Nosotros frente al espejo del fascismo.
Durante décadas, el nacionalsindicalismo ha cargado con la etiqueta de "fascista". El autor revisa ese juicio desde la doctrina joseantoniana, sus matices históricos y su singular concepción social y política.
La etiqueta imborrable
Muchos de nosotros, joseantonianos irredentos, hemos pasado gran parte de nuestras vidas —algunas, afortunadamente, longevas— intentando desmentir el falso atributo que nuestros contrarios —o enemigos— nos adjudican: fascistas. Hemos invocado innumerables veces las propias manifestaciones de José Antonio al respecto, en una época —los años treinta del siglo XX— en la que el fascismo italiano, el auténtico, se hallaba en la cresta de la ola, respaldado por el éxito político y el apoyo popular.
También hemos aportado numerosos trabajos de magníficos autores joseantonianos, como mi ilustre colega el profesor Pedro Laín Entralgo, Sigfredo Hillers, Manuel Cantarero y tantos otros. Todo ello, sin embargo, ha resultado inútil. Nuestros adversarios —y también nuestros enemigos— nos tienen etiquetados como fascistas para siempre, y no parece quedar más remedio que apechugar con ese sambenito.
Tal vez porque el fascismo italiano acabó cediendo ante la presión alemana, aliándose con el seudofascismo racista nacionalsocialista y, finalmente, perdiendo la guerra.
Entre la influencia y la diferencia
España logró librarse, por muy poco, de la presión del nacionalsocialismo alemán. También evitó verse arrastrada a la II Guerra Mundial y padecer, después, las invasiones de unos y otros. Pero no consiguió desembarazarse de la etiqueta. Ahora bien, ¿quién puede negar la influencia del fascismo en ciertos aspectos del estilo y de la estética falangistas? ¿Quién renunciaría al saludo romano de la mano abierta, concebido como gesto de paz? ¿Quién podría olvidar la trascendental ayuda italiana frente al bolchevismo durante nuestra guerra?
Pero ahí acaba nuestra mácula fascista… Volved a José Antonio, a Sigfredo, a Manolo, a Ceferino, a Narciso, a Diego… y a tantos otros que han elaborado –y siguen haciéndolo- la doctrina nacionalsindicalista. Todos ellos, ya en los luceros, como solemos mencionar en nuestra irrenunciable poesía que promete, han aportado firmes argumentos que rechazan la catalogación de fascista a la doctrina nacionalsindicalista.
La doctrina y la «visión binocular»
La propia Norma Programática de Falange Española, redactada por José Antonio en noviembre de 1934, deja clara esa singularidad doctrinal. Sus primeros puntos exaltan el patriotismo, la unidad y la jerarquía; sin embargo, en el punto noveno se define a España, en lo económico, como «un gigantesco sindicato de productores». Allí se repudia expresamente el sistema capitalista, se defiende la nacionalización del servicio de banca y se protege el derecho —y también el deber— del trabajo.
Más adelante, el punto diecinueve proclama la «redistribución de la tierra cultivable», con las expropiaciones implícitas que ello comporta. Y el punto veinte reclama «un orden nuevo» y aspira a implantarlo «en pugna con las resistencias del orden vigente», mediante una Revolución nacional. Como solemos decir, la política integradora exige visión binocular: la única forma de contemplar la realidad en profundidad, con ambos ojos abiertos, el derecho y el izquierdo. Solo Falange —afirmamos— ve bien.

