Antonio Flores
12:00
08/06/26

La otra geopolítica, la que nadie parece ver.

Mientras Europa mira a los grandes conflictos internacionales, el narcotráfico, la corrupción, el tráfico de personas y el islamismo radical avanzan silenciosamente, debilitando instituciones y fronteras.

La otra geopolítica, la que nadie parece ver.

La geopolítica de los procesos silenciosos

La geopolítica es una herramienta del conocimiento para entender las complejas relaciones entre el poder político y el territorio. Ayuda a entender procesos y a predecir tendencias. Puede utilizarse de varias formas, algunas de ellas engañosas. El juego geopolítico de las grandes potencias y los grandes conflictos, tan adictivo él, puede enmascarar esas otras tendencias, mucho menos llamativas, pero fatalmente influyentes. Ucrania, Gaza y Taiwán definen, sin duda, escenarios macrogeopolíticos importantes a los que prestar atención. Aunque la experiencia nos dice que es improbable que degeneren en conflictos generales y brutalmente destructivos.

En cambio, los procesos microgeopolíticos pueden afectarnos mucho más directamente. Desgastan instituciones, influyen poco a poco, pero con una insistencia que desborda los marcos temporales. Desmontan construcciones aparentemente sólidas con la lenta voracidad de las termitas. Además, son capaces de pasar desapercibidos frente a la potencia mediática de los conflictos explosivos.


Bélgica y Holanda: el avance del narcoestado

Veamos ejemplos. El pasado mes de octubre, un juez de Amberes publicó una carta anónima en la que confirmaba lo que mucha gente intuía, pero que nadie se había atrevido a proclamar: Bélgica va camino de convertirse en un narcoestado. Los datos que se conocen son dramáticos: policía desbordada, jueces viviendo en pisos protegidos, tiroteos, capturas de grandes partidas de drogas que no son más que una fracción de las ingentes cantidades que atraviesan el país. Y la sensación generalizada de que la gran delincuencia organizada, aliada con la corrupción, está contaminando la vida política y permeando las instituciones.

Holanda no le va muy a la zaga. Se ha disimulado como se ha podido el escándalo de que la princesa heredera, Amalia, tuviese que buscar refugio en España para garantizar su seguridad frente a las amenazas de la poderosa Mocro Mafia, que campa por sus respetos en el país de los tulipanes. Hay una derivada española. Se ha desvanecido, como si no hubiese existido, el escándalo de la puesta en libertad "accidentalmente" del dirigente más peligroso de la Mocro Mafia, Karim Bouyakhichan, por un juez de Málaga, con la ridícula fianza de 50.000 euros. Ni que decir tiene que el fulano desapareció instantáneamente. Nadie ha dado explicaciones.

Rotterdam es otro de los puntos negros de penetración de ilícitos en el continente. No solo drogas. También personas, especialmente mujeres y niñas destinadas al comercio sexual. Y armas. Y otros tipos de contrabando incontrolables. Para satisfacer las insaciables y repugnantes demandas de muchos consumidores europeos.


África, origen y corredor de los tráficos ilícitos

Es imprescindible reconocer esta triste realidad. Europa importa ilícitos y, a cambio, exporta dinero y corrupción. En noviembre ha habido un nuevo golpe de Estado en Guinea-Bissau. Sospechosamente, ha coincidido con la decisión del presidente legítimo de extraditar a EE. UU. a los narcotraficantes capturados y sus contactos. Se trataba de combatir la impunidad de delincuentes que han hecho del país un narcoestado. No es ni mucho menos el único caso en África. La atraviesan verdaderas autopistas subterráneas por las que circula hacia Europa todo aquello que resulta odioso para cualquier persona con una mínima decencia. Y un flujo inconcebible de dinero que compra voluntades, apaga conciencias y enriquece a intermediarios, políticos y prestigiosos bufetes de abogados. Estamos ante una verdadera invasión. Una agresión no por sutil menos peligrosa. Procede del extranjero y persigue hacernos daño.

África tiene 30 millones de kilómetros cuadrados, pero en 10 de ellos ha desaparecido la presencia reconocible de cualquier organización estatal. Están en manos de tribus arriscadas, grupos terroristas y organizaciones criminales. Negocian de igual a igual con empresas y gobiernos para repartirse los recursos, las personas e incluso la ayuda internacional. Como la naturaleza aborrece el vacío y Europa no está dispuesta a combatir para recuperarlo, se está llenando de presencias poco deseables: Rusia, China, los Estados del Golfo Pérsico y un islamismo militante que pretende extirpar cualquier rasgo occidental, especialmente el cristianismo. Son presencias que en absoluto pretenden combatir la corrupción o promover los derechos humanos. Buscan adueñarse de recursos, conseguir esferas de influencia, controlar los tráficos ilegales y eliminar un modelo de civilización que aborrecen.


Las consecuencias para Europa

Las consecuencias las sufre Europa. Por ejemplo, que las flotas pesqueras chinas esquilmen lentamente los caladeros del África occidental empujará a la emigración a los millones de personas que viven de la pesca en sus costas. Que los Estados del Golfo financien a predicadores salafistas conducirá, en la práctica, al avance de un tipo de islam incompatible con el modelo de vida, más occidentalizado, que predomina al sur del Sahel. Sobre todo, si va acompañado de presiones violentas para erradicar el cristianismo. Por contra, ¿qué intelectual o líder de opinión europeo se atreverá a plantear que la defensa del cristianismo en África tiene una importancia geopolítica fundamental para Europa?

Una agresión exterior ignorada

¿Y qué político al uso se planteará que la invasión de la droga, el tráfico de personas y el islamismo radical constituyen una agresión exterior tan grave como las peores que afrontamos? Que nos debilita y contribuye a dibujar un escenario de retroceso geopolítico de nuestra civilización. Parece que solo Trump se ha dado cuenta.


Publicado en primicia en La Razón (7/01/2026), posteriormente recogido por La Razón de la Proa (con autorización del autor).

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