Soñar España en una noche de verano

Entre recuerdos, imaginación y reflexión, el autor desgrana una serie de anhelos cotidianos sobre el monte, la educación, la política y el patriotismo, entendidos como eutopías posibles para una España mejor.
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Soñar España en una noche de verano

Los sueños y su origen

Todos tenemos sueños repetitivos, cuya interpretación precisaría algo más que un echar mano de la teoría psicoanalítica de andar por casa; un servidor, por decir algo, sueña periódicamente con un amplio vestíbulo de una mansión campestre, con sillones de mimbre. Lo cierto es que nunca he estado en tal lugar ni forma parte de mis expectativas: misterios del subconsciente…

Otra cosa es soñar despierto, lo que, en mi caso, es producto de una portentosa imaginación —que pondré a prueba el día en que me decida a escribir una novela— y de deseos solo expresados en un círculo cercano. Pero esos sueños con los ojos abiertos no suelen provenir de la curiosa combinación que propuso el Dr. Freud entre el «ello», el «yo» y el «superyó»; nacen de un sustrato axiológico personal, integrado por creencias e ideas trabajadas, de su tozudo contraste con la realidad y de una inasequible confianza en el futuro.

He de matizar que el fenómeno no coincide necesariamente con la deriva de los últimos gobiernos nacionales, autonómicos y locales, sino que se remonta, quizás, a mi adolescencia o al momento en que el uso de razón reemplazó a la ingenuidad de la niñez. Tampoco responde a evocaciones nostálgicas de otras épocas, si bien parece fundamentarse en lo que aún no se llamaba pomposamente educación en valores, pero sí lo era en toda regla.


La eutopía como horizonte

Intentaré desglosar algunos cuadros de ese soñar despierto, por si algún lector que adolece del mismo fenómeno quiere compartir conmigo sus experiencias oníricas. Procuraré, eso sí, obviar los grandes sueños, esos que, por mor de las circunstancias tan constreñidas, desembocan fácilmente en el ámbito de la utopía, y me limitaré a algunos ejemplos de aquellos que se limitan, prudentemente, a consignar una eutopía, que, en palabras de J. A. Marina, encierra el deseo de que España sea un buen lugar para vivir.


Un campo vivo y protegido

Como primer ejemplo, me gusta imaginar un verano sin que las noticias de primera página sean los incendios que arrasan bosques, praderías y aldeas. Desde mi imaginación portentosa, sé que este sueño implica una restauración de las áreas de cultivo y un incremento de la cabaña ganadera. Mi ingenio roza, en este punto, esas utopías descartadas de antemano, por suponer que se habían dedicado previamente labores de prevención, limpiando zonas de arbolado, abriendo cortafuegos y, cuando los expertos lo indicaran, movilizando juventudes en las tareas de repoblación forestal, tal como se llevó a cabo en épocas hoy consideradas nefandas.


La educación que imagino

Otro ejemplo, sin salirme de este campo, consiste en fantasear —¡fíjense, con diez años de jubilación sobre mis costillas y ahora que ha terminado el curso!— con que las aulas estén presididas por sistemas educativos que no respondan a criterios partidistas, sino nacionales; que tengan como objetivo, ya no solo una mera instrucción técnica, sino la formación y la educación de los futuros ciudadanos, y cuyas modificaciones se deban a una constante puesta al día y no a las ingeniosidades de esos pedagogos de despacho que no han visto a un alumno de carne y hueso en su vida.

También me ilusiona imaginar, sin salirme de esta esfera añorada, que alcance su cumplimiento esa libertad de enseñanza que aparece mencionada, como de pasada, en el artículo 27.1 de la Constitución, para que no sea coartada por las veleidades nacionalistas de imposición de un idioma ni por la neocensura woke, que controla claustros de profesores, persigue a los docentes en sus clases y llega a falsificar incluso las más elementales normas del lenguaje.


Los límites de la política

Cambiando de tercio, en ocasiones mis ensoñaciones lindan o entran de lleno en el terreno de la política, pero, en este punto, entra en juego, sí, un llamémoslo superyó freudiano que me constriñe la fantasía, pues es evidente que, en estos tiempos y, parafraseando a los anteriores, todo está atado y bien atado. Por lo tanto, no debo imaginar que el leitmotiv de la idea de servicio en los políticos desbanque a la profesionalidad o a los intereses espurios. Para ser consecuente con mis limitaciones impuestas por un realismo adulto, no entro al trapo en cuestionarme leyes, decretos y alcaldadas, y guardo para mí —ojalá también para mis descendientes— diseños de futuribles estructuras.


La España despoblada

Se acercan mis desplazamientos veraniegos, y en ellos seguro que tendré ocasión de soñar in situ con planteamientos racionales que harían frente al vaciamiento de una gran parte de nuestra Piel de Toro; en el bien entendido de que procuraré compartirlos solo en la intimidad, toda vez que provengo de esa otra parte, superpoblada y absurda, y no soy quien para impartir lecciones y sugerencias entre quienes viven a diario el problema.


Un patriotismo para todos los días

Para terminar, cuando escribo estas líneas, está en plena efervescencia el fervor por el Mundial de fútbol. Poco aficionado a este deporte, me limito a seguir algunas imágenes de quienes manifiestan su alborozo o su tristeza por el resultado de nuestra Selección Nacional. Por ello, sueño —a veces, en voz alta, para tedio de mi familia— con que el patriotismo no quede reducido al resultado de unos encuentros deportivos, sino que se plasme también en una actitud pensante, persistente y decidida de ese «ser español» que, como decían unos versos aprendidos en mi juventud, era «ver en tus hermanos un apretado bosque de ilusión».

Lo dicho: sueños de una noche de verano…

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