SEMBLANZAS

Francisco Largo Caballero, el “Lenin español”.

A quien la memoria histórica le ha levantado un monumento, al lado de los Nuevos Ministerios de Madrid, mientras quitaban, por ejemplo, todos a José Antonio Primo de Rivera sólo por el afán de revancha de los socialistas.


Publicado en la Gaceta de la FJA, núm. 338, de noviembre de 2020.
Ver portada de la Gaceta FJA en La Razón de la Proa.

Francisco Largo Caballero, el “Lenin español”.

Francisco Largo Caballero, el “Lenin español”.


A quien la memoria histórica le ha levantado un monumento al lado de los Nuevos Ministerios de Madrid mientras quitaban, por ejemplo, todos a José Antonio Primo de Rivera sólo por el afán de revancha de los socialistas, y demás ralea, que elevaron a lo más alto a quien dijo en un mitin pronunciado en la localidad de Linares el 20 de enero de 1936 que «la clase obrera debe adueñarse del poder político convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo. Y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente por eso hay que ir a la revolución».

«Por tanto, empecemos diciendo que Largo Caballero fue un revolucionario», ha dicho de él su biógrafo el socialista Pedro de Silva que llegó a ser presidente del Principado de Asturias, diputado a Cortes, consejero-secretario del Banco de Asturias y consejero de Hidroeléctrica del Cantábrico, mientras entonaba el himno oficial de los trabajadores lo de Arriba, los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan y gritemos todos unidos ¡Viva la Internacional!.. –también tiene notables variaciones–, o se colocaba al lado de los que la cantaban.

Este biógrafo que más que una biografía parece que escribió un mal tratado de metafísica, se permitió pedir, en cierta ocasión, leer la Obras Completas de José Antonio para poner en su sitio –decía– la supuesta condición de «intelectual» y de «poeta».

Francisco Largo Caballero nació en Madrid, el 15 de octubre de 1869. Sus estudios en la escuela, no pasaron de ser los más elementales. Sin embargo, por otra parte, su deseo de saber le obligó a leer libros, periódicos, principalmente El Socialista, y a estudiar el problema de la lucha de clases. Asistía a mítines y conferencias donde hablaban los principales gerifaltes del republicanismo español. De lo escuchado y oído sacó el convencimiento de que la clase obrera debía actuar activamente en la lucha política si querían consolidar lo conquistado en la lucha económica contra la clase patronal.

Con este bagaje de conocimientos que fue adquiriendo, incluso participar en la primera huelga de la construcción, le permitió tomar parte en los Congresos del PSOE y de la UGT desde 1898. Al mismo tiempo tomó parte en varios mítines y conferencias por toda España e incluso asistió en Berna a la Conferencia Internacional En1918, fue elegido diputado a Cortes por Barcelona y más tarde lo fue por Madrid.

Durante la dictadura de Primo de Rivera fue nombrado consejero de Estado, nombramiento que sancionó Alfonso XIII, a propuesta del jefe del Gobierno y presidente del Directorio Militar, el 13 de octubre de 1924. También formó parte del Comité revolucionario que el 14 de abril de 1931 proclamó la República donde llegó a ser ministro de Trabajo y presidente del Consejo de Ministros y ministro de Guerra desde el 5 de septiembre de 1936 hasta el 15 de mayo de 1937. «Estos cargos –dice él– los acepté para evitar un movimiento contra el Gobierno del señor Giral, por patriotismo, en plena guerra civil en el momento en que los rebeldes habían tomado Talavera de la Reina y se dirigían a Toledo y Madrid».

Antes de haber sido nombrado para esos cometidos, en 1932 se celebró el Congreso Nacional del PSOE y Largo Caballero fue elegido presidente. A continuación se celebró el de la UGT y volvió a salir reelegido secretario general y aunque renunció al cargo no fue aceptada su dimisión, pero ante su insistencia de dejar el puesto, éste quedó, de momento, sin cubrir.

El 19 de noviembre de 1933 se celebraron elecciones para las Cortes. Ganaron los partidos de centro-derecha. Los socialistas sólo consiguieron 55 escaños, lo que hizo que Largo Caballero se fuera radicalizando enviando notas a la prensa protestando por todo, incluso se permitió el lujo de decir quienes eran los buenos republicanos y quienes no: «Los falsos republicanos se quitaron las caretas», llegó a escribir.

Desde ese momento, los socialistas comienzan a preparar lo que se llamó Revolución de Asturias, octubre de 1934, la gran esperanza de la revolución española, pero en sus Mis recuerdos, Largo Caballero miente porque escribe que en los primeros días de octubre de ese año, apareció el decreto nombrando a Gil Robles ministro de la Guerra, cuando esto no es cierto. No lo sería hasta mayo de 1935. En ese mes al que se refiere Largo entraron en el Gobierno tres miembros de la CEDA, y ninguno de ellos era Gil Robles quien ni tan siquiera estaba propuesto.

Como es conocido la entrada de los tres hombres de la CEDA en el Gobierno de Lerroux es la disculpa que ponen los socialistas para desencadenar aquella revolución cuando lo cierto es que ya venían organizándola muchos meses atrás como así lo afirman unas palabras del propio Largo: «La clase obrera se va a encontrar a la puerta de un movimiento revolucionario en que nos lo vamos a jugar todo. ¡Todo!».

Largo  fue encarcelado por su participación en aquella revolución que tantos muertos inocentes causaron y a los olvida en sus recuerdos, pero sí se acuerda de su compañero Indalecio Prieto, responsable también de aquella revolución, al que tacha de envidioso, soberbio y orgulloso, porque dice: «se creyó superior a todos; no ha tolerado a nadie que le hiciera la más pequeña sombra». 

Largo Caballero durante sus largos años de destierro en Suiza, esperaba su momento. Su reformismo no era un fin, sino un medio. Lo había dicho en uno de sus discursos cuando se refirió a la «República burguesa que instauramos el 14 de abril de 1931. El fin es la República socialista que se está forjando ya en las entrañas del pueblo español». Largo Caballero, pues, era la gran esperanza de la revolución. Infinitos textos así lo confirman. El primero cuando en noviembre de 1931 se opone a un gobierno solo de republicanos, y dice:

«Ese interés solo sería la señal para que el partido socialista y la Unión General de Trabajadores lo considerasen como una provocación y se lanzase incluso a un nuevo movimiento revolucionario. No puedo aceptar tal posibilidad, que sería un reto al partido, y que nos obligaría a ir a una guerra civil».

Y no se cansa de hablar de la Guerra Civil, y la cita antes de las elecciones de noviembre de 1933:

«Se dirá: ¡Ah esa es la dictadura del proletariado! Pero ¿es que vivimos en una democracia? Pues ¿qué hay hoy, más que una dictadura de burgueses? Se nos ataca porque vamos contra la propiedad. Efectivamente. Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. No ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (Una voz en el público: como en Rusia). No nos asusta eso. Vamos, repito, hacia la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas habrá que obtenerlo por la violencia… nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente (Gran ovación). Eso dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil… No nos ceguemos camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar».

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Francisco Largo Caballero con un grupo de milicianos en la Guerra Civil

El historiador militar Martínez Bande, recordaría, muchos años después, palabras que Largo había pronunciado en Oviedo en junio de 1936:

«Las finalidades concretas de este Ejército serán: sostener la guerra civil que desencadenará la instauración de la dictadura del proletariado y realizar la unificación de éste por el exterminio de núcleos obreros que se nieguen a aceptarle».

Este Ejército era, naturalmente, las milicias marxistas, es decir, el «Ejército Rojo» que ellos mismos así se llamaban y así victoreaban, a la vez que no cesaban de dar «¡Vivas a Rusia!». Las palabras de Largo respondían al programa que ya había publicado Mundo Obrero el 13 de febrero anterior, por eso el líder del PSOE recalcó que los socialistas no estaban separados del PCE por...

«Ninguna diferencia grande. ¡Qué digo yo! No hay ninguna diferencia», y así volvió a recordarlo en ese mismo acto, asegurando que cuando Marx formuló aquellas palabras: «Proletarios del mundo, uníos, por algo lo dijo».

Tras la derrota del Ejército Rojo, Largo se exilió en Francia donde al ser ocupada después por los alemanes fue arrestado en febrero de 1943 y en julio internado en un campo de concentración en Alemania hasta su liberación al final de la guerra mundial. Falleció en París el 23 de marzo de 1946 y en la capital de Francia fue enterrado.

Sus restos no volverían a España hasta el día 6 de abril de 1978. Incluso, en esta fecha, los socialistas le publicaron una esquela donde rogaban «un recuerdo hacia quien entregó su vida a la causa de la libertad…». Aunque no decían a qué clase de libertad se referían.


La placa de la imagen es la que ha sido retirada de las calles de Madrid

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