Redacción
14:00
30/08/26

Marruecos: ¿y si España también mueve ficha?

Frente a las continuas iniciativas de Marruecos, algunas voces plantean responder con la misma contundencia. Más allá de sus propuestas quiméricas, dejan una pregunta incómoda: ¿es España tan débil?

Marruecos: ¿y si España también mueve ficha?

Cuando la debilidad se convierte en estrategia

Desde hace décadas, Marruecos ha sabido aprovechar su posición geopolítica para avanzar sobre sus intereses frente a España. Desde su independencia, a mediados de los años cincuenta, el Reino alauí ha contado con el respaldo, explícito o implícito, de potencias como Francia y Estados Unidos, mientras España afrontaba sucesivos episodios de presión en sus fronteras y territorios. Ceuta, Melilla, Canarias, el Sáhara y el propio Estrecho forman parte de un tablero mucho más amplio que el de una simple disputa bilateral.

La cuestión es si España está realmente condenada a desempeñar siempre el papel de quien responde a las iniciativas ajenas. En las redes sociales han comenzado a circular propuestas que plantean, con una evidente dosis de provocación, «pagar» a Marruecos con su misma moneda. Algunas resultan difícilmente aplicables o directamente quiméricas, pero tienen el mérito de invertir la perspectiva: imaginar qué ocurriría si España decidiera utilizar también su capacidad económica, diplomática y estratégica para defender sus intereses.

No todo depende de Marruecos

Entre esas propuestas aparece, en primer lugar, un mayor blindaje de Ceuta, Melilla y Canarias, junto con una política fronteriza mucho más firme. No se trataría necesariamente de reproducir las prácticas de otros países, sino de asumir que la protección de las fronteras y de la soberanía territorial constituye una responsabilidad irrenunciable. Del mismo modo, se plantea una ofensiva diplomática internacional para reclamar el cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas y reforzar la posición española ante los conflictos del entorno.

También se apunta a utilizar instrumentos económicos y políticos frente a Rabat: revisar las relaciones comerciales, limitar determinadas dependencias estratégicas y controlar aquellas actividades de carácter educativo, cultural o religioso que pudieran responder a intereses políticos externos. Incluso aparece la idea de revisar la participación española en proyectos compartidos con Marruecos, incluido el Mundial de Fútbol de 2030. Más que un catálogo literal de medidas, el conjunto expresa una voluntad: demostrar que España también dispone de palancas de presión.

La verdadera incógnita está en Madrid

Sin embargo, hay una cuestión más profunda que las propuestas que circulan en las redes. Marruecos no sólo conoce las fortalezas y debilidades de España; también conoce, y muy bien, el funcionamiento de su política. Sabe cuáles son sus líneas rojas, pero también cuáles pueden flexibilizarse. Conoce las divisiones entre partidos, las dificultades para alcanzar consensos nacionales y la importancia que los gobiernos españoles conceden a determinados asuntos bilaterales.

Por eso, quizá el problema no sea únicamente la capacidad de presión de Marruecos, sino la disposición española a ejercer la suya. Una política exterior eficaz necesita objetivos claros, continuidad y capacidad de negociación. Ceuta y Melilla, Canarias, el Estrecho, Gibraltar y el Sáhara no deberían convertirse en asuntos sometidos a la improvisación o a las necesidades coyunturales de cada Gobierno. Si España quiere ser respetada, necesita primero tener claro qué está dispuesta a defender y hasta dónde.

 

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