ARGUMENTOS
El hombre, clave del sistema político
Más allá de monarquía o república, el autor sostiene que todo sistema depende del hombre y de sus valores. Sin ellos, ninguna forma de Estado garantiza justicia, estabilidad ni futuro para España.
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Formas de Estado frente a realidades humanas
Evidentemente, los Estados han de adoptar una forma determinada de encabezar la dirección de por dónde han de ir los pasos a dar en la historia. Pero, cualquiera que sea, por lo que vemos, no es suficiente ni fácil elegir entre las existentes en el mercado, y más difícil resulta si tenemos en cuenta las variantes de cada una.
Si nos decidimos por alguna, y lo hacemos, no será baldío tener en cuenta unas puntualizaciones muy precisas al respecto. Ya sabemos lo que dijo Churchill: «la democracia es el menos malo de los sistemas políticos», pero, naturalmente, lo afirmó dentro de un contexto que convendría analizar.
Porque, si ahora tomamos la frase tal cual y seguimos diciendo lo mismo a pies juntillas, hay que empezar por ver a los hombres en su estado presente —pues no en todos los tiempos son iguales— y valorarlos, por el momento, sin tener en cuenta la agrupación por partidos políticos, que funciona con la exclusiva intención de instalar en el Estado sus ideas políticas —cada cual las suyas, naturalmente— y conducir las estructuras del país y la sociedad entera de acuerdo con un programa preestablecido, sin posibilidad de ensamblarlo con otro.
Y decimos partidos políticos, pero igual podemos hablar de sindicatos, de movimientos independentistas, de bandas de asesinos, de egoísmos territoriales, de feminismos desquiciados, de intentos de globalizar el mundo haciendo desaparecer las naciones, etc. Y, después de saber cómo es por sí mismo ese hombre, evaluarlo en el círculo en el que se mueve, de donde recibe influencias y adquiere buenas formas o malos modos, que de todo hay.
La política española como reflejo del hombre
La prueba de lo que decimos la tenemos entre nosotros mismos, en nuestra tierra querida, en España; no es preciso buscar más allá. Desde la Transición —habrá que hablar más de la Transición— España ha pasado por muy distintos devaneos en cuestión política, y siempre a tenor del partido político que ocupaba el poder.
Pero, a su vez, también ha recibido influencia según quién fuera la persona que ejercía de jefe del Gobierno porque, es evidente, no todos pensamos igual ni queremos lo mismo, aunque guisemos en la misma cocina. No era igual cuando se encontraba en el poder la llamada derecha que cuando estaba la conocida como izquierda.
Incluso, cuando han estado al frente del Gobierno los socialistas, las formas y fines han sido distintas según el personaje que ostentara el poder. Unas fueron las hechuras de UCD o del PP, y distintas entre sí las del PSOE, ya fuera presidente Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero o Pedro Sánchez.
Evidentemente, las dos últimas, mucho más bruscas, taimadas y tendenciosas, con el renacimiento de la Guerra Civil y la vuelta a la república socialcomunista que, aunque se empeñen en querer traer a la actualidad, será difícil dado el cambio de los tiempos y el recuerdo de lo nefasto que fueron aquellos momentos.
Constitución e interpretaciones cambiantes
Porque, si bien, según la Constitución, España se constituye en una monarquía parlamentaria con un articulado mediante el cual todo parece claro, lo cierto es que, entre las modificaciones sibilinas que se han introducido a través de las disposiciones surgidas en el desarrollo de no pocos artículos y las interpretaciones dadas por unos u otros según lo que en cada momento convenía a cada cual, no estamos nada seguros de si lo que dice la Constitución es lo que hay que respetar hoy día o, por el contrario, hay que buscar en otro sitio cuál es la interpretación de última hora.
Conviene empezar aclarando quiénes fueron los que hicieron la «transición modélica», según reza en no pocos frontispicios. Porque no la hicieron los que llegaban saliendo a toda prisa de debajo de las alfombras; la hizo la generosidad de los que habían ganado la guerra, que ya antes habían perdonado a los responsables de la misma y todos sus desmanes, y que en ese momento se abrazaban de forma definitiva para encarrilar una nueva España en beneficio de todos.
Eso se pretendía, eso se escuchaba por todos los salones. Pero duró poco. Pronto los generosos se vieron sobrepasados por quienes empezaban a enseñar sus modos para volver a tiempos pretéritos que habían prometido olvidar, lo que no han dejado de hacer en ningún momento, traicionando sus promesas y pretendiendo engañar a quienes habían abandonado sus pretensiones para intentar marchar juntos todos, vinieran de donde vinieran y enarbolaran hasta entonces la bandera que más les gustaba.
Ruptura del consenso y deriva política
Y por ese camino de no respetar lo pactado en su integridad, de querer confundir la realidad y de dar la vuelta a los hechos acaecidos, hemos llegado al punto en el que de nuevo parece imposible transcurrir juntos, unidos, próximos.
No tardando demasiado se produjo el primer tropiezo —el 23-F—, supuesto golpe de Estado del que hasta ahora no se ha dicho todo, y lo que se ha contado, al parecer, no tiene mucho que ver con lo que relataban, con cautela, algunos de los que tuvieron cierta aproximación al hecho.
En ese momento, los socialcomunistas ya enseñaban la oreja más de la cuenta, pues empezaban con sus maniobras, dado que la Constitución no se ajustaba a sus pretensiones.
España entre el pasado silenciado y su reconstrucción
Respecto a la monarquía en sí, no vamos a entrar en detalles. Fue una decisión de Francisco Franco, quien desde siempre mantuvo la idea de hacer de España un Estado monárquico, un reino, como lo calificó, aunque se anduvo en escarceos sobre quién la podría representar, descartando de entrada a Don Juan, sin definirse sobre persona alguna hasta que decidió que fuera el príncipe Juan Carlos.
Porque, desde el fin de la Guerra Civil hasta la Transición, España existió, aunque apenas figure en algunos relatos, ocupándose únicamente, tanto la derecha como la izquierda, de desprestigiar a Franco, tildándole de cuantos adjetivos oprobiosos pudieron hallar en el diccionario y atribuyéndole lo sucedido antes, durante y después del conflicto bélico, por culpa —precisamente— de la política y de las acciones de dirigentes y masas socialcomunistas y marxistas: terrorista, asesino, dictador y todo aquello de lo que son maestros y han ejercido con profusión.
Fueron unos años que es preferible no recordar por ser aciagos para quienes los vivieron en propia carne; otros prefieren olvidar penurias y sufrimientos, y los más cerriles, debido a que perdieron la batalla. Pero esos años existieron —lo ha retratado magistralmente el profesor Enrique de Aguinaga en su libro En España hubo una guerra, así como en no pocos volúmenes los cientos de historiadores que se han ocupado del tema—.
Una etapa histórica omitida y su legado
Sin duda, transcurrieron unos años tras otros en los que vivimos unos cuantos millones de españoles, dando paso a varias generaciones, pasando de la miseria de un proletariado sin esperanzas a una clase media que iba comprando su vivienda y haciéndose con un 600. Se construyeron fábricas, apenas existía paro, se llevaron a cabo todas las reformas sociales existentes en la actualidad —incluso algunas más de las que existen ahora, pues, por ejemplo, fueron suprimidas las mutualidades laborales absorbiendo los fondos creados hasta entonces—; se levantaron todos los embalses existentes, se creó la red nacional de electricidad y se intentó comunicar unos ríos con otros para que las cuencas que vertían agua al mar pudieran enviarla a zonas más áridas, y un largo etcétera.
Fueron años de intenso trabajo, de sacrificio de todos los que los vivimos, de generosidad, que es imprescindible rescatar, pues no se entiende la España actual si la hacemos saltar de 1939 a 1978 sin contar el periodo intermedio. Es una historia plena la que hay que recuperar, guste o no, pues es la base para que unos puedan comprender a los otros, como se hizo en las generaciones que vivieron durante ese tiempo, aunque hubiera rincones de odio y ansias de venganza en mentes obtusas que no quisieron ver claro ni en un día soleado.
En esa España se cultivaron de forma exquisita esos valores que decía mi amigo: «unidad, libertad y futuro», junto a muchos otros, que poco a poco hemos ido destruyendo.
El hombre y los valores como fundamento
Porque, ¿dónde estaba el misterio de ese enriquecimiento que se produjo a lo largo de casi cuarenta años? En esos valores indicados y en otros que, aunque no se hayan relacionado, se fueron acumulando en el hombre. Ese, el hombre, es la pieza fundamental que hace falta tanto en una monarquía como en una república o en cualquier tipo de sociedad.
Habría que empezar por convencer a los descarriados y a casi todos los españoles de que aquello no fue una dictadura; fue, como lo definió el profesor Luis Suárez en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, un Estado autoritario, no un Estado dictatorial. Lo que levantó las iras de los actuales fabricadores de la historia de España, hasta el punto de pedir a la Academia que cambiara dicha definición, a lo que se negó el profesor Suárez, sin que sepamos en este momento si se ha modificado contraviniendo «el derecho del autor a opinar lo que considere oportuno en sus escritos», que tanto defienden estos demócratas.
El respaldo histórico de una decisión de Estado
Por lo tanto, es incuestionable que la monarquía en España, de nueva planta, fue una decisión de Francisco Franco, lo que fue avalado mediante referéndum celebrado el 6 de julio de 1947, con el siguiente resultado: votos a favor, 14.145.163 (93,0%); votos en contra, 722.656 (4,7%); votos en blanco, 351.744 (2,3%); total de votos emitidos, 15.219.563 (100%), de un censo con derecho a voto de 17.178.812, lo que supone una participación del 88,6% y una abstención del 11,4%.
Este resultado fue emitido libremente, como lo certifica el total de 1.074.400 votos negativos y en blanco que los españoles dejaron en las urnas.
Volviendo atrás, antes hablábamos del hombre y sus circunstancias —que diría Ortega—, o del hombre y sus valores, como decimos nosotros. Para cualquier cosa que se haga en esta vida se requiere que el hombre cuente con una personalidad, unos conocimientos y voluntad de acción; y, si ha de dedicarse a la vida pública, ha de estar dotado de honestidad y deseo de servicio a los demás. Es fundamental.
No parece lógico que pueda ser ministro una persona que —sin menospreciar ninguna profesión u origen— pase de cajera de un supermercado al Parlamento y luego ocupe un ministerio; no puede ejercer cargo público una persona que no ha hecho nada en su vida, más que pasar por una universidad y obtener la licenciatura por los pelos, para después ejercer de profesor ayudante durante un corto espacio de tiempo; no puede una persona indocumentada ser ministro de Hacienda, luego de Obras Públicas y después, si llega el caso, de Sanidad; así podríamos seguir hasta el infinito.
Capacidad, experiencia y función pública
Y en esa situación es en la que estamos, en el convencimiento de que, además de esa incapacidad, muchos carecen de los valores que consideramos imprescindibles, y su misión es servir al partido político que los ha colocado en ese lugar.
El sector privado es una muestra clara de que cualquiera no puede encaramarse a la dirección de una empresa, un banco o una fábrica si no se tienen los conocimientos y la experiencia suficientes. Y, en el convencimiento de que el hombre es capaz de superar todas las barreras si pone empeño, tiene una inteligencia fuera de lo común y acumula experiencia, celebramos que hayan existido personajes como Alfonso Escámez y Amancio Ortega, que desde posiciones humildes han alcanzado cotas importantes.
El primero, de «botones», llegó a presidente del Banco Central; el segundo, de vendedor ambulante, a convertirse en una de las mayores fortunas del mundo, con miles de tiendas Zara repartidas por todo el orbe y una extensa red de comercio online.
Y quien ha dirigido una empresa privada, aunque sea de tamaño reducido, puede imaginar la complejidad que supone gestionar los asuntos de un departamento estatal, autonómico o incluso municipal.
Selección de dirigentes y criterio político
A estas alturas no vienen mal las palabras de un hombre de la trayectoria de Francisco Fernández Ordóñez, licenciado en Derecho con premio extraordinario, fiscal e inspector de Hacienda por oposición, secretario técnico del Ministerio de Hacienda, presidente del INI, ministro de Hacienda y de Justicia, que pasó por UCD, PAD y finalmente recaló en el PSOE en tiempos de Felipe González.
Pues bien, Fernández Ordóñez manifestó en un momento determinado de su vida pública que «el peor ministro de Franco había sido mejor que el mejor de los ministros de después de la transición». Y lo decía cuando todavía había personas que merecían el puesto que ocupaban.
La razón era bien sencilla: Franco, el «dictador» que ejercía su autoridad dejando a los ministros trabajar después de marcar las directrices, buscaba para cada puesto al mejor individuo que hubiera en España en esa materia. Y el elegido, una vez conocido el objetivo, desarrollaba la tarea correspondiente, dando cuenta de su evolución cuando se le requería.
No viene mal recordar alguna anécdota digna de mención. Se contaba en aquellos tiempos —y yo lo creo, conociendo al personaje— que, siendo ministro de Trabajo José Antonio Girón de Velasco, cuando surgía un problema en la cuenca minera asturiana, cogía el coche y se desplazaba solo para enfrentarse con los implicados y conocer sus demandas; y regresaba con el problema resuelto.
(¿Acaso algún ministro actual osaría semejante actitud? ¡Si el vicepresidente segundo del Gobierno necesita un importante dispositivo de Guardia Civil o Policía Nacional para custodiar su vivienda!).
Autoridad, experiencia y dirección del Estado
Es preciso y honesto reconocer que quien estaba al frente del Estado español no era un cantamañanas salido de una acampada en la Puerta del Sol de Madrid. Francisco Franco había hecho la guerra del Rif, fue jefe de la Primera Bandera de La Legión; a los 36 años recibió la graduación de general; fue llamado para sofocar la revolución de Asturias, lo que hizo al frente de La Legión; y, una vez producido el alzamiento del 18 de julio, fue designado el 28 de octubre de 1936 como jefe del Gobierno español.
Quizá Franco se prolongó en esa jefatura del Estado más de lo conveniente —como pensamos bastantes, y no hay por qué negarlo—, pero no cabe duda de que sirvió para encarrilar España, evitando su entrada en la Segunda Guerra Mundial y dirigiendo a los españoles para levantar la nación y llevarla hasta el momento de la Transición.
Además, Franco era jefe de Estado las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año. Incluso cuando acudía a cazar a los montes de Toledo —a Quintos de Mora o al Molinillo, por ejemplo—, a pescar atún en el modesto yate Azor o salmón en el Cares, o descansaba en el palacio de Ayete, en San Sebastián, seguía atendiendo los asuntos de España, manteniendo los célebres Consejos de Ministros de Ayete, con un ministro de «jornada» a su lado, y en alguna ocasión de allí salió un nuevo gobierno.
Gobiernos que movía según por dónde giraban los vientos, tanto nacionales como internacionales, y de acuerdo con lo que convenía para orientar la dirección con nuevos nombres procedentes de determinados sectores.
Liderazgo, valores y ausencia de referentes
Mi amigo, como decíamos antes, es de la creencia de que «no existen nuevos caudillos, ni nueva política, ni nada que merezca tal consideración. Existen, desde siempre, valores universales». Lo mismo digo yo, sin ser ni monárquico ni republicano.
Pero, si no existen caudillos —o como queramos llamarlos—, habrá que fabricarlos o buscarlos, hurgando incluso en los rincones más oscuros en los que puedan estar escondidos, porque haberlos los hay. No es racional colocar a cualquier indocumentado en el lugar que deben ocupar individuos especialmente capacitados.
¿Que no obedecen a las normas del partido o a las pretensiones del cabecilla de turno? He ahí el problema. Porque, si no cambiamos y seguimos con los mismos especímenes, igual nos da una república que una monarquía: estaremos en manos de una dictadura que se disfraza de liberal y democrática.
Debate político y degradación del discurso
En el fondo, lo que sucede es que mi amigo es un antimonárquico de cepa. Recuerdo cuando, hace muchos años, su padre escribía —y yo leía con gusto— la serie de artículos que, bajo el título Dere-pública, aparecían en la revista universitaria La Hora. No era agresivo en aquellos textos, a pesar de redactarlos en plena juventud, ni lo fue a lo largo de su vida, en la que mantuvo su fe en esa forma de Estado, aunque desde un ángulo muy distinto al que hoy cabría imaginar a la vista del panorama actual. Tampoco lo fue en los artículos que me escribió cuando se lo pedí.
Y mi amigo continúa: «vuestro abrazo a las tesis propagandistas más cerriles de la derecha española me hace imposible encontrar en vuestra publicación un comentario, un apunte, una crítica, un pequeño disgusto respecto a la actuación moral y política de Juan Carlos de Borbón y Borbón. Y sí todo lo contrario».
No es cierto; que me lo señale. Sí hemos dicho que este no es el momento adecuado para entrar a fondo en el tema. Es, precisamente, lo que está esperando el socialcomunismo para levantar banderas y canalizar toda la porquería existente en la política actual, incluida la propia, que va aflorando en los juzgados a pesar de los esfuerzos por ocultarla.
Regeneración política y horizonte futuro
Hemos señalado que nos parece fuera de lugar que ahora se insista en los deslices y trajines del rey Juan Carlos I, que no son novedad, pues abundan los libros que los relatan con detalle y los reportajes que, en esta época de televisión, se han difundido durante años. Demasiados.
Porque lo prioritario, desde nuestro punto de vista, es acometer una limpieza general del país. Hay que baldear España en todos los sentidos, aclarar quién es cada cual y exigir responsabilidades, si es que alguno de los que acusa está libre de culpa.
Esa es la tarea que tenemos por delante todos los españoles: unos, después de purgar nuestras culpas; otros, quizá sin necesidad de hacerlo. Y, después, decidir qué forma de gobierno queremos, eligiendo entre lo mejor, analizando las opciones y optando por la más adecuada.
Solo entonces, con la casa en orden, podremos ocuparnos de la Constitución, adaptarla a los nuevos tiempos y definir la forma de jefatura del Estado que deseamos, evitando que, en unas generaciones, volvamos a empezar de nuevo el mismo debate.
El hombre como punto de partida
Mi querido amigo: mientras tanto, ni monárquico ni republicano. Expectante ante lo que pueda surgir cuando a los españoles se les encienda la bombilla o encuentren un «caudillo» —por llamarlo de algún modo—, un adalid, un líder o incluso un buen gestor, capaz de ser jefe del Estado o del Gobierno.
Alguien que sepa orientar a las personas hacia mejores derroteros: que cambien las litronas por un libro; que, en lugar de vivir pendientes del móvil, acudan a un concierto o a una obra de teatro —clásico, a ser posible—; que practiquen deporte sin necesidad de competir; que pinten, viajen con sentido, estudien sin prejuicios, cuiden el alma —qué falta hace— y aprendan a ser hombres y mujeres con criterio propio.
¿Que no existe alguien con esas características? Mentira. Sí los hay. Pero las ramas no nos dejan ver el bosque. Seguimos empeñados en mirar lo superficial, en recrearnos en ello, mientras ignoramos lo esencial.
Ese individuo existe. Y también existe una cohorte capaz de sustituir, de la noche a la mañana, a quienes hoy se exhiben en los edificios públicos.
Publicado en Cuadernos de Encuentro (núm. 142, de otoño de 2020). Editado por el Club de Opinión Encuentros
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