SEMBLANZAS

Miguel de Unamuno (III). Comienzo de la Guerra Civil.

Miguel de Unamuno: «Hay que salvar la civilización occidental, la civilización cristiana, tan amenazada. Bien de manifiesto está mi posición de los últimos tiempos, en que los pueblos están regidos por los peores, como si buscaran los licenciados de presidio para mandar».
Miguel de Unamuno (III). Comienzo de la Guerra Civil.

Miguel de Unamuno (III). Comienzo de la Guerra Civil.


Unamuno se enteró de que había comenzado el Alzamiento cuando se encontraba en el casino y lo acogió con cierta satisfacción y alivio. Según algunos testigos salió a la calle y gritó «¡Viva España, soldados! ¡Y ahora, por el faraón del Pardo» [1], en clara alusión al presidente de la República, Manuel Azaña, por quien Unamuno, como se sabe, sentía desde muy antiguo un odio cordial. A los pocos días queda constituida una nueva corporación en el Ayuntamiento salmantino en la que formó parte.

En la toma de posesión pronunció unas palabras comenzando a recordar la fecha de abril de 1931 cuando fue elegido concejal. Y terminó diciendo: «Hay que salvar la civilización occidental, la civilización cristiana, tan amenazada. Bien de manifiesto está mi posición de los últimos tiempos, en que los pueblos están regidos por los peores, como si buscaran los licenciados de presidio para mandar» [2]. Pero  no hubo que esperar mucho tiempo para leer los ataques de la prensa roja contra Unamuno. Mundo Obrero le dedicó un editorial el 10 de agosto, y el 29, El Sindicalista, dirigido por Ángel Pestaña, publicó una caricatura con un papel prendido a sus espaldas en el que se podía leer: «Dejarle, está chalado».

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Unamuno en la Plaza Mayor de Salamanca

Un día llegó a la ciudad del Tormes un periodista norteamericano, llamado Knickerbocker, con la intención de hacerle una entrevista que después fue publicado en el periódico local El Adelanto. Éste diario la tituló: «Una guerra entre la civilización y la anarquía, dice Unamuno». Y la subtituló: «El poder de Madrid está en manos de unos pistoleros. Como acto patriótico, Azaña debía suicidarse». De la entrevista, un poco extensa, solamente recogeremos aquellas preguntas y respuestas que hemos considerado más interesantes:

¿Y cómo a una República que usted ha ayudado a crear, la execra así para ponerse al lado de los militares patriotas?

Porque el gobierno de Madrid y todo lo que representa se ha vuelto loco, literalmente lunático. Esta lucha no es una lucha contra la república liberal, es una lucha por la civilización. Lo que representa Madrid no es socialismo, no es democracia, ni siquiera comunismo. Es la anarquía. Alegre anarquismo, lleno de cráneos y huesos de tibias y destrucción.

Como usted ve –me dice Unamuno– eso es la locura alegre e inconsciente. Y ésas son las masas, que ahora son las que mandan. No tienen ideas ni ideales; no sienten otros deseos que el urgente de la destrucción.

Esos energúmenos declaran que tienen derecho a quemar iglesias, porque las iglesias son feas y llaman República libre a la que quieren suprimir todas las libertades religiosas. 

Unamuno –escribe el periodista– tiene una opinión pesimista para la humanidad. «La humanidad, dice, es como una gata con siete gatitos. Se come tres y cría cuatro. No es así como el mundo puede curarse de la enfermedad que le legó la última guerra, hasta que otra nueva nos aflija». Aunque Unamuno no es un hombre rico, cree ardientemente en la causa del Ejército nacional, y ha donado 5.000 pesetas a la suscripción del general Mola.

Yo no estoy a la derecha ni a la izquierda. Yo no he cambiado; es el régimen de Madrid el que ha cambiado. Cuando todo pase, estoy seguro de que yo, como siempre, me enfrentaré con los vencedores[3]


Manifestación del 1 de mayo, Unamuno con Largo Caballero e Indalecio Prieto

La revista El Mono Azul, dirigida por el poeta Rafael Alberti, le dedicó un amargo artículo, Unamuno junto a la reacción, firmado por Armando Bazán, quien al parecer ya había escrito un libro en 1935 titulado Unamuno y el marxismo. Desde entonces, la izquierda lo condenó al pelotón de los indeseables porque no tenía su mismo pensamiento, lo que le hizo repetir en alguna ocasión: «Me atacan los rojos».

De todas las maneras el uno de septiembre el general Cabanellas, presidente de la Junta de Defensa Nacional, firmó en Burgos el decreto de reposición de todos sus cargos cuya noticia apareció en la prensa salmantina a los pocos días.

El  29 de septiembre de 1936, con la firma del general Cabanelles, se publicaba el acuerdo de la Junta de Defensa Nacional, nombrando jefe del Gobierno del Estado español al general Franco, quien iba a asumir todos los poderes del nuevo Estado, tomando oficialmente posesión el uno de octubre en la capital castellana de Burgos e instalando después su cuartel general en Salamanca. A Unamuno no le pareció mal la elección, lo prefería antes que a Mola quien al parecer aborrecía. Franco había hablado en la toma de posesión de la necesidad de defender la cultura occidental cristiana que eran las mismas palabras que había pronunciado el ilustre vasco, aunque alguno de sus biógrafos dice que el significado era distinto sin llegar a explicarnos el significado que daba a uno y a otro. También esas palabras las había pronunciado, en varias ocasiones, el fundador de Falange [4].

Por otra parte, como rector que era, preside una comisión depuradora encargada de los expedientes desde el catedrático universitario al humilde maestro. Lo malo para él no era tener que ser juez e informar, sino enfrentarse con un oscuro mundo de envidias. Debido a ese cargo visitaba varias veces el palacio episcopal «próximo a la Universidad donde Franco lo recibe. Sus visitas tienen un mismo motivo siempre: don Miguel recibe muchas cartas, de amigos, pidiendo su intercesión en la hora de las depuraciones». [5]

El 12 de octubre tuvo lugar el acto académico conmemorativo del Descubrimiento de América. Franco dio su representación a Unamuno a quien acompañaban las autoridades militares, eclesiásticas y civiles de la ciudad. Entre ellas, la mujer de Franco Carmen Polo, el general Millán Astray, fundador de la Legión Extrajera, el obispo Pla y Deniel, el poeta José María Pemán, etc. Sobre lo que ocurrió ese día en el paraninfo, se han publicado varias versiones  casi todas diferentes.

Por esta razón hemos encontrado más fiable la que ha escrito el notario Luis Moure Mariño que estuvo presente en aquel acto y que lo ha dejado reflejado en un libro en el que dice que «reconstruir fiel y literalmente, lo que allí dijo el rector de Salamanca, es tarea imposible. (No había a la sazón magnetofones que pudiesen recoger el texto exacto). Desde luego, Unamuno –el mismo lo declara–, dijo que «vencer no es convencer, ni conquistar es convertir». [6]

El notario cita una serie de frases que bien pudiera haber dicho Unamuno porque éste las repite en dos cartas dirigidas a María Garelli, de Milán, y a Lorenzo Giusso, de Nápoles, fechadas el día 21 de noviembre siguiente, y que Moure, en su libro, reproduce las copias facsimilares de ambas y que es lo más fiable de lo que muy bien pudiera haber dicho o querido decir Unamuno. Sí cuenta que cuando estaba hablando, y se refería a lo que se había dicho de vascos y catalanes, «llamándolos anti-España», dijo que «con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis. Eso sí es imperio, el de la lengua española y no…» [7].

Llegado este momento ya no pudo seguir el rector. Millán Astray, sentado en un extremo de la mesa presidencial, gritó: «Mueran los intelectuales» (en otra versión, recogida por aquellos días en mis notas de Salamanca, la frase atribuida a Millán Astray decía: «Estamos hartos de los llamados intelectuales que atentan contra la Patria»). Dicen que también gritó Millán Astray un «Viva la muerte» (esto anoté en los días que siguieron al escándalo, referido por otros testigos que presenciaron los hechos). La interrupción de Millán Astray, si se atiende a su carácter, no fue sosegada, sino rápida como un trueno». [8]

Otro de los testigos, Eugenio Vegas Latapie, cuenta su versión de manera diferente. En su interior estaba de acuerdo con casi todo lo que decía Unamuno: «Muchas de sus afirmaciones eran de puro sentido común, aunque en aquella ocasión resultaran explosivas. Sobre todo, cuando de manera inesperada, en su característico juego de ideas y de palabras, sacó a colación el fusilamiento de Rizal, héroe de la independencia de Filipinas, como ejemplo de la brutalidad agresiva e incivil de los militares. Yo mismo sentí un cierto desasosiego al oír pronunciar con elogio el nombre de quien había luchado ferozmente contra España. Y fue exactamente el momento en que Millán Astray se puso en pie y lanzó un grito, ahogado en parte por la gran ovación con que fue acogido. Pero yo le oí perfectamente decir: ¡Muera la inteligencia traidora!» [9].

A continuación Vegas Latapie niega «rotundamente, que lanzara después ningún otro grito similar, ni mucho menos el famoso ¡Viva la muerte! que es el grito de la Legión. ¿Lo lanzó, en medio del alboroto dirigiéndose a los legionarios de que siempre se hacía acompañar y que se hallaban también en el paraninfo? No tengo razones para ponerlo en duda. Lo que afirmo es que, después de lanzado aquel primer grito suyo, como réplica a ciertas palabras de Unamuno, tras unos instantes de angustiosa indecisión, él mismo en voz muy alta y con todo imperativo, se dirigió al rector, que se mantenía erguido en pie detrás de la mesa, para ordenarle: ¡Unamuno, dé el brazo a la señora del jefe del Estado!» [10]. Y del brazo de la mujer de Franco salió del paraninfo.

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Unamuno, con el obispo Pla y Deniel saliendo del acto académico conmemorativo del 12 de Octubre

Ahora volvamos a las cartas a las que anteriormente hacía referencia el notario Moure Mariño y que, según él, Miguel de Unamuno escribe en ellas muchas frases que hubiera pronunciado en la Universidad si le hubieran dejado hablar todo lo que habría deseado. Como ambas son bastante extensas recogeremos unas pocas palabras de cada una de ellas. En la primera, la dirigida a María Garelli, escribe:

«…Mas en tanto me iba dando cuenta de que los métodos de este Gobierno militar, ni eran civilizados, ni occidentales, ni cristianos. A las incalificables salvajerías de los métodos rojos, se responde con otras. Y es que España, esta mi pobre España, está loca y aterrada de sí misma. Padece de una enfermedad mental, de una dementalidad colectiva. Y con cierta base patológica, frenopática, corporal o somática. Hay un terrible morbo, que nunca ha sido bien tratado en España. Y así se ha establecido un régimen de terror, de una parte y de otra, por los unos y por los otros (por los hunos y los hotros). Todos piden sangre y exterminio y guerra sin cuartel. Se ponen en vigor las más innobles expediciones punitivas. Y se les apoya con una vacua retórica de… acto puro. Y esta España de mi corazón se está ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo…».[11]

En parecidos términos es la que dirige a su amigo napolitano, Lorenzo Guisso:

«… Apenas se inició el movimiento militar que acaudilla (?) Franco me adhería a él diciendo que lo que hay que salvar en España es la civilización occidental cristiana. Y esta expresión la repitió el mismo Franco. El Gobierno entonces de Madrid me destituyó por ello de mi rectoría… vitalicia! y el Gobierno de Burgos me restituyó en ella con elogiosos conceptos para venir hace poco a destituirme otra vez. ¿Por qué? Es que he venido viendo que los métodos de este Gobierno emplea para esa obra salvadora, no son civilizados, ni occidentales, ni menos cristianos. Todo lo que se diga de la salvajería de las hordas llamadas rojas o marxistas (?) es poco, pero y la de las otras. Tan salvajes como los hunos son los hotros, en esta guerra sin cuartel, sin piedad, sin humanidad y sin justicia. De un lado, criminales vulgares, expresidiarios, degenerados, sin ideología alguna y del otro lado… Y es que lo de España es una enfermedad mental colectiva, una epidemia frenopática, una especie de parálisis general progresiva y no sin cierta base somática. Es el régimen del terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado toda la lepra y anti-católica. Aúllan y piden sangre hunos y hotros. Y así está mi pobre España se está desangrando, ensangrentando, arruinando, envenenando y entonteciendo…». [12]

Miguel de Unamuno que amó a la Salamanca plateresca, a la tierra de Castilla enjuta y despejada, y a su patria España universal y eterna, falleció el 31 de diciembre de 1936 cuando después de comer se encontraba con el joven falangista Bartolomé Aragón que acababa de llegar del frente. Mirándolo fijamente a sus ojos, esperó a que Unamuno, a quien admiraba, comenzara a hablar. Las primeras palabras de aquel hombre no se hicieron esperar:

«Amigo Aragón, le agradezco que no venga usted con la camisa azul, como lo hizo el último día, aunque veo que trae el yugo y las flechas… Tengo que decirle a usted cosas muy duras y le suplico que no me interrumpa. Yo había dicho que la guerra de España no es una guerra civil más, se trata de salvar la civilización occidental; después dijo esto mismo el general Franco y ya lo dicen todos». [13]

El falangista escuchaba atentamente mientras le ofrecía un ejemplar de una publicación de su partido que Unamuno no quiso ver. Y mientras golpeaba la mesa camilla, añadió: «¡Aragón! ¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!», Y dicho esto dobló la cabeza, «como un Cristo agonizante», hasta que Bartolomé Aragón empezó a oler a quemado dándose cuenta que lo que se estaba chamuscando era la zapatilla de aquel hombre solitario que ya no notaba nada, aunque las brasas de la lumbre hubieran comenzado a carbonizar todo su cuerpo.

Estaba muerto, llamaron a un médico que no pudo hacer otra cosa que certificar su defunción. «A un hombre que había sufrido ya una larga agonía durante todo su vivir, Dios le concedió no tenerla a la hora de la muerte. Murió sin agonizar. Sin lucha. Sin tormento. Él, que era un constante atormentado. Murió en paz. Él, que siempre vivió en guerra. Dentro de la guerra, en su seno mismo, hay que buscar la paz; paz en la guerra misma». [14]

El falangista Víctor de la Serna fue el encargado de organizar el homenaje póstumo: «Hemos de hacer cuanto esté en nuestra mano para enterrar a Unamuno como debe ser». A la mañana siguiente, en la parroquia de la Purísima, tuvo lugar el funeral oficiado por el párroco y por la tarde la conducción del cadáver al cementerio de Salamanca. En las calles de Bordadores y Úrsulas no cabía una persona más. Son las cuatro.

El hombro izquierdo del tenor Miguel Fleta, «vestido de falangista, soporta la carga proporcional del féretro. Tres periodistas, de azul mahón y con correajes, Víctor de la Serna, Antonio de Obregón y Salvador Díaz Ferrer, comparten con el tenor el peso del ataúd, sobre el que ha sido colocado el birrete negro de rector como atributo restituido de su dignidad vitalicia» [15].

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A las cinco, la caja mortuoria entra en el nicho mientras en ese momento, alguien grita: «¡Camarada Miguel de Unamuno!». Los falangistas que asisten al sepelio, alzando el brazo y abriendo la mano, responden: «¡Presente!». [16]

Méteme Padre Eterno, en tu pecho
misterioso hogar,
dormiré allí, pues vengo deshecho
del duro bregar.

Son sus mismas palabras grabadas sobre el nicho de aquel hombre solitario, que pasó por el dolor y la angustia de España, elegidas por su hijo Fernando.




Este relato es más completo por lo que se publicarán en tres artículos separados​:

  1. Miguel de Unamuno y su res pública.
  2. Inauguración de curso académico.
  3. Comienzo de la Guerra Civil.



NOTAS:

[1] GONZÁLEZ EGIDO, LUCIANO: Op. cit., pág. 43..

[2] Ibid., pág. 52.

[3] Ibid., págs. 75-76 y 77.

[4] Efectivamente, José Antonio se refiere a las mismas en los discursos que pronunció los días 25 de mayo de 1935 y 19 y 26 de enero de 1936, en Oviedo, Cáceres y Santander, respectivamente.

[5] SALCEDO, EMILIO: Op. cit.,  pág. 406.

[6] MOURE MARIÑO, LUIS: La generación del 36. Memorias de Salamanca y Burgos. Ediciós do Castro. La Coruña, 1989, pág. 77.

[7] Ibid., pág. 78.

[8] Ibid., pág. 79.

[9] VEGAS LATAPIE, EUGENIO: Op., cit., pág. 112.

[10] Ibid., 113.

[11] MOURE MARIÑO, LUIS: Op. cit., pág..89.

[12] Ibid., págs. 92-93.

[13] GNZÁLEZ EGIDO, LUCIANO, Op. cit.,pág. 252.

[14] GIMÉNEZ CABALLERO, ERNESTO,  en el diario La Gaceta Regional, Salamanca, 1-I-1937.

[15] SAIZ VALDIVIESO, ALFONSO CARLOS: Fleta, memoria de una voz. Ediciones Albia. Madrid, 1986, pág. 318.

[16] Ibid., pág. 319.

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