PATRIOTISMO FRENTE A POLARIZACIÓN

El dualismo de las Españas (sin destinatario fijo)

Desde las guerras carlistas hasta nuestros días, las distintas interpretaciones de España han marcado la vida nacional. El autor reivindica la visión integradora de José Antonio frente a las fracturas ideológicas.
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El dualismo de las Españas (sin destinatario fijo)

Las raíces históricas de las dos Españas

Tratar de las Españas suena, por una parte, a arcaísmo y, por la otra, a algo ilusorio en la actualidad, pues bastante tenemos con tratar de impedir que nos arruinen y dividan la que tenemos. La expresión puede proceder de tiempos remotos, cuando los diferentes reinos empeñados en reconquistar el territorio —cuando no lidiaban entre ellos— eran conscientes, en el fondo, de que procedían de un tronco común: el de la monarquía visigoda arrasada en la supuesta batalla de Guadalete por la morisma.

No me refiero a aquella encrucijada histórica en estas líneas, sino que intento analizar diversas concepciones de España en situaciones más cercanas a nuestra mentalidad y a nuestras expectativas, movido no por un españolismo —cuya sola mención me desagrada, al igual que le ocurría a José Antonio Primo de Rivera—, sino por una españolidad, vocablo que recoge mejor, a mi modo de ver, ese valor llamado patriotismo, tan poco mencionado en nuestros días.

Vamos, por tanto, de entrada, a retroceder solo un par de siglos. Las dos Españas del siglo XIX hacen referencia a una época catastrófica, que hacía exclamar a un profesor de Historia que «si no fuera porque es para llorar, sería para reír».

Dos concepciones se enfrentan en tres cruentas guerras civiles: por una parte, la tradicional, que defiende el absolutismo, la tradición y la fundamentación católica de la política, apegada a la Iglesia, en una simbiosis de trono y altar, y los antiguos fueros regionales; por otra, la liberal, considerada moderna y heredera de la Revolución francesa, con todos los aditamentos que han ido sucediéndose en Europa, unitaria y centralista. En economía, la primera concepción se sustenta en las antiguas formas gremiales; la segunda, en las ventajas y desdichas provenientes de la Primera Revolución Industrial.


La fractura del siglo XX y el fracaso de la integración

Estas dos Españas desembarcan en el siglo XX con variantes, la principal de ellas sustentada en la miseria, la incultura y la inevitable lucha de clases. Son la España de la derecha y de la izquierda, incapaces de acuerdo, y que harán exclamar al poeta los conocidos versos de «españolito que vienes al mundo / te guarde Dios; / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón».

Y el hielo sobrevenido en el alma de los españoles se convierte en fuego en los años treinta del siglo XX: la Guerra Civil de 1936 parte por la mitad una nación, escinde generaciones y separa, a sangre y muerte, a los hombres. Derecha e izquierda combaten en el campo de batalla. Inevitablemente, la victoria de uno de los dos bandos conllevaría, de entrada, mantener la distancia entre vencedores y vencidos.

Aunque hoy en día puedan parecernos —a algunos— exageradas las concepciones provenientes del resultado de la contienda, las expresiones del momento no rehúyen entender que hay una España verdadera frente a una antiespaña. Bien es verdad que, entre los vencidos, hubo quienes prefirieron un viva Rusia frente a un viva España, pero, si escudriñamos posturas personales e ideológicas, volvían a estar frente a frente dos interpretaciones españolas, subdivididas a su vez en posiciones ideológicas que aparecían como irreconciliables. Era imposible sustraerse al impasse histórico.

El proyecto joseantoniano, de origen orteguiano, de promover un movimiento integrador que superase la dicotomía derecha-izquierda y un Estado igualmente inclusivo estaba llamado a ser desoído y arrastrado al enfrentamiento fratricida que sobrevino. No se escuchó su voz, que afirmaba:

«No puede haber vida nacional en una patria escindida en dos mitades irreconciliables: la de los vencidos, rencorosos en su derrota, y la de los vencedores, embriagados con su triunfo».


Laín Entralgo y la reconciliación nacional

En los años cincuenta del siglo pasado, Pedro Laín Entralgo publica España como problema. Este pensador fue evolucionando desde sus posiciones iniciales hacia otras que consideraba más acordes con las nuevas coyunturas históricas sobrevenidas tras la Segunda Guerra Mundial. Pero, al igual que otros miembros de su generación —Tovar, Ridruejo—, nunca dejó de perseverar en la admiración y el respeto por la figura y el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera.

Pues bien, en esta línea propone como exigencia principal para solucionar ese problema «una efectiva voluntad de integración nacional», pues «en la España a que yo aspiro pueden y deben convivir amistosamente Cajal y Juan Belmonte, la herencia de San Ignacio y la estimación de Unamuno, el pensamiento de Santo Tomás y el de Ortega…».

El libro fue contestado por Rafael Calvo Serer con España sin problema, obra en la que este autor —entonces apegado a las tesis más tradicionales— contradecía esta voluntad integradora, volviendo a un maniqueísmo excluyente.

Tampoco quisiera dejar de mencionar la que fue, quizás, la herencia más pura de lo joseantoniano: la labor integradora de aquel Frente de Juventudes, donde convivían españolitos sin distinción de las trincheras en que habían combatido sus padres. Por propio testimonio, puedo referirme a la etapa que viví, la de los años sesenta, donde ni se mencionaba aquella guerra civil que había escindido a los españoles. Puedo afirmar, por ello, que la verdadera reconciliación empezó bajo las lonas campamentales...


La España oficial y la España real

Mas, como también recuerda Laín, esa voluntad de integración solo puede lograrse si existe un gran proyecto nacional, ausente total o parcialmente en nuestra historia reciente. Hasta estos momentos, los diferentes regímenes políticos no han atinado con ese proyecto.

Ortega y Gasset, maestro de la generación del 36 y de las siguientes —hasta ser olvidado y ninguneado en nuestros días—, distinguía también entre dos Españas: la oficial y la real, y propugnaba que la primera se adaptara a la segunda.

Sin caer en un catastrofismo excesivo, se nos antoja que esa clasificación también ha quedado superada en nuestros días; y no por los propósitos de Ortega, sino porque la España real ha sido absorbida, en su mentalidad y en sus usos, por la España oficial.

No quiere decir esto, ni mucho menos, que esta se haya asimilado a los verdaderos problemas de la población española; todo lo contrario. La España oficial está más que nunca de espaldas a los intereses nacionales, tanto materiales como ideales. La democracia liberal que sucedió al franquismo se asimiló a los procedimientos habituales de las otras oligarquías políticas y económicas occidentales y, en nuestros días, puede aceptarse el aparente oxímoron de un totalitarismo democrático para nuestra nación.

Pero muchos componentes de la España real —no generalicemos, sin embargo— están conformes con esa tendencia, y su mentalidad no difiere mucho de la de sus representantes y gobernantes. Desde la cultura del pelotazo hasta la desafección hacia el patriotismo, todas estas características están presentes en una mayoría del pueblo español, que se coloca de espaldas a una concepción integradora.


La España física y la España metafísica

Han vuelto —resucitados por las maniobras oficiales— los rencores y encasillamientos cerrados en posiciones de derecha, calificadas de fascismo o ultraderechismo por sus oponentes, y en posturas de izquierda tendentes al radicalismo, en un revival de ya soterrados odios que provienen, nada menos, que de aquella guerra civil que nuestra generación había superado y olvidado. Las memorias de los últimos gobiernos socialistas han sacado los esqueletos de los armarios polvorientos.

Por ello, algunos acudimos a la tercera interpretación dual de España. No ya la de una España verdadera frente a una antiespaña, ni al abismo entre la oficial y la real, sino a la interpretación de José Antonio entre la España física y la España metafísica.

No cabe oponer la España metafísica a una España de carne y hueso, sino entroncarla con un «modelo en un eterno patrio, indefectible, que rebasa incluso cualquier realidad física» (Argaya). El mundo de las ideas platónico es siempre una aspiración, un ideal, no una contraposición a la evidencia. Es lo auténtico frente a lo ficticio; es la España afirmada en su verdadero ser, en su esencia nacional, frente al relativismo del liberalismo y al materialismo del neomarxismo.

Tampoco es un identitarismo, pues no se basa en un supuesto espíritu del pueblo, de base romántica, ni un etnicismo, sea racial, geográfico, cultural o lingüístico. Se trata de anclar el concepto de España en los terrenos de lo permanente, de lo eterno, con todas las salvedades que esta última palabra pueda tener al referirse a la Trascendencia humana.

La España física es la que «amamos porque no nos gusta», pero no refiriéndose erróneamente al paisaje, sino a aquella que debe ser superada al tener por horizonte ese más allá que sustenta la palabra metafísica. No supone, por lo tanto, alejarse de los problemas concretos y cotidianos de una población, sino volcarse en ellos con la atención puesta en un futurible.


Una patria para todos

Esa mirada puesta en la España metafísica es integradora, pues presupone que la patria es de todos, con todos y para todos; deja atrás los rencores y parcialismos del pasado y desprecia las interpretaciones chatas y vulgares, como la del mencionado españolismo.

En todo caso, la concreción de esa búsqueda metafísica dejaría de helar el corazón de los españoles.

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