TESTIMONIO

José Antonio y su versión de la pelea con Queipo

Una carta hasta ahora desconocida revela la versión de José Antonio sobre su enfrentamiento con el general Queipo de Llano y las razones por las que trató de exculpar a su hermano y a su primo.

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A la izquierda, Miguel Primo de Rivera y Sancho Dávila, de pie; el capitán Francisco de Urzáiz y Guzmán, defensor de los tres procesados, y José Antonio, sentados. A la derecha, José Antonio, en el momento previo a su entrada en el Consejo de Guerra, curiosamente con un sombrero en la mano.
José Antonio y su versión de la pelea con Queipo

Mucho se ha escrito sobre la supuesta propensión a la violencia de José Antonio, antes y después de ser jefe de la Falange. Hoy hemos rescatado precisamente uno de los episodios más controvertidos: la pelea con el general Queipo de Llano, el 11 de febrero de 1930 en el café Lyon d’Or de Madrid. Esta es la versión, hasta ahora desconocida, de los hechos según el propio José Antonio.

Así lo escribió al presidente del Consejo de Ministros el 13 de febrero de 1930, y así os lo cuento:


La carta de Queipo de Llano

Como de seguro llegará a noticia de V. E. el incidente ocurrido anteayer, por la tarde, entre el general Queipo de Llano y yo, voy a permitirme relatárselo de manera veraz para que no pueda hacerle pensar nadie que ha habido por parte mía provocación, abuso de fuerza o deseo de turbar el orden, actitudes que desde luego no podrá atribuirme nadie que me conozca.

El día 11 del corriente, por la mañana, supe que mi tío D. José Primo de Rivera, de sesenta y dos años, enfermo y falto de toda condición física para ninguna clase de combate, había recibido la siguiente carta, cuyo original conservo y mostraré a V. E. si me lo pide:

Madrid, febrero 9/1930.- Señor don José Primo de Rivera.-
Cuando fui perseguido por el espíritu de injusticia que desgobernó a España, usted, con su falta de inteligencia, cometió la estultez de decir públicamente que la causa de mi desgracia era que yo era un chulo, y que se habían acabado los chulos ante el dictador.
Estultez o estulticia, porque confundía usted cualidades que podía apreciar de cerca con la dignidad que guió siempre todos los actos de mi vida; dignidad que nadie, fíjese usted bien, nadie fiado tan sólo en su personal valor, fue ni será capaz de humillar.
Bien sé que tratándose de un cretino como usted, no debiera tomar en consideración tan pasada y despreciable tontería; pero en lo que sea factible he de procurar liquidar cuentas pendientes, y no quiero dejar ésa, a pesar de su insignificancia, con usted.
Gonzalo Q. de Llano. Vivo en la calle García de Paredes, 43, segundo izquierda.


La cita en el Lion d’Or

Como es de rigor, tan pronto como conocí la existencia de semejante carta me trasladé a casa del Sr. Queipo de Llano y le hice pasar una tarjeta escrita, rogándole me proporcionara una entrevista con él.

Me hizo decir de palabra que iría por la tarde al Lion d’Or. Me trasladé allí y aguardé hasta un rato después de la hora fijada en mi tarjeta. No acudió. Y al irme a mis ocupaciones le dejé una carta, que entregué a un camarero, anunciándole que a las nueve de la noche volvería al mismo café.

Como sé que en él tiene su tertulia de elementos hostiles a mi padre el Sr. Queipo, advertí a mi hermano Miguel y a mi primo Sancho Dávila que se hallasen a las nueve en el Lion d’Or, con el encargo expreso —para ellos desde luego innecesario— de que no interviniesen en nada mientras no me viera acometido por varias personas, y sobre todo ocultándoles cuidadosamente el nombre de aquél a quien buscaba yo. Volví a las nueve al establecimiento y, como no conocía personalmente al Sr. Queipo de Llano, hube de identificarle preguntando a los camareros.

Le ruego, señor presidente, me crea bajo palabra de honor, que para mi primo Sancho Dávila y para mi hermano Miguel la figura del Sr. Queipo de Llano era tan desconocida como para mí, y que ellos no podían descubrir, por lo tanto, en el Sr. Queipo más que a un cliente del café como otro cualquiera.


El primer puñetazo

Una vez comprobado por mí (sólo por mí) quién era el autor de la carta ofensiva, me dirigí a él —que se puso de pie en el acto—, le enseñé la carta para que la reconociera y, una vez que la hubo reconocido y me la hubo devuelto (cosa probada por el hecho de conservarla yo en mi poder, siendo así que de no haberla retenido desde el principio me hubiese sido imposible recuperarla después de la refriega que enseguida empezó), le di un golpe en la cara.

El Sr. Queipo, a pesar de que me aventajaba mucho en estatura y de ver que yo no llevaba más arma que mis manos, enarboló un grueso y nudoso bastón, con el que trató de agredirme, al mismo tiempo que cinco o seis amigos suyos se incorporaban, también armados de bastones, y otros tres o cuatro señores me sujetaban por detrás.

Claro que en este punto acudieron en auxilio mío mi primo y mi hermano. Entre nosotros tres por un lado y un buen golpe de amigos del Sr. Queipo, por el otro, empezó una tumultuosa refriega a golpes. Por nuestra parte, con los puños nada más; por parte de los contrarios, que eran más numerosos, con puños y bastones.

Digo que fue la contienda entre nosotros y los amigos del Sr. Queipo, porque éste, prudentemente, desde que la lucha empezó tuvo buen cuidado de apartarse de ella y dedicarse a observarla a una distancia de unos ocho metros.


El segundo enfrentamiento

Entonces yo, que estaba sujeto por varias personas, logré desasirme; con tanto esfuerzo, que para lograrlo hube de desabrocharme el abrigo por sorpresa y dejarlo de un tirón en manos de quienes me sujetaban.

Suelto ya, me dirigí adonde estaba el Sr. Queipo, que tuvo que verme venir, porque entre la confusión de la pelea y el sitio donde él estaba había, como le digo, un espacio de varios metros; que me vio venir solo, porque también le he dicho que me destaqué de los demás, y que, individual e inconfundiblemente, recibió de mí tan fuerte puñetazo en la cara, que cayó al suelo casi sin sentido.

Momentos después todo había terminado.


Las acusaciones de Queipo

Y ahora, señor presidente, sólo quiero añadir una observación y una noticia.

La observación es ésta: el Sr. Queipo, en su carta, se dice ofendido por unas palabras que a mi tío atribuye. Mi tío nunca las pronunció. Pero de haberlas pronunciado habría sido en la fecha de los acontecimientos con que el propio Sr. Queipo las relaciona; es decir, a fines de 1924. ¿Qué impidió al Sr. Queipo el exigir entonces una reparación, que mi tío no hubiera podido negarle, ya que no podía alegar ni la condición de autoridad pública —que no tuvo jamás— ni la cualidad de sexagenario, entonces no alcanzada y hoy muy sobradamente cumplida?

Y la noticia es ésta: el Sr. Queipo, que sabe muy bien quién le pegó; que conoce mi nombre, porque durante el día 11 le escribí dos veces, y que fue agredido por mí, precisamente por mí, no en lucha tumultuaria, sino aislada e individualmente, primero antes de la refriega, y luego mientras los otros reñían, pero marcadamente aparte, no me ha exigido reparación alguna.

En cambio, según mis informes, pretende complicar a mi primo Sancho Dávila y a mi hermano Miguel, oficiales de complemento en servicio, dentro de un procedimiento militar.

Vuecencia, como general y como caballero, juzgará esta conducta; yo sólo he de reiterar, y V. E. de seguro no dudará de mi palabra, que además de ser cierto cuanto dejo dicho, ni mi primo ni mi hermano tuvieron contacto alguno en la lucha con el Sr. Queipo, en quien, por otra parte, no podían descubrir sino a un desconocido que, ayudado por otros y a bastonazos, me acometía.

Perdone, señor Presidente, lo largo de esta carta, por cuya lectura íntegra le quedo desde ahora sumamente agradecido.

Siempre a sus órdenes con el mayor respeto.

José Antonio Primo de Rivera


El desenlace judicial

Esta es la misiva íntegra e inédita que José Antonio envió, después de la pelea, al presidente del Consejo de Ministros para tratar de disculpar a su hermano Miguel y a su primo Sancho Dávila.

De todos es conocido el final: José Antonio fue procesado y condenado, junto con su hermano Miguel y su primo Sancho Dávila, en un consejo de guerra celebrado el 18 de marzo de 1932. Mientras José Antonio fue condenado a la pérdida de su empleo de oficial de complemento por agredir a un superior, Miguel y Sancho Dávila fueron absueltos.

Sección Memoria Azul en La Razón de la Proa.


Artículo publicado en Historia - Memoria Azul.
Breves semblanzas de antiguos falangistas y otros relatos históricos de la primera época de la Falange.

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