Mendoza cuestiona Sant Jordi y su sentido
El reciente inicio de la promoción literaria de La intriga del funeral inconveniente ha devuelto a Eduardo Mendoza al centro del debate público, no tanto por su ficción como por sus opiniones sobre una de las celebraciones más emblemáticas del calendario cultural catalán. Con su habitual ironía, el autor ha descrito la jornada de Sant Jordi como un fenómeno “agobiante”, una suerte de romería contemporánea donde la cercanía entre escritor y lector se diluye en la masificación.
Lejos de la estampa idealizada, Mendoza dibuja un escenario en el que la firma de libros pierde su dimensión humana para convertirse en un trámite apresurado. El contacto directo —ese instante que antes permitía un breve diálogo— queda sustituido por una mecánica impersonal, casi industrial. La fiesta, en su opinión, ha mutado hacia una expresión de consumo acelerado, donde la cultura corre el riesgo de confundirse con espectáculo.
La fiesta entre tradición y saturación
Más allá de la anécdota, el escritor ha ido un paso más allá al cuestionar la propia denominación de la jornada. Su propuesta de recuperar el nombre de “Día del Libro” no es meramente nominalista: implica una reivindicación del sentido original frente a la apropiación simbólica de la figura de Sant Jordi. Mendoza sostiene, con tono provocador, que el santo poco tiene que ver con la literatura, subrayando así la desconexión entre mito y práctica cultural.
Sant Jordi era un maltratador de animales y seguramente no sabía leer. Antonio Mendoza
Las reacciones institucionales no se han hecho esperar. Desde el ámbito político catalán se ha defendido Sant Jordi como una manifestación cívica esencial, vinculada a la lengua, la identidad y la proyección cultural. En este choque de perspectivas late una cuestión más profunda: si la cultura debe anclarse en tradiciones consolidadas o repensarse desde su función viva y contemporánea.
En el fondo, el debate trasciende el nombre de una fiesta. Se sitúa en el terreno de la autenticidad cultural frente a su ritualización. ¿Es Sant Jordi un acto de afirmación colectiva o una liturgia repetida cuya esencia se ha diluido? Mendoza, con su mirada escéptica, invita a reconsiderar ese equilibrio. Mientras, el separatismo catalán se rasga las vestiduras y convoca un aquelarre en su contra.
Entre la cultura viva y el mito colectivo
Esta tensión entre mito y realidad, entre construcción simbólica y experiencia concreta, no es ajena a la propia obra del escritor. En Riña de gatos. Madrid 1936, galardonada con el Premio Planeta, Mendoza introduce a José Antonio Primo de Rivera como personaje literario, alejándolo deliberadamente de la imagen marmórea que durante décadas lo presentó como figura intocable. Su retrato, a veces irónico, incluso irreverente, responde a una voluntad de humanización que rompe con la solemnidad heredada.
Lejos de la exaltación, el autor construye un José Antonio verosímil, inserto en las contradicciones de su tiempo y susceptible de situaciones cotidianas. La mirada irónica que proyecta sobre el personaje actúa como un recurso narrativo orientado a desmontar el artificio heroico. En esa operación literaria se revela una constante en Mendoza: la desmitificación como vía de comprensión.
La historia frente a la anti-historia
En su obra más reciente, La intriga del funeral inconveniente, la figura de José Antonio Primo de Rivera aparece de manera indirecta, vinculada al contexto histórico de la exhumación y traslado de sus restos. Aquí ya no es personaje activo, sino referencia simbólica, encarnación de lo que podría denominarse la “Gran Historia”.
Frente a ella, el protagonista —un detective sin nombre— representa la dimensión opuesta: la vida anónima, marginal, casi insignificante. Mendoza establece así un contraste deliberado entre los grandes relatos nacionales y la existencia cotidiana, entre el peso del mito y la ligereza de lo banal. El “funeral inconveniente” funciona como metáfora de esa distancia: mientras unos entierros se cargan de significado histórico, otros apenas dejan huella.
De este modo, tanto en sus declaraciones sobre Sant Jordi como en su narrativa, Mendoza insiste en una misma línea de fondo: la necesidad de revisar los símbolos, de cuestionar las inercias colectivas y de devolver a la cultura su dimensión humana, imperfecta y viva.
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