ARGUMENTOS
¿Por qué Covaleda funciona donde otros fracasan?
Covaleda demuestra que un bosque gestionado durante siglos por sus vecinos puede convertirse en el mejor aliado frente a los incendios. Su ejemplo ofrece una valiosa lección para el medio rural español e invita a reflexionar sobre el espíritu de la reforma agraria de José Antonio.
Cuando el fuego no tiene la última palabra

Cada verano, las imágenes se repiten con una inquietante familiaridad. Incendios que avanzan sin control, pueblos amenazados por las llamas y miles de hectáreas reducidas a cenizas alimentan la sensación de que los grandes fuegos forestales son ya una fatalidad inevitable. El calor extremo, la sequía o el viento explican la violencia con la que se propagan, pero no bastan para entender por qué algunos montes resisten mejor que otros.
En el norte de la provincia de Soria existe un ejemplo que invita a mirar el problema desde otra perspectiva. Covaleda conserva una de las masas de pino silvestre más importantes de España y, pese a compartir las mismas condiciones climáticas que otras zonas del interior peninsular, ha conseguido mantener un bosque extraordinariamente bien conservado. Su éxito no obedece a una casualidad geográfica, sino a una forma de gestión que ha vinculado históricamente el aprovechamiento económico del monte con su conservación.
Un patrimonio que genera responsabilidad

La clave de ese modelo reside en la Suerte de Pinos, una institución tradicional mediante la cual los vecinos participan en los beneficios obtenidos del monte comunal. Lejos de considerar el bosque como un espacio ajeno administrado exclusivamente por organismos públicos, la población mantiene con él una relación directa que combina derechos, deberes y responsabilidad colectiva.
La explotación maderera constituye el principal aprovechamiento económico, pero no el único. A ella se suman la ganadería extensiva, la recolección de productos forestales y otras actividades ligadas al medio natural que mantienen vivo el territorio durante todo el año. El monte deja así de ser un paisaje contemplado desde la distancia para convertirse en un recurso que sostiene parte de la economía local.
Esta circunstancia tiene una consecuencia inmediata. Cuando el bosque proporciona riqueza y empleo, existe un interés permanente por conservarlo en buenas condiciones. Los trabajos de limpieza, la apertura y mantenimiento de pistas, el control del crecimiento del matorral o la vigilancia cotidiana no aparecen únicamente cuando surge una emergencia, sino que forman parte de una gestión continuada orientada a garantizar la salud del monte.
La mejor prevención

Con frecuencia se presenta la lucha contra los incendios como una cuestión exclusivamente técnica: más medios aéreos, más retenes o mejores sistemas de detección. Todos esos recursos son imprescindibles, pero actúan cuando el fuego ya ha comenzado. La experiencia de Covaleda recuerda que la prevención empieza mucho antes, mediante una gestión constante que reduce la acumulación de combustible vegetal y mantiene el bosque en condiciones mucho menos favorables para la propagación de las llamas.
Ese es, probablemente, el aspecto más valioso del modelo soriano. No demuestra que los incendios puedan desaparecer por completo, sino que un territorio cuidado durante décadas ofrece una resistencia muy superior al abandono que caracteriza a buena parte del medio rural español. Más que una excepción, Covaleda constituye la prueba de que otra forma de relacionarse con el monte sigue siendo posible.
Pero esta experiencia trasciende el ámbito de la gestión forestal. Detrás de ella subyace una concepción del territorio en la que el aprovechamiento económico y la conservación no se excluyen, sino que se refuerzan mutuamente. Esa misma idea, formulada desde un planteamiento político muy diferente, ocupó un lugar destacado en la reflexión de José Antonio Primo de Rivera sobre la función social de la tierra.
La función social de la tierra

La experiencia de Covaleda permite abordar una cuestión que va más allá de la gestión forestal. ¿Qué impulsa realmente a una comunidad a conservar el territorio del que depende? La respuesta no se encuentra únicamente en las normas administrativas o en los planes técnicos, sino en la existencia de un vínculo estable entre las personas y los recursos que sostienen su modo de vida. Cuando ese vínculo se rompe, el abandono acaba afectando tanto a la economía local como al paisaje.
Esta reflexión estuvo también presente en la propuesta de reforma agraria formulada por José Antonio Primo de Rivera. Frente a una visión que reducía el problema del campo a la distribución de la propiedad, defendía que la tierra debía cumplir una función social: proporcionar trabajo, favorecer el arraigo de las familias y contribuir al bien común. No concebía el campo como un mero activo económico, sino como uno de los pilares sobre los que podía asentarse una comunidad nacional cohesionada.
Más allá de la propiedad
Desde esa perspectiva, el debate no consistía únicamente en quién era el propietario de la tierra, sino en cuál era el destino de su riqueza. Una finca improductiva o explotada únicamente con fines especulativos suponía, a su juicio, un fracaso social, porque privaba a la comunidad de una fuente de trabajo y de prosperidad. De ahí su insistencia en que la propiedad llevaba aparejada una responsabilidad que trascendía el interés individual.
Sin necesidad de establecer equivalencias históricas, la Suerte de Pinos de Covaleda ofrece un ejemplo práctico de esa relación entre aprovechamiento y responsabilidad. Se trata de una institución secular, nacida de las circunstancias propias de la comarca, pero cuyo funcionamiento demuestra que cuando los vecinos participan de los beneficios del monte también se sienten directamente implicados en su conservación. El interés económico y el cuidado del bosque dejan de ser objetivos contrapuestos para convertirse en dos aspectos de una misma realidad.
Una lección que sigue vigente
Durante las últimas décadas, buena parte del medio rural español ha sufrido un proceso continuado de despoblación. Con la marcha de sus habitantes no solo desaparecen explotaciones agrícolas o ganaderas; también se pierde un conocimiento acumulado durante generaciones sobre el cuidado del territorio. Montes que antes eran limpiados, transitados y aprovechados quedan abandonados, favoreciendo la acumulación de combustible vegetal y aumentando la vulnerabilidad frente a los incendios.
Covaleda representa la situación inversa. Allí el monte continúa formando parte de la vida económica y social del municipio. No es un espacio reservado exclusivamente para el ocio o la contemplación, sino una realidad productiva cuya buena conservación beneficia al conjunto de la comunidad. Esa continuidad explica, en buena medida, que la prevención resulte más eficaz que en aquellos lugares donde el bosque ha dejado de tener una función cotidiana.
Covaleda no ofrece una receta universal ni un modelo trasladable mecánicamente al conjunto de España. Cada territorio posee su propia historia y sus propias necesidades. Pero su experiencia demuestra que la mejor defensa del patrimonio natural no comienza cuando aparecen las llamas, sino mucho antes: cuando una comunidad encuentra en la tierra una fuente de trabajo, de responsabilidad y de continuidad. Quizá esa sea la principal enseñanza de este pequeño municipio soriano. Allí donde el territorio vuelve a tener un valor para quienes lo habitan, la naturaleza deja de ser un problema que administrar para convertirse en un legado que merece ser conservado.
