MEMORIA

Los héroes azules de la Transición

Durante los años de la Transición, varios falangistas fueron asesinados por ETA y otros grupos. Este homenaje recuerda sus nombres, sus historias y la memoria de quienes cayeron.
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La imagen reúne, como un mosaico de memoria y duelo, distintas escenas de los funerales y los rostros de algunas de las víctimas de la «Transición»: entre ellos, Ramiro Figueroa, primera víctima falangista de este periodo, asesinado en 1977, y los falangistas Mora y Lara. Junto a ellos aparecen los rostros del comandante Sáenz de Ynestrillas y de Juan Ignacio González, como testimonio de una generación marcada por la violencia y el sacrificio.
Los héroes azules de la Transición

Pocos años después de la muerte de Franco y con la llegada de la democracia a España, se legalizaron los partidos políticos, y las distintas facciones falangistas solicitaron todas ellas el heroico y primitivo nombre de Falange Española de las JONS. Solo una, lógicamente, lo consiguió: la encabezada por el antiguo secretario general de la Falange y posterior ministro franquista Raimundo Fernández-Cuesta. Los otros grupos tuvieron que contentarse con poner apellidos a la Falange: la Auténtica, la Independiente... Y así se entabló una lucha cainita entre las diversas sensibilidades que se autodenominaban falangistas.

No es este el momento de delimitar responsabilidades, sino de recordar a los héroes falangistas que cayeron durante el periodo histórico llamado "Transición", fueran militantes o no de alguna de las Falanges, pues todos ellos forman parte de las Centurias Plateadas de caídos. Pero antes, no podemos olvidar a otros caídos que murieron durante el régimen del general Franco, por ejemplo, a los falangistas Mora y Lara, que fueron asesinados por un comando comunista en la barriada de Cuatro Caminos de la capital de España.


Los primeros caídos de la Transición

En el mes de mayo de 1977, Ramiro Figueroa, secretario local de FE de las JONS de la localidad madrileña de Valdemoro, fue asesinado por un comunista llamado Vidal Justo. El hecho se produjo cuando Ramiro paseaba en compañía de su mujer, celebrando las fiestas del pueblo. Ramiro cayó fulminado al recibir una puñalada mortal en el corazón. El comunista agresor fue condenado por homicidio a la pena de doce años de prisión.

A los pocos años, el 12 de diciembre de 1980, fue asesinado en el portal de su domicilio familiar Juan Ignacio González, antiguo jefe de las milicias de la rama juvenil de Fuerza Nueva, que se había escindido de dicha organización para fundar un grupo más radical y de pensamiento claramente falangista, el Frente de la Juventud. Para vergüenza de la democracia española, y después de haber pasado tanto tiempo, el asesinato del camarada Juan Ignacio sigue impune y sin resolver, aunque la teoría más fiable es que los autores del crimen eran miembros de las cloacas del Estado.


Los falangistas asesinados por ETA

Y, como no puede ser de otra manera, hay que citar a los falangistas que cayeron a manos de la banda asesina ETA, recordando en primer lugar a Luís Carlos Albo, que fue asesinado por la banda terrorista el 9 de junio de 1976. Luís Albo, que ejercía de abogado, era camisa vieja de la Falange de Vizcaya, habiendo ingresado en enero de 1936, cuando solo era un chaval, y había sido jefe local del Movimiento en Basauri.

El 8 de octubre de 1977, un comando etarra asesinaba en Guernica al presidente de la Diputación de Vizcaya y a dos de los guardias civiles de su escolta. Uno de ellos, Ángel Antonio Rivera, era falangista y estaba vinculado al CCH (Círculo Cultural Hispánico) de Barcelona. También cayó bajo las balas etarras Julio Martínez Ezquerro, el 16 de diciembre de 1977. Julio militaba en la Falange encabezada por Raimundo Fernández-Cuesta y había sido concejal de Irún en el último Ayuntamiento franquista. Muy conocido en la localidad, pues regentaba un estanco en la plaza de España, había sido amenazado en múltiples ocasiones.

Ya de noche, y cuando iba a entrar en su domicilio, le dispararon con un subfusil mientras gritaban «Gora Euskadi». Dicen que Julio, mientras caía destrozado por las balas, tuvo tiempo de gritar un «Arriba España». Las investigaciones llevaron a descubrir que el asesinato fue cometido por el comando Motrico de ETA-militar, siendo condenados los autores a 27 años de prisión.

Y ETA-militar no dejaba de matar. El 17 de mayo de 1978 acababan con la vida del falangista Alfredo Aristondo, que trabajaba en el puerto de Pasajes como buceador. Le dispararon por la espalda una ráfaga de fusil ametrallador y otro etarra le remató disparándole en la cabeza. Los etarras asesinos pertenecían al comando Ulía, que fueron detenidos y juzgados por la Audiencia Nacional, cumpliendo solo el principal autor 16 años de cárcel.

El 30 de noviembre de 1978, nuevamente ETA asesinaba a otro falangista, Alejandro Hernández Cuesta, un modesto conserje emigrante cacereño. Los asesinos eran un comando formado por un hombre y una mujer. ETA-militar lanzó un comunicado haciéndose responsable del atentado y, en el mismo, acusaba a Alejandro de ser «un confidente al servicio de la Policía española».


De Vicente Rubio a Pedro Garrido

En diciembre de 1978, otro comando etarra fulminaba en Santurce al falangista Vicente Rubio. Había combatido como voluntario en la Guerra Civil y, en 1941, se alistó en la gloriosa División Azul para luchar contra el comunismo en Rusia. En noviembre de 1943 regresó a España. Fue jefe de la Policía Municipal de Santurce, aunque cuando fue asesinado ya se encontraba jubilado.

Vicente militaba en FE de las JONS cuando fue asesinado en el bar Zarza, justo cuando se encontraba tomando unos vinos con el también falangista y camarada Juan Cruz González, quien, afortunadamente, solo fue herido de bala de carácter leve, sin que fuera rematado. Vicente cayó fulminado por seis impactos, uno con entrada por la nuca. A los pocos días, ETA-militar reivindicaba el criminal atentado.

Era casi la Navidad de 1978 en San Sebastián cuando los etarras asesinaron al falangista Pedro Garrido Caro, Vieja Guardia de la Falange vasca. Pedro regentaba una pequeña tienda de ultramarinos cuando el comando Txirrita lo ametralló a bocajarro, alcanzando también a su esposa y a su hija de siete años. Ambas salvaron la vida. Pedro también militaba en Falange cuando fue asesinado.

Los falangistas madrileños celebraron un funeral en la iglesia de Santa Bárbara, donde centenares de falangistas recordaron al camarada caído entonando el Cara al sol. Los integrantes del comando fueron detenidos y condenados a 29 años de prisión por el asesinato del falangista.


Más sangre en las tierras vascas

El 16 de marzo de 1979, ETA volvía a asesinar en Bilbao a José María Maderal Oleaga. Antiguo legionario que presidía la Hermandad de la Legión en Vizcaya, regentando la cantina de la misma, se percató de que tres etarras iban a matarle, aunque no pudo evitarlo. Le dispararon con pistolas varias veces a menos de medio metro. José María no murió en el acto: le dio tiempo a gritar pidiendo socorro.

El falangista asesinado era hermano de un héroe de la Legión que murió en combate en la Guerra de Sidi Ifni, en los combates de Edchera, en 1958. Su hermano Juan, seguro que le recibió brazo en alto cuando se encontraron nuevamente en su lucero.

Nuevamente ETA mataba el 2 de octubre de 1980 en Bilbao al falangista Ramón Coto Abad, un pobre jubilado prácticamente sin recursos que hacía de recadero en un estanco para intentar subsistir. El comando Orbaticeta fue el autor del atentado mortal, y acusaba al falangista de pertenecer a los Guerrilleros de Cristo Rey, cosa totalmente incierta.

Parece ser que fue una equivocación y que al que querían eliminar era al dueño del estanco, el también falangista José Luís Ramos, militante activo de la Falange que, después de ser amenazado mortalmente en varias ocasiones y por consejo de la Policía, abandonó Bilbao.

Llegaron los años 80 y los falangistas siguieron regando con su sangre tierras vascas de nuestra querida España. El 7 de octubre de 1980, el falangista Carlos García Fernández caía destrozado por las balas separatistas. Regentaba un pequeño estanco y era excombatiente de la División Azul. En Eibar era muy conocido, pues nunca ocultó su ideología falangista.

Le habían quemado el coche y le habían incendiado el estanco, pero Carlos no se amilanaba y ETA no perdonó su valentía, asesinándole detrás del mostrador de su estanco. Días después, ETA-militar, como era costumbre, reivindicaba el atentado.

El odio destilado por los marxistas-separatistas sacudió además a la familia del falangista muerto. Incluso a su hija, una vecina con la que supuestamente se llevaban bien de toda la vida, le dijo: «Mira, lo siento por tu madre y por ti... pero por tu padre no». Este fue otro de los casos judiciales no resueltos, con el delito prescrito, pues no se llegó a detener a los autores del asesinato.


Alberto Alonso y el comando Madrid

El 25 de abril de 1986, esta vez en la capital de España, en pleno barrio de Salamanca, ETA colocó un coche bomba que explotó justo cuando pasaba un vehículo de la Guardia Civil. La explosión fue terrorífica. El vehículo fue alcanzado de lleno y, de los nueve guardias civiles que iban dentro, cuatro quedaron heridos y cinco murieron en el acto.

Entre los asesinados se encontraba Alberto Amancio Alonso. Estudiaba Derecho y había sido militante de las Falanges juveniles de FE-JONS; al entrar en la Guardia Civil tuvo que renunciar a su militancia oficial. El atentado fue preparado y cometido por el tristemente célebre comando Madrid. Fueron detenidos seis de sus integrantes, a los que años después la Audiencia Nacional condenó a un total de 1.750 años de prisión. El comando Madrid estaba especializado en el atentado con coche bomba.


Ricardo Sáenz de Ynestrillas

Y, para el final de este homenaje a los falangistas caídos durante la transición política española, he dejado posiblemente al más famoso de ellos y al que no se olvida nunca, pues entre las filas azules sigue estando su hijo Martín, ejemplo de camaradería, constancia y fidelidad a José Antonio. Claramente, me refiero a Ricardo Sáenz de Ynestrillas.

La maldita mediatarde del 17 de junio de 1986, también el comando Madrid ametrallaba un coche oficial en el que viajaba el comandante Sáenz de Ynestrillas, el teniente coronel Besteiro y el conductor, un soldado llamado Casillas. El comandante Ynestrillas siempre se declaró falangista e incluso consta que era su deseo, si caía asesinado en cobarde atentado, que fuera enterrado bajo la bandera de la Falange.

Ya su padre, antes de la guerra, fue un activo militante de la Primera Línea de la Falange madrileña. Aquella tarde, en un modesto barrio militar madrileño, el comandante Sáenz de Ynestrillas prestó su último servicio a España, cayendo con el cuerpo destrozado por las balas, cara al sol.


«La muerte es un acto de servicio»

Hasta aquí este telón de los Caídos durante la transición, y por fuerza debemos recordar lo que el propio José Antonio dejó escrito para la posteridad un 1 de febrero de 1934 en el periódico de la Falange:

«La muerte es un acto de servicio. Ni más ni menos. No hay, pues, que adoptar actitudes especiales ante los que caen. No hay sino seguir cada cual en su puesto, como estaba en su puesto el camarada caído cuando le elevaron a la condición de mártir».

Por eso, todos los que cayeron llevando en su pecho el haz de flechas de la Falange, para nosotros siempre estarán PRESENTES.

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