EL ENCUENTRO FRENTE AL RUIDO
Cuando la belleza une lo que la política separa
La fuerza silenciosa de quienes sirven
Vivimos tiempos extraños. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, pocas veces la sociedad había parecido tan fragmentada. El ruido constante, la necesidad de convertir cualquier discrepancia en una batalla y la permanente polarización han terminado por instalarse en demasiados ámbitos de la vida pública. Por eso resulta reconfortante comprobar que todavía existen espacios donde prevalecen el encuentro, la cooperación y el respeto mutuo.
Los actos celebrados con motivo de la presencia de León XIV han sido un buen ejemplo de ello. Barcelona ha brillado con una extraordinaria motivación organizativa y una puesta en escena capaz de combinar espiritualidad, cultura y emoción colectiva. Sin desmerecer los multitudinarios actos de Madrid ni los previsiblemente discretos y emotivos encuentros a celebrar en Canarias, la ciudad condal ha demostrado cómo la fe puede convertirse también en un elemento de cohesión social y cultural.
Lo mejor de la humanidad suele encontrarse en la buena gente. Y de esa buena gente hay mucha, pero mucha, en torno a la Iglesia católica. También en organizaciones como Cruz Roja, en Cáritas, en las misiones, en las hermandades y cofradías, así como en miles de iniciativas de voluntariado que desarrollan una labor silenciosa y constante. Personas anónimas que dedican tiempo, recursos y esfuerzo al servicio de los demás sin esperar recompensa alguna.
Una labor insustituible para la sociedad
A menudo se analiza la presencia de la Iglesia únicamente desde perspectivas ideológicas o políticas, olvidando una realidad difícilmente discutible: si la Iglesia no existiera, habría que inventarla. Tal vez con otras formas, otros símbolos o incluso sin casullas, pero habría que hacerlo. La magnitud de la labor asistencial, educativa, sanitaria y social que desarrolla resulta sencillamente gigantesca.
Más allá de debates doctrinales o preferencias personales, ninguna administración pública podría asumir por sí sola la totalidad de los servicios que actualmente prestan miles de instituciones vinculadas a la acción cristiana. El coste económico sería enorme; el coste humano, incalculable. La sociedad moderna continúa beneficiándose de una red de solidaridad construida durante siglos y sostenida, en gran medida, por personas movidas por convicciones profundas.
La belleza como expresión de la fe
Pero la aportación de la Iglesia no se limita al ámbito social. Existe también una dimensión artística y cultural que ha acompañado a Occidente durante generaciones. Gracias a esa sensibilidad por la belleza, hoy conservamos una parte esencial del patrimonio histórico y artístico de la humanidad. Catedrales, monasterios, esculturas, pinturas y obras arquitectónicas forman parte de un legado que trasciende cualquier época.
Pocas figuras representan mejor esta unión entre fe y creatividad que Antoni Gaudí. Su profunda espiritualidad le permitió concebir una arquitectura que sigue asombrando al mundo más de un siglo después. Los espectaculares recursos visuales contemplados estos días en torno a la Basílica de la Sagrada Familia son, en buena medida, herederos de aquella mirada capaz de armonizar imaginación, técnica y trascendencia.
Quizá por ello sigue resonando con fuerza una de sus frases más célebres: «Para hacer las cosas bien hace falta, en primer lugar, amor, y en segundo lugar, la técnica». Una afirmación sencilla que contiene una enseñanza profunda. La técnica es imprescindible, pero cuando se pone al servicio del amor, de la vocación y del sentido de trascendencia, es capaz de generar auténtica belleza.
Del enfrentamiento al encuentro
También merece ser recordada otra frase pronunciada por León XIV durante su visita: «No es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad». Pocas reflexiones resultan hoy más oportunas.
La política democrática necesita discrepancia, pero no hostilidad. Requiere debate, pero no descalificación permanente. Sin embargo, cada vez son más frecuentes las actitudes, formas y modos que convierten la representación pública en un espectáculo de confrontación continua. El adversario deja de ser un interlocutor para convertirse en un enemigo, y el interés general queda relegado por la búsqueda del titular, el aplauso fácil o la viralización instantánea.
Demasiadas sesiones parlamentarias recuerdan más a un graderío histérico que a una institución destinada a alcanzar acuerdos en beneficio de la ciudadanía. La crispación se ha convertido en estrategia y la polarización en herramienta política. Frente a ello, la llamada al encuentro formulada por el Papa adquiere una dimensión que trasciende el ámbito religioso y se proyecta sobre toda la vida pública.
La búsqueda de respuestas
Mientras tanto, se observa un fenómeno cada vez más significativo: el creciente interés de muchos jóvenes por la espiritualidad. Lejos de los tópicos que identifican automáticamente modernidad y secularización, son numerosos quienes buscan respuestas a preguntas que la posmodernidad parece incapaz de satisfacer.
El relativismo convierte toda verdad en algo provisional. El subjetivismo transforma las emociones en criterio absoluto. El individualismo promete libertad mientras multiplica la soledad. Y cuando desaparecen los referentes comunes, crece inevitablemente la necesidad de encontrar sentido, comunidad y trascendencia.
Tal vez por eso muchos jóvenes vuelven la mirada hacia tradiciones espirituales que ofrecen algo más que bienestar inmediato: ofrecen una explicación sobre quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos dirigir nuestras vidas.
Un oasis en medio del ruido
Quizá esa sea la principal lección de estos días. Más allá de las creencias personales de cada uno, la sociedad necesita espacios de encuentro, referentes éticos, proyectos comunes y una cierta aspiración a la belleza. Necesita menos estridencia y más profundidad. Menos confrontación y más diálogo. Menos exhibición y más servicio.
Por unos días, Barcelona, Madrid y Canarias han recordado que otra forma de convivir es posible. Una forma que no nace de la imposición ni de la trinchera, sino del respeto, la cooperación y la búsqueda sincera de aquello que une. En tiempos dominados por el ruido, no deja de ser una noticia extraordinariamente esperanzadora.

