paradigmático fue el de Sabino Arana, fundador del PNV, a quien algunos ingenuos achacan su conversión en los últimos años de su vida. Y no fue así, sino que, tras observar el panorama real de la sociedad vasca y las trabas a las que podía enfrentarse de seguir machaconamente en su línea de pureza racial, de su basamento en un mundo rural supuestamente idílico y, sobre todo, por darse un poco de cuenta de cómo iba cambiando el mundo a su alrededor, hizo un quiebro en su estrategia para fundar una Liga de vascos españolistas.
En realidad, no era más que una añagaza con el fin de navegar en aguas constitucionales y, sin embargo, proseguir con su campaña racista, enemiga de todo lo español común, sus obsesiones pseudohistóricas y buscar, a todo trance, la separación de España; como dirá en una carta escrita casi al final de 1903: «Haciéndonos españolistas, convertiremos a los vascos en nacionalistas».
De la Constitución al «federalismo asimétrico»
Esa estrategia se ha actualizado en tiempos mucho más cercanos, concretamente cuando se abrieron las compuertas en la II Restauración y empezó a redactarse la Carta Magna aún vigente. En primer lugar, los representantes nacionalistas entre los «padres de la Constitución» pusieron todo su afán en incluir el término nacionalidades en el artículo preliminar. Julián Marías y otros demostraron en sus artículos de prensa que aquello, en realidad, era un caballo de Troya. También pugnaron los redactores por el texto actual del Título VIII, verdadera bomba de relojería que debería ir haciendo amagos de explosión de forma pausada hasta que las circunstancias fueran más propicias para sus intereses.
Y estas circunstancias vinieron de la mano de los gobiernos ¿socialistas? de Zapatero y de Sánchez, tras el tira y afloja de las negociaciones y/o represión de los violentos de ETA, en realidad considerados niños díscolos de los ámbitos separatistas, pero que ayudaban, al agitar el nogal, a que cayeran las nueces.
Por parte de los presidentes del Gobierno español mencionados surgieron a la palestra pública las intenciones u objetivos finales, enmarcados en la expresión «federalismo asimétrico». Ninguna mente despierta deja de advertir que el verdadero nombre del invento era confederalismo, si bien aquel Plan Ibarretxe se adelantó a las circunstancias con la propuesta de un Estado libre asociado. En realidad, cualquiera de las tres denominaciones quería decir que esta asociación podía romperse cuando, otra vez, las circunstancias fueran propicias para los intereses del separatismo. También un cierto Plan Pujol se adelantó en el tiempo, pero quedaba suficientemente explícito en sus intenciones.
El respaldo al Gobierno y sus implicaciones
Lo del federalismo asimétrico, o como lo queramos llamar, sigue siendo la meta ideológica del Gobierno español actual y, por ello, obtiene el apoyo incondicional —salvo aspavientos de cara a la galería— de sus socios y allegados del nacionalismo separatista vasco y catalán. De momento, van arañando prerrogativas, plácemes y concesiones sin fin, que tienen por objeto asegurarse la fidelidad.
Es perfectamente inútil, en consecuencia, echarles en cara a ellos, tan púdicos, legalistas y honestos, que no retiren su apoyo a Sánchez y, tras los gestos compungidos de rigor, mantengan una resistencia casi numantina a un Gobierno inmerso en la corrupción. Una hipotética moción de censura lo comprobaría de inmediato.
Pero, a fuer de sinceros, de vez en cuando se les escapan a algunos afirmaciones rotundas (no en balde no dejan de ser españoles malgré lui). Así, Otegui, que hace poco tiempo expresó, con toda franqueza, que debía apoyar al Gobierno español actual porque propiciaba las condiciones para lograr la separación de España. De forma más espontánea e igualmente carpetovetónica, el Sr. Rufián resumió en una sola palabra (malsonante, si se quiere) su impresión de la actual coyuntura: «¡Mierda!».
La incógnita de un eventual relevo
Es de agradecer la sinceridad en ambos casos. Ya sabíamos algunos malpensados de qué se trataba ese apoyo numantino al Gobierno sanchista; lo terrible es que pase desapercibido para otros muchos votantes in pectore.
No me importa añadir que también tengo mis dudas de que un cambio de persona o de siglas al frente del Ejecutivo pueda disipar por completo la amenaza tácita o expresa del mundillo separatista a la hora de apoyar un Gobierno débil o comprometido por instancias supranacionales...
Por si se diera el caso, habría que tener noticias constantes de viajes ocultos a la localidad de Waterloo.
