La fe popular frente a las imposiciones
Las tradiciones religiosas sobreviven a prohibiciones y presiones políticas gracias al arraigo popular y a unas cofradías que continúan defendiendo su presencia en la vida pública.
La sustitución de la solemnidad litúrgica
No puedo recordar la fecha con exactitud. Desde luego, fue a principios de agosto, por aquello de las vacaciones. También está claro que fue en la aldea en la que voy a misa los domingos de verano desde hace tantos años, que los vecinos nos pasan los recibos para sufragar los festejos de la parroquia. Lo que puedo precisar es el año. Debió de ser entre el 2002 y el 2004. Pero lo recuerdo como si fuese hoy.
Al entrar en la capilla el día de la fiesta parroquial, nos sorprendió el observar que la tradicional banda, que solía acompañar misa y procesión, con sus limpios uniformes y su aire solemne y marcial, había sido sustituida por una caterva de desordenados comparsas, revestidos de atrabiliarios atuendos y armados de gaitas y tamboriles. Nos temimos lo peor. Y sucedió.
En el momento solemne de la Consagración, con todo el personal devotamente arrodillado y atento al Santísimo, se inició un gemido lastimero, reforzado por el estruendo de los tamboriles, que entonaba una melodía tristona e inidentificable. Un ruido que, al quitar toda solemnidad al momento, hacía muy difícil continuar arrodillado.
Destituyendo a Jesucristo
En vacaciones comparto casa, mantel, misa y excursiones con un gran amigo, oriundo de la Galicia más profunda posible. Aunque con dificultad, pudo identificar que habían hecho un remedo del honor al Santísimo, sustituyendo el Himno Nacional, que marcan todos los protocolos litúrgicos, por el regional gallego.
Con el sacerdote teníamos bastante confianza. Había bendecido nuestra casa y siempre rezaba por nosotros cuando nos veía aparecer al principio del verano. Con la sorna que suele caracterizar a los gallegos listos, que son la mayoría, mi amigo le espetó al párroco: «Señor cura, han destituido ustedes a nuestro Señor Jesucristo de Rey del Universo a presidente de comunidad autónoma». «¡Ay, hijo mío, cosas peores veremos!», contestó el buen sacerdote. Un ejemplo de cristiana resignación o un caso de prístina acomodación. Siempre me quedará la duda.
De lo que no hay duda es de que la actitud de una parte significativa de nuestro clero no se ha distinguido, en tiempos recientes, por su ánimo combativo ante las arbitrariedades del poder. Ni durante el franquismo ni después del franquismo. No me refiero solo al poder político. Tampoco ante el cultural, el mediático o el del terrorismo. Pero la reacción popular ha sido, en algunos casos, capaz de enfrentarlas con firmeza.
La fuerza histórica de la piedad popular
Comentaba el hispanista francés Jean Dumond que, cuando se encontraba en Andalucía escribiendo su estupendo libro sobre Isabel la Católica, conoció de primera mano lo que sucedió cuando la administración automómica decidió eliminar la festividad de la Inmaculada del calendario festivo de la comunidad. La reacción de los obispos, educadamente dialogante, resultó inútil. En cambio, la amenaza de algunas cofradías andaluzas de suspender las procesiones de Semana Santa tuvo efectos inmediatos. La Inmaculada se quedó donde estaba, al menos de momento. No le sorprendió. Sus investigaciones le habían llevado a descubrir que la reina Isabel se había apoyado en el dinamismo de la piedad popular para contrarrestar el mal ejemplo de un clero en el que no escaseaban la mundanidad, el egoísmo y la corrupción.
Esta vitalidad se articulaba en numerosas asociaciones laicales, como cofradías, hermandades y congregaciones, que fundaban oratorios, capillas, sanatorios o colegios. Unas instituciones que, con altibajos, han continuado existiendo hasta nuestros días y que explican la presencia de la Iglesia católica en el ámbito público, en nuestros pueblos y nuestras plazas, en nuestras ceremonias y nuestras fiestas. Sobre todo, en los momentos significativos de nuestras vidas, de la cuna a la tumba.
Tradiciones resistentes frente a las prohibiciones
En definitiva, unas tradiciones bien consolidadas y, por ello, muy difíciles de desarraigar pese a todos los ataques que reciben. Porque estos ataques suelen encontrar respuesta en el apoyo popular que se manifiesta tras los ataques. Sirva de respuesta la reacción de la gente ante el intento de muchos ayuntamientos de Cataluña de prohibir las procesiones con diversos pretextos. Por ejemplo, la participación de legionarios veteranos catalanes vistiendo sus uniformes en honor al Cristo. Las presiones se tradujeron en un incremento masivo de la participación. Como sucedió también con el intento de prohibir la participación militar en la procesión del Corpus de Toledo. Sirvió para multiplicar el número de cadetes que participan voluntariamente en tan secular celebración.
Otro mecanismo consiste en la aplicación de la eficiente ley del embudo. Esa que aplica punta para prohibir o dificultar actividades que molestan, mientras utiliza la embocadura para colectivos o entidades con las que existe complicidad. Habrá que poner ejemplos para entendernos. Las ministras de Igualdad son expertas en este procedimiento legal. Sus amenazas a antiquísimas cofradías de varones para aplicarles la legislación vigente si no admiten hembras contrastan con su indiferencia ante la prohibición para las mujeres musulmanas de participar junto a los hombres en las celebraciones de esta religión. O la existencia de logias masónicas exclusivamente varoniles sin ninguna dificultad.
El regreso de las procesiones
Este año la Semana Santa ha refulgido como siempre. Pero con una repercusión mayor que nunca. Una repercusión que no puede explicarse solo por el turismo estacional. Hay algo mucho más profundo. Incluso han vuelto las procesiones a San Sebastián, donde no se celebraban desde 1970, cuando se decidió suprimirlas. Un signo más de que la intención de destituir a nuestro Señor Jesucristo de su lugar no va por buen camino.
Dedicado a mi amigo José Manuel Fernández Testa.
Publicado en primicia en La Razón (11/05/2026), posteriormente recogido por La Razón de la Proa (con autorización del autor).
