MEMORIA
José Antonio ante el 18 de julio de 1936
Fue de los pocos que vio que la sublevación podía acabar en una guerra civil y buscó, en junio del 36, como solución, un gobierno de concentración nacional.
El posicionamiento de José Antonio ante el alzamiento del 18 de julio de 1936
Fue de los pocos que vio que la sublevación podía acabar en una guerra civil y buscó, en junio del 36, como solución, un gobierno de concentración nacional.
«Es una solución clásica y un tanto gastada, pero es la única: un Gobierno nacional en el que yo tendré que sentarme con Calvo Sotelo, con Prieto, con Gil Robles… Cuando se haya conjurado el peligro ya veremos quien se lleva el gato al agua. Hoy es esto lo que hay que proponer al ejército: hay que contar con él para que apoye esta solución, porque de otra manera estamos perdidos y llegará la tragedia».
Tras la celebración de elecciones generales el 16 de febrero de 1936, se produce el triunfo del Frente Popular y la vuelta al poder de Manuel Azaña.
En esta circunstancia José Antonio redacta las siguientes instrucciones concretas el día 21:
- Los jefes cuidarán de que por nadie se adopte actitud alguna de hostilidad hacia el nuevo Gobierno ni de solidaridad con las fuerzas derechistas derrotadas. Nuestros centros seguirán presentando el aspecto sereno y alegre de los días normales.
- Nuestros militantes desoirán terminantemente todo requerimiento para tomar parte en conspiraciones, proyectos de golpe de Estado, alianzas de fuerzas de orden y demás cosas de análoga naturaleza.
- Se evitará todo incidente, para lo cual nuestros militantes se abstendrán en estos días de toda exhibición innecesaria. Ninguno deberá considerarse obligado a hacer frente a manifestaciones extremistas. Claro está que, si alguna de éstas intentara el asalto de nuestros centros o la agresión a nuestros camaradas, unos y otros estarían en la obligación estricta de defenderse con la eficacia y energía que exige el honor de la Falange.
- A los que soliciten el ingreso en nuestras filas y se hallen en situación económica acomodada se les deberá exigir una cuota de incorporación no inferior a quince pesetas. 5ª De ninguna manera se conferirán puestos de mando a los afiliados de nuevo ingreso, en tanto no lleven, por lo menos, cuatro meses en la Falange y hayan acreditado suficientemente completa compenetración con su estilo y doctrina.
Un mes después, un acontecimiento cambiará la historia de José Antonio y de su Falange. El atentado sufrido el 12 de marzo por el diputado del PSOE Luís Jiménez de Asúa, del que saldrá ileso, y que costará la vida al conductor de su coche, Jesús Gisbert. Un hecho silenciado por Francisco Bravo en su Historia de la Falange y que narra, con toda su crudeza, Ximénez de Sandoval, en su Biografía apasionada de José Antonio:
«Uno de los elementos que con más ahínco trabajaban en la unificación era el camarada Juan José Olano, estudiante de Derecho. Yendo con otros estudiantes tradicionalistas, le mataron a traición con sus compañeros en la calle de Alberto Aguilera la tarde del 11 de marzo. El S. E. U. decidió vengarle con amplia resonancia, no buscando a los meros ejecutores -probablemente gente a sueldo y extraña a la Universidad-, sino al inspirador más directo de todos los disturbios universitarios, al gran animador de la F. U. E. y defensor de todas las más bajas criminalidades, y por paradoja no extraña en la incongruente vida española de los últimos abominables tiempos, profesor de Derecho penal en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid. Hemos nombrado -con toda repugnancia- al diputado socialista Luis Jiménez de Asúa, sobre cuyo rostro afásico y lampiño habían estrellado berzas y coles bastantes veces algunos camaradas del S. E. U. bien dotados para el lanzamiento de verduras. En la mañana del 12 de marzo, un grupo de escuadristas del S. E. U., en un viejo y destartalado coche prestado, acecha, montadas las pistolas, frente a la casa de la calle de Goya en que habita suntuosamente Jiménez Asúa. Espera la salida del profesor marxista, que pronto aparece en el portal acompañado del agente de policía Jesús Gisbert, designado por el Ministerio de la Gobernación para custodiar la preciosa vida del sabio rojo. Como la Falange no está aún muy entrenada en estos menesteres de represalia -sus músculos se han fortalecido en otro tipo de lucha-, hay poca sangre fría... El motor del coche se cala y alguna pistola se encasquilla. La salva sale desigual. Jiménez Asúa, al primer tiro, se arroja al suelo y huye a gatas hasta la calle de Velázquez, donde se refugia en una carbonería. El agente encargado de su protección ha caído mortalmente herido. Los falangistas creen también herido a Asúa, y no apuran la persecución, sino que marchan tranquilamente. La noticia del atentado se abre paso en el ambiente apretado de pánico de Madrid. Toda la Policía entra en funciones para detener a los autores. Se detiene a centenares de camaradas. La Policía no da en el blanco. Los agresores logran despistarles hábilmente, aun cuando, por exceso de optimismo de su parte, Alberto Ortega es capturado. José Antonio se apena, aunque reconoce que la Falange no tiene otro remedio que contestar al terror con el terror. Se apena porque recuerda que hace años ha sido discípulo del profesor Asúa y porque no es partidario de las represalias brutales. Pero no puede desautorizar a sus valerosos muchachos que, con sangre marxista, pagan la sangre caliente y heroica de sus caídos».
Dionisio Ridruejo, en Casi unas memorias, señala que José Antonio tuvo tentaciones de abandonar la lucha política y que, si no lo hizo, fue por sangre derramada por muchos falangistas. Y uno de esos momentos fue al enterarse de la muerte de Jiménez de Asúa. Los seuístas actuaron por su cuenta y José Antonio se encontró con los hechos consumados. Cuando le propusieron acabar con la vida de Francisco Largo Caballero, se opuso terminantemente.
Vista desde la perspectiva actual, el atentado fue lamentable desde todos los puntos de vista. Y significó, como ya hemos señalado, un antes y un después en la vida de José Antonio y la Falange. El atentado, además de enfurecer a toda la izquierda y ser ampliamente condenado por la mayoría de las fuerzas políticas, desata una labor de persecución decidida de Falange por parte de las fuerzas del orden y del Poder Judicial. De esta manera, dos días después, el director general de Seguridad, José Alonso Mallol, ordena la detención y arresto de José Antonio Primo de Rivera, así como de toda la cúpula del partido.
Así, desde el 14 de marzo de 1936 ⎼¡cuatro meses antes del inicio del alzamiento!⎼, José Antonio Primo de Rivera se encontrará detenido, primero en la cárcel de Madrid y, posteriormente en la Prisión Provincial de Alicante. La causa contra la Falange, acusada de asociación ilícita, se ve en el Tribunal de Urgencia en la Cárcel Modelo (30 de abril). La sentencia del Tribunal, dice así:
«Considerando que de los hechos probados no se deduce perpetración por parte de los acusados del delito que se les inculpa por el Ministerio Fiscal, ya que el ideario político de la Asociación contenido en los Estatutos aceptados legalmente, no ha sido alterado en su esencia, orientación ni procedimiento por el documento impreso que se ha leído como prueba. Fallamos: Que debemos absolver y absolvemos del delito de que son acusados a los procesados. Igualmente, y en virtud de la anterior absolución, debemos declarar y declaramos no haber lugar a la disolución de la Asociación Falange Española de la JONS».
La censura prohíbe la publicación de la sentencia y los falangistas continuarán en la cárcel. A José Antonio también se le procesará por injurias al director general de Seguridad, Alonso Mallol y será condenado a dos meses y un día de arresto.
La situación de la Falange se hizo imposible. Con José Antonio y los principales dirigentes encarcelados, la organización del partido desmantelada y la mayoría de sus miembros en la clandestinidad, todas las posibilidades políticas del movimiento se esfumaron. Sólo quedaba una clara alternativa: o abandonar por completo la lucha o intentar, solos o en colaboración con otros, un golpe directo contra el régimen republicano.
En esta situación se sitúa al frente de la Falange Fernando Primo de Rivera, hermano de José Antonio, médico militar que no había militado hasta ese momento en el Partido. Mientras tanto el proceso conspirativo se acelera. Mola, que asume el mando con el beneplácito del general Sanjurjo, empezó a planear el alzamiento anotando los militares considerados adictos y las posibilidades de triunfar en sus respectivos acuartelamientos.
A juzgar por sus primeras instrucciones escritas, Mola concibe la sublevación a la manera de los “pronunciamientos” clásicos. Operación puramente militar, de movimientos estratégicos combinados con unos objetivos concretos. Al elemento civil adherido se le adjudica el papel de coro griego. El éxito o el fracaso depende de la habilidad de los mandos y de la exactitud con que se cumplan las consignas recibidas. En ninguno de aquellos escritos se admite la posibilidad de que la rebeldía degenere en lucha prolongadas en campo abierto.
Las Bases para la sublevación las firma Mola como El Director, en abril de 1936.
- La conquista del Poder ha de efectuarse aprovechando el primer momento favorable, y a ella han de contribuir las fuerzas armadas, conjuntamente con las aportaciones que en hombres y elementos de todas clases faciliten los grupos políticos, sociedades e individuos aislados que no pertenezcan a partidos, sectas y sindicatos que reciben instrucciones del extranjero: socialistas, masones, anarquistas, comunistas....
- Para ejecución del plan, actuaran independientemente, aunque relacionadas en la forma que más abajo se indica, dos organizaciones: civil y militar. La primera tendrá carácter provincial; la segunda, el territorial de las Divisiones Orgánicas.
- Dentro de cada provincia, Comité provincial, compuesto por un número de miembros variable, elegidos entre los elementos de orden, milicias afectas a la Causa y personas representativas de las fuerzas o entidades económicas, de composición lo más reducida posible.
- En la capitalidad de cada División Orgánica actuará un Comité militar {regional), compuesto de los Jefes más caracterizados de cada arma, afectos a la Causa y presididos por el de mayor categoría. En las guarniciones donde no exista cabecera de División, también habrá un Comité local, compuesto en análoga forma y dependiente del regional. Donde no haya más que un Cuerpo, el Comité lo integran las tres personas de mayor categoría comprometidas.
- Producido el Movimiento y declarado el estado de guerra, se procederá en el acto a refundir en uno solo los Comités civiles y militares en los lugares donde haya guarnición, para proceder de común acuerdo, según las inspiraciones y órdenes que reciban del Director del Movimiento. Llegado este caso, los Comités provinciales cívico-militares quedarán subordinados al de la capitalidad de la Cabeza de la División. Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta, para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándose castigos ejemplares a dichos individuos, para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas.
- Conquistado el Poder, se instaurara una Dictadura militar, que tendrá por misión inmediata restablecer el Orden público, imponer el imperio de la Ley reforzar convenientemente el Ejército, para consolidar la situación de hecho, que pasará a ser de derecho.
El 10 de mayo es elegido presidente de la República, Manuel Azaña, quien designará como presidente del Gobierno a Santiago Casares Quiroga, acérrimo adversario de la Falange y de José Antonio Primo de Rivera. Comienzan tiempos difíciles para la Falange. Ante la nueva y grave situación política, José Antonio envía la siguiente circular:
Circular a todas la Jefaturas Territoriales, Provinciales de FE y de las JONS.
Camaradas:
Pese a las persecuciones y al silencio a que nos sujeta el estado de alarma, nuestro Movimiento crece por todas partes con entusiasmo incontenible. Ya ésta Jefatura ha adoptado las medidas precisas para que poco a poco, aprovechando todos los resquicios de oportunidad, se vaya rehaciendo en todas partes la red de nuestros mandos, rota en algunos sitios por el encarcelamiento de millares de militantes.
Por otra parte, se está penetrando en capas de la sociedad española donde nuestra propaganda, hasta hace poco, había calado insuficientemente.
Pronto llegarán a todas partes los efectos de esta tarea de reconstrucción, y en cuanto pasen los días del atropello inútil en que una autoridad torpe se desgasta, renacerá nuestro Movimiento con redoblado brío, para rabia y confusión de nuestros perseguidores.
Como consigna inmediata, a reserva de las órdenes e instrucciones que vayáis recibiendo, permaneced en vuestro sitio sin desmayo y reanudad, en cuanto podáis, la comunicación con vuestros inmediatos jefes.
Y ahora una advertencia especial:
Andan por España algunas personas que, especulando con nuestras actuales dificultades de comunicación, aseguran a nuestros militantes que se han concertado fusiones o alianzas con otros partidos. Terminantemente: no les hagáis caso.
No se ha llegado a pacto alguno con nadie. Quienes lo propagan sólo aspiran a aprovecharse de nuestro incremento en favor de agrupaciones en eclipse. Sí algún día nuestro Movimiento pactará con alguien, llegará a vosotros la noticia directamente, a través de nuestra jerarquía interna.
Ningún rumor que no llegue por el conducto orgánico de nuestras Jefaturas debe merecer el menor crédito. Madrid, 13 de mayo de 1936. -El Jefe nacional.
Durante el mes de mayo las preferencias de la opinión conservadora de Madrid tuvieron ocasión de expresarse a través de una encuesta realizada entre sus lectores por el periódico clerical Ya. En cuanto a su elección para la presidencia de la República, el nombre de José Antonio obtuvo un ligero margen de ventaja respecto a los de los demás favoritos: Calvo Sotelo, Gil Robles y el general Sanjurjo.
A primeros de junio el incremento de la violencia se hizo tan rápido y confuso que resultaba difícil seguir su desarrollo. Algunas regiones estaban al borde del caos social más absoluto. Los anarquistas y los socialistas extremistas exigían la realización inmediata de la revolución económica que preconizaban. Largo Caballero tenía la esperanza de recoger la herencia del Frente Popular y no deseaba seguir permaneciendo al margen por más tiempo. Se hallaban en curso varias huelgas simultáneas mientras los periódicos publicaban la relación de aquéllas de más larga duración. Para muchos observadores España estaba llegando al borde de su ruina.
Gaciel, director de La Vanguardia en aquellos momentos, veía así la situación política española desde su privilegiada atalaya:
«Madrid es el horno principal de donde brota ese vaho irrespirable. El país está dividido en dos bandos que quieren aniquilarse mutuamente con una buena fe ingenua y bárbara, porque creen que es imposible convivir. El mismo fenómeno castizo que viene repitiéndose a través de los silos. ¿Conseguirán los republicanos dominarla tormenta? Si fracasa la consolidación republicana se acabará la República. Revolucionarios y reaccionarios se liarán a tiros, con sucesivos vaivenes de mutuo y salvaje acometimiento».
Manuel Tagüeña, en su libro Testimonio de dos guerras, señala:
«Casi todas las noches corrían rumores de un golpe militar y concentrábamos a nuestros milicianos en los centros sindicales hasta que llegaba el amanecer y recibíamos la orden de marchar a nuestras casas No podíamos hacer labor de reclutamiento por falta de armas. Teníamos solo tres compañías, con unos trescientos hombres en total, la mayoría muy jóvenes. Contábamos, desde luego, con la benevolencia de las autoridades, incluso algunos recibimos licencia de uso de armas. Por todas partes se organizaban grupos de acción, ya que el ambiente era muy tenso y nadie quería que lo tomaran desprevenido».
El día 5 de junio, en que se traslada a José Antonio a la prisión de Alicante, el general Mola redacta una nueva “instrucción”, en la que fija como objetivos políticos del golpe un Directorio militar provisional a la espera de la constitución de un Parlamento elegido por sufragio y se compromete a «no cambiar el régimen republicano» y a «mantener, en todo, las reivindicaciones obreras, legalmente logradas».
Como Stanley J. Payne señala:
«Los conspiradores estaban decididos a establecer un directorio militar que obligase a la República a adoptar una actitud más conservadora. No pretendían destruir la forma de gobierno republicana, ni siquiera consideraban necesario establecer ningún sistema corporativo. Por otro lado, estaban dispuestos a no mezclarse con políticos y no confiaron a ninguno de ellos el secreto de la conspiración».
El 23 de junio, el general Franco, que aún no se había decidido sumarse a la sublevación, envía una carta al presidente del gobierno, Casares Quiroga, manifestando su preocupación por el deterioro de la situación política en la calle y sus posibles consecuencias. ¿Qué pretendía realmente Franco al mandar esa carta? ¿Justificarse ante la historia? Muchas conjeturas se han hecho al respecto y ninguna clarificadora. Y surge este interrogante: ¿Qué hubiera pasado si Casares le hubiera llamado para que colaborase con él? Nunca lo sabremos. Lo que si conocemos es que, dadas las dudas de Franco, Sanjurjo le dijo a Mola:
«Con Franquito o sin Franquito, nos sublevamos».
Pese a esa incierta posición de Franco, en ese momento, la determinación de Mola de alzarse se verá afianzada cuando a finales de junio recibe la adhesión de José María Gil Robles. Por su parte, también preocupado por el deterioro de la vida política, Miguel Maura propone la formación de un gobierno de concentración fuerte, presidido por Indalecio Prieto, y al efecto comienza a publicar una serie de artículos en el diario El Sol, defendiendo sus tesis.
Antes el posicionamiento de Miguel Maura, desde la cárcel de Alicante José Antonio Primo de Rivera le remitirá una carta, el 29 de junio, que entre otras cosas le decía:
«Cuando analices en fin esto de la “dictadura nacional republicana” verás que lo de republicana, si quiere decir algo más que no monárquica ha de eludir a un contenido institucional incompatible con la idea de la dictadura. De ahí que para salvar la contradicción tendrás que concluir aspirando a un régimen autoritario nacional capaz de hacer la revolución por arriba, que es la única manera decente de hacer las revoluciones. Pero ya verás que la pereza mental de nuestro pueblo acaba por darnos o un ensayo de bolchevismo cruel o una representación flatulenta de patriotería alicorta a cargo de algún figurón de la derecha. Que Dios nos libre de lo uno y de lo otro».
En su contestación, Miguel Maura le decía:
«Soy optimista, querido José Antonio. Creo firmemente en el pueblo español, cargado de buen sentido y de instintos certeros. La experiencia que se está haciendo de hacer compatible la democracia con la revolución social es una quimera. Pronto habrá fracasado. Estoy seguro que entonces el pueblo español sabrá orientarse. Mi esfuerzo va hoy encaminado en poner lo que yo pueda para que esa orientación conduzca a levantar a España de su agarbanzamiento, inyectándola el orgullo nacional, hoy inexistente. Ya ves si hay campo común en lo tuyo y en lo mío. En todo caso, quiero que sepas que no soy de los que denigran ni mucho menos a los que te desprecian».
Entre tanto la conspiración sigue su marcha. Pero entre los partidarios de la misma no existía el menor vínculo político común. Estaban implicadas las facciones monárquicas, la carlista y la alfonsina. Pero la mayoría de los dirigentes de la conspiración, como Mola, Goded, Cabanellas y Queipo de Llano, sentían una verdadera antipatía hacia la institución monárquica. Incluso el propio Franco manifestó que las tropas marroquíes únicamente actuarían bajo la bandera de la República. Esta persistente confusión se puso de manifiesto al iniciarse la rebelión.
Dadas las divergencias existentes sobre la bandera con la que se tiene que iniciar el levantamiento, Sanjurjo enviará la siguiente carta a Mola:
«Mi parecer sobre la bandera debía, por lo pronto, solucionarse, dejando a los tradicionalistas usen la antigua, o sea, la española y que aquellos Cuerpos a los que hayan de incorporarse fuerzas de esta Comunión no lleven ninguna. Esto de la bandera, como usted comprende, es cosa sentimental y simbólica, debido a que con ella dimos muchos nuestra sangre y envuelta en ella fue enterrado lo más florido de nuestro Ejército. En cambio, la tricolor preside el desastre que está atravesando España. Por eso me parece bien lo que dicen que usted ha prometido que el primer acto de Gobierno será la sustitución de la misma».
Mola tomará nota de lo sugerido por Sanjurjo, pero en lo referente a la bandera con que se tiene que realizar la sublevación, y de acuerdo con el republicano general Cabanellas, se hará con la bandera republicana y el Himno de Riego.
Ante el panorama anteriormente descrito, no podemos extrañarnos de las vacilaciones de José Antonio, que, aunque nos digan por activa y por pasiva que estaba muy bien informado, no dejaba de estar preso, con todos los inconvenientes que eso suponía. Si Franco dudaba del éxito de la sublevación, ¿no podía hacerlo José Antonio? Tema tabú para muchos, pero que hay que tenerlo en cuenta.
Un testimonio de cual era el pensamiento de José Antonio en aquel momento, lo tenemos por Ramón Serrano Suñer, que escribe en sus Memorias:
«No le des vueltas, Ramón, no hay otra fórmula para evitar el horror de la guerra que pueda venir, que vendrá, estoy seguro, y que a todo trance hay que evitar. Es una solución clásica y un tanto gastada, pero es la única: un Gobierno nacional en el que yo tendré que sentarme con Calvo Sotelo, con Prieto, con Gil Robles… Cuando se haya conjurado el peligro ya veremos quien se lleva el gato al agua. Hoy es esto lo que hay que proponer al ejército: hay que contar con él para que apoye esta solución, porque de otra manera estamos perdidos y llegará la tragedia».
El 20 de junio de 1936, el periódico falangista editado en la clandestinidad y denominado No Importa reflejaba en portada:
«Vista a la derecha. Aviso a los “madrugadores”, la Falange no es una fuerza cipaya».
Un artículo en el que ante los insistentes rumores de un próximo movimiento militar se refería a los facciosos como “madrugadores”:
«No ya la vida, ninguna gota de sangre debe dar ningún camarada en auxilio de complots oscuros y maquinaciones más o menos derechistas.
“Esas gentes, de las que no podemos escribir sin cólera y asco, todavía suponen que la misión de la Falange es poner a sus órdenes ingenuos combatientes. Un día sí y otro no, los Jefes provinciales reciben visitas misteriosas de los conspiradores de esas derechas con una pregunta así en los labios: ¿Podrían ustedes darnos tantos hombres?
¿Pero que supone esa gentuza, que la Falange es una carnicería donde se adquieren, al peso, tantos o cuantos hombres? ¿Suponen que cada grupo local de la Falange es una tropa de alquiler a disposición de las empresas?”. Concluyendo con una clara orden para todos sus mandos: “Todo Jefe Provincial, a quien se le haga semejante pregunta, debe contestarla, por lo menos, volviendo la espalda a quien la formula. Si antes de volver la espalda le escupe en el rostro, no hará ninguna cosa de más.
Se trata de hacer a España. De hacer a España con arreglo a un entendimiento de amor, que sólo poseen los que lo han adquirido en las horas tensas, difíciles. Se trata de hacer a España según una iluminada geometría, cuyos secretos sólo se han entregado tras muchas noches de vela. Que alguien escuche y desmenuce el lenguaje de los madrugadores: ese lenguaje espeso, inflado, prosaico, abrumadoramente abundante y grotescamente impreciso ¿Podrá alguien percibir en ese lenguaje el menor aleteo de la gracia? No seremos ni vanguardia ni fuerza de choque ni inestimable auxiliar de ningún movimiento confusamente reaccionario. Mejor queramos la clara pugna de ahora que la modorra de un conservadurismo grueso y alicorto, renacido en provecho de unos ambiciosos madrugadores...».
Terminaba así:
«No seremos ni vanguardia ni fuerza de choque ni inestimable auxiliar de ningún movimiento confusamente reaccionario. Mejor queremos la clara pugna de ahora que la modorra de un conservadurismo grueso y alicorto, renacido en provecho de unos ambiciosos madrugadores. Somos, no vanguardia, sino ejército entero, al único servicio de nuestra propia bandera».
El posicionamiento real de José Antonio, previo al alzamiento del día 17, que es lo importante, con fecha 24 de junio de 1936 tenemos esta circular clarificadora:
A todas las Jefaturas Territoriales y Provinciales. Urgente e importantísimo.
Ha llegado a conocimiento del Jefe Nacional la pluralidad de maquinaciones en favor de más o menos confusos movimientos subversivos que están desarrollándose en diversas provincias de España. La mayor parte de los jefes de nuestras organizaciones, como era de esperar, han puesto en conocimiento del Mando cuantas proposiciones se les han hecho, y se han limitado a cumplir en la actuación política las instrucciones del propio Mando. Pero algunos, llevados de un exceso de celo o de una peligrosa ingenuidad, se han precipitado a dibujar planos de actuación local y a comprometer la participación de los camaradas en determinados planes políticos. Las más de las veces tal actitud de los camaradas de provincias se han basado en la fe que les merecía la condición militar de quienes les invitaban a la conspiración. Esto exige poner las cosas un poco en claro. El respeto y el fervor de la Falange hacia el Ejército están proclamados con tal reiteración que no necesitan ahora de ponderaciones.
Desde los 27 puntos doctrinales se ha dicho cómo es aspiración nuestra que, a imagen del Ejército, informe un sentido militar de la vida toda la existencia española. Por otra parte, en ocasiones memorables y recientes el Ejército ha visto compartidos sus peligros por camaradas nuestros. Pero la admiración y estimación profunda por el Ejército como órgano esencial de la Patria no implica la conformidad con cada uno de los pensamientos, palabras y proyectos que cada militar o grupo de militares pueda profesar, preferir o acariciar. Especialmente en política la Falange-que detesta la adulación porque la considera como un último menosprecio para el adulado-no se considera menos preparada que el promedio de los militares. La formación política de los militares suele estar llena de la más noble ingenuidad.
El apartamiento que el Ejército se ha impuesto a sí mismo de la política ha llegado a colocar a los militares, generalmente, en un estado de indefensión dialéctica contra los charlatanes y los trepadores de los partidos. Es corriente que un político mediocre gane gran predicamento entre militares sin más que manejar impúdicamente algunos de los conceptos de más hondo arraigo en el alma militar. De aquí que los proyectos políticos de los militares (salvo, naturalmente, los que se elaboran por una minoría muy preparada que en el Ejército existe) no suelen estar adornados por el acierto. Esos proyectos arrancan casi siempre de un error inicial: el de creer que los males de España responden a simples desarreglos de orden interior y desembocan en la entrega del Poder a los antes aludidos charlatanes, faltos de toda conciencia histórica, de toda auténtica formación y de todo brío para la irrupción de la Patria en las grandes rutas de su destino.
La participación de la Falange en uno de esos proyectos prematuros y candorosos constituiría una gravísima responsabilidad y arrastraría su total desaparición, aun en el caso de triunfo. Por este motivo, porque casi todos los que cuentan con la Falange para tal género de empresas la consideran no como un cuerpo total de doctrina, ni como una fuerza en camino para asumir por entero la dirección del Estado, sino como un elemento auxiliar de choque, como una especie de fuerza de asalto, de milicia juvenil, destinada el día de mañana a desfilar ante los fantasmones encaramados en el Poder.
Consideren todos los camaradas hasta qué punto es ofensivo para la Falange el que se la proponga tomar parte como comparsa en un movimiento que no va a conducir a la implantación del Estado nacionalsindicalista, al alborear de la inmensa tarea de reconstrucción patria bosquejada en nuestros 27 puntos, sino a reinstaurar una mediocridad burguesa conservadora (de la que España ha conocido tan largas muestras) orlada, para mayor escarnio, con el acompañamiento coreográfico de nuestras camisas azules.
Como de seguro tal perspectiva no halaga a ningún buen militante, se previene a todos por esta circular, de manera terminante y conminatoria, lo siguiente:
1° Todo jefe, cualquiera que sea su jerarquía, a quien un elemento militar o civil invite a tomar parte en conspiración, levantamiento o cosa análoga, se limitará a responder: "Que no puede tomar parte en nada ni permitir que sus camaradas la tomen sin orden expresa del Mando central y que, por consiguiente, si los órganos supremos de dirección del movimiento a que se le invita tienen interés en contar con la Falange deben proponerlo directamente al Jefe nacional y entenderse precisamente con él o con la persona que él de modo expreso designe."
2° Cualquier jefe, sea la que sea su jerarquía, que concierte pactos locales con elementos militares o civiles sin orden expresa del Jefe nacional será fulminantemente expulsado de la Falange, y su expulsión se divulgará por todos los medios disponibles.
3° Como el Jefe nacional quiere tener por sí mismo la seguridad del cumplimiento de la presente orden, encarga a todos los jefes territoriales y provinciales que, con la máxima premura, le escriban a la Prisión provincial de Alicante, donde se encuentra, comunicándole su perfecto acatamiento a lo que dispone esta circular y dándole relación detallada de los pueblos a cuyas J. O. N. S. se ha transmitido. Los jefes territoriales y provinciales, al dirigir tales cartas al Jefe nacional, no firmarán con sus nombres, sino sólo con el de su provincia o provincias respectivas.
4.° La demora de más de cinco días en el cumplimiento de estas instrucciones, contada desde la fecha en que cada cual la reciba, será considerada como falta grave contra los deberes de cooperación al Movimiento. Madrid, 24 de junio de 1936.-
¡Arriba España!".
Cinco días después de la circular del 24 de junio, aparece otra circular firmada por José Antonio y cifrada el 29 de junio de 1936, en la que el jefe nacional de Falange dice todo lo contrario a su anterior misiva y da órdenes concretas a sus militantes de cómo participar en el movimiento militar. Dice así:
A las Jefaturas Territoriales y Provinciales. Reservadísimo.
Como continuación a la circular del 24 del corriente, se previene a los jefes territoriales y provinciales las condiciones en que podrán concertar pactos para un posible alzamiento inmediato contra el Gobierno actual:
1° Cada jefe territorial o provincial se entenderá exclusivamente con el jefe superior del movimiento militar en el territorio o provincia, y no con ninguna otra persona. Este jefe superior se dará a conocer al jefe territorial o provincial con la palabra Covadonga, que habrá de pronunciar al principio de la primera entrevista que celebren.
2° La Falange intervendrá en el movimiento formando sus unidades propias, con sus mandos naturales y sus distintivos (camisas, emblemas y banderas).
3.° Si el jefe territorial o provincial y el del movimiento militar lo estimaran, de acuerdo, indispensable, parte de la fuerza de la Falange, que no podrá pasar nunca de la tercera parte de los militantes de primera línea, podrá ser puesta a disposición de los jefes militares para engrosar las unidades a sus órdenes. Las otras dos terceras partes se atendrán escrupulosamente a lo establecido en la instrucción anterior.
4° El jefe territorial o provincial concertará con el jefe militar todo lo relativo al armamento largo de la fuerza de la Falange. Para esto se señalará con precisión el lugar a que debe dirigirse cada centuria, falange y escuadra, en un momento dado, para recibir el armamento.
5º El jefe militar deberá prometer al de la Falange en el territorio o provincia que no serán entregados a persona alguna los mandos civiles del territorio o provincia hasta tres días, por lo menos, después de triunfante el movimiento, y que durante ese plazo retendrán el mando civil las autoridades militares.
6º Desde el mismo instante en que reciba estas instrucciones, cada jefe territorial o provincial dará órdenes precisas a todas las Jefaturas locales para que mantengan enlace constante al objeto de poder movilizar en plazo de cuatro horas todas sus fuerzas de primera línea. También darán las órdenes necesarias para que los diferentes núcleos locales se concentren inmediatamente sobre sitios determinados, para constituir agrupaciones de una falange por lo menos (tres escuadras).
7° De no ser renovadas por nueva orden expresa, las presentes instrucciones quedarán completamente sin efecto el día 10 del próximo julio, a las doce del día.-29 de junio de 1936."
Esta circular, reproducida en la oficiosa Historia de la Falange (1940) del dirigente falangista salmantino Francisco Bravo Martínez, está tan mal elaborada, su estilo coincide tan poco con el utilizado por José Antonio, que, a simple vista, cualquiera podría deducir que se trata de una falsificación y que jamás fue redactada ni firmada por José Antonio.
Es significativo que en la Biografía apasionada de José Antonio de Felipe Ximénez de Sandoval no se mencione esta circular. Da mucho en que pensar. Tampoco se menciona en la biografía de José Antonio de Gil Pecharromán, la más rigurosa de las escritas hasta el momento. Nada tampoco escribe sobre el tema Ramón Serrano Suñer en sus Memorias.
No soy el primero ni el único que duda de la autenticidad de este texto. Lo han hecho con anterioridad joseantonianos como Dionisio Ridruejo, Enrique de Aguinaga, Ceferino Maestú, Mercedes Fórmica o Maximiliano García Venero.
El 7 de julio Pamplona se estremece con el comienzo de las tradicionales fiestas de San Fermín. Buen pretexto para reunirse algunos conspiradores. Entre ellos, el general Fanjul, navarro, que estudia con Mola la distribución de responsabilidades para el momento de la acción. Queipo se ocupará de Sevilla, Varela de Cádiz, Franco de Canarias y norte de África, González de Lara de Burgos, González Carrasco de Valencia, Villegas de Madrid y Goded se responsabilizará del éxito del levantamiento en Cataluña
Llegan también a Pamplona el jefe falangista de Santander Manuel Hedilla (futuro jefe de la Falange tras el fusilamiento de José Antonio en noviembre de 1936) y el general Kindelán. Al dirigente falangista se le encomienda su participación en la sublevación en Galicia, cosa que realizaría como ha estudiado Herbert R. Southworth en su libro Antifalange.
El mismo día en que se produce la sublevación, 17 de julio, aparece este supuesto manifiesto de José Antonio que dice:
«Un grupo de españoles, soldados unos y otros hombres civiles, que no quieren asistir a la total disolución de la Patria, se alza hoy contra el Gobierno traidor, inepto, cruel e injusto que la conduce a la ruina». Llevamos soportando cinco meses de oprobio. Una especie de banda facciosa se ha adueñado del Poder. Desde su advenimiento, no hay hora tranquila, ni hogar respetable, ni trabajo seguro, ni vida resguardada. Mientras una colección de energúmenos vocifera -incapaz de trabajar- en el Congreso, las casas son profanadas por la Policía -cuando no incendiadas por las turbas-, las iglesias entregadas al saqueo, las gentes de bien encarceladas a capricho por tiempo ilimitado; la Ley usa dos pesos desiguales: uno, para los del Frente Popular; otro, para los que no militan en él; el Ejército, la Armada, la Policía, son minados por agentes de Moscú, enemigos jurados de la civilización española; una Prensa indigna envenena la conciencia popular y cultiva todas las peores pasiones, desde el odio hasta el impudor; no hay pueblo ni casa que no se halle convertido en un infierno de rencores; se estimulan los movimientos separatistas; aumenta el hambre, y, por si algo faltara para que el espectáculo alcanzase su última calidad tenebrosa, unos agentes del Gobierno han asesinado en Madrid a un ilustre español, confiado al honor y a la función pública de quienes le conducían. La canallesca ferocidad de esta última hazaña no haya par en la Europa moderna, y admite el cotejo con las más negras páginas de la checa rusa». Este es el espectáculo de nuestra Patria en la hora justa en que las circunstancias del mundo la llaman a cumplir otra vez un gran destino. Los valores fundamentales de la civilización española recobran, tras siglos de eclipse, su autoridad antigua. Mientras otros pueblos que pusieron su fe en un ficticio progreso material ven por minutos declinar su estrella, ante nuestra vieja España, misionera y militar, labradora y marinera, se abren caminos esplendorosos. De nosotros los españoles depende que los recorramos. De que estemos unidos y en paz, con nuestras almas y nuestros cuerpos tensos en el esfuerzo común de hacer una gran Patria. Una gran Patria para todos, no para un grupo de privilegiados. Una Patria grande, unida, libre, respetada y 334 La primera publicación de este manifiesto -no, ciertamente, el mejor de José Antonio fue en el libro tantas veces citado de Francisco Bravo. En otras páginas del mismo, véase el relato de cómo se compuso y se hizo desaparecer, estallado ya el Movimiento. Para luchar por ella rompemos hoy abiertamente contra las fuerzas enemigas que la tienen secuestrada. Nuestra rebeldía es un acto de servicio a la causa española. »Si aspirásemos a reemplazar un partido por otro, una tiranía por otra, nos faltaría el valor -prenda de almas limpias- para lanzarnos al riesgo de esta decisión suprema. No habría tampoco entre nosotros hombres que visten uniformes gloriosos del Ejército, de la Marina, de la Aviación, de la Guardia Civil. Ellos saben que sus armas no pueden emplearse al servicio de un bando, sino al de la permanencia de España, que es lo que está en peligro. Nuestro triunfo no será el de un grupo reaccionario ni representará para el pueblo la pérdida de ninguna ventaja. Al contrario, nuestra obra será una obra nacional, que sabrá elevar las condiciones de vida del pueblo -verdaderamente espantosas en algunas regiones-, y le hará participar en el orgullo de un gran destino recobrado. ¡Trabajadores, labradores, intelectuales, soldados, marinos, guardianes de nuestra Patria: sacudid la resignación ante el cuadro de su hundimiento y venid con nosotros por España, ¡Una, Grande y Libre! ¡Que Dios nos ayude! ¡Arriba España! -Alicante, 17 de julio de 1936.- José Antonio Primo de Rivera».
Francisco Bravo, que fue el que lo divulgó, señala:
«Terminada ya la composición de este libro (Historia de la Falange), el autor recibió una copia del original del último manifiesto de José Antonio, fechado el 17 de julio en la cárcel de Alicante, y que no pudo ser distribuido públicamente ante el estallido de la guerra civil. Por su interés histórico, lo reproducimos. Dicho documento, del que se suponía no quedaría ningún ejemplar, fue conservado por un camarada que sobrevivió en Madrid a la persecución roja».
Ximénez de Sandoval, que lo reproduce en su libro citado, escribe:
«La primera publicación de este manifiesto –no ciertamente el mejor de José Antonio- fue en el tantas veces citado libro de Francisco Bravo. Este manifiesto es lo más decimonónico que ha escrito José Antonio. Tiene un regusto especial a las viejas proclamas de los «pronunciamientos» y un verdadero parecido filial con el del General Primo de Rivera de 13 de septiembre de 1923».
El manifiesto ha sido denunciado como falso por los intelectuales falangistas Maximino García Venero, Mercedes Formica y Ceferino Maeztú. La explicación dada por Francisco Bravo de su hallazgo, no les parece muy convincente. Así de como la forma en que está escrito y su contenido, que no concuerdan con el estilo literario de José Antonio. Por cierto, ¿dónde está ese valioso y único ejemplar del manifiesto?
Que el estilo y tono del manifiesto no corresponden al de José Antonio lo corrobora el propio Ximénez de Sandoval al decir que “este manifiesto es lo más decimonónico que ha escrito José Antonio».
Recientemente, y en un trabajo titulado La presencia falangista en el golpe de julio de 1936, de Miguel Argaya, sumándose a ese posicionamiento, señala:
«El famoso “último manifiesto” de 17 de julio de 1936, en que el jefe falangista, supuestamente, conmina abiertamente a los españoles a la rebelión contra el gobierno frentepopulista, hace tiempo que ha sido sometido a purga y rechazada su fiabilidad por historiadores y biógrafos de todo cuño».
Finalmente señalar, que, por lo escrito anteriormente, quedan muchas dudas por aclarar. ¿Qué hizo cambian tan radicalmente a José Antonio entre el día 24 de junio, primera circular, y el 29 de junio, segunda circular? Los supuestos contactos de José Antonio con Mola, en esos días, y un posible acuerdo de la participación de la Falange en el levantamiento, son puras especulaciones sin aporte documental que lo acredite.
La versión que más se ha propagado, de los contactos de José Antonio con el general Mola, es la de Payne, quien en su libro sobre la Falange, señala:
«José Antonio ya no pudo aguantar más. El 24 de julio envió a Garcerán a Pamplona con un último mensaje para Mola: si los conspiradores no estaban dispuestos a pasar a la acción en el plano de 72 horas, él iniciaría la rebelión en Alicante con la Falange. E insistió en que muchos miembros de la UME estaban impacientes por unirse a la Falange. Evidentemente, lanzarse a la rebelión con las milicias de Alicante hubiera sido algo suicida, pero este bluff era el único recurso de José Antonio para obligar a Mola a decidirse».
¡Alguien, actualmente, puede creerse tan endeble razonamiento!
Conclusión
Entre los papeles de José Antonio conservados en una maleta que estuvo en poder del dirigente socialista Indalecio Prieto, y luego entregados al sobrino de José Antonio, Miguel Primo de Rivera, se conserva el borrador de unas interesantes notas redactadas en agosto de 1936, en las que decía:
«Situación: No tengo datos de quién lleva la mejor parte. Por lo tanto, pura síntesis moral.
A): Si gana el Gob. 1. Fusilamientos; 2. Predominio de los partidos obreros (de clase, de guerra); 3. Consolidación de las castas de españoles (funcionarios cesantes, republicanización, etc.). Se dirá: el Gob. no tiene la culpa. Los que se han sublevado son los otros. No: una rebelión (sobre todo tan extensa) no se produce sin un profundo motivo. ¿Reaccionarismo social? ¿Nostalgia monárquica? No: este alzamiento es, sobre todo, de clase media. Hasta geográficamente, las regiones en que ha arraigado más (Castilla, León, Aragón) son regiones de tono pequeño burgués. El motivo determinante ha sido la insufrible política de Casares Quiroga. No se puede aumentar indefinidamente la presión de una caldera. La cosa tenía que estallar. Y estalló. Pero ahora:
B): ¿Qué va a ocurrir si ganan los sublevados? Un grupo de generales de honrada intención, pero de desoladora mediocridad política. Puros tópicos elementales (orden, pacificación de espíritus...). Detrás: 1) el viejo carlismo intransigente, cerril, antipático; 2) las clases conservadoras, interesadas, cortas de vista, perezosas; 3) el capitalismo agrario y financiero, es decir: la clausura en muchos años de toda posibilidad de edificación de la España moderna. La falta de todo sentido nacional de largo alcance. Y, a la vuelta de unos años, como reacción, otra vez la revolución negativa. Salida única: La deposición de las hostilidades, y el arranque de una época de reconstrucción política y económica nacional, sin persecuciones, sin ánimo de represalias, que haga de España un país tranquilo, libre y atareado. Mi ofrecimiento: 1. Amnistía general. 2. Reposición de los funcionarios declarados cesantes a partir del 18 de julio. 3. Disolución y desarme de todas las milicias... 4. Alzamiento del estado de alarma y previsión.
(Si, por razones de orden público, no se considera esto posible, modificación de la ley de O.P. en el sentido: 1) de que la prisión gubernativa no pueda durar más de quince días, ni ser impuesta más de dos veces cada seis meses; 2) que las clausuras de centros políticos se sujeten a las mismas normas; 3) que las multas gubernativas se hayan de imponer por resolución fundada y, no siendo impuestas en aplicación de preceptos fiscales, no se hagan efectivas sino después de agotados los recursos legales; 4) revisión de las incautaciones realizadas durante el periodo anormal, en orden a acomodarlas a los preceptos vigentes antes del 18 de julio. 5. Declaración de inamovilidad de todos los funcionarios públicos, salvo lo que dispusieran los reglamentos orgánicos de los distintos cuerpos vigentes el 18 de julio. 6. Supresión de toda intervención política en la administración de justicia. Ésta dependerá del Tribunal Supremo, constituido tal como está, y se regirá por las leyes vigentes antes del 16 de febrero último. 7. Implantación inmediata de la ley de Reforma Agraria. 8. Autorización de la enseñanza religiosa, sometida a la Inspección Técnica del Estado. 9. Formación de un gobierno presidido por don Diego Martínez Barrio, del que formen parte los señores Álvarez (don Melquíades), Pórtela, Sánchez Román, Ventosa, Maura (don Miguel), Ortega y Gasset y Marañón. 10. Redacción de un programa de política nacional reconstructiva y pacificadora. 11. Clausura de las Cortes durante seis meses y autorización al Gobierno para legislar dentro de las líneas del programa aprobado».
Cuando Martín Echevarría, subsecretario de Agricultura, pasó por Alicante, José Antonio solicitó autorización para entrevistarse con él. Según el testimonie ulterior de Echevarría, el líder falangista le dijo:
«Estoy viendo que España se está haciendo pedazos y estoy viendo que el triunfo no contratado por alguien que me inspire confianza puede ser la vuelta a aquellas guerras carlistas, el retroceso en lo que se lleva hecho en el orden social, politice y económico, la entrada en un período de obscuridad y torpeza».
Pidió que se le autorizase a volar a Burgos para actuar de mediador cerca de los nacionalistas, dejando como rehenes a sus familiares en Alicante. Echevarría, no sin cierto escepticismo, transmitió la proposición al Gobierno central, el cual la rechazó.

