HUELLAS DE NUESTRO PASO

Los antecedentes y los “padres fundadores”.

La Hermandad Doncel, con motivo del 60 aniversario de la Organización Juvenil Española (OJE), ha reunido una serie de artículos con la visión que sobre la Promesa de la OJE expresan hombres cuya juventud, y por ello su madurez, ha estado profundamente ligada a la referida Organización. Publicamos a continuación el primero de esos artículos...

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Autor.- Adriano Gómez Molina. Abarán (Murcia), 1935. En los años cincuenta descubrí en Cieza las Falanges Juveniles. Y fundé en mi pueblo una centuria. Y me deslumbró Covaleda y las marchas, y el Congreso Eucarístico, y el Año Santo compostelano… En los años sesenta cursé Derecho en Madrid, participé con el equipo de Cancio en la empresa de la OJE.

Los antecedentes y los “padres fundadores”.

Los antecedentes y los “padres fundadores”.


En mi opinión, para entender el nacimiento de la Promesa –el nacimiento de la OJE– hay que ponerse a su compás. Hay que seguir el consejo del maestro Ortega que, en 1921, escribió: “Para entender bien una cosa es preciso ponerse a su compás. De otra manera, la melodía de su existencia no logra articularse en nuestra percepción y se desgrana en una secuencia de sonidos inconexos”.

Alguien como yo que tuvo que ver con ese acontecer y que ahora aviva el recuerdo se acoge al consejo de Ortega porque me ayuda a integrar razón y emoción. Se trata de conocer bien el trasfondo de lo que nos ocupa. Para nosotros, ponernos al compás de la Promesa de la OJE –de su melodía– es ponernos al compás de la España de 1960, instalarnos en la reducida parcela de la Delegación de Juventudes y a la vez –como una obligación necesaria e imprescindible– examinar y juzgar el entorno circundante, conocerlo para comprenderlo.

No fue una ocurrencia improvisada sino un intento novedoso.

Esa es la razón por la que  yo en las líneas que siguen insisto en destacar la circunstancia, la urdimbre de tiempo y espacio, en las que nació. Al ponerla en su paisaje la entenderemos conoceremos mejor y veremos que no fue un hecho adánico sino un eslabón de un proceso. No fue una ocurrencia improvisada sino un intento novedoso –inteligente, realista y prudente– de lo que era posible hacer en aquella hora. Y de lo que se debía hacer.

La OJE tuvo antecedentes; los inmediatos fueron las Falanges Juveniles que han quedado como plataforma de una transición a otro asociacionismo, sin solución de continuidad. El tránsito fue una lección de bien hacer. 

Es obvio que esto que os escribo es un ejercicio de memoria, de mi acontecer biográfico en la adolescencia y la juventud vestido con la camisa de uniforme. Esos años marcaron mi identidad y por eso los recuerdos que nutren estas notas no son puramente asépticos: están impregnados por mi tono personal que de allí procede; son selectivos e interpretativos. Pero desde la lejanía temporal, intento profesar la memoria sin autocomplacencia. Y con vocación de entrega a otros, como transmisión.


Invocando un nombre. 

En mi sentir, en un aniversario de la OJE lo primero que debemos hacer es nombrar a Jesús López Cancio. El hombre clave de esta historia. Con inteligencia y constancia protagonizó el paso avanzado a otro modo de asociacionismo. Una tarea que le concitó no pocas dificultades políticas en el interior del sistema, aunque no saltaran a la luz pública. Lo cierto fue que el propósito de Cancio tuvo la enemiga de los hiperortodoxos que alertaban de su desviacionismo. Pero sin alharacas y con suficiente tesón, Cancio logró estatuir la OJE. Logró allanar la incomprensión de no pocas personas del Movimiento –incluidos algunos cuadros de la propia Delegación de la Juventud– que tomaban como traición la puesta al día, con vocación de eficacia y de futuro, del inactual Frente de Juventudes creado en 1940.

Subrayo este marco de referencia para evitar caer en un pecado de miopía histórica que se comete al silenciar la realidad completa de la España de aquellos momentos. Los años sesenta fueron los de la maduración de la dictadura de desarrollo de Franco. El pluralismo limitado con el que gobernó desde 1936 se presentaba en aquellas horas acomodado al nuevo tiempo. Y salía a la luz cada vez más con mayor evidencia. El cambio ocurría en las ideas, en los liderazgos sociales, en el despliegue económico, en la entrada e influencia de corrientes foráneas… Los años 60 en España significaron desarrollo económico; apertura internacional; reducción y abandono de anteriores formalismos fascistas; tecnificación de la administración y de la economía; protagonismo de las familias del régimen sin rodeos; nuevas corrientes dentro del régimen; circulación de ideologías disidentes; impacto del turismo; cambio en los usos sociales… En definitiva, y como resultante, una nueva sensibilidad vital, política y cultural a tener en cuenta por cualquier político de categoría.

Todo un horizonte de hechos que influían y condicionaban las políticas.

España vivió, soportó y compartió la dinámica de los grandes bloques y de la guerra fría; la resonancia del Concilio Vaticano; el despuntar de los acuerdos con los Estados Unidos o las negociaciones con el Mercado Común. Todo un horizonte de hechos que influían y condicionaban las políticas que con su calmoso estilo manejaba Franco. Su caudillaje –desde 1936– entrañaba el reparto de parcelas de poder a las familias que lo sustentaban.

Dentro del régimen, es importante para nosotros situar en su justo lugar a la familia falangista: a la Secretaría General del Movimiento –el Partido– y dentro de ella a la Delegación Nacional del Frente de Juventudes. La Delegación no era una isla autónoma con capacidad y poder independiente. Estaba dentro de la organización del aparato del Estado –del Movimiento– en el cual, y desde el cual, el núcleo falangista tuvo más apariencia de poder que fuerza y potestad. Conviene insistir en ello. La influencia de Falange –aparentemente matriz ideológica de todo el régimen– tuvo más de figuración que de realidad. Esto explica que la efectividad verdadera de la política de juventudes de aquellos tiempos, incardinada en el Movimiento, viniera lastrada por la distribución de poderes.


Las juventudes y la política.

Para comprender mejor la genealogía de la OJE es bueno abrir el foco y trepar por el calendario de la Europa de entreguerras y contemplar el fenómeno del papel de las juventudes. Lo vio Ortega cuando en “El Sol”, en el verano de 1927 señaló como evidente que “nuestro tiempo se caracteriza por el extremo predominio de los jóvenes […] No hay duda que nuestro tiempo es tiempo de jóvenes. El péndulo de la historia, siempre inquieto, asciende ahora por el cuadrante <mocedad>”. Años más tarde, su discípulo Ramiro Ledesma, escribió: “El paso al frente de las juventudes es una orden del día incluso mundial”.

La ingeniería social ponía una atención especial en la niñez, adolescencia y juventud.

Aquella Europa en zozobra repleta de ismos políticos y culturales– contempló el encumbramiento de las juventudes al primer plano de la arena política. En esa onda de exaltación de la mocedad, la política, los políticos se ocupó de esa parcela para sacar partido. Las juventudes eran herramientas para garantizar el mañana del poder. Fue una operación típica de los sistemas totalitarios en su hora de esplendor. La ingeniería social ponía una atención especial en la niñez, adolescencia y juventud como garantía de la consolidación de sus regímenes. Obligatoriamente todas las juventudes quedaban encuadradas para su adoctrinamiento, entrenamiento y estilo de vida. Acabada la etapa de afiliación forzosa, los jóvenes alcanzaban la militancia al ingresar en el Partido Político Único.

Los tres grandes asociacionismos de este experimento con magnitud y ejecución completa fueron los balillas en la Italia fascista; el konsomol en la Unión Soviética y las hitlerjugend en la Alemania del III Reich. Se cumplieron en ellos la obligatoriedad; el entrenamiento militar; el adoctrinamiento; la obediencia ciega; y la preparación para ingresar en el partido de los adultos. En los tres casos la estrategia era coincidente. En los tres, no se escatimaron medios económicos, materiales ni personales. En los tres, la cuantía de afiliados, de actividades y de medios fue descollante.


Un paréntesis scout.

Previamente, como es conocido, el asociacionismo juvenil apareció en el imperio británico en los primeros años del siglo XX. Baden Powell, militar prestigioso, puso en pie el movimiento scout. Cuajó y se extendió por todas partes. Powell organizó un primer campamento con unos veinte muchachos en el verano de 1907. El éxito le llevó a renunciar a su carrera militar para dedicarse al movimiento. Con formas diversas, el escultismo es el referente histórico en la panorámica de las agrupaciones juveniles. Protegido por la realeza y la aristocracia –el rey Eduardo VII lo hizo Sir y el rey Jorge V Lord– el movimiento no tenía trabazón alguna con partidos con etiqueta política. Su pertenencia era voluntaria. 

Con formas diversas, el escultismo es el referente histórico en la panorámica de las agrupaciones juveniles.

El experimento scout triunfó con rapidez y se extendió por todas partes. Con diversas variantes, transmitía una moral de servicio y de rectitud personal; fomentaba la comunión con la naturaleza y el espíritu de fraternidad. Ha sido corriente señalar las trazas masónicas del escultismo, o por ser más precisos, las de sus fundadores. En el caso de Baden Powell es muy discutible su pertenencia a una logia. Pero lo que sí  está claro es la condición masónica confesa de algunos de sus amigos próximos y colaboradores. Este es el caso de Rudyard Kipling, de Cecil Rhodes o del duque Arthur de Connaught, hijo de la emperatriz Victoria, y Gran Maestre de la Gran Logia Unida de Inglaterra.


El intento español.

La expresión en España de la onda de asociacionismo político juvenil implantado en las grandes dictaduras de esa época fue el Frente de Juventudes; organización reclamada tozudamente ante Franco por Enrique Sotomayor, en la estela del modelo totalitario.

En el Boletín Oficial del Estado se publicó la ley de 6 de diciembre de 1940 que en su artículo 1º decía: se instituye el Frente de Juventudes para la formación y encuadramiento de las fuerzas juveniles de España. El Frente de Juventudes se organiza como una sección de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.

En una postguerra de pobreza y escasez, no se contaba con los medios apropiados…

Si el Frente de Juventudes español tenía analogía con las organizaciones italianas, soviéticas o alemanas, hay que decir enseguida que en su realidad material era una institución mucho más endeble. Porque la ley fundacional de 1940 quedó más en declaración voluntarista que en una plasmación activa sobre la población concernida. Sus objetivos –la educación política falangista, la educación premilitar y física– no se cumplieron enteramente ni siquiera en los años de la postguerra. En el terreno de los hechos, el rigor histórico nos dice que no hubo una estructura obligatoria operando sobre toda la juventud. Los que vivimos aquella experiencia desde dentro, y luego la hemos estudiado con dedicación, sabemos bien lo que hubo de discurso, de retórica legislativa, y lo que de verdad ocurrió en una postguerra de pobreza y escasez. No se contaba con los medios apropiados. Ni con un presupuesto suficiente, ni con un cuadro adecuado en número y capacitación de instructores, ni había material docente de calidad, ni red de locales, ni maestros políticamente idóneos en los centros de enseñanza.


Las Falanges Juveniles.

La carencia de un asociacionismo juvenil político voluntario, y por lo tanto minoritario, era ampliamente sentida. Contando con los medios personales y económicos posibles y disponibles, en el propio seno de la Delegación Nacional, se crearon las Falanges Juveniles de Franco con identidad propia, como unas unidades selectas, con vocación de militancia y confesión ideológica falangista. Integradas voluntaria y libremente por afiliados constituían el asociacionismo juvenil de camisa azul. Su repertorio formativo repetía el fundacional de la Ley de 1940, reforzando el contenido político –basado en José Antonio– y en una entusiasta lealtad y apoyo a Franco. Sus centurias se desparramaron por las provincias y aunque no cubrieron todos los puntos de la geografía ni abarcaron la mayoría del censo juvenil, tuvieron presencia pública y comparecencia en la liturgia oficial del Régimen.

Fueron un testimonio de fervor y culto a José Antonio y una afirmación clamorosa del caudillaje de Franco. Se hacían presentes en las calles y en los caminos con su uniformidad y sus canciones. De hecho, fueron en el espacio público, una aislada exteriorización de falangismo y de propaganda franquista. La dimensión y tamaño de las Falanges Juveniles fue reducido si contemplamos el segmento total de jóvenes españoles. Pero sus centurias –además de la inculturación política– fueron ejemplo de convivencia, de actividades al aire libre, de formación del carácter y descubrimiento de horizontes sugestivos.

Moral y Estilo, un pequeño manual que queda como un precedente de la Promesa

Desde el punto de vista de este bucear en los orígenes de la Promesa de la OJE, hay que mencionar con porfía y elogio el precedente que, dentro de la formación impartida en Falanges Juveniles, supuso un pequeño manual titulado Moral y Estilo. Era un excelente apunte para la conducta personal vivida por los camaradas de aquella etapa. Históricamente queda como un precedente de la Promesa; expresaba la anchura de contenidos doctrinales en la formación que rebasaba el puro ideario político. Su temario revela la línea de enlace entre dos momentos del asociacionismo juvenil en España.

En los años cincuenta, en algunas unidades con estricta ortodoxia ideológica brotaron testimonios de crítica y denuncia ante el desvío de las metas falangistas por los gobernantes, llevaran camisa azul o blanca. El peso del ideario político de las Falanges Juveniles de Franco hacía presentir que, antes o después, aparecería dentro de ellas la descalificación y desconcierto con la España del desarrollo. El motivo de crítica al Régimen se fundaba en el derechismo y monarquismo dominante, en el aplazamiento sine die de la revolución pendiente. Ese choque entre el deseo y la realidad es una de las señales que ilustran el desenlace del asociacionismo juvenil falangista. Y también vaticinan un giro en las formas asociativas que llevará a la OJE. Visto en la distancia, aquel asociacionismo voluntario con militancia política –integrado en el Movimiento– entrañaba una discordancia doble: con el propio sistema y con la nueva sociedad.


Los “padres fundadores”.

Pero aquí es obligado pregonar que de las Falanges Juveniles salieron los hombres que bajo el mando de Jesús López Cancio construirían la OJE. Los cuadros de sus colaboradores –este es mi caso– crecimos en las Falanges Juveniles. De ellas procedieron los padres fundadores que emprendieron los primeros pasos de la nueva empresa. En torno a Cancio, aquel equipo rector, granado y madurado en Falanges Juveniles, hizo posible levantar una OJE sin rupturas, como un tramo más de una empresa en evolución.

Estamos en el arranque de una nueva etapa.

En su primer año como Delegado Nacional, Cancio vivió el intento de José Luis de Arrese –después de la crisis de 1956– de convertir a la Falange, desde la Secretaria General del Movimiento, en primera y hegemónica fuerza del Régimen. El intento de supremacía falangista, que había concitado la enemiga de las restantes familias del franquismo, no tuvo el respaldo y aprobación del Caudillo y en febrero de 1957 Arrese fue sustituido por Solís. El fracaso del proyecto de Arrese tuvo, a mi modo de ver, resonancia en algunos falangistas fieles a Franco que propugnaban actualización y cambios.

Estamos en el arranque de una nueva etapa. Franco, amplió el pluralismo limitado sobre el que había construido el Estado –es decir, falangistas, monárquicos, católicos– con otros aportes de más reciente presencia: los tecnócratas que protagonizaron el desarrollo económico y la designación de su heredero a título de rey. El fracaso de Arrese en 1957, puede verse como fin de una etapa e inicio de la fase del franquismo tardío.


El estilo Cancio.

Jesús López Cancio hizo la guerra con 20 años en una bandera de Falange. Quedó marcado por una doble fidelidad sacramental: a José Antonio y a Franco. Cuando a finales de los años cincuenta cesó el veterano Elola y le designaron como nuevo delegado nacional del Frente de Juventudes, Cancio recibió una organización en declive y desfasada. Y tuvo muy clara la necesidad de la puesta al día mirando al futuro y en sintonía con la sensibilidad vigente, desde el nivel histórico de una España en evidente mudanza dentro de la dinámica política marcada por Franco.

Aunque sin Cancio no se entiende la OJE, sin duda su principal legado, hay que verla junto con otras realizaciones que nos definen su particular estilo de ejercer la política. Su sentir político abierto a la actualidad con realizaciones claras y concretas. Prestemos atención a ese estilo personal del que dejó testimonio en las parcelas de su competencia. Y recordemos como ilustración tres de sus quehaceres que nos dibujan los rasgos de su actividad.

El primero que saco a colación es la Encuesta Nacional a los jóvenes proyectada en 1959 y realizada en 1960. Su carga política de fondo era innegable. Y hay que destacar, además de lo novedoso del trabajo en aquel tiempo, el rigor y altura de los integrantes en su preparación y su elaboración. Desarrollados concienzudamente los cuestionarios y ejecutado el trabajo de campo –con los datos procesados en Estados Unidos por IBM–, los resultados se materializaron con el título “Encuesta sobre presupuestos mentales de la juventud española”. Lo innovador del trabajo indica el gusto de Cancio por utilizar instrumentos actuales, por desdeñar lo rutinario o ineficiente.

Quiero señalar la voluntad de Cancio como impulsor y sugeridor para contar con un renovado horizonte mítico simbólico para la OJE

Con independencia del valor instrumental para una política realista, la  investigación ha quedado como un primer hito en nuestra sociología científica. De ella dice el profesor Juan José Linz –participante en su diseño y cuya autoridad académica alcanzó en España y en EE.UU. los máximos niveles– que “fue la primera encuesta española a escala nacional, la primera encuesta con muestreo representativo de la población”. Y Amando de Miguel –otro participante en la tarea– la califica de “hazaña intelectual” y juzga que su cuestionario “debe ser considerado como un verdadero monumento en la historia de las pesquisas sociológicas en España”. En audiencia, Cancio le entregó a Franco un informe sobre los resultados.

Otro hecho destacable fue la revolución que llevó a cabo en los textos para el bachillerato. Los libros de educación política, que monopolizaba el Frente de Juventudes, adolecían de calidad y rigor y eran vistos con general menosprecio. Su deficiente condición era reconocida por todos. Cancio dio un giro drástico al eliminar el tópico y vulgar material existente y editó una Biblioteca de Educación Política que años más tarde sigue sorprendiendo por su decoro y excelencia. Basta citar cinco títulos con sus autores. “Política económica” de Enrique Fuentes Quintana y Juan Velarde Fuertes; “El hombre y la sociedad” de Torcuato Fernández Miranda; “Política social” de Efrén Borrajo Dacruz; Estructura política de España” de Manuel Fraga Iribarne y “Aprendiz de hombre” de Gonzalo Torrente Ballester. Por el rango intelectual de sus contenidos y por la personalidad de los autores –todos prestigiosos profesores de Universidad– el intento suscitó el elogio unánime. Y fue, para muchos, estímulo para la vocación profesional en saberes sociales, políticos y económicos. 

Y por último, en este muestrario, quiero señalar la voluntad de Cancio como impulsor y sugeridor para contar con un renovado horizonte mítico simbólico para la OJE. Él sabía del papel esencial que ese horizonte tenía que cumplir. Por eso, muy en primera persona se ocupó del mismo: renovó y remozó el cancionero; ideó signos, uniformes y distintivos; fijó lemas y divisas; determinó las denominaciones de los rangos… Su idea, proyecto y empeño de la OJE se entiende mejor mirando en conjunto su labor. 

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