Patriotismo más allá del grito de «¡Viva España!»
Una victoria de la Selección puede despertar entusiasmo patriótico, pero el verdadero patriotismo no se reduce a un grito ocasional: exige una voluntad constante de vivir, comprender y mejorar España.
Un ¡Viva España! En la noche de Barcelona
Lo escuché claramente, con ocasión del segundo gol que la Selección Nacional propinó a la belga [el pasado 7 de julio]; un par de petardos, unos gritos y aplausos y el vítor de marras. El día anterior había visualizado en la pequeña pantalla a un enfervorizado hincha que se justificaba ante las cámaras diciendo que «era muy patriota».
No es mi intención echar en cara a los aficionados estas manifestaciones de alegría; especialmente, cuando tienen lugar en una tierra donde sigue presente y campante el virus del separatismo; poco aficionado al fútbol como es uno, me alegro de que gane la Selección, no tanto por la satisfacción de los jugadores y públicos en general, como por el posible enfado de quienes, por no sentirse españoles en absoluto (aunque lo sean), preferirían su derrota y la victoria de las extranjeras.
Más allá de una victoria deportiva
No obstante, quiero dejar constancia de que, para mí, una victoria deportiva no constituye la base del patriotismo, sobre todo si solo se manifiesta este fervor en estas ocasiones.
Parafraseando la definición clásica de justicia, definiré el patriotismo como una constante y perpetua voluntad de vivir el sentido de España; ni siquiera digo “sentir”, porque el patriotismo, además de algo que sale del corazón, debe pasar inexorablemente por la inteligencia y por esa voluntad que he tomado prestada de la otra definición. Se vive España, e incluso se siente dolor cuando se observan sus imperfecciones; eso ya lo han dicho varios autores, entre ellos don Miguel Unamuno («Me duele España») y José Antonio Primo de Rivera («Amamos a España porque no nos gusta»).
El patriotismo como voluntad de perfección
El patriotismo, en esta interpretación, debe estar acompañado de un constructivo sentido de la crítica; por ello, prefiero el grito de ¡Arriba España! al sencillo ¡Viva!, ya que se puede vivir en la enfermedad, en el deterioro constante, incluso en las puertas de la muerte, pero la ambición que implica el arriba contiene, en sí misma, un afán de perfección.
Por otra parte, he sostenido —en mi adaptada definición— que el patriotismo debe ser constante y perpetuo. He asistido a muchas manifestaciones patrióticas donde se enarbolaban miles de enseñas nacionales y se coreaban estrofas patrióticas (casi siempre, limitadas a aquella canción de Manolo Escobar, pues no se sabían otras…); los ciudadanos, bienintencionados, sentían ese patriotismo en un día determinado, quizás una vez o dos al año, pero el resto del tiempo guardaban la rojigualda en el armario y se desentendían de los problemas acuciantes que tiene España.
Patriotismo frente a patrioterismo
El párrafo anterior me da pie para diferenciar patriotismo y patrioterismo; acudo a los versos conocidos de Machado para encasillar este segundo término en aquello de «charanga y pandereta», dicho sea con perdón y sin ánimo de ofender a nadie. El patrioterismo se pone de manifiesto en ocasiones puntuales, por ejemplo, en una victoria futbolística, pero carece de fundamentos serios, de raíces y se suele encuadrar en el campo del folclore.
No entro ahora en la clara distinción entre patriotismo y nacionalismo, para mí, términos opuestos; el nacionalismo no es más que «el egoísmo de los pueblos», un mirarse el ombligo, adorar el terruño, cuando una Patria encierra la idea de proyecto, de tarea intergeneracional y comunitaria.
La ausencia de una pedagogía patriótica
España carece, hoy por hoy, de una pedagogía del patriotismo; ni se enseña en la escuela ni se aprende, generalmente, en el seno de la familia. Todo lo más, se relaciona socialmente ese verdadero patriotismo con instituciones del Estado, cuando la Patria está muy por encima de esas instituciones —que deben servir a España, no monopolizarla—, de los gobiernos y de los regímenes políticos.
El verdadero patriotismo no debe ser objeto, tampoco, de sacralización; pertenece a otro ámbito que no es el estrictamente trascendente; lo que sí es sacralizado con frecuencia es el nacionalismo, como vemos a diario en Cataluña. Eso no quiere decir que el patriotismo no pueda elevarnos por encima de lo puramente material, como nos ocurre con las ideas de Belleza, Bondad y Bien.
Un ¡Viva España! que sea algo más
Si escucho de nuevo un ¡Viva España! en la noche, además de saber que ha ganado la Selección Nacional de fútbol, me alegraré por los aficionados y mentalmente les desearé que, algún día, sean capaces de entender y vivir un verdadero y profundo patriotismo español. Y, en mis adentros, me repetiré un ¡Arriba España!, como reafirmación de una manera de ser acaso muy personal.
