Prodigiosa imaginación la mía…

Me imagino, por ejemplo, vivir en un marco social donde imperen el civismo, el respeto mutuo y la pacífica convivencia, donde se respeten la libertad profunda y la dignidad inherente a la condición humana.


​​Publicado en la revista El mentidero de la Villa de Madrid (28/NOV/2023). Ver portada El Mentidero en La Razón de la Proa (LRP). Solicita recibir el boletín semanal de LRP.

Permítanme que descanse, por favor. De momento, no quiero incidir sobre las barrabasadas jurídicas, éticas y políticas de Pedro Sánchez, especular con las quinielas de ministrables ni unirme al coro de grillos que cantan a la luna; tiempo habrá de todo ello, si Dios no lo remedia…

Me dejo llevar a menudo por la imaginación. En este mismo momento me gustaría, por ejemplo, verme sentado en la Plaza Mayor de Alba de Tormes, cerca de Teresa de Ávila, con la música constante del surtidor de su centro. ¿Cómo me ha venido a la Plaza Mayor de Alba de Tormes cabeza esta imagen y este deseo idílicos? Y no es la primera vez, por supuesto, que acometo esa traslación de lugar (que no de tiempo, cosa más difícil e inútil). De la misma forma misteriosa, algunas noches, al buscar un sueño tranquilo tras haber escuchado las noticias del día, reproduzco en mi mente uno de los lugares más bellos de la catalana Sierra del Cadí, el desfiladero de Els Empedrats, y me imagino subiendo o trepando por el sendero que lo cruza; otras veces, desciendo por la larga cuerda que lleva desde Los Barrerones a la Laguna Grande del Gredos de Castilla.

Si estas imágenes me sirven para que, poco a poco mi alma se serene, puedo llegar a fantasear –con un punto de masoquismo, ¡a mi edad!– que estoy arrebujado en mi saco de dormir, bajo la lona de la tienda, arrullado por el dulce tambor de una lluvia menuda. Ya dejó dicho Saint-Exupéry que «nunca está nadie contento donde se encuentra».

Es prodigioso lo que da de sí nuestra mente o el subconsciente, sometido, velis nolis, a la aparentemente apacible vida en una ciudad y a la evidente desazón producida por los telediarios. Y, de este modo, extiendo este prodigio psicológico a una perspectiva, ya no onírica, en otros ámbitos de una fantasía rebosante, y el resultado parece prometedor, siempre que, al saltar de la cama al día siguiente, me acompañe una tarea práctica y eficiente.

Me imagino, por ejemplo, vivir en un marco social donde imperen el civismo, el respeto mutuo y la pacífica convivencia, donde se respeten la libertad profunda y la dignidad inherente a la condición humana. En un marco social en el que todos se sientan solidarios de una patria, o, si se quiere, de sus patrias: la chica, la histórica y actual española y la futurible europea, sin tentación alguna de aislamientos, segregaciones o escisiones producidos por el virus egoísta del nacionalismo.

Donde todos ejerzan su función social del trabajo, sin convidados ni zánganos, en un entorno social y económico donde el dinero legítimo esté al servicio de la producción y no de la especulación y de la usura; donde la propiedad, lejos de ser ese robo que sostienen algunos que nadan en la abundancia, sea un vínculo del hombre con las cosas, en su forma individual, familiar, comunal o cooperativa, y el acceso a ella ni sea un privilegio ni una lotería, sino un derecho, con los consiguientes deberes y limitaciones que impone el bien común.

Donde los pueblos vacíos se repueblen, con feliz mixtura de tradiciones y de innovación, y sus vecinos vuelvan a saludarse por las calles por encima de sus respectivas opiniones legítimas. Donde los gestores y los directores de esa sociedad cumplan su tarea de servicio a todos, alejados del imperio de los grupos de presión y las sectas ideológicas, económicas o políticas, de las pulsiones de poder o de los intereses partidistas.

Donde los legisladores –representantes del pueblo– redacten leyes justas y dotadas de sentido común, y los jueces las puedan aplicar sin interferencias ni mediatizaciones, sin inclinar la vara de la justicia por presiones o dádivas; y, mejor aun, que, como dice el viejo proverbio, «las escaleras de los templos estén gastadas y las de los tribunales cubiertas de hierba».

Donde la escuela transmita la cultura heredada, se impartan conocimientos a los futuros ciudadanos adultos y se eduque auténticamente en los valores propios de todo ser humano; y donde las universidades aúnen ciencia, investigación y técnica, en feliz concordancia con el saber humanístico.

Una sociedad donde se sepa distinguir claramente entre el inmigrante en busca de trabajo y dignidad, el refugiado que debe ser acogido y el invasor, y las fronteras no sean trincheras para asaltar con la ayuda de las mafias o de los gobiernos teóricamente amigos; donde una sana interculturalidad deje obsoletas las falsedades demagógicas del multiculturalismo.

Una sociedad, en suma, donde prevalezcan los valores del espíritu, se respete la libertad de conciencia en la búsqueda del Absoluto y de la Trascendencia, y donde, en concreto, en los templos se predique el auténtico mensaje del Cristo y no sucedáneos inficionados por la política, y se abogue, entre otras cosas, por el respeto a la vida en todos sus extremos, sin silencios vergonzantes ni eufemismos disimuladores.

¿Me dejo llevar por las utopías en mi imaginación? Más bien las considero eutopías –en excelente y certera expresión de José Antonio Marina–, pero una parte aguafiestas de mi subconsciente me susurra al oído esa otra cita literaria de «los sueños, sueños son».

Sin hacer caso, de momento, a esa voz negativa, sigo aspirando a esas bellas y certeras eutopías, y me viene a la memoria otra cita, deseo de cierto poeta, cuya muerte se conmemora en estos días finales de noviembre, que aspiraba a que, tras la suya, «no se vertiera más sangre española en discordias civiles».




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