SEMBLANZAS | LIBROS
Luys Santa Marina (Luís Salomar) y Max Aub
Luys Santa Marina fue el único de los escritores de la corte de Primo de Rivera que terminó sus días como falangista. Max Aub es el autor republicano que más y mejor ha escrito y reflexionado sobre el tema del exilio.
Luys Santa Marina (Luís Salomar) y Max Aub
La relación de Luys y Max Aub venía de que, antes de la guerra, coincidían en una peña literaria y política que se reunía en el café El Oro del Rhin y que sería reflejada por Aub en Campo cerrado, la primera novela de la serie El laberinto mágico. En ella, Luys Santamarina se convierte en Luís Salomar. Un personaje mitad monje, mitad soldado. Sin duda, Luys Santa Marina parece un personaje más sacado de uno de sus libros.
Luis Narciso Gregorio Gutiérrez Santa Marina, que era como se llamaba, modificará su nombre adoptando la y griega. No era ni un escritor burgués, ni tampoco un intelectual orgánico, es decir, de partido político, necesitaba de la acción para alimentar sus ansias vitales. Tenía un punto de aristócrata y de ácrata en su forma de ser y pensar que lo asemejaba a don Ramón María del Valle Inclán. Vegetariano, sus amigos del Ateneo decían que por Navidad mataba una coliflor.
La máxima de Juan de Zabaleta se realizaba en él, de forma perfecta: «Los hombres de pluma elocuente están obligados a la inmortalidad de la espada briosa».
Lo conocí en la biblioteca del Ateneo de Barcelona, del que llegó a ser presidente. Le gustaba husmear por las librerías de viejo. Miraba y remiraba los libros. Compraba algunos. Pocos, pero buenos y raros. Dos librerías eran sus más visitadas, una sita en la calle Tallers y la otra en la calle Canuda, que estaba al lado del Ateneo. Un día caluroso de agosto, cuando entré en su casa, me dijo:
━Está en Barcelona mi amigo Max Aub.
Desde el mismo momento en que pisó tierra española en el aeropuerto barcelonés de El Prat aquel 23 de agosto de 1969, tras treinta años exactos de exilio, acertó a resumir públicamente su actitud con estas claras e inequívocas palabras lapidarias:
«He venido, pero no he vuelto».![]()
La relación de Luys y Max Aub venía de que, antes de la guerra, de su colaboración en la revista Azor. Creada y dirigida por Luys Santa Marina, la publicación aparece en 1932 en Barcelona como resultado del encuentro de un grupo de escritores de intereses literarios dispares y tendencias ideológicas diversas, a pesar de que su contenido estuvo marcado por el criterio de su creador. Hasta 1973, con altibajos, ausencias y silencios que propiciaron distintas ediciones de la publicación con los sucesivos subtítulos: primer vuelo, segundo vuelo, tercer vuelo, la publicación surge y resurge, acrecienta su éxito y decae, acentúa y suaviza su lenguaje imperialista y nostálgico.
Cabe, pues, retrotraerse a los años treinta para asistir a la toma de contacto de Aub, Luys Santa Marina y otros tantos escritores que participaron en el proyecto. Las relaciones del escritor con el núcleo intelectual barcelonés se iniciaron principalmente a través de la tertulia del Lyon d’Or gracias a los frecuentes viajes a la capital catalana que Aub, como comerciante, realizaría en estos años.
Alrededor de este café situado en la plaza del Teatro, regentado por el poeta Enric Vilalta, se reunían los intelectuales cercanos a Luys Santa Marina como José Jurado Morales, Juan Ramón Masoliver y Félix Ros, quienes colaborarían directamente con aquel en la fundación y el desarrollo de la revista. A excepción de José Jurado Morales y de Max Aub, afines a la Segunda República desde distintos planteamientos, los otros tres escritores formaron parte de lo que Mónica y Pablo Carbajosa denominaron la corte literaria de José Antonio.
Luys evocó su amistad con Aub, truncada por la guerra.
Hay que señalar, que, al día siguiente del Alzamiento, ante la pasividad de la cúpula barcelonesa, Santa Marina se dirigió a los cuarteles de Pedralbes –con apenas 80 falangistas– para ser armado y participar en la insurrección. Desde ese momento el escritor santanderino tomaba el mando de la Primera Línea de Barcelona. Pero el levantamiento pronto será neutralizado por los anarquistas y la Guardia Civil. Los falangistas que no murieron en la contienda fueron hechos prisioneros. En primer lugar, en las bodegas del buque Uruguay en el puerto de Barcelona, donde nuestro autor, sufrió todo tipo de torturas e intentos de envenenamiento.
Fue allí donde comenzó a redactar, junto a Félix García Teresa y Pidemunt, el conocido como Himno del Uruguay para levantar el ánimo de los camaradas falangistas:
«Decidiste derramar tu sangre por esta España, que unos traidores con saña intentaron desgarrar. No te sientas humillado, si enseguida no has vencido, tú la culpa no has tenido de que te hayan traicionado. Solo cuando llegó el día que a las balas cayó el Jefe, sentiste dentro del alma la frialdad de la muerte, mas mirando a los luceros donde acaudilla su gente, brazo en alto, mano abierta, gritaste, fiero: "Presente"».
Después será trasladado al castillo de Montjuich y de allí pasará a la cárcel Modelo de Barcelona. Posteriormente a la de Sabadell, después, a la de Figueras, a la prisión de los inadaptados de Vic, al cuartel de Ausiàs March, hasta llegar al penal de Chinchilla, donde compondrá sus poemas recogidos en Primavera en Chinchilla (1939). Finalmente, en Valencia permanecerá en la cárcel de Mislata y en la del monasterio de San Miguel de los Reyes, ultima prisión de la que Santa Marina conseguirá́ liberarse. El será́ el encargado de dirigir la sublevación de los presos falangistas y de tomar el control de la ciudad. Cuando las tropas del Ejército nacional llegaron a Valencia se quedaron impactados al ver el heroísmo de aquellos hombres que llevaban puesta la camisa azul.
Durante todo este tiempo, Santa Marina fue condenado a tres penas de muerte por los tribunales populares. Pero de todas ellas se libró́ gracias a la intervención de sus amigos anarquistas, de José́ Bergamín y, especialmente, del novelista republicano Max Aub,
Yo entonces no conocía la existencia de Max Aub, y, por lo tanto, no había leído nada de él. Luego he leído todas las novelas que componen El laberinto mágico. Son unos episodios nacionales donde Aub describe lo acontecido en la zona republicana durante la guerra civil.
Que Luys Santa Marina era un personaje de novela lo vio enseguida Max Aub, quien le retrató como Luis Salomar en Campo cerrado, la primera novela de la serie. Es la más lograda. Así lo retrató Aub, en su envoltorio de Luís Salomar:
«Sin adarme de grasa, el capitoste de aquel de aquel cotarro de ocho personas, según los días, acecinado, seco, la enjuta carne asoleada, pétrea cabeza erguida, ojos corvinos desmedrados, curiosos, de rapidísimo girar y agarrarse, mandando en una importante nariz, que cobra estilo romano y cordobés de perfil; la frente asurcada, el pelo ralo a lo espín, la rapada barbilla, hendida como posaderas de melocotón al adelantarse cuando cierra, apretados, los puños en ademán de voluntad; brillánle entonces las niñas como azabache pulido o aceitunas zarzaleñas; los hombros altos, el fuerte pecho abovedado, la vestimenta pobre, un tanto raída de limpia: chaqueta de pañete gris, los calzones más oscuros o más claros mostrando su desprecio de sastres y cominerías, largas manos, , largos dedos nerviosos; hombre de tal fumar, chupetea los tabacos en rápidas bocanadas, dándole a los labios lo que es de la gola. Se llama Luís Salomar; ha nacido en los límites de Vizcaya y la Montaña, en una casona de las de muchos años y pocos dineros, con tíos ricos en los puertos: Bilbao y Santander, de esos que se fueron en busca de negocios, dejando el nombre y uno de sus hermanos en la tierra. Salomar gustó apasionadamente de Barcelona, andaba con ella con ínfulas de conquistador, le parecía vivir en unas riquísimas Indias donde cielo y tierra eran españolas por la fuerza de las armas, y los indígenas enanos apenas dignos de su suerte».
El protagonista, Rafael López Serrador, es un joven obrero procedente de Viver que se traslada primero a la capital de la Plana y después a Barcelona para ganarse la vida. Rafael transitará por las postrimerías de la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación, florecimiento y deterioro de la Segunda República, y los días inmediatamente anteriores al golpe de Estado. Sus inquietudes lo llevarán a conocer los círculos obreros de la capital catalana, las condiciones de vida de los trabajadores, las tertulias y cafés donde se reúnen y discuten los intelectuales, los enfrentamientos callejeros, las disputas de la burguesía o la ebullición de discursos y actitudes con que comunistas, anarquistas y falangistas se preparan para un conflicto inapelable. La novela se cierra con la intensa crónica de la lucha en las calles de Barcelona por el dominio de la ciudad. La multiplicidad de personajes y acontecimientos, que desfilan ante el lector en una irrepetible mezcla de ficción y realidad, tienen como laberinto espacial una ciudad que el omnisciente narrador del relato imagina como un organismo vivo.
Como ejemplo cito la hermosa descripción de Barcelona transformada durante unas líneas en un organismo vivo y latiente mediante un ejercicio alegórico de personificación:
«Ya por entonces conocía Barcelona: el movimiento circulatorio de las Rondas, la cruz de sus túneles; teníala en la mano como cosa viva: su esternón el Paseo de Gracia; sus costillas, de Diputación a Córcega; sus húmeros, Diagonal y Cortes; sus radios, el Paseo de San Juan y el Paralelo cruzados, unidos por sus manos de mar, sosteniéndose el corazón y las tripas: las Ramblas; sus arterias y sus venas: acuchilladas por la Vía Layetana, apuñaladas arteramente por el Portal del Ángel; desangrándose en el mar; su coxis, el puerto; sus piernas y su andar, el viento y las olas. Barcelona, herida de sangre y lisiada, alegrísima de sol y abundancia, ciudad anclada y siempre dispuesta al viaje, piojosa y desnuda; libre con oscuras rémoras; trabada la lengua y agilísima de deseos».
La novela evoca con viveza las tertulias del El Oro del Rhin, donde Luís Salomar, se erige el aglutinador de los dispares participantes.
«Aparte de Salomar los otros contertulios eran de las más diversas calañas, al azar de los enganches. Tres o cuatro señoritos de lo más o menos precipuo, algún seño-listo, los más: perdigones en busca de jarana; un fullero, un raterillo que se tuvo escondido de polizontes durante ocho días pasándolo de casa en casa de los tertuliantes; algún catalán en mal de castellano, que no solía echar raíces, y eso que para los traidores a su lengua abría Luís los brazos con singular afecto; todos quitamonas del Jefe, zangolotinos que venían a hacer la zalá al futurotriunviro; dos empleados de Hacienda, un periodista, un editor, y sobre todo hijos, muchos hijos: hijos de banqueros, de fabricantes de medias, de paños, de hules, gutaperchas y un abogado. Obreros, los Fernández».
En la segunda parte del libro se narran los preparativos de la sublevación y la participación de los falangistas mandados por Salomar.
«Se habían acabado los ejercicios de tiro. Salomar los reunió en el piso bajo del casón. Les hizo formar.
━¡Camisas azules! ⎼les arengó⎼. ¡Se acabó el juego! ¡Ha llegado la hora de la verdad! Tomamos entre nuestras manos las tradiciones españolas. Las tenéis entre vuestros dedos, al alcance de los gatillos. Nos dan para su guarda la libertad y la decencia de España. Por una España libre, grande, contestaréis dentro de poco, todos a una: ¡Presente! Las libertades de todos van a convertirse en las libertades de Falange. ¡Todos por José Antonio! Se acabaron las discusiones: ¡con la disciplina!¡Falange entra en la gloria! ¡Honraremos a sus muertos! ¡Esta noche, cada uno recibirá la indicación de su puesto de combate! ¡Arriba España!».
La tercera parte del libro narra los acontecimientos ocurridos en Barcelona los días 19 y 20 de julio, cuando se produce la sublevación militar, que es sofocada por la intervención de la Guardia Civil y los anarquistas dirigidos por García Oliver y Durruti.
«García Oliver sube hasta el llano de la Boquería. Tiran de alguna ventana, de algunas azoteas, contestan, un poco a la aventura, los anarquistas. Los primeros rompen escaparates, descristalan ventanas los agredidos. Las primeras sangres no surgen del plomo, sino del cristal.
Durruti y los suyos han llegado a la plaza del teatro; pasan pegados al Principal Palace. Enfrente, desde el hotel Falcón, les disparan a mansalva.
━¡Atrás! ⎼balabra el jefe⎼. Atropéllanse los hombres en la entrada de los dos cines cercanos; otros, del otro lado de las Ramblas, han buscado refugio en los portales: arrastran tres heridos. En la acera, frente a sus heridores, queda un hombre caído.
━¡Quietos tos! ⎼brama Durruti⎼. Y va solo, por el muerto. Cuenta tiros. Cinco, siete, seis. “¡Balas cantan! Esta es de carabina” Dale una esquila. “Con pistola no me darán a esa distancia” Un hombre solo es poca casa. ¡Tendríamos que ir como colegio en tarde de domingo para que nos tumbaran!”. Vuelve sin recoger al caído -una bala en los sesos-. Sabe lo que quería saber. Llama a los de enfrente. Manda diez hombres por la plaza del Rey a dar la vuelta por Escudillers.
━Una vez en la plaza del Teatro, os pegáis a la pared del hotel y entráis. No os pueden ver y dar. No son más de seis o siete. En cinco minutos tiene que estar resuelto esto».
Muerte es el título del texto que cierra el libro. Se trata de una enumeración del destino de los personajes, ficticios y reales, pero siempre auténticos, introducidos por unas líneas que nos aseguran su veracidad. Todo transcurre durante las horas trágicas en que se dirime, si va a triunfar o fracasar, la sublevación en Barcelona.
El encuentro entre Luys y Max Aub, se produjo en una cafetería de Ciutat Vella, donde Luys mantenía una animada tertulia. Así lo relata Aub, en su Gallina ciega:
«Café moderno. Al fondo, a la izquierda, un sofá, como para un cuadro de Solana, la tertulia de Luys Santamarina, José Jurado Morales, unos viejos (¿quiénes?, ¿cuántos años tienen? Ahí, colorados, como para un pim-pam-pum de feria de pueblo, esperando que entre alguien y los tumbe a pelotazos: —¡A tanto la docena! Más que viejos, tallados ya en sombra entre el aluminio de los tubos y la luz de gas neón, toman café o manzanilla; vino no: infusión). Un magistrado de la Suprema Corte ⎼allí por poeta⎼, un fundador de Solidaridad Obrera, anarquista roto, de 80 años dice, y otros cinco o seis, ya sin nombre; cuatro poetas jovenzuelos llegan de dos en dos y se van en seguida juntos. Tienen interés en publicar en la revista tesonera de Jurado, el único todavía vivo ⎼y no del todo⎼ del retablo. ¿Soy de ellos? Me presentan a los jóvenes. Ninguna reacción, jamás oyeron el santo de mi apellido. El propio Luys no ha tenido interés en leer lo mío publicado aquí, ni Jurado. Curiosa conversación: no discuten de la guerra civil ni de la europea, ni hablan de política (cualquier política me es extraña), sino de las guerras carlistas, de Weyler, de Polavieja… Hacen buenos a los republicanos históricos de las tertulias de México; de las tertulias que ya no existen. Han resistido más: hicieron régimen. Ya nadie sabe quiénes son, quiénes somos. Nos invitan ⎼Jurado y Luys⎼ a cenar, el viernes.
—Maxito… Maxito… Luys me mira con sus ojos brillantes, que ven mal, pero sin dejarse vencer».
Cuando leí lo escrito por Aub, pensé que había mucho de literario en el relato. Prácticamente no hubo conversación, los silencios se podían cortar con un cuchillo. Yo, uno de los jóvenes presentes, he de decir que quedé algo frustrado del encuentro. Esperaba algo más. No recuerdo que se dijera nada interesante. Solamente la frustración que mostró Aub cuando Luys le comentó que no había leído lo publicado por él, en España, y cuando los jóvenes presentes le dijimos que tampoco. La cena concordada, la narra así Aub:
«Cena con Luys Santamarina, José Jurado Morales y su mujer, con P., claro. Luys sigue tan o más agresivo para esconder su ternura.
—¡Buen besugo estás hecho! —Cara de tonto ha de tener. Seco. De palo. Cuando se enfada, su cara enjuta, de ojillos agudos y secos, le da expresión de busto romano.
Nos sirven en la parte alta del café donde suelen reunirse, en lo que fue y continúa siendo todavía, Cortes, a cien metros del Oro del Rhin, café que mañana cierran "para reformas" y que hasta hoy está todavía igual que en Campo cerrado. El mismo Oro del Rhin donde nos reuníamos hasta hace treinta y seis años. Pregunto por los comensales de que me acuerdo. Como es natural, la mayoría ha muerto. Viene la conversación, normalmente, hacia aquellos tiempos y lo sucedido después. Hablamos un poco aparte Pepe Jurado y yo de los muertos de nuestro lado. Surge el nombre de Ciges Aparicio, como gobernador de Palencia, y Luis que sólo oye "fusilado", dice:
—Bien fusilado estaría. —¿Ciges Aparicio? —No. Ése no. —¿Y Carballo? (Carballo era gobernador civil de La Coruña, compañero de Ayala y de Medina. También fusilaron a su mujer). —O también me vas a contestar, como Dalí, cuando se enteró de la muerte de Federico: «¡Olé!». —No. Pero perdisteis.
—Sí. Y tú ya no eres nada ni eres nadie y has escrito unos versos que he reproducido en una historia de la poesía española contemporánea, de los que tal vez te acuerdes. —Sí. ¿Y qué? —Que habéis hecho de España un conglomerado de seres que no saben para qué viven ni lo que quieren, como no sea vivir bien. Franco ha hecho el milagro de convertir a España en una república suramericana…
Le brillan los ojos:
—¿Es que crees que si…? Subido en su furia. Nos miramos. Callamos. Sonreímos. Nos echamos a reír. —Maxito, Maxito… Y yo: —Luys… Nos damos cuenta de lo absurdo de la situación y de que no tiene remedio. Nos apretamos los antebrazos.
Cambiamos el rumbo. Medina, Chabás, Salas: la tortilla de patatas, la calle de Escudillers, el Paralelo, las madrugadas… Recuerdo que una de las normas que establecí antes de tomar el avión, en Roma, fue traer a cuento la comida o la bebida para salir de cualquier trance apurado. No ha sido el caso, la tortilla llegó rodada, atada a los recuerdos, de cómo descubrimos que el vino de Jerez era un resultado del sol sobre las cepas alemanas traídas por Carlos I de Alemania y V de España…
De todos modos, no se restablece la cordialidad perdida. Demasiada sangre, demasiados muertos, demasiada cárcel. Y, tal vez, sobre todo, demasiados años. Luys está hecho un palo, no ve bien, oye mal y yo, tal vez, tenga ya las fontanelas demasiado cerradas para poder aceptar, como un triunfo, el que viva de una mediocre bicoca oficial, él, que soñó ser general en jefe de las tropas de ocupación españolas sobre la tierra conquistada de Cataluña
No se puede decir que la cena haya sido un éxito. Pepe vendrá a verme mañana, solo. Nos lleva al hotel, en su coche, uno de esos innumerables coches pequeños que sólo empiezan a funcionar bien a los seis meses de uso, según me dice, cuando ya los han ajustado y hecho desaparecer las fallas de montaje, del montaje nacional.
La gran discusión había llegado de pronto, casi a los postres, al hablar de las novelas de los más jóvenes y alabar yo, sin segundas, El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio. Luys se disparó, frenético:
—¡Es una porquería! Un asco. No sabe escribir. Leí cincuenta páginas y tiré asqueado el libro. Se lo dije a su padre. Estaba de acuerdo.
Recuerdo su amistad con Sánchez Mazas, su admiración por ese adlátere: falangista de primera hora como él, adorador del castellano más rancio; Rafael ⎼tan delgado como Luys⎼ en Bilbao, rodeado de separatistas (y banqueros) y Santamarina aquí, rodeado de catalanistas (y banqueros). Más puro ⎼mucho más⎼ Luys, con menos nombre. Ambos acabaron igual: honrados y varados, apestados. Pero lo pienso después, después de haberle cantado las cuarenta subido en la indignación de mi verdad:
—¡No tienes remedio! ¡Hasta el juicio crítico has perdido! ¿Conque mal escrito? Estás en Babia. No. Desgraciadamente, no. Ahí tienes: es el resultado normal de la obnubilación a que os ha llevado el régimen. ¿Conque El Jarama te parece malo? ¡Qué será entonces todo lo demás! ¿Qué te gusta?
—¡Su padre! Ése sí era un escritor… Otra vez me doy cuenta. ¿Para qué discutir? Miro a Luys. Me mira fijo, serio. Me echo a reír (Malditas las ganas que tengo. Mas ¿qué hacer?). También ríe. No tenemos remedio. No: no hay remedio. Se lo digo.
—No te gustó El Jarama, porque en el fondo está contra el régimen. Ése que te esforzaste, con tu vida, en traer. —Y ¿te parece poco? Pero, además, está mal escrito… No hay remedio».
Según me contó José Jurado Morales, nunca había visto a Luys tan exaltado. Y que había temido lo peor, pero que todo quedó en nada. Porque si bien Luys era un exaltado hablando, luego actuando, se calmaba. Pero una cosa estaba clara: si bien Luys y Maub se apreciaban, sus respectivas ideologías los separaban irremediablemente.
José Jurado Morales, fue amigo y compañero de Santa Marina hasta su muerte. Se conocieron antes del estallido de la Guerra Civil al colaborar en la revista Azor y continuó su relación en los años de la posguerra. De la obra literaria de Jurado en prosa, hay que señalar, La hora del anclar, Un hombre de la CNT o La vida juega su carta.
En cuanto a su faceta lírica, es uno de esos poetas, raros ya, que se conforman con la limpieza y honestidad de su propio canto. No busca la actualidad sino la permanencia. Estilística y formalmente serán las tendencias clásicas las que predominen en su extensa obra, especialmente los romances y alejandrinos, pero sobre todo el recurso estrófico más recurrente y con especial predilección es el soneto, de los que podemos apreciar numerosas series en casi todos sus libros, a menudo con gran profundidad lírica
En el indulto de Luys estuvo muy activo, moviendo provechosamente los contactos que tenía con dirigentes de la CNT. Había sido seguidor de Ángel Pestaña, y pertenecía al ala moderada y pragmática de la CNT. Le tengo que agradecer que cuando elaboraba un trabajo de fin de carrera sobre las colectivizaciones anarquista durante la guerra civil, me proporcionó valiosos datos que me sirvieron para realizar un aseado estudio.
En una de las conversaciones salió a relucir la participación de los anarquistas en el complot del coronel Segismundo Casado y Julián Besteiro contra el gobierno de Juan Negrín. Me dijo:
«La guerra estaba perdida y la CNT debía poner su influencia para aprovechar el derrotismo de republicanos y socialistas para que se hiciera una paz honorable, dejando de hacer inconscientemente el juego a Stalin interesado en la continuidad de una guerra que hundía a España y desangraba al movimiento obrero por una causa que ya sólo era nuestra en apariencia».
Volviendo al tema de la discusión entre Luys y Max Aub, a mí, El Jarama, siempre me ha gustado leerlo. Aunque he de añadir que, a su autor, Rafael Sánchez Farlesio, tampoco le gustaba su libro, como a Luys. Hasta el punto de que llegó a renegar de él. A Luys le gustaba el castellano de Sánchez Mazas, y su novela La vida nueva de Pedrito de Andía. Luys no tuvo la suerte de haber leído, su, para mí, la mejor novela de Sánchez Mazas. Me refiero a la que escribió estando protegido en una embajada al principio de la guerra civil, Rosa Krüger. Se publicó tras la muerte de Luys. Tardíamente, se le está dando el reconocimiento que merece por su calidad literaria.
Tras su estancia en España, Aub quejose amargamente de que su obra literaria no fuera conocida en España y lo haría constar en su libro La gallina ciega. En él podemos encontrar sus amargas palabras e impresiones sobre la situación de la España de aquel momento y personajes del mundo de la cultura y la política, que desfilaron por sus páginas con los nombres ocultos para evitar la censura.
Es una serie de reflexiones sobre lo que era la España de 1969, lo que era antes y lo que debería haber sido. En las últimas páginas del libro, el autor explica que el país había «empollado huevos de otra especie» y por eso el libro se llama así. Sabía perfectamente que su libro no iba a circular por España debido a la censura durante el franquismo, pero mantiene una pequeña esperanza de que algún ejemplar se perdería en Sevilla o Bilbao, Valencia o Santander.
A pesar de su gran pesimismo, a lo largo de su Diario español, cuando escriba la introducción, parece que no había perdido por completo su ilusión de que la España que Aub conocía pudiera todavía resucitarse. También en las conclusiones, que escribe en el vuelo de su vuelta a México, dice que no puede ser pesimista porque siempre hay «una minoría que se da cuenta de lo que sucede en el mundo».
La gallina ciega, testimonio ferozmente subjetivo y parcial, maxaubianamente personal e intransferible, deliberadamente provocador y polémico, que contiene páginas de una enorme lucidez pero que no excluye tampoco juicios contundentes, desenfoques inevitables, valoraciones injustas, esquematismos simplificadores o afirmaciones rotundas que, en ocasiones, resultan más emocionales que racionales.
Por ejemplo, Max Aub nos proporciona una visión muy negativa de la juventud universitaria española, pero en este Diario español brilla por su ausencia el contacto del escritor con el mundo de la clandestinidad política, con una España también real que no tiene, sin embargo, luz ni presencia en este Campo oscuro, en estas páginas de un escritor que juzga la realidad española, como él mismo dice «subido en la indignación de mi verdad».
Viejo y enfermo del corazón; mortalmente herido por la decepción y los desencuentros previstos e imprevistos, como el que experimenta con algunos miembros de la oposición antifranquista; consciente de que la dictadura iba a sobrevivir aún por años y que acaso, como en realidad sucedió, él mismo iba a morir antes que el general Franco sin haber podido volver a una España democrática; prohibidos por prescripción facultativa sus platos favoritos y el alcohol; prohibidas también la mayoría de sus obras, para el escritor Max Aub no había posible vuelta que valiera la pena literaria sin libertad de expresión.
Porque lo que se desprende claramente de la lectura de La gallina ciega, de este Diario español, es su reafirmación íntima de que la vuelta a aquella España franquista de 1969 no tenía ningún sentido para el escritor exiliado. Mientras España siguiese siendo una dictadura sin libertades públicas; mientras existiese la censura y no hubiese libertad de expresión; mientras España no fuese una sociedad democrática, la vuelta se le presentaba al escritor exiliado como una vuelta imposible. Así, escribió:
«Además, ¿qué falta hago aquí? Ya se lo hice decir a los que más les interesaba: que me den el Teatro Español y me dejen montar las obras que me dé la gana, como me pete, y entonces hablaremos. O, si eso les molesta, que me dejen publicar o republicar sin más todas mis novelas ⎼que no son precisamente revolucionarias⎼ y vengo. Pero soportar los yugos de cien mediocres, sin necesidad, por gusto de unos platos y unos caldos que no debo probar: ni hablar».
Está claro que en este Diario español Max Aub acumula toda clase de argumentos para reafirmarse en la imposibilidad de la vuelta, pero la reiteración del tema a lo largo de las páginas de La gallina ciega denota un cierto desasosiego, un hondo conflicto entre el corazón y la cabeza, entre el deseo de la vuelta y la conciencia racional de su imposibilidad.
Así, en un hermosísimo y conmovedor fragmento correspondiente al 29 de septiembre, relato de una solitaria y desolada madrugada madrileña que acaba en llanto desconsolado al amanecer del nuevo día, el propio Aub acierta a ajustar cuentas consigo mismo con una agria dureza:
«Lloras sobre ti mismo. Sobre tu propio entierro, sobre la ignorancia en que están todos de tu obra mostrenca, que no tiene casa ni hogar ni señor ni amo conocido, ignorante y torpe… Vete».
Yo fui a oír a Aub a una librería situada en la Diagonal. Estaban, entre otros, Carmen Balcells, Carlos Barral, Josep María Castellet, y Gabo García Márquez, gordo, lucido, bigotudo, que vivía en Barcelona en aquel tiempo. Habló de literatura, del fracaso de la República, de la guerra y del presente. Aub señaló:
«La gran tristeza para los que todavía conocimos una España esperanzada fue precisamente la pérdida de la esperanza. Pero no queréis comprender que se ha perdido porque, en parte, se ha realizado lo que queríais: la gente vive mejor, pero, sobre todo, ve el camino para llegar a ello sin pasar por el sueño de la revolución. España ha dejado de ser romántica: ya no es la de: ¡Victoria o muerte!, o, si quieres, la de: ¡No pasarán!, sino la de la mediocridad o mediocridad mejor o peor; es la España del refrigerador y de la lavadora; la vieja de pan y toros, del fútbol y la cerveza. Ya no hay bandidos debido a la multiplicación de los bancos. Bandidos de los que se jugaban la vida, como es natural: ahora las carreteras son seguras y las carreras aseguradas. Ya no hay atentados. La muerte ha pasado a ser exclusiva del Estado. Todos los anarquistas de los años veinte han perecido. Ya no hay atentados, ya no se queman iglesias, ya meten a los curas en la cárcel. España se ha vuelto colonia. En parte colonia norteamericana y en otra una enorme colonia de vacaciones. Pero, de hecho, una colonia hispanoamericana. Se ha transformado en lo que llevó a cabo durante siglos en tierras de América, con la ventaja de haber conquistado un país con cierta cultura, de algún nombre. No que hayan llegado, los sur, o, centroamericanos, estandarte desplegado y cruz alzada, pero nos hemos vuelto adictos a la mordida, como decís en México, a la desvergüenza, a la ignorancia, al enriquecimiento simoniaco. Antes éste era un país decente. Ahora los europeos han alquilado la costa del Mediterráneo, la han desfigurado a fuerza de rascacielos y la gente, ellos y nosotros, felices, rascándose el ombligo o la espalda con una miniatura. Santander y San Sebastián, las playas de Asturias, se han quedado para los multiplicados castellanos, mientras los catalanes se confunden felices con los franceses y los alemanes en la Costa Brava y en la otra que no lo es tanto. Galicia se mantiene todavía en la cuerda floja. Pero ya caerá. Las rías serán los ríos que irán a dar a la mar de las vacaciones pagadas».
Como final, y con voz apagada y rostro depresivo, dijo:
«Quedan rescoldos, quedan bienes. Cela, ¡en Mallorca!, se pierde por lo perdido. Basta leer los periódicos ⎼de aquí y de Madrid⎼ y compararlos con los de antes ⎼los de 1897 o 1932, pongamos por caso y al azar⎼. Vaya cualquiera a una hemeroteca y pida el tomo que sea del Diario de Barcelona o del Imparcial o de El Sol (de la última fecha, que antes no lo había) y compare con La Vanguardia o Arriba de ayer mismo; y muérase y resucite: es otro mundo: la lengua es más importante ⎼aunque no quieran⎼ que la economía para conocer un país».
Tras la charla, más que conferencia, y a preguntas de un periodista, que le inquirió sobre lo que deseaba para España, dijo:
«Lo primero sería la implantación de garantías efectivas de los derechos individuales y colectivos incluyendo los de las comunidades diferenciadas (no necesita usted que le dé más precisiones) y, en consecuencia, una amplia amnistía para los detenidos y presos de carácter político y que todos los exiliados, sin ninguna excepción, puedan regresar y gozar de sus plenos derechos. Segundo: establecimiento del sufragio universal ⎼libre, directo y secreto⎼ a nivel municipal, regional y nacional; lo que entrañaría naturalmente el reconocimiento de partidos políticos que canalizarían las diferencias ideológicas; mas, quede bien entendido que dentro de las limitaciones impuestas por la ley. Como consecuencia natural del establecimiento del sufragio universal, al que antes me refería, se efectuarían elecciones y se convocaría un Parlamento que legislara de acuerdo con la opinión pública y fiscalizara la labor del Gobierno. Todo esto amalgamado a una libertad de asociación para que patronos y obreros pudieran defender sus legítimos intereses. Y el establecimiento de un Seguro Social que amparara a toda la población».
Ahora que conozco su extensa obra, puedo afirmar que Max Aub es el autor republicano que más y mejor ha escrito y reflexionado sobre el tema del exilio, sobre la complejidad y características de la condición del exiliado, sobre su ser y su estar, sobre su anhelo de vuelta. Pero Max Aub fue también otro de nuestros exiliados republicanos que no pudo resistir la tentación de venir, aunque, con pasaporte mexicano y un visado por tres meses.
En sus últimos años, Santa Marina cae en el ostracismo, sacudido por los fracasos de sus últimas obras y con un profundo desengaño al comprobar que el ímpetu revolucionario de la juventud se había transformado en muchos de sus contemporáneos en un canoso conformismo.
El 14 de septiembre de 1980 muere en Barcelona el que, según afirman Mónica y Pablo Carbajosa, «fue el único de los escritores de la corte de Primo de Rivera que terminó sus días como falangista».
