MEMORIA

Por la patria, el pan y la justicia.

El trigo fue sustento, conflicto y arma política en la España contemporánea. Del campo castellano a la Falange, su historia explica hambre, poder, propaganda y supervivencia.
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Fotocomposición: Fotografía coloreada de un original auténtico de campesinas falangistas. De fondo el cuadro 'Castilla. La fiesta del pan', de Sorolla (1913), al que se le ha quitado el color excepto la figura de una mujer que porta una bandeja con una hogaza de pan.
Por la patria, el pan y la justicia.

«Si os engañamos, alguna soga hallaréis en vuestros desvanes y algún árbol quedará en vuestra llanura; ahorcadnos sin misericordia; la última orden que yo daré a mis camisas azules será que nos tiren de los pies, para justicia y escarmiento». José Antonio Primo de Rivera. 


La fiesta del pan y la vieja Castilla cerealista

En 1913, Joaquín Sorolla, el pintor posiblemente con la mejor retina de la pintura española, presentaba a Archer Huntington Castilla. La fiesta del pan, la primera entrega de la Visión de España que el hispanista americano había encargado al pintor español.

Un conjunto de lienzos en una escena —una especie de plano secuencia— de enorme tamaño y en donde hay una representación de Castilla en sentido amplio (Reino de León, Castilla la Vieja —Segovia—, Castilla la Nueva). La parte izquierda de la pintura es una procesión de gentes engalanadas, protegidas por la fuerza pública —de gala también— y hasta, me lo parece a mí, con la bandera de Zamora sirviendo de palio al elemento sagrado portado por unas sacerdotisas, por unas damas oferentes que procesionan al pan llevado en ofrenda.

El pan, el trigo, es el motivo del cuadro y es, por supuesto, el elemento esencial de una parte enorme de España. La supervivencia durante siglos se consiguió a base de ese cereal, antes y después de que la meseta se cubriera de castillos, antes y después de que el morado o el carmesí simbolizaran el color de la meseta. La espiga del trigo y su dorado son la imagen y el color esencial que han traspasado el tiempo histórico desde la Cantábrica hasta la Carpetovetónica y luego más allá.

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Castilla. La fiesta del pan. Sorolla (1913). Museo: Hispanic Society of America, Nueva York (Estados Unidos)

El precio del trigo y la eterna lucha por la subsistencia

Hay una serie de constantes que acompañan al trigo. Unas las da la propia naturaleza: años secos, años lluviosos, pedriscos, fuegos. Incertidumbres antes de arrancarle a la tierra el fruto y también después.

Otras variables dependen de resortes muy complejos, como es el precio que debe tener el trigo. «En esto del trigo hay mucho embudo», que decía el obispo Murillo en el XVIII cuando hacía visitas de inspección a las cofradías de su diócesis segoviana, y razón llevaba. ¿Se debe ajustar a una tasa fija impuesta por las autoridades? ¿Debe ser el precio de mercado el equilibrio de la oferta y de la demanda? Un problema secular.

El tema fue un debate histórico eterno: tasas para la prohibición de vender por libre, sanciones a los regatones que elevasen los precios de venta en el mercado de corte (Juan I en 1387), pragmáticas desde Felipe II, libertad de precios con Carlos III en 1765, tasas escalonadas durante el mismo año agrícola… unas fuentes inmensas para quien guste del tema y tenga tiempo y vista.

A lo que se debe añadir el problema secular de los préstamos usurarios. Auténticos profesionales de la extorsión legalizada, de historia interminable, que prestaban —y prestan— en momentos de necesidad y que siempre ganaban —y ganan—; si había cosecha normal cobraban su interés; si no la había, arrasaban con embargo lo poco que tenía el triguero.

Y una recomendación clara ante la tendencia a juzgar hechos de ayer con los ojos de hoy: acoplar las situaciones a su tiempo histórico. La multiplicación de riqueza y de bienes en los últimos años no puede hacer pensar con los ojos del saciado los tiempos pasados como si fueran parejos.

Recurrir a una hijuela de las primeras décadas del XX, por ejemplo, realizada al fallecimiento de un campesino castellano, puede dar mucha más información que acudir a un libro de historia. Las migajas que caen del banquete de los epulones de ahora a los nuevos Lázaros son infinitamente mayores que las que pensaba Lucas en su fábula.


El campesino frente al mercado y el proteccionismo

En el juego de una sociedad organizada, y más cuando llegue el mercado nacional, también el trigo actuará como palanca defensiva y ofensiva hacia productos de otros lugares, y siempre se registran dos realidades constatables: la prevención del campesino productor, que manifiesta su resquemor ante casi todo, y la utilización política de la producción y del consumo del trigo.

Para generaciones nuevas convendría —es posible que algún alternativo quiera leer esto— aclarar que el trigo, una vez segado, atado, trillado y aventado, va al molino, donde se muele el grano envuelto del salvado y del germen.

El molinero cobraba su trabajo quedándose con una parte del trigo o de la molienda; esa cantidad era la maquila. Elaborado el pan, dos variedades fundamentales salían: el candeal, de miga prieta, y el de flama, de miga más suelta.

Durante largos periodos, el trigo se convertía en pan en casa. Podía ocurrir también —y era frecuente— que el labrador cambiara al panadero del pueblo trigo por pan. Se ajustaban las cantidades y se iba a por la hogaza, anotándose la cantidad llevada en las tarjas.

En ocasiones puntuales este trueque fue prohibido. Y lo que resultaba fijo —y muy negativo para el desarrollo económico, según el historiador Gonzalo Anes— fue el proteccionismo económico del Estado en tiempos modernos que, por supuesto, estaba presente en los cereales.


El siglo XX: precios, ciudades y el conflicto social del pan

Y llegados al siglo XX sabemos que los precios del trigo habían experimentado un notable aumento desde los principios de la centuria, sometidos a una curva fluctuante de ascenso y descenso no solo condicionada por la producción triguera del año agrícola (30 de junio-30 de junio). El problema estaba en si esos vaivenes eran suficientes para compensar el esfuerzo.

En 1900, los 100 kilos de trigo estaban en torno a las 29 pesetas; en 1912, en 23; a finales de 1919 llegó a las 63, y en 1922 tocaba las 54 pesetas. La Primera Guerra Mundial fue todo un acicate, pero esas cantidades serían más bajas en años siguientes.

Las subidas acarreaban también problemas sociales porque los consumidores buscarán un trigo más barato y habrá que conjugar el equilibrio imposible que satisfaga a todos con los distintos elementos del proceso. A la maniobra de comprar el trigo a bajo precio al campesino acuciado se podían intentar otras, como la bajada de beneficios de los harineros, a lo que hubo que recurrir alguna vez.

El malestar de los núcleos industriales y poblados, que están engordando en el XX, por la carestía del pan podía ser fuente de disturbios, continuadores de los frecuentes motines por crisis de abastecimientos, incluso en provincias pacíficas.

Sumamos a todo ello una característica más de los tiempos de la industrialización con el crecimiento de las ciudades: la definición contundente entre población rural versus urbana —nada que ver con la hibridación actual—, en donde se desarrollaban modos de vida y mentalidades diferentes, hasta el punto de que posiciones políticas e intelectuales encontraran su mejor acomodo en uno de los dos espacios.

En cuanto a las gentes de pensamiento, pusieron cada uno su granito de arena, pidiendo que los pueblos tomaran el pulso de las ciudades o recordando otros que el alma verdadera residía en el medio rural.

La Falange, que en eso estamos, se inclinó por los segundos al ver más pureza en el campo que en la urbe contaminada, pensamiento contagiado de una vuelta al remanso del pasado donde todo estaba más definido y era más auténtico que la confusión de la ciudad.

Y hablando de trigos, de ciudades, de Falanges y de campos, quien quiera confirmar lo anterior que vuelva a ver la película Surcos, del falangista segoviano José Antonio Nieves Conde, creador de la más ácida película sobre la emigración rural a las ciudades.

La Segunda República y el hundimiento del precio del trigo

Llegada la República, Julián de Torresano, un periodista que pasó del pensamiento republicano-comunista a posturas tradicionalistas ya en el franquismo, se hacía eco de un tema recurrente:

«…el rubio trigo no representa sino unas míseras monedas de calderilla; un salario de hambre. Trigo sin salida que está en las paneras de los labradores, campesinos de pueblos pacíficos que esperan con paciencia que les llegue su turno».

En el mes de agosto de 1931, con la flamante República ya en marcha, se estudiaban los problemas del cereal, que tenía protección arancelaria y que, en la mente de todos estaba, era burlada.

Para evitar el aumento del precio del pan había una vía disponible: la importación de trigo de fuera a precio más barato que el nacional; pero enfrente estaban los intereses de la masa enorme de labradores españoles que vivían de la producción del trigo.

En las Cortes, diputados que llevaban la representación de la población campesina de Castilla la Vieja se explayaban sobre los problemas que conllevaba un trigo barato de remuneración insuficiente, con discursos fisiócratas donde concluían que las medidas gubernativas no cuadraban para los agricultores, que volvían a estar al borde de la ruina o lo estaban ya.

Se pidieron desde el Gobierno declaraciones juradas sobre las existencias para el 15 de septiembre de este año 31. A finales de enero de 1932, esas declaraciones de trigo y harina daban las cifras de 9.666.120 Tm y de 761.652 respectivamente. Una ridiculez.

En consecuencia, el ministro de Agricultura, el radical-socialista Marcelino Domingo veía necesaria la importación, lo que en parte respondía a las presiones de Cataluña por comprar trigo de fuera y más barato. La lucha de intereses regionales enfrentados estaba presente. Desde Castilla, ciertas frases de advertencia así lo ponían de manifiesto:

«Castilla no ha tomado nunca la iniciativa en cuanto suponga agresión o menosprecio para la producción catalana, pero…».

Quedaba claro el reto, al menos de palabra.

El malestar campesino de algunas zonas era evidente y el Gobierno, sabedor de que este sector social no era base popular que le amparara, ya había amenazado:

«El Gobierno está dispuesto a usar de la máxima severidad con los agricultores» (nota oficiosa del 1 de abril del 32).

Y la importación se hizo. Y los precios del trigo se hundieron.


El bienio de derechas y el espejismo agrario

En noviembre de 1933 cambiaban las tornas: el bienio de izquierdas finiquitaba porque en las elecciones triunfaba lo que se llamaba el centro y la derecha, entre otras razones por la degollina de Casas Viejas, que se debería recordar todos los años tal y como lo hacen con el bombardeo de Guernica, pero parece que no.

Los radicales y la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) resultaban victoriosos, aunque, por lo pronto, esta última no entraría en el Gobierno. A muchos les pudo parecer despejado el camino para la mejora de los agricultores medios y pequeños de Castilla, que suponían la base electoral de muchos de los nuevos dirigentes. Un espejismo.

Mediante decretos gubernativos sobre el trigo, de 30 de junio de 1934, quedó intervenido el comercio de este cereal hasta julio de 1935, actuando como intermediaria y controladora la Junta de Contratación de Trigo. De julio a diciembre de 1934 quedó un precio fijo de 50 a 55 pesetas el quintal. Y para marzo y abril de 1935, de 52 a 57.

Para vaciar los stocks aparecían destellos que tranquilizaran a los labradores, entre ellos que la Federación Católica Agraria se haría cargo de retirar el trigo pignorado y el ofertado. Otra traca estuvo en el ofrecimiento de compra del Banco Exterior y, o los campesinos de Castilla eran un desastre o al banco le entró el canguelo, porque aquella operación de salvamento se fue al garete.

El Estado se haría cargo finalmente y, en cuanto al precio pagado, sería 51,25 por quintal el de primera clase; 50,65 el de segunda, y 50,00 el de tercera. Las previsiones para el año trágico de 1936 estimaban una producción en torno a los 40 millones de quintales, pero el fuerte calor las bajó en cinco millones.

Las necesidades totales de trigo —siembra y consumo— se calculaban en 39 millones y medio de quintales, por lo que se produciría un déficit ligero que quedaba resuelto por la existencia de reservas.


Miseria rural, hambre jornalera y la llegada de la guerra

En el debate político en el Congreso, derechas e izquierdas daban la sensación de estar preocupadísimos por los problemas del campo, entre ellos por el precio del trigo, pero más parecía juego diaĺectico de afirmación de sus posturas que conocimiento profundo de lo que hablaban.

La trágica realidad era que, si los campesinos castellanos soportaban una vida de pobreza, qué decir de los jornaleros hambrientos y desesperados en otras regiones de España. Para Solidaridad Obrera, portavoz del anarcosindicalismo, «España es un país miserable donde la gente se muere de hambre», y el Arriba falangista denunciaba la espantosa miseria en que se hallaba el campesinado.

Y junto a este intento de relato historicista, la imagen del campesino castellano, mínimo propietario o arrendatario, aguantador secular de las desgracias que da la vida, de las inclemencias del tiempo, de la subdivisión suicida de parcelas por herencia —que hacía parecer que algo había y apenas había nada— y soportando las presiones de los potentes para poder sobrevivir.

Desde el Neolítico apenas había avanzado la tecnología para esta labor que permitía a la mayoría no morir de hambre y poco más. La venganza divina por el pecado («ganarás el pan con el sudor de tu frente». Paraíso goodbye) se hacía muy patente en los meses de verano.

La siega, el acarreo, la trilla, el venteo o aventeo… una tortura física a la que acompañaba la psicológica —no tasada hasta tiempos de después de Freud— del miedo cercano por la primavera seca o del presente con la sorpresa del pedrisco o de la tormenta traidora que pudriera el grano.

Las generaciones del pensamiento débil —herederas nuestras— ni cuando se extingan —les queda poco— entenderán aquello por más que se lo cuenten en formato videojuego y con la IA controlando. Quienes lo vimos, ya amortiguado, desde la frontera de un mundo nuevo, llegamos a comprenderlo vagamente.

Y llegó la guerra. La España nacional. ¡Arriba el campo!


Falange, campo y la nueva España azul

Así, a bote pronto, la cubierta humana del Estado campamental, el de la España nacional que empezaba un 18 de julio de 1936, se soportaría con una organización, y solo una, denominada FET y de las JONS (19.04.37), que cubría el ámbito de: la incorporación específica a la batalla mediante las banderas de Falange; la militancia política en las organizaciones locales, comarcales y provinciales; el mundo sindical —en muy precario— a través de las CNS; el mundo femenino con la Sección Femenina de la Falange; y el juvenil masculino con las OO. JJ.

Estas dos últimas, encuadradoras de masas, con sus prolongaciones en la Hermandad de la Ciudad y del Campo —de labor impresionante y despreciada, a cargo de Pilar Primo de Rivera y de sus mujeres camaradas— y la otra, poco después, transformada en Frente de Juventudes.

El nuevo régimen que se va implantando tras el 18 de julio de 1936, teñido de azul —que era lo que se llevaba—, contaba entre sus colaboradores esenciales con los agricultores de Castilla la Vieja, seculares votantes de la derecha (cedista y agraria durante la República) y convertidos mediante bautismos forzosos —y sin resistencia— al nuevo credo.

El gran problema para el voluntarismo adoctrinador falangista —de escasísimos efectivos antes del comienzo de la guerra— incrustado en el régimen militar y victorioso iba a estar en conciliar una heterodoxa convergencia: conjugar principios ideológicos de transformación radical que predicaba la Falange con los defendidos por grandes tenedores de tierras y capital que se encontraban en el mismo bando.

Y en donde los falangistas aspiraban a la hegemonía, no con la imposición sino con el liderazgo de una élite, porque desde la fundación de las JONS y de FE ese fue el modelo que se debía seguir: la construcción de una minoría implacable, eje de la revolución.

Y a partir de ahí, crear, desacreditando, por de pronto, la miserable política anterior seguida con los campesinos:

«Los negros aguilones de la ruina se cernieron sobre el campo de Castilla ensombreciendo con sus alas la alegría de las doradas parvas repletas. Aún hubo más. No fue lo más duro el daño material que sufriera el campo por culpa de tanto y tanto necio venido a más en política. Esto, al fin y al cabo, no era más que la ruina del bolso. Hubo daño y ofensa moral. Hubo desprecio y olvido».

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Fotografía coloreada de un original auténtico 

La autarquía agrícola como promesa revolucionaria

El pensamiento económico utilizado de altos vuelos, el de la autosuficiencia, era elemento básico de la propaganda en una aspiración que finalmente sería un espejismo.

«¡Labradores, autarquía agrícola! Labradores preparados para la batalla autárquica, para la batalla de la producción agraria, para que España se baste a sí misma con la producción de nuestros campos. No más vergüenza de convoyes de cereales y de leguminosas que surquen los mares con rumbo a nuestros puertos… La producción total española es y será absorbida en su totalidad, cualquiera que sea su importancia, por el Estado».

El mensaje concreto, tras la lírica de los textos, que se hacía llegar a los campesinos se movía en los parámetros de la defensa de la pequeña propiedad, créditos estatales, control de precios y lucha contra los abusos tradicionales, difundidos por la prensa y propaganda de la Falange o por la del Estado.

Onésimo Redondo, en los pocos días de vida tras su salida de la cárcel («¡Ay, no pases por Labajos, que allí la muerte te espera…!»), tuvo tiempo de aclarar y prever lo que pensaba sobre el sindicalismo nacional y revolucionario al que había que aspirar con la contienda:

«Serán traidores a la Patria, miembros indignos del Estado, los capitalistas, los ricos, que asistidos hoy de una euforia fácil, levantando acaso el brazo como si saludasen el advenimiento de una era social, se ocupen, como hasta aquí, con incorregible egoísmo, de solo su interés, sin volver la cabeza a los lados ni atrás, para contemplar la estela de hambre, de escasez y de dolor que les sigue y les cerca».

Problema, y muy serio, estaba en los tiempos de realización del programa. En una situación de guerra es lo clásico recurrir a una economía específica que marca el tiempo bélico, como el control por parte del Estado de la producción.

Pero de lo que se trataba, según los falangistas, no era de salvar una coyuntura transitoria con ciertas medidas, sino que, aprovechando la coyuntura bélica, establecer un marco de transformación revolucionario.

Había, pues, que crear la estructura social necesaria. La urdimbre humana del falangismo en el campo se estaba formando, utilizando para ello a las juntas agrícolas locales en todos los municipios, situando en la vicepresidencia a los jefes locales del partido —«que ha de ser su elemento más activo»—.

Unos peones encargados de transmitir y controlar los inicios de la reforma del campo propuestos por la Falange.


La “batalla del trigo” y la reforma agraria falangista

Utilizando la terminología expresiva mussoliniana de «la batalla del trigo» —en tiempos de paz—, aquí también se produciría una «batalla del grano» en tiempos de guerra con expectativas luminosas:

«Alta Castilla, paridora del trigo.
Luz de verdad y esfuerzo en la presencia.
Azul inmenso para ser vivido
solo con el arado o con la espada
».
(Vivanco, Luis F., 1938)

Y en esa batalla del trigo, además de imponerse a contrarios del mismo bando, se intentará derrotar por desmoralización a los enemigos de la orilla negra con bombardeos —como el de 1938— que arrojaron 180 toneladas de pan de trigo castellano sobre el «Madrid, qué bien resistes», desde la Telefónica en la avenida del Quince y medio hasta Vallecas, y que, por más que José Miaja difundiera la especie de que era alimento envenenado, un Madrid absurdo, brillante y hambriento mitigaría en pequeña parte su necesidad.

La reforma agraria que había intentado la República de izquierdas, frenada luego, de excesivo complejo legislativo, con intento de revitalizarla después de febrero del 36, por sus características afectó muy poco al espacio geográfico de la meseta norte.

La reforma agraria que había planteado el falangismo se iba a encontrar con un serio problema en cuanto al deseable cambio en la estructura de la propiedad, inadmisible para los compañeros de viaje y, acaso por ello, el ministro de Agricultura y destacado falangista Raimundo Fernández-Cuesta, ya como responsable del ramo, se manifestaba "prudente" en 1938 en la dimensión de la revolución agraria falangista.

Reafirmándose, eso sí, en las líneas maestras ya esbozadas, que respondían a planteamientos rigurosos y previos, no a consignas panfletarias: sindicalización de los grandes cultivos de secano, parcelación por unidades familiares de los regadíos, puesta en riego de los terrenos con obras hidráulicas terminadas, determinación de los cultivos aptos según zonas o traslados de población asentada en tierras donde era imposible vivir a zonas de terreno aptas para el cultivo.


El campo decide España

La identificación del pensamiento falangista con el campesinado castellano se expresaba con contundencia, por más que solo unos meses antes apenas hubiera llegado el eco del mensaje más que a minorías muy combativas:

«Nunca nada se ha dado al campo. Y el campo, en los momentos de angustia y derrota, lo ha dado todo. Cuando España ha tenido que juzgar su suerte, el campo ha decidido el triunfo».

En el conflicto campo-ciudad se tomaba claro partido por el primero:

«Todos vivían para la ciudad y todas las ciudades vivían para Madrid, dios barrigudo y poltrón, frívolo y egoísta. España ha vivido artificialmente en cuatro o cinco ciudades privilegiadas… Y llegó el momento histórico. El labriego, hombre prístino, recio y sincero, desbordó los frenos y puso todas sus virtudes de raza, todos sus ímpetus primitivos y nobles al lado de la verdadera España. Se quitó el chaleco de pana para cubrir su pecho con la camisa azul de la Falange…»

Destellos de reforma social los hubo. Entre las actividades pensadas para extender la revolución agraria del nacionalsindicalismo, el llevar brazos desde la meseta norte allí donde no los hubiera para no frenar la producción, que resultaba clave. Contingentes para el voleo a mano de siembra hacia zonas conquistadas o liberadas del dominio rojo. Se calculaban en cinco o seis mil las yuntas precisas y se aseguraba un mínimo de treinta días de trabajo.

Las advertencias a quienes quisieran aprovecharse de la situación que se provocaba con la guerra mediante la rebaja de jornales eran taxativas. Prensa y Propaganda de la FET advertía:

«Ante el campo la Falange asume una posición plenamente revolucionaria, sin que esto sea ahora, pues ya José Antonio sostuvo esa posición en el viejo Parlamento de predominio cedo-radical entre el silencio expectante de las izquierdas y la indiferencia de las derechas».


El Decreto de Ordenación Triguera

El eje sobre el que se desarrollaría la política agraria cerealística fue el Decreto de Ordenación Triguera y que, con la firma del general Francisco Franco, aparecía el 23 de agosto de 1937, y la fecha puede que no fuera casual.

El día siguiente, el 24 de agosto, es la festividad de San Bartolomé —un apóstol desollado como lo fue Andreu Nin—, un día grande en el campo y que era cuando, desde siglos atrás, se realizaba el pago sobre el trigo producido, tal y como se constata en los libros de cuentas de las cofradías o de las cillas.

El decreto abarcaba justificación, producción, comercialización y transformación del trigo. Un organismo iba a ser el elemento coordinador de toda esta labor: el Servicio Nacional del Trigo (SNT), dependiente de la Comisión de Agricultura de la Junta Técnica de Burgos, luego del Ministerio de Agricultura, en donde, no se olvide, va a haber dos pesos pesados del falangismo: Raimundo Fernández-Cuesta y Miguel Primo de Rivera.

Orgánicamente, las dependencias provinciales estuvieron bajo el control de los gobiernos civiles hasta 1941, en que pasarán a la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes.


Dionisio Martín Sanz y la arquitectura del control triguero

En el otoño del 37 comenzaba este organismo su labor. Al frente del SNT, un falangista: Dionisio Martín Sanz, quien se había presentado en 1936 al jefe salmantino Francisco Bravo en la jefatura nacional de Burgos como ingeniero agrónomo con procedencia de las JONS de Valladolid y que había combatido en el Alto de los Leones.

Se ofrecía como técnico porque consideraba que su labor podía ser mucho más importante en ese destino que como fusilero. Con él, y poco más, aparecía la Comisión de Agricultura de la Falange.

Martín Sanz será un teórico de la cuestión agrícola; su proyecto quedó plasmado en Problema triguero y el nacionalsindicalismo (Panorama nacional agrícola, coyuntura triguera, sindicatos agrícolas verticales, red nacional de silos, ordenación del mercado).

Frente al exceso de retórica de muchos falangistas, llama la atención la claridad y el pragmatismo de Martín Sanz, que más adelante lo demostraría en su paso por MAPFRE.


El campesino, el mercado y los enemigos del nuevo orden

Conocía Dionisio Martín Sanz cómo se movía el negocio del trigo. Julio y agosto, meses de recolección; tras el trabajo bestial estaba el producto que había que vender. ¿Y cuándo?

Las tres cuartas partes del trigo se vendían durante los primeros meses siguientes. Este cereal es un producto inelástico, es decir, que la subida de su precio podrá tener consecuencias sociales graves, pero la demanda seguirá siendo la misma o casi la misma, por la propia esencia de ser un producto sin alternativa.

El campesino sabía que, en caso de préstamos concedidos, tenía que pagarlos en fecha marcada, por lo que urgía vender. Sabía también que, en el periodo desde diciembre hasta junio del siguiente año, los precios del trigo solían estar más altos y se podía jugar con el resultado previsible de la nueva cosecha; pero esto entrañaba riesgos, como el tema del almacenamiento y el temor a que, cuando fueran a colocar el trigo en este último tramo, los almacenistas —que habían acaparado tras el final de la cosecha— no quisieran comprar o lo hicieran a precios irrisorios.

Hacia estos grandes tenedores y especuladores iba el desprecio falangista: «espesa maraña de concupiscencias ilícitas». Solo cuando el precio estuviera asegurado, como hizo el SNT, los campesinos podían tener seguridad en mantener ellos las reservas de trigo y decidir cuándo venderlas al compás de un precio interesante.

Eso, al menos, era el deseo inicial, que a poco tendría que sufrir ajustes. El SNT era consciente de que en el bando en que estaban iban a tener colisiones con la maraña de concupiscentes:

«La Ordenación Triguera, que en estos momentos emprendemos, tiene el empuje altivo y la dificultad que para toda su obra quiere la Falange; tiene, además, poderosos enemigos y formidables detractores en aquellos hombres egoístas y judíos —sic— que, acostumbrados a cerrar balances de ganancias ilícitas a costa precisamente de la pérdida de los que más trabajo y más sacrificio ponen en su tarea, no se conforman ahora con aquel margen limitado y prudencial que les fija la ley».


Bancos, silos y financiación del Servicio Nacional del Trigo

A lo anterior, añadir que el organismo controlador tenía que contar forzosamente con fondos para el pago del producto y, para la seguridad del labrador, debería contar con almacenes y silos suficientes para satisfacer las promesas hechas a los campesinos y poder acumular existencias para ofertar en cada momento el producto que necesitara el mercado.

El SNT buscó financiadores. De manera provisional, en 1937 se estableció un convenio con numerosos bancos privados, muy sujetos estos a problemas por la fluctuación de depósitos, lo que dificultaba el objetivo buscado. Se hacían precisos 250 millones de pesetas, cantidad necesaria para iniciar el régimen de compras de trigo, y se consiguieron.

El 31 de marzo de 1938 se firmaba el convenio definitivo con cuarenta y cuatro bancos y con el aval del Estado. El SNT editó en Pamplona un folleto titulado Servicio Bancario, en el que se detallaban todos los extremos relacionados con la financiación del Servicio mediante créditos de la banca privada.

Y quien quiera saber más y mejor que acuda a lo investigado por Carlos Barciela López, soportado en la solidez de los estudios técnicos del Banco de España.


Propaganda falangista y pedagogía del trigo

Fotografía coloreada de un original auténtico

En octubre de 1937, el Servicio de Prensa y Propaganda de Falange Española Tradicionalista y de las JONS había difundido entre los campesinos el Decreto de Ordenación Triguera con la utilización de equipos de propaganda formados por activistas del falangismo, que se dirigieron a localidades en donde se concentraba a las poblaciones próximas.

Se establecieron unos guiones para la campaña del trigo con consignas y con textos de Onésimo Redondo, José Antonio Primo de Rivera y de Raimundo Fernández-Cuesta; se instó a los oradores a utilizar en todo momento estilo fácil y llano y finalizar con un reparto de octavillas a los presentes; se hizo ver, también, la conveniencia de que aquellas gentes a las que se dirigía el mensaje agradecieran mediante telegramas su adhesión al general Franco.

El comienzo, en lugar simbólico: Madrigal de las Altas Torres. Y en el atrezo, la coreografía necesaria del momento: «¡Arriba España! ¡Viva Franco!» y saludos brazo en alto.

En marzo del 38 se informaba a los campesinos de dónde podrían cobrar las ventas de su trigo realizadas al SNT. Los corresponsales pagadores se situaban en localidades importantes para que acudieran allí los labradores de pueblos próximos.

Llegada la cosecha empezó la actividad:

«Tened la seguridad de que todo vuestro trigo será comprado por el Servicio Nacional… todos aquellos tenedores de trigo cuya cantidad disponible para la venta no exceda de 2.000 kilos (46 fanegas aproximadamente), pueden llevarlo a los almacenes del Servicio…»


Precios, maquilas y control absoluto del cereal

El SNT se convirtió en el organismo que podía comprar y vender trigo; también el labrador podía vender, si quería, y siempre a precio de tasa, a particulares, nunca a fabricantes de harinas, con el control del Servicio.

Más adelante, además del trigo, fueron otros los productos del campo controlados: avena, centeno, escaña, maíz, alpiste, mijo, panizo, sorgo, algarrobas, almortas, altramuces, garbanzos, guisantes, habas, judías, lentejas, veza, yeros y salvados. Se fijaron las condiciones de la compraventa del trigo. Mensualmente aparecían los precios de harina y pan.

Y así, por ejemplo, el 17 de agosto de 1938, a un año de la aparición del decreto, sobre trigo limpio que iba al molino se retraían 6,93 kilos (maquila) y, de la diferencia —o sea, de los 93,07 kilos— se darían al campesino productor 79,22 (trigo de 1.ª), 78,26 (trigo de 2.ª) y 74,61 (trigo de 3.ª), así como unas cantidades de subproductos (11,99; 12,95 y 16,60 respectivamente).

El Servicio Nacional del Trigo, por su parte, se llevaba una comisión aproximada del 5 %. En los casos de cambio de pan por trigo, se entregaban para recibir 100 kilos de pan: 120,200 kilos; 125,500 kilos y 122,500 kilos en las variedades de 1.ª, 2.ª y 3.ª.


Créditos, préstamos y la vigilancia sobre el labrador

En cuanto a los préstamos, otro caballo de batalla, en septiembre del 38 se abrió la posibilidad crediticia a los labradores para trigos de siembra.

A finales de diciembre de ese año se dispuso que los préstamos que se concedieran a los agricultores no podrían darse a los que estuvieran embargados. El plazo de vencimiento del préstamo se colocaba al 3 de noviembre del año siguiente y la cantidad ni podía superar las 25.000 pesetas ni nunca ser superior al 50 por ciento del valor de la cosecha estimada (asegurada de fuego o pedrisco).

El 3,25 por ciento fue el interés fijado sobre el capital prestado, que sería pagado o compensado cuando fuera a cobrar el labrador el trigo vendido al SNT con el pagaré dado por este último.

La recogida inmediata del trigo por el Servicio, a precio de tasa, se fijó para quienes tuvieran hasta un máximo de 100 QM, pudiendo ofertar el exceso sobre esa cantidad, asegurándoles la compra al precio de tasa para después, en el mes que se fijara para su venta.

El equilibrio buscado —precios dignos, stock suficiente— presentaría problemas y aparecerían desajustes a finales de 1938, que provocaron un mercado lánguido y preocupante; la disminución de lo almacenado por el sindicato condujo a ordenar entregas obligatorias de una parte de lo guardado por el campesino y a un pago superior al de la tasa en tres pesetas por quintal.


Multas, clausuras y disciplina económica

Las advertencias por incumplimiento iban muy en serio. Al finalizar 1937 se habían impuesto multas, y muy cuantiosas, a infractores.

Por orden del Servicio Nacional del Trigo se clausuraron molinos que molturaron pienso con mezcla de trigo. Este cereal solo se podía utilizar para panes, galletas, pasta, dulces o sopa, o sea, para alimentación humana, según ordenaba la circular número 16 del SNT.

Medidas represivas para los incumplidores —labrador, molinero, panadero o transportista— en la secuencia del proceso ordenada y que algunos trataban de burlar, tal y como se hacía ver en la circular del SNT sobre el régimen de maquilas.

Controles rigurosos ante la práctica que seguían algunos con ciertos mecanismos tradicionales de la dinámica económica y que chocaban con las pretensiones idealizadas de los dirigentes.

Se intentaba, pero no se conseguía, la Arcadia feliz.


Reglamento agrícola y continuidad social

Interesante, en la línea de otorgar derechos al campesinado, fue el Reglamento de Trabajo Agrícola de junio del 38. En este documento se establecía la posibilidad, tanto verbal como escrita, en la contratación y, en muchos aspectos, se tomaba de referencia la ley de 9 de septiembre de 1931 elaborada durante el bienio republicano izquierdista.

Con ese referente legal se hacía necesario el respeto de la costumbre de cada zona, lo que podría dar lugar a interpretaciones varias de la norma. De hecho, se ajustaba el reglamento a las provincias; en el caso, por ejemplo, de Segovia, los 33 artículos del texto reflejan parte de lo proyectado en los 94 artículos de la ley de Francisco Largo Caballero.


Portada de un semanario gráfico falangista

Ha llegado la paz

Tras el final de la guerra aparecieron recompensas a campesinos trigueros. En junio del 39 se había convocado el premio Onésimo Redondo a los que obtuvieran los mejores rendimientos. En caso de ser empresario el ganador, la cantidad obtenida sería repartida entre los trabajadores.

Otra recompensa consistió en que, con la movilización impuesta a todos por el conflicto, a aquellos que hubieran aportado yugos y carros para llevar convoyes al frente de la sierra —provincias de Ávila y Segovia— se les ofreció la militancia en el partido único, que unos aprovecharon y otros no.

Y junto al agradecimiento y los premios continuaba la advertencia y el castigo para campesinos que intentaban burlar los márgenes impuestos por el SNT en combinación con panaderos y molineros.

A finales de agosto del 39 se controlaban rigurosamente las cantidades que el campesino no entregaba al Servicio y que superaban las previstas para el pan necesario de él y de su familia.

Los intentos de escamotear esa cantidad, continuando con la innata aspiración humana de burlar los controles, acaparando más de lo estimado necesario (100 kilos por persona) para negociar con ello, sufrían un control exhaustivo.


La autarquía frente a la realidad

Las aspiraciones de la autarquía agrícola continuaban y eran el motor de la propaganda. Se convertía la agricultura en una agricultura militante, en un belicismo agrario, donde el campo pasaba a ser el maná sustentador de la economía nacional:

«Río de oro es el suelo español, y es preciso encauzarle y explotarle, inteligentemente, con tesón y con fe».

Optimismo del vencedor que renunciaba a cualquier importación triguera como si esta afirmación fuera un dogma de fe:

«No más vergüenza de convoyes de cereales y leguminosas que surquen los mares con rumbo a nuestros puertos».

Algo no iba a cuadrar. El horizonte próximo se llenaba de nubarrones. La guerra civil había provocado una disminución de mano de obra y la guerra mundial no contribuía, a diferencia de lo que ocurrió durante la primera, porque poco había que ofertar.

Surgían contradicciones entre lo deseado y la realidad. En diciembre de 1938, no hacía mucho, la circular 48 de la Secretaría General del Movimiento había publicitado una aspiración clave hacia las tierras de pan llevar:

«…de manera primordial será la conveniencia de intensificar en todo lo posible el cultivo triguero».

Pero las cifras mostraban otra realidad. Desde el Servicio Nacional del Trigo se intentaba ahora justificar el desajuste:

«No se preveía entonces la guerra que asola el mundo».

Las superficies cultivadas de la posguerra eran llamativamente menores que antes de la contienda. La situación, preocupante. En lo referido a este comentario —Castilla la Vieja y zona leonesa— las cifras alarmaban. Durante el quinquenio republicano la producción media anual de trigo fue de 7.840.000 y 3.734.302 quintales métricos de trigo, respectivamente.

El año que finalizaba la guerra: 6.711.168 para la primera y 3.825.512 para la segunda; pero no quedó ahí el susto. En los años 40 y 41, en Castilla la Vieja, las producciones fueron de 4.201.684 y de 4.452.557, mientras que en la leonesa 2.234.829 y 2.742.564 Qm.


Sequía, pan negro y el fracaso de la revolución agraria

Se asistirá a años de pertinaces sequías, superficies cultivadas menores que antes de la guerra; faltaban fertilizantes; las peticiones que ya se hacían en la contienda a los gobiernos civiles urgiendo abonos se veían aumentadas; la respuesta era que no había y que lo único posible era repartir equitativamente aquello de que se disponía.

Se advertía a particulares, panaderos y molineros sobre la prohibición de elaborar pan blanco, es decir, fabricado con harina con el salvado separado. El control se hacía sobre todos, pero eran las panificadoras y los molinos quienes arriesgaban más en caso de fabricación fraudulenta.

Tiempos de pan negro.

Hablar de revolución con lo visto sería sobreestimar lo ocurrido; el balance-resumen se lo dejo a un especialista de sobradísima solvencia y comunista en su día —en este orden—:

«Pero con todo, esta gran masa de pequeños agricultores, entre los cuales la Falange —sic— encontró lo más importante de su clientela política en la Meseta, experimentaron desde 1939, si no una mejora sustancial, sí por lo menos una mayor seguridad».
(Ramón Tamames, Alianza-Alfaguara, 1976)


Hambre, racionamiento y estraperlo

Años duros: posguerra, guerra mundial, luego posguerra mundial. El secretario general Agustín Muñoz Grandes había puesto los pelos de punta con la circular a todas las jefaturas de la Falange sobre el niño muerto de hambre en Altorricón, desgraciadamente no un hecho puntual.

Se pasó a un régimen de control de abastecimientos que fijaba, mes tras mes, el precio de los productos y las necesidades arreciaban: cartillas de racionamiento de productos básicos, problemas con el abastecimiento del carbón, etcétera.

Pueblos productores de cereales y legumbres podían amortiguar la escasez, mientras que en pueblos poco productores el hambre hacía mella. Se anunciarían semanalmente los productos que iban a estar a disposición de los consumidores según zonas. Hasta 1953 no desaparecerían las cartillas de racionamiento.

Dos realidades se hacían muy presentes: el estraperlo, contra el que se implantaron medidas legales muy duras pero que seguiría muy activo, reservado para quienes tuvieran posibles. De hecho, en 1942 se calculaban en cinco millones de quintales de trigo los que no afloraban al mercado.

En cuanto a las importaciones, que olvidaban retóricas anteriores —«No más vergüenza de…»— y se imponían por pura necesidad, un millón de quintales de trigo iban a llegar desde Argentina. Desde el 7 de mayo de 1942 el SNT quedaba subordinado a la Comisión General de Abastecimientos y Transportes.

La estructura del SNT quedaba más institucionalizada como Delegación Nacional, con un secretario general, los técnicos agrónomos, los colaboradores técnicos de cereocultura, el servicio de inspección, las jefaturas provinciales, las jefaturas comarcales y los almacenes.


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