Diplomacia, dignidad y política internacional
Una vocación que nunca fue
Doy infinitas gracias al Cielo por no haber optado por ninguna de estas dos carreras profesionales al finalizar mis estudios de Bachillerato, a saber: la Judicatura y la Diplomacia; a la primera me instaban unos sesudos y amables consejos de un profesor y, a la segunda, un inquieto gusanillo que me incitaba a ver mundo.
A estas alturas, de haber escogido la toga, estaría tan cargado de trabajo y de sinsabores —¡con la que está cayendo!— que me habría retirado a mis cuarteles de invierno con pretextos de salud, por ejemplo, evitándome disgustos (y el placer de poner entre las cuerdas a tanto sinvergüenza como hoy pulula en el mundo político, dicho sea entre paréntesis). Si me hubiera inclinado por la Diplomacia, también es seguro que me habría quedado cesante con carácter de urgencia por carecer de la habilidad y de la mano izquierda tan indispensables para no contestar con respuestas ácidas o con exabruptos legionarios, que tan mal casan con ese menester profesional.
Trump y los límites de la diplomacia
Puestos a imaginar, me veo respondiendo, ya que está de actualidad, al Sr. Trump, sin la menor amabilidad diplomática cuando, en vez de cargar sus denuestos contra un determinado Gobierno, lo hizo contra España, así, en general. Ello me produce un alarmante picor provocado por las pulgas de la pelliza de Viriato, que anularía cualquier otro buen propósito digno de mi supuesta profesión.
Claro que no hay que tomar demasiado en serio al lenguaraz presidente de los EE. UU., que pasó de considerarnos un caso perdido y proferir otras lindezas por un estilo a elogiar nuestra generosidad en pocas horas, dejando en suspenso las broncas amenazas para nuestro comercio. Bastante tiene, el pobre, con intentar salir del embrollo en que se metió con el tema de Irán…
Historia, imperialismo e intereses nacionales
De todas formas, dado que soy, como he dicho, nada diplomático ni en profesión ni en talante, puedo explayarme en estas líneas y entrar al trapo sin cortapisas ni censuras. Podría echar mano de la historia, por qué no, y evocar aquel asuntillo del Maine, de la guerra finisecular del XIX y de esa constante monomanía que tiene el vecino del Norte en considerar que Hispanoamérica es su patio trasero, tierra de promisión para sus negocios y sectas… y campo de batalla cuando los hados le son propicios.
Entre paréntesis, y sin señalar mucho, diré que esta constante acción política de claro imperialismo sobre los veinte pueblos tristes del sur (Rubén Darío dixit) precisa siempre de un Don Oppas interno, de un traidor o traidora, en suma, que le baile el agua, como se ha demostrado tantas veces y se sigue haciendo. Curiosamente, en Irán, por ejemplo, no lo ha encontrado a mano, y así le va.
España entre la independencia y las presiones
Me reafirmo, una y mil veces, en que España, como nación —otra cosa es la política al uso—, no es una colonia de nadie ni de nada. Su política internacional debe girar en torno a sus intereses, haciendo honor, claro, a los acuerdos suscritos con otras naciones de su entorno. Una pregunta al respecto es si ese antiamericanismo al uso, constante y aburrido, responde a estos intereses nacionales o es un simple divertimento de la viejuna izquierda española.
Volviendo al tema de los EE. UU., lo cierto es que nuestra política fue en tiempos independiente (caso del comercio con la Cuba castrista en época de Franco), aunque, en otras ocasiones, ante posturas de dignidad nacional, se emplearon medios más drásticos, como se puso de manifiesto —según los indicios y sospechas nunca confirmadas— con el caso del asesinato de Carrero Blanco.
Me repito algunas veces in mente aquello de no tolerar ni el aislamiento internacional ni la mediatización extranjera, que sonará a chino para muchos pertenecientes a las actuales generaciones, pero que, para un servidor, es de imborrable recuerdo.
Interrogantes sobre el presente
Volviendo al tema que nos ocupa, no dejo de preguntarme la causa de ese radical cambio de perspectiva del Sr. Trump con respecto a nosotros. ¿Qué ha tenido que ocurrir para que pasemos, en horas, de ser odiados y amenazados a ser calificados de generosos? O, dicho de otra forma, ¿qué concesiones en la trastienda ha efectuado el Sr. Sánchez en Turquía para merecer el plácet y el elogio del vocinglero estadista yanqui? Posiblemente, nunca lo sabremos, aunque notaremos sus consecuencias tarde o temprano.
Si contemplamos la confusa situación geopolítica actual, no hay que olvidar tampoco que EE. UU. cuenta con un gran aliado al sur de nuestras fronteras. Nos referimos, claro, a Marruecos, cuya presión sobre nosotros es constante en lo referente a las dos ciudades españolas en el continente africano, Ceuta y Melilla. Varios han venido siendo los desencuentros amigables con el país magrebí, y tampoco hay que menospreciar el peso de estos movimientos ¿diplomáticos? en el contexto internacional, como se comprobó con el abandono del Sáhara.
De momento, y que sepamos, la presión sobre España viene dada por la mayor o menor cuantía de pateras con inmigrantes que salen de las costas del norte de África hacia las nuestras. Hace cierto tiempo se escribía en los medios sobre otras presiones que tenían que ver con móviles intervenidos, pero ese tema ha desaparecido ahora de las informaciones. Tampoco lo sabremos, probablemente, nunca…
Las presuntas cesiones de Sánchez a Trump irán surgiendo paulatinamente, cuando ya nos hayamos olvidado de la cumbre de la OTAN en Ankara. Digamos que, como tantas otras cosas, pertenecen a un secreto del sumario del que el pueblo español está ayuno.
Una conclusión sin ambages
¿Ven cómo hice bien en desistir de abrazar la carrera diplomática? Mi respuesta al presidente de los EE. UU. hubiera sido directamente bronca, todo menos el silencio del que hizo gala el Gobierno de Sánchez. Seguro que un servidor hubiera situado a España en un buen lío, pero, eso sí, con la dignidad nacional a salvo.