Falangistas, franquismo y memoria reciente.

Una reflexión sobre el franquismo tardío, la influencia de falangistas en ámbitos culturales y mediáticos y el debate actual sobre la memoria histórica, las nomenclaturas y la interpretación del pasado.

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Falangistas, franquismo y memoria reciente.

La ley de memoria democrática

La sectaria y antihistórica ley de memoria democrática, impulsada durante el Gobierno de Zapatero, que tuvo sus antecedentes a finales de la década anterior en una ley autonómica andaluza (febrero de 2017), durante la etapa socialista del PSOE, pretendía originariamente buscar y desenterrar los cadáveres de los fusilamientos llevados a cabo tras el final de la Guerra Civil española.

Los esfuerzos investigadores del historiador hispanista y socialista irlandés Ian Gibson —En busca de José Antonio (1980), Asesinato de Lorca…— para desentrañar el secreto de la fosa de Federico García Lorca, en las afueras de Granada, fueron también antecedentes claros de ese interés por la búsqueda de una falsa reconciliación nacional entre vencedores y vencidos.


Memorias personales de una posguerra silenciada

A mis cerca de ochenta años, de los cuales viví menos de treinta durante el régimen de Franco, no recuerdo que en mi casa se hablase de la guerra ni de rojos, azules o comunistas. De mi madre, asturiana de la cuenca minera de Moreda de Aller, solo recuerdo alguna esporádica mención a la Revolución —o intento de golpe socialista— de Asturias de 1934.

Sí permanece también en mi memoria visual el recuerdo de las secuelas psiquiátricas que, de niño —sin entonces tener conciencia de por qué—, pude observar en un pariente de mi abuela, hermano del padre Suárez —cuyo padre fue ferroviario en una aldea de Pajares, Herías, y que llegó después a general de la Orden de Predicadores (dominicos)—, quien seguramente habría sufrido en sus carnes alguna tortura política.

Asimismo, en cierta ocasión me fueron mostradas cámaras de dobles tabiques en una casa de Campomanes, destinadas al ocultamiento de otros parientes de derechas para evitar ser asesinados. Ello me recordaba las horripilantes narraciones góticas de Edgar Allan Poe, que había leído de niño en la diminuta, económica e interesante colección Pulga, editada en los años cincuenta en Cataluña.

Es cierto que los ejecutados por las hordas republicanas en las tapias de los cementerios de las zonas donde no triunfó el Alzamiento —caso del fusilamiento del abuelo de mi esposa, único médico de Bailén— fueron después enterrados cristianamente. Con José Antonio fue así, aunque hasta ahora ya han sido cuatro los enterramientos. El más reciente, a causa de esa controvertida y funesta ley socialista.


La España del franquismo tardío

Evidentemente, en el franquismo no había libertades reales. Pero, a partir de mediados de los sesenta, casi nadie hablaba ya de la guerra. José Luis Sáenz de Heredia, primo de José Antonio, que había trabajado como ayudante del director Luis Buñuel y ha sido considerado como el cineasta oficial del franquismo, promovió las enseñanzas de futuros directores y técnicos de gran prestigio: Berlanga, Borau, Bardem, Del Amo, Chávarri, Saura, Drove, Claudio Guerin, Pilar Miró o Josefina Molina.

Todo ello sería posible desde 1947, con la creación del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, convertido a partir de 1961 en Escuela Oficial de Cine. Los directores y técnicos que de allí salieron, los más creativos y valientes, encontraron siempre trabajo en los estudios de cine y en los platós de la casi recién creada TVE. Los problemas de la censura, especialmente la de tipo moral, se sorteaban con destreza, habilidad e imaginación.


Cultura, cine y medios de comunicación

Sáenz de Heredia, con motivo de los Veinticinco años de paz, recibió el encargo de realizar un filme documental —Franco, ese hombre (1964)—, lógicamente muy favorable a su trayectoria personal y militar, pero del que se ha dicho que mostraba una visión ya más benevolente hacia la derecha republicana.

Emilio Romero, el periodista que marcó una línea —aunque fuese la oficial de los sindicatos verticales—, nada reaccionaria en relación con el Estado social de bienestar, dio también cobijo, durante su etapa de dirección (1952-1974), en el diario vespertino Pueblo (1940-1984), a periodistas y reporteros inteligentes y sagaces: Yale, Vicente Talón, Carrascal, Juan Luis Cebrián, Jesús Hermida, Amilibia, Balbín, Picatoste, Pérez-Reverte, Forges, Julio Merino, J. A. Plaza o Alfredo Amestoy.

Una buena parte de ellos pasó después, en los años sesenta y setenta, a trabajar en TVE, y algunos todavía sobreviven contando la auténtica verdad sobre aquella etapa política de un régimen de excepción, aunque fuese totalmente autoritario.


La memoria del franquismo

Hace varias semanas, el Gobierno actual publicó una serie de normas para hacer un catálogo de las nomenclaturas supervivientes del franquismo. También para intentar cerrar el pequeño foro de libertad llamado Fundación José Antonio. Movidos por la miopía y el resentimiento ideológico, se han olvidado de edificios, sedes, universidades, colegios mayores, ministerios, museos, construcciones, pantanos, universidades laborales y reconstrucciones histórico-monumentales promovidas casi siempre por joseantonianos, al menos de espíritu.

En muchos casos, los edificios han sido reciclados para revalorizar sus terrenos o para albergar a nuevos y progres políticos ávidos de poder y mando, que, sin embargo, parecen mostrarse incapaces de resolver los problemas estructurales de la carestía de vivienda, las canalizaciones ante riadas y las acuciantes demandas de la agricultura y la ganadería españolas. El paro juvenil, la saturación sanitaria o el desbordamiento producido por la emigración incontrolada, etcétera, siguen presentes.

Una reflexión sobre el pasado

José Antonio escribió en cierta ocasión que «los antis son las tapaderas de los oídos». Este desnortado y agónico Gobierno, ¿será finalmente capaz de dejar que todos los españoles —jóvenes, maduros y ancianos— pensemos y reflexionemos sobre nuestro pasado reciente sin tutelas, decretos ni prohibiciones? Perdamos toda esperanza.


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