MEMORIA DE LA HISTORIA

Galdós y la verdad inventada.

Prefiero personalmente esta forma eufemística de denominar la simple y vulgar mentira, el falseamiento de la realidad, incluida la historia, que los medios han dado en llamar posverdad.


​Publicado en primicia en Sevillainfo el 10/07/2020. ​

Publicado en Gaceta Fund. J. A. núm. 351 (DIC/2021). Ver portada de Gaceta FJA en La Razón de la Proa (LRP). Recibir actualizaciones de LRP.

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Galdós era un patriota apasionado. Españolísimo hasta la medula, amó Cataluña como amaba todas las regiones que conforman nuestra patria.
Galdós y la verdad inventada.

Galdós y la verdad inventada.


Esta es la atinada definición de posverdad que nos ofrece el diccionario de la RAE:

«Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Los demagogos son maestros de la posverdad».

La periodista catalana Anna Grau ha publicado recientemente una traducción al catalán del episodio nacional Gerona de don Benito Pérez Galdós, el número siete de entre los cuarenta y seis que escribió, y que versa sobre el asedio de esta ciudad catalana y española durante la Guerra de Independencia. La autora, que forma parte además del consejo asesor de Sociedad Civil Catalana, en una entrevista a propósito de la publicación de esta nueva traducción del magnífico episodio nacional del maestro entre maestros, afirmó que «demuestra que las divisiones que se intentan introducir en Cataluña no tienen base histórica». Su libro es un intento más de combatir la mal llamada posverdad en uno de los lugares de nuestra maltratada España donde más se practica.

Galdós, canario de nacimiento, como sus padres, llegó a Madrid con diecinueve años y en la capital de España falleció, con setenta y seis. Fue, amén del gran novelista y dramaturgo que todos conocemos (y digo todos optimistamente, ojala en esta España actual todos lo hubiéramos leído), uno de los más grandes de nuestra literatura, un impenitente viajero, y esta afición, casi una necesidad vital para el escritor, lo llevó en varias ocasiones a tierras catalanas.

En el año 1888, tras una visita a Barcelona, escribía en un diario bonaerense (La Prensa) el siguiente comentario en relación a la urbe catalana, con el que quería animar a los viajeros de ultramar a visitarla: «la ciudad espléndida que ha de ser, dentro de poco, una de las más bellas de este continente». Más adelante, comenta, ante la admirada contemplación del nuevo trazado urbanístico de la capital catalana y al «grandioso ensanche, con sus hermosas vías y el paseo de Gracia, incomparable avenida, que pronto había de rivalizar con las mejores de Europa». En el mismo texto, Galdós señala el lujo y elegancia de los nuevos edificios así como que todas las calles están repletas de vegetación y arbolado y augura un porvenir a la ciudad paralelo al de Londres o Nueva York.

También habla Galdós, en ese artículo para la prensa de Buenos Aires, de cómo el alumbrado eléctrico, tan escaso aún en aquellos años, había proliferado en las calles de Barcelona y afirma que no había «ciudad alguna en Europa que con mayor ni aún igual profusión lo posea».

Me interesa resaltar lo que comenta el escritor sobre el pueblo catalán, sobre sus gentes y su hospitalidad: «es un pueblo morigerado y sobrio que, cuando llega la ocasión, sabe gastar sus ahorros y deslumbrar a sus huéspedes, haciendo gala de tanta esplendidez como inteligencia» y que «tienen el doble mérito de saber trabajar y saber vivir». Galdós proclama así en ese año 1888, las virtudes del carácter catalán.

Galdós había visitado por primera vez Barcelona a últimos de septiembre de 1868, cuando regresaba de París donde había adquirido varios ejemplares de las obras de Balzac y, a su regreso, se encontró con la revolución que derribó el trono de Isabel II. En sus Memorias de un desmemoriado dice, en relación a este hecho: «Toda España estaba ya en ascuas. Barcelona, que siempre figuró en la vanguardia del liberalismo y de las ideas progresivas, simpatizaba con ardorosa efusión con el movimiento».

Valga esto para dar clara cuenta de la admiración y amor de Galdós hacia Cataluña como gran capital española y por sus gentes, por los catalanes como pueblo.

Cabe preguntarse ahora con todo derecho: ¿tiene una minoría, por grande que esta sea, derecho a modificar, al menos en el inconsciente colectivo de los restantes habitantes de nuestra patria común, el carácter, los rasgos definitorios, las virtudes que adornan y hacen admirable un pueblo? Hablo aquí de Cataluña, claro, pero también de Vascongadas, de Navarra o de Baleares, Valencia…

Como nota irónica y melancólica a la vez, visto hoy a través del prisma de los acontecimientos acaecidos desde los años treinta hasta el momento actual, decir que Galdós, en ese largo artículo laudatorio de Cataluña y, más en concreto de Barcelona, también expresaba un anhelo: «la aproximación moral entre Madrid y Barcelona» como clave del progreso de Cataluña y de España…

Vuelvo a la traducción al catalán de Gerona realizada por Anna Grau. La periodista afirma que las anteriores traducciones son antiquísimas «y nadie las ha leído, lo que es muy desesperante teniendo en cuenta la obsesión por la historia y el pasado que existe en Cataluña». Obsesión que, añadiría yo, lo es por distorsionar y falsear esa historia y ese pasado.

El sitio de Gerona, al igual que el de Zaragoza, que narró Galdós en el episodio nacional anterior a este, el sexto, ha pasado a la historia (a la real, no la inventada), como un ejemplo de valor y resistencia española dentro de la Guerra de Independencia.

Gerona, después de haber sufrido ya dos asedios en 1808, sufrió este tercer sitio que comenzó el día de seis de mayo de 1809 y se prolongó durante más de siete meses a pesar de la enorme inferioridad numérica de los españoles. Los soldados invasores franceses cuadruplicaban casi en número a los nuestros. Murieron más de diez mil españoles, tanto soldados como civiles.

En la misma entrevista arriba citada comenta la periodista que Galdós, cuando relata el asedio a Gerona, afirma contundente que «ser gerundense y ser catalán era ser español, estaban todos unidos contra una invasión extranjera, quien hablaba catalán y quien hablaba español eran compañeros».

Para Grau su traducción «es una manera de honrar una historia que ha pasado en Girona y de acercar a Galdós, un gigante de la historia que se intenta ignorar en Cataluña porque sus obras defienden una memoria compartida».

Así es, y así deberíamos todos los españoles que creemos y defendemos la integridad de nuestra nación no cesar de proclamarlo, Cataluña es España, España no sería España sin Cataluña, como tampoco lo sería sin Vascongadas, sin Baleares o Navarra.

En el año del centenario (2020) de la muerte de Galdós no se ha realizado ningún tipo de acto conmemorativo ni remembranza del grandísimo escritor en Cataluña (casi tampoco en España, también lamentablemente aquejada de esa terrible enfermedad que he llamado al principio de estas líneas como la de la verdad inventada). Aquél que tanto amó a Cataluña, como también amó Madrid y a todas las ciudades y regiones de su querida España, relegado, falseado, ignorado y muy posiblemente vilipendiado en la tierra que tanto admiró, por tantos y tantos ignorantes ahítos de fanatismo.

Tras el cuestionamiento, después del desastre de Cuba, de la españolidad de Canarias, de donde era oriundo, por algún que otro “desorientado” de los que hoy en día abundan, un numeroso puñado de isleños se reunió en la capital de España el 9 de diciembre de 1900 para honrar al escritor, que puso por título al discurso que pronunció ante aquellos insulares La fe nacional. En aquella proclama decía, entre otras cosas:

«Ha llegado la hora de avivar en nuestras almas el amor a la patria chica para encender con él, en llamarada inextinguible, el amor de la grande; habéis advertido que la preferencia del terruño natal debe ahora ensanchar sus horizontes, llevándonos a venerar con mayor entusiasmo el conjunto de tradiciones, hechos y caracteres, de glorias y desventuras, de alegrías y tristezas que constituyen el hogar nacional, tan grande que sus muros ahumados no caben en la Historia…».

Galdós era un patriota apasionado. Españolísimo hasta la medula, amó Cataluña como amaba todas las regiones que conforman nuestra patria:

«Cercano al sepulcro y considerándome el más inútil de los hombres, ¡aún haces brotar lágrimas de mis ojos, amor santo de la patria! Maldigo al escéptico que te niega, y al filósofo corrompido que te confunde con los intereses de un día».

En estos días en que nos llegan noticias, no por repetidas y frecuentes menos terribles, como que en los exámenes de selectividad en Baleares, Valencia o Cataluña, se examina a los futuros universitarios con textos claramente ideológicos de adoctrinamiento contra España, me apetece terminar recordando la figura inconfundible de don Benito, cuando visitaba Barcelona, en repetidos viajes de placer, y se alojaba en el Hotel Continental de la plaza de Cataluña, muy cerca de la Rambla, el paseo de la libertad que el fanatismo y el nacionalismo supremacista y xenófobo quiere robar al resto de catalanes y los españoles todos. Vestido como solía con su abrigo y una gorra, su bigote característico, quizá fumando un habano, y bajando a mirar esa orilla del Mediterráneo que ha hecho soñar a tantos y tantos barceloneses, catalanes y españoles desde hace siglos, por esa avenida que (todavía hoy, a pesar de todo y de todos) representa la Barcelona, la Cataluña abierta en una España unida que debemos luchar con denuedo para que vuelva a ser.

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