¡Brindis por las mujeres!

8/06.- Las mujeres se van incorporando prácticamente a todas las ocupaciones en las que es necesario una mano o una mente que saque adelante un trabajo, una tarea de cualquier tipo.


Publicado en la revista Desde la Puerta del Sol núm. 465, de 8 de junio de 2021. Ver portada Desde la Puerta del Sol en LRP. Recibir actualizaciones de La Razón de la Proa.​

¡Brindis por las mujeres!

Seguramente hemos sido olvidadizos con la mujer, durante la vida de este modesto digital, al hablar poco de ella. No es una desconsideración, ¡vive Dios! Ni se puede decir que tengamos en el olvido al sexo femenino. ¿Cómo vamos a tener ese comportamiento si son uno de los mejores dones que nos ha dejado Dios para que nos acompañe a lo largo del peregrinar que es la vida, con la misión de que recorramos unidos el camino e intentemos, juntos, ganarnos el reino del más allá? ¿Cómo puede haber seres tan inicuos, tan malvados, tan desagradecidos que pueden considerar a la mujer por debajo del hombre, si a ellas debemos la vida, fueron sus cuerpos el hogar en el que nos fuimos formando, son, en suma, las madres que nos ayudaron y empujaron a ser quiénes somos?

No, evidentemente, estamos en el lugar en el que reconocemos todos sus valores –que son muchos–, su vocación, su laboriosidad, su capacidad infinita de entrega..., su desprendimiento, su cordura, la mano que nos condujo por dónde ir unas veces abriéndola y otras cerrándola con energía, empeñándose en que viéramos lo bueno y lo malo para que supiéramos distinguir el camino, y un largo etcétera difícil de poder enumerar, paso a paso, toda vez que es innumerable todo que proyectaron en nosotros.

Sucede que, cuando en estas páginas se habla de «hombre», lo hacemos en el sentido bíblico y, por ende, en esa palabra están comprendidos tanto los varones como las mujeres; porque, según nos aclara el Génesis (1:27, 28): Dios «varón y mujer los creó». No obstante, a veces hacemos la aclaración de varón y mujer cuando nos referimos a los hombres para que no se revolucionen ni los imbéciles ni «las imbécilas».

En estos momentos, si nos asomamos a la ventana, podemos apreciar cómo las mujeres se van incorporando prácticamente a todas las ocupaciones en las que es necesario una mano o una mente que saque adelante un trabajo, una tarea de cualquier tipo. Y las vemos en labores manuales que antes estaban dedicadas exclusivamente a los hombres, y las encontramos en un laboratorio investigando, en una consulta médica, al frente de una entidad llevando la dirección o la presidencia, en el gobierno de un país, pilotando un avión, participando en una carrera automovilista, ejerciendo de atleta, cuidando a niños en un jardín de infancia o enseñando en la cátedra de una universidad, jugando al fútbol o en un lance de esgrima –presteza que ya practicaban las mujeres españolas en el siglo V–, etc. En todos esos sitios vemos a las mujeres porque se lo han currado, no porque alguien ha decidido que han de ocupar el mismo número de puestos que los varones.

Y estas mujeres, que han puesto su empeño en conseguir lo que querían, se han metido y diversificado por toda la actividad que puede ejercer el ser humano. Peldaño a peldaño han conseguido subir la escalera que en los diferentes siglos han tenido para sí los varones. No han necesitado ninguna ley de género que las diera lo que no merecían por el solo hecho de haber nacido mujer; como tampoco era racional lo ostentaran los varones que carecieran de las facultados correspondientes, aunque, es preciso reconocerlo, les resultaba más fácil.

Ahora, con la igualdad del cincuenta por ciento para cada sexo nos encontramos que con facilidad, donde se lleva a la práctica, igual son ineptos unos que otros, de la misma forma están incapacitados para el ejercicio del puesto que por amistad les han adjudicado. No es preciso poner ejemplos, lo vemos a diario, los encontramos en lugares que todos consideramos deberían estar ocupados por personas capacitadas para llevar a buen fin la tarea que pesa sobre sus hombros.

Evidentemente, todas esas mujeres en las que estamos pensando, que son la mayoría, no entran en los planes ministeriales de Irene Montero, quien se ha gastado la modesta cantidad de 108.000 euros en un estudio para demostrar que «las mujeres son más sostenibles que los hombres por contaminar menos». ¡Menuda sandez! Ni se acercan a las cavilaciones de Mónica García, de Mas Madrid, que ha propuesto se regalen compresas y tampones en los edificios públicos de la Comunidad de Madrid y «reducir el IVA de productos de higiene femenina y su gratuidad para luchar contra la “pobreza menstrual”». ¡Qué memez!

No creemos que las mujeres que se encuentran al frente de empresas como Coca Cola, Iberian Partners, Indisex, Banco de Santander, Microsoft, Siemens, PH, IBM, etc. hayan salido de las cavilaciones de Irene ni del elenco que se dedica a confundir tanto a mujeres como a varones.

Ni piensan en las maquinaciones de las ideólogas de la confusión mujeres como Almudena Cid, gimnasta rítmica que, sin duda, no debe sus cuatro medallas olímpicas a esas promotoras del género; ni Teresa Perales, que a los 19 años se quedó parapléjica y ha sido capaz de, con su esfuerzo, levantar 26 medallas olímpicas en natación, además de otras muchas en diferentes campeonatos y ejercer una amplia actividad en la política, la enseñanza, etc., y reciente premio Princesa de Asturias; ni Edurne Pasaban, primera mujer en conquistar los catorce ochomiles; ni Lydia Valentín que consiguió medalla en halterofilia en juegos olímpicos; ni Ruth Beitia, la primera española en conseguir una medalla en salto de altura en juegos olímpicos; ni Nuria Picas, alpinista, corredora y escaladora, que tras romperse el hueso astrágalo del pie, lo que la inutilizaba para seguir con su vocación montañera, consiguió, gracias a su voluntad de hierro, la copa del mundo de carrera en esa especialidad; ni Mireira Belmonte, campeona olímpica, mundial y europea en natación; ni...

No es cosa de seguir, pues para ejemplo bastan esos ejemplos. Unos ejemplos de mucho valor que son equivalentes a los de otras muchas mujeres, aunque los de estas sean menos notorios a efectos publicitarios, como el de la doctora que se enfrenta a la vida o la muerte en un quirófano, o las olvidadas jugadoras de fútbol o baloncesto, y, sobre todo, a las que quedan en casa, sacrificando sus deseos y sus aspiraciones para estar al frente de la empresa más importante entre el ser humano: la familia.

Por lo tanto, ¡chapó a las mujeres! Los que vimos los años 50 del pasado siglo ya las vimos salir a la calle, al campo, al trabajo, a la enseñanza, a las pistas deportivas, al mundo ocupado en exclusiva por el varón. Entonces ya estábamos con ellas en su revolución particular, ampliamente apoyadas por las estructuras sin andarse con zarandajas de géneros ni igualdades. Y durante la larga vida que hemos visto amanecer día tras día, siempre nos ha alegrado encontrarlas en cualquier lugar ejerciendo las mismas funciones que los hombres. Y las hemos felicitado y nos hemos hermanado con ellas.

Por lo tanto, no tenemos que pedir nada para ellas. Ellas saben lo que tienen que hacer para encontrarlo. Únicamente reconocer su valor en todos los aspectos, y descubrirse ante el llamado sexo débil, que, a la hora de la verdad, probablemente sea más fuerte que el del varón. Y si hay que reconocer todos sus valores, se hace. Entre ellos su belleza. Y es bueno decirlo, sin que ninguna mema del «género» nos diga que un piropo es una ofensa.

Nada mejor que hoy traigamos un clásico botijo de cualquier punto de España en las manos de una bella mujer que sabe lo que hace. Con su palmito, su sonrisa y el agua fresca que nos incita a ver que en el piporro –dirían en Andalucía– hay más que suficiente para desear acompañarla, en la orilla del mar o en cualquier otra parte.