Don Miguel de Unamuno, y el acto del paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936

 2023-10-22
Don Miguel de Unamuno, y el acto del paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936

Cierto día caminaba por los verdosos senderos de Vizcaya, montado en un mal rocín, un caballero ataviado a la antigua, con escudo y con lanza, mirando al sol. Su figura no era de hidalgo, que más bien era de labriego, muy achicado y grueso él, y ridículamente encaramado en su cabalgadura. Pero de sus ojos salían un fuego y una decisión que amedrentaban. Marchó largo tiempo y topó con un viejo alto y delgadísimo caballero demacrado y entristecido, que vagaba por aquel lugar.: ¡Alto!…, dijo el del rocín; confiese vuesa merced que no hay señora… Miró el viejo al del rocín y gritó: Sancho, Sancho mío. Mi señor don Quijote, dijo Sancho; y se abrazó a su amo y se apretaron, se apretaron…; tanto se apretaron, que fueron poco a poco fundiéndose en uno solo, y breve rato después marchaba hacia Castilla con la frente alta y el fuego de la sublime locura en las pupilas un hombre enérgico, de barba y pelo recortado, de facciones angulosas y duras, vestido con una ropa uniforme de color azul, y que llevaba en su alma un ideal de actividad eterna y una fe inmensurable en ese ideal.


La última película de Amenábar, Mientras dure la guerra, ha traído de actualidad la figura señera de las letras españolas Miguel de Unamuno, autor de Vida de Don Quijote y SanchoEn torno al casticismo, Del sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo, Paz en la guerra, La tía tula o Andanzas y visiones españolas.

En el presente trabajo intento adentrarme en la encrucijada que, como a todos los españoles de la época, le supuso el estallido de la guerra civil. Y para ello he tenido presente sus cartas remitidas, entrevistas y su póstuma obra titulada El resentimiento trágico de la vidaTambién he consultado las biografías que sobre su vida y su obra han escrito Emilio Salcedo, Jon Juaristi, Luciano González Egido y Colette y Jean Claude Rabaté. Y he tenido presente el artículo de Severiano DelgadoArqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, donde, con documentación inédita hasta hace poco, aclara el enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray.

Miguel de Unamuno es uno de los componentes más importantes de la llamada Generación del 98. Su fe en España es tan agónica como su fe en la vida eterna. Quiere creer en su tierra; pero nunca cesa de juzgarla y litigar con ella, mientras se interroga y combate a sí mismo.


Breve semblanza


Miguel de Unamuno y Jugo nació en Bilbao el 29 de septiembre de 1864.

En septiembre de 1880 se traslada a la Universidad de Madrid para estudiar Filosofía y Letras. El 21 de junio de 1883, a sus diecinueve años, finaliza sus estudios y realiza el examen de Grado de dicha licenciatura obteniendo la calificación de sobresaliente.

Al año siguiente, el 20 de junio, se doctora con una tesis sobre la lengua vasca: Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca. En ella anticipa su idea sobre el origen de los vascos, idea contraria a la que en los años venideros irá gestando el nacionalismo vasco, recién fundado por los hermanos Arana Goiri, que propugnará una raza vasca no contaminada por otras razas.

Afiliado al PSOE dirigiría el periódico La lucha de clases. Manuel M. Urrutia. en su excelente Evolución del pensamiento político de Unamuno, estudia aspectos puntuales de esta relación, como, por ejemplo, la crítica de Unamuno hacia los marxistas alemanes durante la Gran Guerra, su reacción frente a la Revolución rusa, su rechazo del materialismo histórico, la continuación de su postura estatista, su apertura a una posición más democrática, y, principalmente, su apasionada convicción de que, ante todo y sobre todo, el socialismo tenía que ser, como venía diciendo desde 1900, liberal.

Instalado en Salamanca como docente, participó activamente en su vida cultural, y se hizo habitual su presencia en la terraza del café literario Novelty, al lado del ayuntamiento, costumbre que mantuvo hasta 1936. Desde aquella terraza, cuando a Unamuno, refiriéndose a la Plaza Mayor de Salamanca, le preguntaban si era un cuadrado perfecto o no, él afirmaba: «Es un cuadrilátero. Irregular, pero asombrosamente armónico».

​En 1900 fue nombrado, con solo treinta y seis años de edad, rector de la Universidad de Salamanca por primera vez, cargo que llegó a ostentar tres veces.

​En 1912 publica Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, conocida usualmente como Del sentimiento trágico de la vida y es su más destacado ensayo filosófico. Bajo la influencia de Soren Kierkegaard, hace una profunda incursión en la problemática existencial del hombre contemporáneo. La obra también expresa su angustia religiosa cuando escribe:

«Dios mismo, no ya la idea de Dios, puede llegar a ser una realidad inmediatamente sentida; y aunque no nos expliquemos con su idea ni la existencia ni la esencia del Universo, tenemos a las veces el sentimiento directo de Dios, sobre todo en los momentos de ahogo espiritual».

En 1914 el ministro de Instrucción Pública lo destituye del rectorado sin especificar los motivos. No eran frecuentes entonces esos cambios, y eso hace comprensible el estupor de unos y el goce de otros. Unamuno no dejaba indiferente a nadie. Los motivos de la destitución no están claros. Realmente se trata de un capítulo no muy claro de la historia de la Universidad española y por ello no debe extrañar la reacción que se produjo.

Ortega y Gasset le ofrece que «cuente incondicionalmente conmigo, con mi pluma y con mi mal genio». Por su parte Ramiro de Maeztu le escribe:

«Mi querido don Miguel. Es una indignidad lo que se ha hecho con usted. Excuso decirle que pongo mi pluma a su servicio por si en algo puedo servir a repararla. Esos golfos han aprovechado el momento en que la opinión se hallaba distraída con la guerra para dar el puesto de usted a algún recomendado de alguno de la taifa política. Por supuesto que usted no tiene parte de culpa. A fuerza de insurrecto se ha olvidado usted demasiado usted de que había una causa común: la de imponer a los golfos el respeto a los valores culturales».

En 1920 es elegido por sus compañeros decano de la Facultad de Filosofía y Letras y publica Tres novelas ejemplares y un prólogo, libro que ha sido considerado por algunos críticos como autobiográfico, si bien no tiene que ver con hechos de su vida, sino con su biografía espiritual y su visión esencial de la realidad: con la afirmación de su identidad individual y la búsqueda de los elementos vinculantes que fundamentan las relaciones humanas. En ese sentido, sus personajes son problemáticos, víctimas del conflicto surgido de las fuertes tensiones entre sus pasiones y los hábitos y costumbres sociales que regulan sus comportamientos y marcan las distancias entre la libertad y el destino, la imaginación y la conciencia.

En un  artículo titulado Ateología, publicado en la revista España el 21 de abril de 1923, cargó contra la izquierda sovietizada. En él denunció la rusofilia presentándola como un papanatismo religioso, una anticreencia dogmática que había entronizado a Lenin, a su vez entronizado por una nueva idolatría religiosa. Unamuno escribía:

«Aquí, en España, el ídolo de los ateólogos comunistas es la misma Rusia convertida en entidad mística. Hay ateólogo comunista de los nuestros que se ha ido a Rusia sin saber ruso, ¿que sin saber ruso?, sin saber, a lo sumo, más que el español de los libros de avulgaramiento sociológico y habiendo traído de allí unas estadísticas, las que le dieron, que puede uno procurarse sin salir de España, viene dogmatizando y queriendo enterrar a un Cristo que no conoce mejor que a Rusia, es decir, que no conoce. Hay algo que nos causa pavor y es la actitud sociológica –llamémosla así– de esos pobres ateólogos para quienes no parecen existir ni el momento que pasa ni la flor que se aja después de haber perfumado la brisa, de esos de la novela roja y la música roja y la pintura roja y no sabemos si el paisaje y el celaje rojos, de esos que al ir a ver un drama, v. gr. preguntan si es de tendencia roja, de esos que parecen creer que tratar de consolarle al hombre de haber nacido es hacer traición a la humanidad. ¡Pobre gente!».

 Sin embargo, el filósofo vasco no sólo acusaba a la izquierda de la extensión del dogma ateo:

«La culpa de esto la tienen los que hicieron de Dios un principio de autoridad y no un fin de libertad, los que inventaron la policía de ultratumba y que fueron los verdaderos inventores del materialismo histórico. Porque el materialismo histórico es invención conservadora».

Sus constantes ataques al rey y al general Primo de Rivera hacen que éste lo destituya nuevamente y lo destierre a Fuerteventura en febrero de 1924. El 9 de julio es indultado, pero se destierra voluntariamente a Francia; primero a París y, al poco tiempo, a Hendaya. Se queda hasta el año que cae el régimen de Primo de Rivera. A su vuelta a Salamanca, entra en la ciudad con un recibimiento apoteósico.

Ante la muerte de su adversario, producida en París el 17 de marzo de 1930, guarda silencio. Toda su feroz dialéctica de otras ocasiones se detiene respetuosamente en la hora solemne de su muerte.

En España se habla abiertamente del fin de la Monarquía y de la llegada de la República y antiguos monárquicos como Miguel Maura o Niceto Alcalá Zamora, se pasaban abiertamente al campo republicano y José Ortega y Gasset escribía su famoso artículo Delenda est monarchia, que termina así:

 «Nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestro conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!».

Se presenta candidato a concejal por la Conjunción Republicano-Socialista para las elecciones del 12 de abril de 1931, resultando elegido. El 14 de abril, es él quien proclama la República en Salamanca, desde el balcón del ayuntamiento, el filósofo declara que comienza «una nueva era y termina una dinastía que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido».

La República le repone en el cargo de rector de la Universidad salmantina. Se presenta a las elecciones a Cortes y es elegido diputado como independiente por la candidatura de la conjunción republicano-socialista en Salamanca, ejerciendo su cargo entre el 12 de julio de 1931 y el 9 de octubre de 1933.

El 18 de setiembre de 1931 se discute el problema del idioma oficial de España y su conveniencia con las hablas regionales. Con tal motivo Unamuno redacta una enmienda que dice así:

«El castellano es el idioma oficial de la República. Todo ciudadano español tendrá el derecho y el deber de conocerlo, sin que pueda imponer ni prohibir el uso de ningún otro».

Y durante la tramitación del Estatut de Cataluña manifiesta:

«Aquí se ha hablado del 'fet catalá', del estado de conciencia del pueblo catalán, pero se ha olvidado que hay otro hecho y es el estado de conciencia del resto del pueblo español o del pueblo español todo».

En 1933 decide no presentarse a la reelección. Al año siguiente se jubila de su actividad docente y es nombrado Rector vitalicio, a título honorífico, de la Universidad de Salamanca, que crea una cátedra con su nombre y en 1935 es nombrado ciudadano de honor de la República.


Con motivo de un acto político de José Antonio Primo de Rivera en Salamanca, el 10 de febrero de 1935, visita a Unamuno. En la conversación que mantienen ambos en casa de don Miguel, éste le dice a José Antonio:

Muchas veces he pensado que he sido injusto en mis cosas; que combatí sañudamente a quienes estaban enfrente; acaso quizás a su padre. Pero siempre lo hice porque me dolía España, porque la quería más y mejor que muchos que decían servirla sin emplearse en criticar sus defectos.

José Antonio:

También nosotros, hemos llegado al patriotismo por el camino de la crítica.
Y añadió:
Estamos necesitados, don Miguel, de una fe indestructible en España y en el español.

Don Miguel:

¡España! ¡España! Muy bien, pero sin xenofobia. ¡El hombre, el hombre! Y también el español y España. Y los valores del espíritu y de la inteligencia.


Tras la crisis del Gobierno Lerroux debido a una serie de escándalos económicos, el nuevo presidente del gobierno, Portela Valladares, convoca elecciones para el mes de febrero de 1936. La campaña electoral es a vida y muerte, y se ve con claridad que nadie aceptará los resultados si le son adversos. Y en tal trance, Ossorio y Gallardo escribe un manifiesto denunciando que si la situación no se encauza adecuadamente puede devenir en una guerra civil. Y a ese manifiesto pone su firma Unamuno

Con la llegada al poder del Frente Popular empieza a criticar la situación política, considera un desastre el Gobierno de Casares Quiroga y considera que hay que dar un golpe de autoridad ante la deteriorada situación por la que estaba pasando España.

La guerra civil le encuentra en su Salamanca del alma. Aquel verano Unamuno ha hablado de catástrofes, de guerra incivil y de anarquía incluso. Día a día los periódicos dan noticia de atentados producidos por las milicias armadas de comunistas, anarquistas, socialistas o falangistas. Pero la noticia que sobrecoge a todos es el asesinato de José Calvo Sotelo. Los más timoratos, entre ellos Franco, toman la decisión de sublevarse. La guerra incivil se inicia en Marruecos el 17 de julio.

En Salamanca, el 19 de julio por la mañana se proclama la ley marcial por el mando militar sublevado. Las puertas de la cárcel se abren a los falangistas que estaban detenidos y su jefe, el periodista Francisco Bravo, se convierte en el jefe de las milicias voluntarias. Salamanca se tiñe de azul. Unamuno aparece como siempre en el café Novelty de la Plaza Mayor, dando muestras de calma y seguridad.

Se adhirió al bando de los rebeldes y pretendiendo entenderlo y justificarlo se explica esta actitud anómala de Unamuno, incoherente desde luego con sus propios presupuestos ideológicos, como error de un viejo liberal del siglo XIX que había ido perdiendo contacto con la compleja realidad española y europea.

Lo que no se ajusta a la realidad. Unamuno en aquel momento era muy consciente de lo que hacía. Tomó aquel levantamiento militar como un intento de rectificación de una República —o mejor, del gobierno republicano— con cuya deriva él, que la proclamó desde el balcón del Ayuntamiento salmantino, se mostraba a disgusto y disconforme. Pudieron inducirle a tomar esa postura el pensar que se trataba de reconducir la deriva, para él volchevizante, del PSOE y que intentara repetir otra revolución como la de 1934.

Hubo gestos equívocos como las palabras de Queipo de Llano que afirmaba que el «movimiento es netamente republicano, de lealtad absoluta y decidida al régimen» y justificaba la sublevación por el bien de España y de la República. También el comandante militar de Salamanca, García Álvarez, cierra su bando con un ¡Viva la República!. Aún más, la bandera tricolor se mantuvo ondeando en el Ayuntamiento de la ciudad.

Unamuno lleva a cabo actos como la firma del Mensaje de la Universidad de Salamanca en apoyo del alzamiento, o la donación de 5.000 pesetas para la causa, cantidad entonces importante. Ante esta postura, en el mes de agosto y en la revista comunista El mono azul, Rafael Alberti escribe:

«Esa especie de fantasma superviviente de un escritor, espectro fugado de un hombre, se alza, o dicen que se alza, al lado de la mentira, de la traición, del crimen. Unamuno fue siempre propenso a meter la débil agudeza de su voz en aparentes oquedades de máscara. Máscara Don Quijote, para él. Máscara el Cristo de Velázquez. La autenticidad del escritor revelaba entonces dignamente el secreto trágico de tales nobles mascaradas. Pero ahora no es una voz en grito angustiado de tragedia la que viene a decirnos su palabra. Es algo terrible para él, angustioso de veras para la dignidad humana de la inteligencia. Es la más dolorosa de todas las traiciones: la que se hace el hombre a sí mismo por la más innoble de las cobardías; la que reniega, rechaza, abomina de la excelsa significación de la palabra, de la vida, de la independencia, de la libertad. Esta horrible mentira, encarnada entre los labios del superviviente Unamuno, ¿qué nueva perspectiva sangrienta y amarga nos abre ante su pasado, manchándolo y envileciéndolo quién sabe durante cuánto tiempo ante las generaciones futuras?».

Los periodistas extranjeros se hacen eco del posicionamiento de Unamuno que desconcierta a tirios y troyanos. Y en agosto le visita un periodista de la agencia international News al que expone sus razones de apoyo al alzamiento. Cuando el periodista le preguntó porque estaba contra una República que él había contribuido a que naciera, le contestó:

Porque el Gobierno de Madrid y todo lo que representa se ha vuelto loco, literalmente lunático. Esta lucha no es una lucha contra la República liberal, es una lucha por la civilización. Yo no estoy ni a la derecha ni a la izquierda. Yo no he cambiado. Cuando todo pase, estoy seguro de que yo, como siempre, me enfrentaré con los vencedores.

Pero hombre lúcido, pronto se da cuenta que el golpe de Estado ha fracasado y que aquello era el comienzo del suicidio colectivo de una guerra incivil, expresión máxima de la barbarie cainita, y pronto empieza a ver que sus amigos son encarcelados y asesinados: Casto Prieto, alcalde de Salamanca, y José Manso, diputado socialista, mueren a manos de falangistas venidos de Valladolid; el pastor protestante Atilano Coco es encarcelado como también lo fue su dilecto amigo Filiberto Villalobos.

Al principio del alzamiento, aguarda una lucha breve, que le permita tronar luego desde la derecha, como antes lo hiciera desde la izquierda. En otras palabras: proseguir su guerra en paz. En los primeros días de guerra, Unamuno parece obstinado en creer que su presencia política y académica significa la simbólica supervivencia de un liberalismo republicano, que espera se imponga en España en cuanto concluyan las hostilidades.

Por su adhesión al alzamiento es destituido por el Gobierno de la República. Pero el general Cabanellas, presidente de la Junta Militar de los nacionales, lo restituye en su cargo. Por esos días Unamuno se prodiga en declaraciones periodísticas defendiendo su postura. Así al corresponsal de Le Matín, le manifiesta:

«En el extranjero todavía no se ha comprendido la naturaleza de la guerra más espantosa que ha conocido España. No se comprende que España atraviesa una crisis de demencia desencadenada a la sombra de un gobierno delincuente, que no admite otra solución que no sea por el hierro y el fuego. Yo mismo me admiro de estar de acuerdo con los militares. El ejército es la única cosa fundamental con que puede contar España».

Como rector preside una comisión depuradora de profesores y maestros. Afánase en el cargo por proteger perseguidos; pero malquistase con buen número de compañeros. Su salud declina, mientras se le exaspera el ánimo en todo instante. Pasa enfermo su cumpleaños, el veintinueve de septiembre, siéntese cada vez más preso y perdido en las zarzas de la historia.

Su actitud ante la guerra civil es consecuente con su obra y vida enteras: desvívese en vano por sentir una fe. Quiere tenerla primero en el destino del hombre: su vida eterna. Luego se esfuerza en creer en el propio hombre, su semejante a escala nacional. Entrambos esfuerzos resultan baldíos; pero el primero derivase en el segundo; lo presupone incluso indispensable a la luz del pensar y el sentir del filósofo.

El día 5 de octubre de 1936 se entrevista con Franco en el Palacio Episcopal de Salamanca. Allí tenía su sede el Cuartel General del Ejército Nacional que había sido cedido por Plà y Deniel, obispo de la ciudad, para tal fin a las tropas sublevadas.

Apenas cuatro días antes, el 30 de septiembre, el Boletín Oficial de la Junta de Defensa de España había publicado el nombramiento de Francisco Franco como Generalísimo de los Ejércitos y Jefe del Gobierno del Estado.

Miguel de Unamuno fue a ver a Franco en su calidad de rector de la Universidad de Salamanca. De la existencia de ese encuentro ya se tenía noticia, pero lo que conocemos ahora, gracias a la investigación realizada por Severiano Delgado, son las palabras exactas que Unamuno le dijo a Franco, cara a cara, denunciándole los excesos y crímenes que se estaban cometiendo en las zonas controladas por el ejército del que él era responsable.

En contenido de la conversación se la trasmitió Unamuno al día siguiente a un corresponsal que trabajaba para el grupo de prensa católica belga Ven l'Avenir  y acabó publicada sin firma en la revista Esprit en enero de 1937 en el número 52, porque Unamuno era un referente en el pensamiento cristiano y humanista de aquella época en Europa.

Unamuno  denunció los excesos y crímenes que se estaban cometiendo en la zona sublevada y la necesidad de que Franco, como nuevo "generalísimo de los ejércitos", pusiera orden porque "una cosa es conquistar y otra convertir" (idea luego repetida en el acto del paraninfo del día 12).

También insistió en su reflexión de que en España se estaba librando una guerra internacional.

-He lanzado un grito de alarma -dice Miguel de Unamuno-. He sido también el primero en proclamar que era necesario salvar la libertad de España. He sido destituido de mis funciones por el gobierno de Madrid. El general Franco me restituyó en mi cargo de rector de la Universidad. Pero ha pasado el tiempo. He visto otros excesos, esta vez en la extrema derecha, he visto otro peligro: los he denunciado al propio Franco. Se cometen crímenes, venganzas, ejecuciones sumarias, no aquí en Salamanca, sino en Valladolid, por ejemplo, y en los pueblos apartados donde reina la fuerza y la arbitrariedad. Esto es inadmisible. He sugerido a Franco que debía hacer reinar el orden en todas partes. No se trata de conquistar; hay una diferencia entre conquistar y convertir. Estos excesos y estos peligros, se los he señalado a Franco. Yo no dudo en hablar. Hace ocho días he sido destituido de mis funciones de rector (se refiere a la fecha de publicación del decreto de cese como rector, 28 de octubre, por parte del claustro universitario), sin una palabra de explicación. Sin duda hablo demasiado. Pero seguiré hablando pase lo que pase. Se trata de la salvación y de la libertad de España.

Y a la pregunta:¿Qué piensa usted, D. Miguel, de la actitud de las mujeres en esta guerra civil?, contesta:

-Son peores que los hombres. ¡Estas jóvenes y estas mujeres, estas solteronas, vírgenes y piadosas, que han pasado su vida en el celibato y el renunciamiento, van a buscar en el espectáculo de las ejecuciones es estremecimiento que no habían sentido nunca!”

Unamuno en el mes de septiembre había recibido infinitas visitas de gente que le pedía intercediese por parientes o amigos que estaban en peligro. Y entre esas visitas se encontraba la mujer de su amigo el pastor evangélico Atilano Coco, que le dejó una carta pidiéndole intercediera por él ya que estaba detenido. Carta que se llevará al acto del paraninfo de la Universidad. Acto literario en honor a la festividad del día de la Raza y que fue organizado por la Comisión de Cultura de la Junta Técnica del Estado, organismo político creado por Franco. Su presidente, el escritor monárquico José María Pemán (uno de los cuatro oradores del programa) no previó la intervención de dos espontáneos de gran renombre: Miguel de Unamuno, anfitrión como rector perpetuo que era de la Universidad «en representación del general Franco» (según dijo al iniciar el acto); y el ;condecorado militar cuatro veces desgarrado en combate (pecho, pierna, brazo y ojo), fundador de la Legión Española, el general Millán-Astray.

          El solemne acto se inicia a media mañana, con una sala rebosante de gente. La luz se irisa en los ventanales y baña los tapices de los muros. Lucen por doquier macetas rojas, amarillas, azul celeste, azul oscuras, colores de Derecho, Medicina, Letras y Ciencias. Abundan entre el público, legionarios y falangistas. Preside el propio don Miguel, teniendo a su derecha a doña Carmen Polo de Franco y a su izquierda el obispo Plá y Daniel.

Tras la intervención de Ramón Loncertales, de Francisco Maldonado de Guevara, del dominico Vicente Beltrán de Heredia y del poeta y dramaturgo José María Pemán, Unamuno, que había movido negativamente la cabeza en disconformidad de algunas opiniones omitidas, sobre todo referentes a Cataluña y El País Vasco, y que había tomado apuntes en la carta que le había dado la mujer de Atilano Coca, tomó la palabra.

Sobre lo que dijo y lo que pasó después hay varias versiones. Pero la que más ha sido reproducida es Unamuno´s last lectura, publicada en Horizon en 1941, por el que fue catedrático de derecho civil de la Universidad de Salamanca y militante de Izquierda Republicana, Luís Portillo, que evidentemente no estuvo en el acto y quien no indica sus fuentes informativas.

“Callar, a veces, significa mentir –dijo Unamuno con voz firme- porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia. Yo no podría sobrevivir a un divorcio entre mi conciencia y mi palabra, que siempre han formado una excelente pareja. Voy a ser breve. La verdad es más verdad cuando se manifiesta desnuda, libre de adornos y palabrería. Quisiera comentar el discurso –por llamarlo de alguna forma- del general Millán Astray, quien se encuentra entre nosotros. El general se puso rígido. Dejemos aparte el insulto personal que supone la repentina explosión de ofensas contra vascos y catalanes. Yo nací en Bilbao, en medio de los bombardeos de la segunda guerra carlista. Más adelante me casé con esta ciudad de Salamanca, tan querida, pero sin olvidar jamás mi ciudad natal. El obispo, quiera o no, es catalán, nacido en Barcelona.” Se detuvo. Las caras habían quedado pálidas. El corto silencio era tenso y dramático. La expectación se acercó a su punto culminante. “Acabo de oír el grito necrófilo y sin sentido de ¡Viva la Muerte! Esto me suena lo mismo que ¡Muera la Vida! Y yo, que me he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de los que no las comprendieron, he de decirles, como autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada enhomenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un testimonio de la muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy día demasiados inválidos en España y pronto habrá más, si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre –no un superhombre- viril y completo, a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad del espíritu, suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él.” Sus palabras resonaron como un cristal en el pesado silencio que reinaba en la sala. “El general Millán Astray no es uno de los espíritus selectos, aunque sea impopular, o quizá por esta misma razón, porque es impopular. El general Millán Astray quisiera crear una España nueva –creación negativa, sin duda- según su propia imagen. Y por ello desearía ver a España mutilada, como inconscientemente dio a entender.” Llegado este momento, el general Millán Astray no pudo contenerse más y gritó furiosamente: “¡Muera la inteligencia!” “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!” corrigió José María Pemán. Algunas voces le secundaron. Muchas manos estaban crispadas tratando de frenar el impulso imprudente de aplaudir al anciano rector. Las camisas azules estaban a punto de imponerse por la violencia, tal como mandaban los procedimientos totalitarios. Pero aldarse cuenta –cosa nada común en ellos- de su minoría en esta ocasión, frenaron este impulso en seguida. Se escucharon nombres de catedráticos que habían desaparecido o que habían sido fusilados. Irritadas voces trataron de calmar el tumulto. Algunos profesores vestidos de toga se agruparon en torno a don Miguel, y, algunos camisas azules,en torno a su héroe, ultrajado. Al final, el alboroto disminuyó y los grupos se dispersaron. Otra vez visible para todos apareció don Miguel, muy erguido, con los brazos cruzados y la mirada fija, como la estatua de un estoico. Otra vez las palabras dominaron la sala. “Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir, necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho…” Tras estas palabras, la esposa del general Franco, rodeada por su escolta, tomó del brazo a Unamuno –al que abucheaban muchos de los concurrentes al acto- y lo condujo hasta la puerta de la Universidad, donde les estaba esperando un automóvil del Cuartel General.”

La versión de Emilio Salcedo, escrita en el año 1964, en su libro Vida de Miguel de Unamuno, y que niega toda autenticidad a lo escrito por Miguel Portillo, se basa en testimonios personales que presenciaron el acontecimiento y es la siguiente:

“Con muchas reservas me atrevo a brindar un posible resumen. Don Miguel, en pie, con la cuartilla doblada en la mano, con voz más velada e incisiva que nunca, con aire de indignación, rompe el silencio que se ha cernido sobre el atestado Paraninfo: “Dije que no quería hablar, porque me conozco; pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo he hecho otras veces. Pero no, la nuestra sólo es una guerra civil. Nací arrullado por una guerra civil y se lo que digo. Vencer no es convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, más no de inquisición. Se ha hablado también de los catalanes y de los vascos, llamándolos la Anti-España; pues bien, con razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo que soy vasco, llevo toda la vida enseñándoos la lengua, que no sabéis. Eso sí es Imperio, el de la lengua española, y no…”.Mientras hablaba Unamuno, levantose nerviosamente el general Millán Astral y grita a voz en cuello: “¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?” Seguidamente, en un parlamento atropellado justifica el alzamiento y al ejército y finaliza con los gritos de “¡Mueran los intelectuales!” y “¡Viva la muerte!”. Unamuno inició la réplica dirigiéndose directamente al general y este vuelve a hablar cuando en el Paraninfo estalla el escándalo. Los legionarios que asistían al acto se agrupan y entonces la serenidad de Doña Carmen salva la situación. Toma del brazo a don Miguel que se deja llevar hasta un coche que le conducirá a su casa”.

Para dar más crédito a su versión, en una nota a pie de página señala que para la redacción del relato desechó la versión de Luis Portillo por inexacta y que tuvo que acudir a los recuerdos personales de don Esteban Madruga, entonces vicerrector, a don José María Pemán y a don Francisco Maldonado.

Al día siguiente, El Adelanto de Salamanca recogió los discursos íntegros de los cuatro oradores del paraninfo pero solo hizo una breve alusión al rector:

El acto finalizó con unas breves palabras del señor Unamuno y otras del heroico general Millán-Astray combatiendo a los hombres que permanecen encubiertos». En realidad, Unamuno había contestado una intervención anterior de Francisco Maldonado, catedrático de Literatura, donde había identificado a Cataluña y al País Vasco con la «antiespaña».Y es cuandoUnamuno respondió muy airado criticando ese concepto de lo «antiespañol», defendiendo una idea universal de la patria unida al idioma. El viejo profesor (acababa de cumplir 72 años hacía 13 días) puso como ejemplo el error cometido por los españoles al fusilar a José Rizal (héroe de la independencia de Filipinas). Y es ahí cuando el general Millán-Astray, que con 17 años había combatido en Asia, lanzó su grito contra los intelectuales renegados”.

Eso es todo lo que el periódico reproduce.

Esta información hay que tenerla muy en cuenta pues el periodista que estaba presente en el acto fue incapaz de escuchar nítidamente lo dicho tanto por Unamuno como por Millán Astray.

Cosa que al que escribe esto le parece lo más normal porque el editor Luis de Caralt, presente en el acto, y en una conferencia dada en el Ateneo de Barcelona en 1969, y a una pregunta de uno de los presentes, señaló que nada podía aportar en lo referente al acto de Salamanca porque tal era el griterío que se había producido que no le había llegado con nitidez lo dicho por Unamuno. Y que al terminar el acto cada cual había entendido a su manera lo sucedido.

Y en referente a la actitud de los falangistas, señaló que los militantes de Falange de la primera hora a la salida del acto lo despidieron rindiéndole honores, brazo en alto y en posición de firmes, dada la admiración que José Antonio sentía por él. Cosa que es cierta como efectivamente se puede ver en una fotografía clarificadora.

Por último traemos de cómo el acto fue conocido en la zona republicana, reproduciendo lo escrito en El Día de Alicante, el 6 de febrero de 1937.

“Como se ha sabido luego, Unamuno, que había reconocido el régimen fascistoide, hablado en pro de él y aceptado un cargo municipal en Salamanca, amén de la confirmación de su Rectorado, riñó con los facciosos, porque se indignó al ver cómo desdeñaban los problemas de la cultura y manifestó esa indignación en un discurso pronunciado el 12 de Octubre, día de la Fiesta de la Raza. En ese discurso, respondiendo a un miserable que, desde el Paraninfo de la Gloriosa Universidad salamanquina, creyendo adular a Franco y consortes, colmó de injurias a vascos y catalanes y negó que fueran españoles: dijo que él era vasco, que los catalanes habían dado a España muchos hombres ilustres y que no se debía sembrar odios entre las regiones hispanas. Y terminó diciendo: «Podréis vencer, pero no convencer». El epilepto de Millán Astray, que asistía al acto, interrumpió a Unamuno, gritando como un energúmeno: «¡Muera la inteligencia!» Y Pemán le secundó, gritando a su vez: «¡Mueran los malos intelectuales!»

En cuanto al discurso de Unamuno publicado por Ruedo Ibérico en 1963 es una versión abreviada y deformada del artículo de Luis Portillo de 1941.

Pero el prestigio de Hugh Thomas, la propia brillantez del discurso -que cuadraba a la perfección con el público antifranquista de Ruedo Ibérico, necesitado de ánimos- y la ausencia de otras versiones, hicieron que fuera tenido por fiel reproducción histórica de lo ocurrido´.

Ha sido hasta ahora la versión canónica del acto del paraninfo, porque “era lo correctamente político”. Pero hasta el diario El País se ha hecho eco de lo investigado por Delgado y la versión Portillo-Thomas tiene los días contados, excepto para los que la memoria histórica tiene que ser “su memoria histórica”.

¿Qué fue lo que dijo verdaderamente Unamuno? Nunca lo sabremos.Es imposible reconstruir sus palabras porque aunque el acto se retransmitió por la radio, el rector habló sin micrófono y no se registró su intervención, y porque como señalaron muchos asistentes, el griterío impedía oír adecuadamente lo que se decía.

Al respecto de lo que se ha publicado sobre lo acontecido en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, Colette y Jean Claude Rabaté en el estudio de la figura de Miguel de Unamuno, 'En el torbellino. Unamuno en la Guerra Civil', no quieren aventurar una versión hipotética de un contenido a estas alturas difícil de reconstruir. Por eso, prefieren actuar con "mucha humildad y circunspección" a la hora de recomponer aquel episodio, pues es tarea que ha de hacerse con testimonios cuya autenticidad es discutible.

En tal trance, se limitan a glosar las notas que el viejo rector escribió al dorso de la carta que le había enviado la mujer del pastor protestante Atilano Coco pidiendo ayuda para su marido encarcelado. Lo que allí figura anotado es lo que probablemente –y a lo mejor no todo- fue dicho por Unamuno.

Para ellos la frase ya acuñada como mítica –"venceréis, pero no convenceréis"- no es exacta y muy probablemente la forma verbal sería "vencer no es convencer", porque es lo que tenía anotado en el dorso de la carta que tenía entre sus manos.

Jon Juaristi, en su libro Miguel de Unamuno señala:

“Luis Gabriel Portillo (1907-1993) fue catedrático de Derecho Civil en Salamanca, poeta y destacado militante azañista. Se exilió en Londres. Los párrafos dichos por Unamuno pertenecen a su inspiración fantasiosa, y su inverosimilitud salta a la vista por poco que se considere la situación reinante en el paraninfo salmantino aquel 12 de octubre de 1936. Unamuno no tuvo la oportunidad de pronunciar un discurso tan extenso y literario. Soltó, sencillamente, las dos o tres ideas que le rondaban obsesivamente en la cabeza, a saber, que la guerra se había convertido en una guerra incivil. Los fragmentos sobre bolcheviquismo y fascismo que consignan los Rabaté parecen estar de sobra en una intervención que tenía que ser necesariamente clara y concisa”

Coincidiendo con Juaristi en lo fundamental y basándose en nuevos documentos, Severiano Delgado Cruz, en un artículo de mayo del 2018 publicado por la Universidad de Salamanca recrea el acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, con el enfrentamiento entre el rector Unamuno y el general Millán Astray.

El relato tiene una clara intención literaria, no historiográfica. Portillo no intenta describir objetivamente el acto del paraninfo, al que no asistió, sino hacer una recreación literaria destinada a subrayar la brutalidad de Millán Astray, con Unamuno en el papel del valiente que se atreve a enfrentarse al infame militar.

A partir de sus investigaciones traza con minuciosidad detectivesca el camino seguido desde que tuvo lugar el incidente hasta que Luis Portillo publicara su texto literario en la revista inglesa "Horizon" en 1941.

Según Delgado, desde el principio, “Unamuno's Last Lecture” está pensado como una representación teatral. El escenario es el paraninfo. Los actores son el obispo, los magistrados, los militares, el gobernador… todos ellos rodeando al hombre de “incorruptible conciencia española”: Miguel de Unamuno y Jugo, el rector. En un lugar prominente se encuentra doña Carmen Polo de Franco, esposa del “Hombre Providencial. La ceremonia comienza. Don Miguel abre la sesión con la fórmula ritual, dicha con “su voz inolvidable, aguda y clara.Tras hablar los invitados, se levanta Unamuno y comienza a hablar y se inicia el drama. Habla el Bienque es interrumpido por el Mal. El general Millán Astray toma la palabra. Su apariencia impresiona: es delgado tirando a flaco, ha perdido un ojo y un brazo, su cara y su cuerpo muestran terribles cicatrices; sus “salvajes mutilaciones” denotan una “personalidad siniestra. Al acabar, Don Miguel se pone en pie despacio. El silencio se torna un enorme vacío y don Miguel habla.

Y Luís Portillo, siguiendo el guion marcado, fabrica un discurso para demostrar la barbarie de los nacionalistas y lo arrepentido que estaba Unamuno al haberlos apoyado.

Para Delgado, el discurso que Luis Portillo puso en la boca de Unamuno como respuesta a los gritos ininteligibles de Millán Astray, es una invención literaria de arriba abajo. 

La realidad es que Unamuno no contestó a Millán Astray. Tomó la palabra para contestar un discurso previo del catedrático de Literatura Francisco Maldonado que había identificado a Cataluña y el País Vasco con la "antiespaña" y eso era algo que Unamuno no podía soportar.

Para Unamuno hablar de lo "antiespañol" o la "antiespaña" era algo inadmisible que había combatido toda su vida. Él tenía un concepto universal de lo español enlazado con el idioma. Y utilizó el ejemplo de lo ocurrido con José Rizal (fusilado injustamente por los españoles y posterior héroe de la independencia de Filipinas). Fue la referencia a José Rizal lo que hizo saltar a Millán Astray que lanzó el grito "Mueran los intelectuales traidores" porque él había combatido en la guerra de Filipinas contra los autoproclamados seguidores de Rizal.

Según Delgado, el acto del paraninfo se construye, en “Unamuno’s Last Lecture”, como una liturgia del triunfo del Bien sobre el Mal, una victoria simbólica de la inteligencia sobre la muerte, de los valores republicanos sobre el militarismo fascista. En este sentido escribió Portillo que en modo alguno pretendió hacer una recreación histórica del acto, y en este sentido hay que entenderlo. Publicado en Horizon, una revista de literatura, junto al relato de Arturo Barea, al lector le resultaba evidente que el texto de Portillo era literario, no histórico.

Y Delgado termina:

“Años después, Cyril Connolly publicó una selección de artículos de Horizon en un libro titulado The Golden Horizon (London: Weidenfeld and Nicolson, 1953), en la que quedaban fuera de su contexto editorial. Cuando el joven investigador Hugh Thomas estaba recopilando material para su investigación sobre la guerra civil española, fue a dar con el relato de Luis Portillo, probablemente llevado por el renombre alcanzado por ese texto entre los refugiados españoles y lo incorporó a su obra, publicada con el título de The Spanish Civil War (London: Eyre & Spottiswoode, 1961). Thomas tenía 30 años”.

¿De dónde le pudo llegar la información a Portillo?

Aunque en la zona franquista la prensa apenas hizo alusión a estos hechos, en lazona republicana se filtraron rumores desde bien pronto. Apenas un mes después encontramos esta noticia en la revista Milicia popular de 24 de noviembre de 1936:

“Unamuno ha dicho que una España sin Cataluña y Vasconia sería igual que un hombre sin ojos, brazos ni cerebro, como Millán Astray. Eso sería España si triunfasen los facciosos, un esperpento, pero con colmillos de chacal o de Yagüe, que es lo mismo. Unamuno ha dicho también a los facciosos: "¡Venceréis, pero no convenceréis!" Y nosotros les decimos: "¡Ni venceréis, ni convenceréis, ni lo contaréis, como no sea al propio Unamuno y en la metempsicosis!”

Encontramos ya aquí tres elementos sustantivos: el mutilado Millán Astray, elataque a Cataluña y Vasconia, y la frase “Venceréis, pero no convenceréis”, que se va a repetir una y otra vez.

La fabricación de la leyenda que ha llegado hasta nuestros días, incluso reproducida en el cine a través de la película de Amenábar Mientras dure la guerra, queda perfectamente documentada con la reproducción por parte de Severiano Delgado con una extensa y verosimil documentación.

Dicho lo anterior, que cada cual que me lea tome sus propias conclusiones o si quiere más información que vaya directamente a las fuentes que sobre el tema existen y que yo he utilizado.

Tampoco hay unanimidad sobre el nivel de agitación desatada por la embestida verbal de Unamuno, y así lo explican los autores. Se señala una cierta incoherencia o falta de correspondencia entre la sacudida producida por las palabras del rector y las arrebatadas invectivas de Millán Astray, por una parte, y lo que, por otra, reflejan las fotografías hechas instantes después, en el momento de la despedida, a la salida de acto.

Analizando a los personajes que aparecen en una fotografía, Juaristi, coincidiendo por lo dicho por Luis de Caralt, escribe:

 

“Unamuno viste el chaquetón de anchas solapas, lo que significa que le había dado tiempo a despojarse del ropón académico. La huida del paraninfo no debió de ser tan precipitada como se ha escrito. No está a su lado doña Carmen y los falangistas que le rodean, más que acosarle, parecen protegerle”

Según el testimonio de Felipe Ximénez de Sandoval, escritor falangista presente en aquel momento (aparece en la famosa foto de la despedida),le sugirió el general Millán Astray a Unamuno al comprobar el excitado ambiente:

«Unamuno, dé el brazo a la señora del jefe del Estado y acompáñela a la puerta a despedirla”.

Unamuno inició la salida de la comitiva del brazo de Carmen Polo, detrás se colocó el obispo de la ciudad, Enrique Plà y Deniel, y, unos pasos atrás, José Millán-Astray.El cortejo salió de la Universidad por la puerta principal, entre una multitud de falangistas, legionarios, requetés, paisanos y militares que vitoreaban a las autoridades. Al llegar al coche, el rector besó la mano de doña Carmen y se despidió de ella. Millán Astray se volvió hacia Unamuno y, como si nada hubiera sucedido, le dijo:

-Bueno, don Miguel, a ver cuándo nos vemos.

-Cuando usted quiera, mi general, le respondió Unamuno”

En el libro Miguel de Unamuno, del año 1997, patrocinado por la Consejería de cultura de laJunta de Castilla y León, Luciano González Egido sin citar sus fuentes de información, después de reproducir a su manera lo escrito por Miguel Salcedo de que lentamente la mujer del general Franco fue conduciendo a Unamuno hacia la salida y que en el umbral Unamuno tropezó y doña Carmen lo sujetó y sin dejar su brazo lo llevó hasta su coche, añade por su cuenta:

“Junto al estribo mismo del coche, el general Millán Astray siguió lanzándole improperios a Unamuno y amenazándole”

Que la versión de Ximénez de Sandoval parece la correcta, lo demuestra el hecho de que  Millán Astray visitara a Unamuno unos días después y mantuvieran una amigable conversación. Hecho del que se hace eco, y no hay que dudar de su veracidad, Víctor de la Serna, que como Ximénez de Sandoval, al estar presentes, no hablan de oídas.

¿Ha leído el señor Luciano González Egido a esos autores? Lo ignoro.

Dicho lo anterior, lo cierto es que a partir de entonces Unamuno permanece escoltado y vigilado, por temor a su posicionamiento a partir de entonces o a que cualquier exaltado pudiera cometer la ignominia que le costó lavida a Federico García Lorca.

Tras los sucesos académicos, tras  comer, Unamuno, como si nada grave hubiera sucedido, se dirigió como  siempre al casino en el que, todas las versiones coinciden, fue recibido fríamente.

Y como algunos socios le espetaron graves insultos, su amigo Tomás Marcos Escribano le dijo:

“No debió venir, don Miguel. Sentimos lo que ha pasado hoy en la Universidad, pero no debía haber venido esta tarde al casino”

El 13 de octubre de 1936, el Ayuntamiento de Salamanca acordó la destitución como «alcalde y concejal honorario de la ciudad» de don Miguel de Unamuno por «incompatibilidad moral corporativa... exteriorizada en las frases vertidas, con descortesía rencorosa, alevosía y premeditación, al final del acto académico celebrado ayer en nuestra Alma Mater con motivo de la Fiesta de la Raza».

Como señala Severiano Delgado, «el asunto del paraninfo al final tuvo más gravedad de lo que podía imaginar el rector».

Los ánimos en Salamanca estaban tan caldeados contra Unamuno que hasta Francisco Bravo, antiguo jefe provincial de Falange Española, escribió ese mismo día una carta a Fernando de Unamuno (hijo de don Miguel y arquitecto municipal en Palencia) donde le avisaba de la situación de peligro que corría su padre en la ciudad:

«Creo Fernando que debes irte a Salamanca y convencer a tu padre de que en tanto duren las circunstancias, evite actuaciones públicas que alarmen o indignen a gentes que andamos metidas en la guerra».

El 14 de octubre, se reunió el claustro universitario y acordó su destitución como rector perpetuo de la Universidad de Salamanca

Después de estos acontecimientos, Unamuno quedó recluido en su casa de la calle Bordadores. No estaba oficialmente detenido pero sí permanentemente vigilado o, como decían los franquistas, protegido. Podía salir, pasear, recibir visitas... pero cada movimiento suyo quedaba controlado por sus guardianes. Sus hijos también eran partidarios de que su padre, por su seguridad, se quedara en casa.

Como señala Severiano Delgado:

«Unamuno estaba rabioso: no podía ir a su tertulia, que era lo que más le gustaba, ni publicar nada en prensa, ni dar conferencias».

Era un león enjaulado. Recibía pocas visitas. Le solían ir a ver algunos escritores falangistas, especialmente Eugenio Montes y Víctor de la Serna.

Como bien señala Juaristi:

“Los falangistas estaban descontentos por lo que interpretaban como intentos de controlarlos y desvirtuar su doctrina por parte del ejército y la derecha tradicional, aprovechando la ausencia de José Antonio, preso en Alicante. Los intelectuales de la Falange admiraban a Unamuno al que consideraban nacionalista-revolucionario. Su gresca en el paraninfo los había entusiasmado. Así que visitaban a Unamuno y lo acompañaban en sus paseos. González Egido es injusto con ellos. Los escritores falangistas en Salamanca asediaron amorosamente a Unamuno una vez caído en desgracia. A Unamuno le repugnaba el fascismo, y no les hizo en tal sentido concesión alguna, pero con alguien tenía que pegar la hebra”

Durante los dos meses y medio antes de su fallecimiento, Unamuno dio rienda suelta a su verdadera pasión: escribir. Compuso numerosas canciones y poemas, e inició un ensayo El resentimiento trágico de la vida, último texto de Miguel de Unamuno un documento excepcional editado ya en 1991 pero pronto agotado.

El recurso repetido a las metáforas, acumulaciones y demás procedimientos estilísticos combinado con los innumerables aforismos, nos ofrece la quintaesencia de la reflexión unamuniana.

Para Juaristi, el libro es un poema y Unamuno recurre a los procedimientos habituales en los poemas canónicos del siglo XX: el collage, por ejemplo. Citas interpoladas de Sófloques, de los Evangelios, de Racine o de Alfieri. Y elementos rupturales tomados de las vanguardias, como los versos invertidos de la duodécima página del manuscrito:

“Con un adiós a Dios se despedía/de la fe de su infancia abandonada”

El resentimiento trágico de la vida es un poema, un enorme poema trágico, el gran poema de la guerra civil española. Poema de la furia y el ruido, crónica del destazarse de la nación. Su estructura es el horror. Oración del ateo que prevé su muerte, dirigida al vacío. Salmo nacido de la desesperación.

Y tras leer este libro-poema inconcluso, a uno le viene a la memoria el poema La bestia y el ángel, que escribiera en la revista Jerarquía José María Pemán.

Y al compararlos, la figura de Unamuno se engrandece.

Pese a la censura y el control que existía sobre su correspondencia, también se carteó con numerosos amigos tanto de España como del extranjero. Otra actividad que realizó con entusiasmo fue recibir y conceder entrevistas a periodistas, la mayoría de ellos extranjeros. Él era una figura de máximo prestigio internacional: en el año 1934 la Universidad de Grenoble le había nombrado Doctor Honoris Causa, al igual que en 1936 la Universidad de Oxford le concedió ese mismo honor. Unamuno estaba muy interesado de que su posición de apoyo a los militares sublevados se entendiera fuera de España.

 Severiano Delgado reproduce las 15 entrevistas concedidas por Unamuno a diferentes periodistas entre el 6 de agosto y el 26 de diciembre de 1936. Ocho de ellas se realizaron antes del incidente del paraninfo. Las siete restantes durante la etapa de reclusión.

Unamuno dejó de ir a la universidad desde el día en que el claustro votó a favor de su cese. EL 28 de octubre, el BOE publicó el decreto de su destitución. Ese día escribió una canción:

 «Horas de espera, vacías;/ se van pasando los días/ sin valor,/ y va cuajando en mi pecho/ frío, cerrado y deshecho,/ el terror».

El 5 de noviembre le entrevistan para una revista católica francesa: Esprit. Ahí cuenta la entrevista que tuvo con Franco el día 6:

 «He sugerido a Franco que debe hacer reinar el orden en todas partes. No se trata de conquistar; hay una diferencia entre conquistar y convertir».

El 16 de noviembre tuvo lugar el primer bombardeo sobre la ciudad de Salamanca. Unamuno temió por la vida de su amigo Filiberto Villalobos que se encontraba preso, y así lo escribió en sus notas.

 El 16 de noviembre escribió a su amiga italiana María Garelli. En ella ya se muestra muy crítico con la España nacional:

«No se dejen ustedes, los italianos engañar. Esta reacción inquisitorial española contra la tradición, la gloriosa tradición liberal española del siglo XIX, el siglo más glorioso de España, no es cristiana, ni es nacional...Y no olviden que la palabra liberalismo nació en España».

El día 21remite una carta al periodista Lorenzo Giusso donde se muestra muy beligerante con los militares sublevados y afirma que cuando se cabe la salvajeguerra incivil, “vendrá un régimen de la estupidización colectivay demás frenético terror”.

A principios de diciembre recibe al periodista francés Jérôme Tharaud y le hace llegar un manifiesto. Entre otras cosas afirma:

«Insisto en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional».

El 21 de diciembre, en una tarde muy fría, el falangista Eugenio Montes acompañó a Unamuno por el camino del cementerio. Unamuno entró en el taller del marmolista que había esculpido la lápida de su difunta esposa, doña Concha, y le encargó otra similar para él con el siguiente epitafio:

«Méteme, Padre Eterno, en tu pecho/ misterioso hogar,/ dormiré allí, pues vengo deshecho/ del duro bregar».

El día 23 concede una de sus últimas entrevistas al portugués Armando Boaventura:

«Su conversación fue una diatriba contra todo y contra todos y una anatema violento contra el propio Dios».

La muerte le vendrá una helada tarde de aquel invierno: la del 31 de diciembre de 1936. En el trágico momento lo acompañaba el catedrático Bartolomé Aragón´.

Emilio Salcedo, el escritor mejor informadosobre los últimos momentos  de la vida de Unamuno y del desarrollo de su funeral, escribe:

 “A las cuatro y media de la tarde entra en el despacho el profesor Bartolomé Aragón (falangista), que visita con frecuencia a Unamuno. Don Miguel se esfuerza y con el brillo de sus ojos azules, casi más que con su palabra, le dice al visitante:—Me encuentro mejor que nunca.Está sentado ante la camilla, aterido por el frío de la historia y de la soledad. Aragón se sienta ante él y el ex rector le mira.– Le agradezco que no venga usted con la camisa azul, como lo hizo el último día, aunque veo que trae el yugo y las flechas…; tengo que decirle a usted cosas muy duras y le suplico que no me interrumpa.– No quiero verlo. No quiero ver esas revistas de ustedes, porque, ¿cómo puede irse contra la inteligencia?– Don Miguel, Falange ha hecho un llamamiento a los trabajadores de la inteligencia.–  ¡Cómo!– Sí, sí, lo ha hecho y le prestarán su apoyo, no lo dude usted. Guardan silencio. El viento extiende su presagio por la calle y retiemblan las maderas del balcón.– La verdad es —comenta Aragón— que a veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos.Don Miguel se inclinó hacia la camilla, dando un puñetazo sobre el tablero.¡No! ¡Eso no puede ser, Aragón! Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse.Unamuno se reclina de nuevo en su sillón y hunde la barbilla en el pecho. El silencio ha vuelto al despacho. El visitante nota que Unamuno no se mueve. Sus zapatillas se están quemando en el brasero. Don Miguel ha muerto. Aragón, asustado, sale del despacho para avisar a la familia. Está pálido y desencajado, apenas si puede hablar. -¡Don Miguel, don Miguel!… ¡Yo no le he hecho nada!… ¡Yo no le he matado!”

A las seis de la tarde el viento lleva por las calles de Salamanca la noticia como en un susurro de misterio: don Miguel ha muerto,  y la casa de la calle de Bordadores, con la puerta entreabierta, empieza a recibir la visita de muchos que habían dejado solo al viejo escritor.

A las once de la mañana, en la iglesia de la Purísima, se celebran los solemnes funerales, que presiden Fernando y Rafael Unamuno, el rector, don Esteban Madruga, y el decano de Letras, Ramos Loscertales.

A las cuatro de la tarde la calle de Bordadores y la de las Úrsulas rebosan de gente. El tenor Miguel Fleta y los periodistas Víctor de la Serna, Antonio de Obregón y Salvador Díaz Ferrer —todos con camisa azul y correajes— toman el féretro, sobre el cual ha sido colocado el birrete negro de rector, en póstuma devolución de su dignidad vitalicia.El cortejo pasa delante de la Torre de Monterrey y sigue por la calle en cuesta de Ramón y Cajal. A la altura del convento de los capuchinos, Mariano Rodríguez de Rivas, delegado nacional de Arte, los escritores Melchor de Almagro San Martín y Carlos Domínguez y otro falangista toman la caja hasta el Campo de San Francisco.

 Las cintas del féretro eran llevadas por los catedráticos don Nicolás Rodríguez Aniceto, don Francisco Maldonado, don Isidro Beato y don Manuel García Blanco. En torno a la caja llevan las velas los catedráticos don Primo Garrido, don Leopoldo de Juan, Pérez Villaamil y César Real de la Riva, aun no incorporado entonces el claustro salmantino.

El duelo lo presiden el rector, los hijos de Unamuno, el decano de Letras y don Andrés Pérez Cardenal.En el cementerio está abierto el nicho en que fue enterrada Salomé. Se sube la caja que contiene los restos de Unamuno.

La noticia de su muerte ha corrido el mundo confundida con partes de guerra. Cuando Ortega la sabe en París comenta:

 “Temo que suframos ahora una época de atroz silencio”.

Don Miguel de Unamuno, la figura más señera de las letras españolas de todo el siglo XX entra en la eternidad proclamando que Dios no tenía derecho a despreocuparse de España. Era aquella la última sinrazón de la razón unamuniana.A pesar de tanta sangre derramada, para Unamuno, España debía sobrevivir y redimirse.

En noviembre de 1936 concede una entrevista a Tharaud en el transcurso de la cual le dice: «Voy a buscarle un pequeño manifiesto que acabo de redactar y que expresa todo lo que pienso» y que reproducimos a continuación por el innegable valor que encierra:

 “Apenas iniciado el movimiento popular salvador que acaudilla el general Franco me adherí a él diciendo que lo que hay que salvar en España es la civilización occidental cristiana y con ella la independencia nacional. El gobierno fantasma de Madrid me destituyó por ello de mi rectoría y luego el de Burgos me restituyó en ella con elogiosos conceptos. En tanto, me iban horrorizando los caracteres que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel debido a una verdadera enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura (c). Las inauditas salvajadas de las hordas marxistas, rojas, exceden toda descripción y he de ahorrarme retórica barata. Y dan el tono, no socialistas, ni comunistas, ni sindicalistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, expresidiarios, criminales natos sin ideología alguna que van a satisfacer feroces pasiones atávicas sin ideología alguna. Y la natural reacción a esto toma también, muchas veces, desgraciadamente, caracteres frenopáticos. Es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral. Si el desdichado gobierno de Madrid no ha podido resistir la presión del salvajismo apellidado marxista debemos esperar que el gobierno de Burgos sabrá resistir la presión de los que quieren establecer otro régimen de terror. En un principio se dijo, con muy buen sentido, que ya que el movimiento no era una cuartelada o militarada sino algo profundamente popular, todos los partidos nacionales anti-marxistas depondrían sus diferencias para unirse bajo la única dirección militar sin prefigurar el régimen que habría de seguir a la victoria definitiva. Pero siguen subsistiendo esos partidos: renovación española (monárquicos constitucionales), tradicionalistas (antiguos carlistas), acción Popular (monárquicos que acataron la república) y no pocos republicanos que no entraron en el frente llamado popular. A lo que se añade la llamada Falange - partido político, aunque lo niegue - o sea, el fascio italiano muy mal traducido. Y este empieza a querer absorber a los otros y dictar el régimen futuro. Y por haber manifestado mis temores de que esto acreciente el terror, el miedo que España se tiene a sí misma y dificulte la verdadera paz; por haber dicho que vencer no es convencer ni conquistar es convertir, el fascismo español ha hecho que el gobierno de Burgos que me restituyó en mi rectoría… ¡vitalicia!, con elogios, me haya destituido de ella sin haberme oído antes ni dándome explicaciones. Y esto, como se comprende, me impone cierto sigilo para juzgar lo que está pasando. Insisto en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional ya que España no debe estar al dictado ni de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Y es deber también traer una paz de convencimiento y de conversión y lograr la unión moral de todos los españoles para rehacer la patria que se está ensangrentando, desangrando, arruinándose, envenenándose y entonteciéndose. Y para ello, impedir que los reaccionarios se vayan en su reacción más allá de la justicia y hasta de la humanidad, como a las veces tratan. Que no es camino el que se pretenda formar sindicatos nacionales compulsivos, por fuerza y amenaza, obligando por el terror a que se alisten en ellos a los ni convencidos ni convertidos. Triste cosa sería que al bárbaro, anti-civil e inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir por un bárbaro, anti-civil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro, que en el fondo son lo mismo”.

La tragedia humana de Unamuno sucedió en Salamanca, esa Salamanca del alma que tan bellamente describió en su libro Andanzas y visiones españolas.

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