LIBROS

José Antonio en 'Riña de gatos'.

Eduardo de Mendoza recrea en 'Riña de gatos' el Madrid convulso de 1936, donde José Antonio Primo de Rivera aparece entre conspiraciones, violencia política y una Falange observada desde la mirada de un inglés.

2026-08-06-Libros-1w
José Antonio en 'Riña de gatos'.

Nota editorial: Este artículo abre una serie de cinco entregas sobre José Antonio Primo de Rivera visto por los novelistas, a través de las obras de Eduardo de Mendoza, Fernando Sánchez Dragó, Arturo Pérez-Reverte, Francisco Umbral y Javier Cercas.


Un inglés en el Madrid de 1936

Sirve como hilo conductor de la novela un inglés llamado Anthony Whitelands, que llega a bordo de un tren al Madrid convulso de la primavera de 1936. Deberá autenticar un cuadro desconocido, perteneciente a un aristócrata amigo de José Antonio, cuyo valor económico puede resultar determinante para favorecer el golpe de Estado que prepara el general Mola.

Nada más llegar, se convierte en involuntario protagonista de la confusa madeja política española y su breve estancia será un frenético ir y venir entre los actores de un drama que se avecina: José Antonio; los todavía indecisos insurrectos Franco, Mola, Queipo de Llano; la policía española; el espionaje inglés y los servicios secretos soviéticos.

El distanciamiento respecto de la grave situación social que sirve de fondo al argumento y es el tema de Riña de gatos no supone un relativismo indiferente al contexto histórico.

La novela refleja que todo anda revuelto y confuso en aquella primavera madrileña, y la constante violencia anuncia la cercanía de una trágica tormenta.


Un Madrid enfrentado

Así refleja la situación de enfrentamiento que se vivía en Madrid:

«Los que habían entrado en el local hacía un rato eran falangistas. Seguramente buscaban pelea, pero el aspecto pacífico de la concurrencia y el carácter apolítico del local les habían desanimado. Los falangistas, le contaron, eran pocos, en su mayoría jóvenes y, por consiguiente, impetuosos e irreflexivos; como su partido había salido mal parado en las últimas elecciones, ahora se dedicaban a la agitación. Se creían los dueños de la calle, sobre todo en Madrid, aunque a veces los socialistas o los anarquistas les zurraban la badana.

En los últimos tiempos los enfrentamientos se habían radicalizado y no era raro que se saldaran con heridos e incluso con muertos. Los falangistas, dijo alguien, eran unos señoritos, unos hijos de papá; lo malo era que papá, no contento con darles dinero, les prestaba la pistola. Al parecer, aquella misma mañana un puñado de mocosos con camisa azul se había presentado en un mitin socialista y había descerrajado una perdigonada contra la tribuna de los oradores.

Antes de que los asistentes se hubieran repuesto del susto, los agresores se habían dado a la fuga en un automóvil. Y si en aquel momento, continuó diciendo el parroquiano, hubiera acertado a pasar por allí un tipo con aspecto de capitalista o, peor aún, de cura, a buen seguro lo habrían hecho picadillo. De este modo, acabó diciendo, pagaban justos por pecadores.

El problema, dijo otro, era que a aquellas alturas ya no quedaban justos ni pecadores. Era fácil acusar a los falangistas de todo lo malo, pero no había que olvidar quién les había abonado el terreno; los atentados, las huelgas y los sabotajes, la quema de iglesias y conventos, las bombas y la dinamita, sin olvidar las taxativas afirmaciones de cuál era el objetivo último de todas estas acciones, a saber, la destrucción del Estado, la disolución de la familia y la abolición de la propiedad privada. Y esto con la tolerancia, cobarde o cómplice, de las autoridades.

En vista de este panorama, no era de extrañar que algunos sectores de la sociedad hubieran decidido tomar medidas para hacer valer su voz o, cuando menos, para morir con las armas en la mano. Sin dejarle terminar, intervino un hombre menudo, tocado con un bombín raído, que dijo llamarse Mosca y ser miembro de la UGT. En opinión del señor Mosca, la raíz del conflicto estaba en la actitud de los catalanes.

Bajo la apariencia de modificar las estructuras administrativas del Estado español, los catalanes habían roto de hecho la unidad de España y ahora la nación se desmoronaba como un muro al que se le hubiera quitado la argamasa. Como entre los presentes no había catalanes, nadie le refutó el argumento ni le indicó la dudosa exactitud de la metáfora, con lo que el señor Mosca prosiguió diciendo que, al desaparecer el sentimiento de pertenencia a una patria común, cada ciudadano se apuntaba a la primera procesión que pasaba por delante de su casa y cada uno, en vez de ver un compatriota en el vecino, veía un enemigo. Antes de terminar, fue acallado por los gritos de otros parroquianos, deseosos de dar a conocer su propio análisis de la situación. Para hacerse oír, el señor Mosca se puso de puntillas y estiró mucho el cuello, pero sólo consiguió que los aspavientos de otro individuo hicieran salir volando su bombín».

Queda claro que cuando estalle será producto de la conspiración de los descontentos contra una legalidad, la republicana, desorientada y muy torpe en su defensa. Pero el autor no se pone doctoral para fabular la realidad.


El abandono de Madrid

Tras quedar resuelto de forma inesperada el asunto que le trajo a España, Whitelands decide abandonar Madrid:

«Anthony dejó el vaso vacío sobre una mesita auxiliar y se levantó de la butaca. Le dolía la cabeza y tenía el estómago revuelto. Advirtiendo su desazón, lord Bumblebee le puso la mano en el hombro. —Parker tiene razón. Vuelva a casa, olvídese de Madrid. Es una ciudad sucia, revuelta, la gente no sabe estar en su sitio. Y no se preocupe por su amigo Primo; no le pasará nada.

El fascismo es un incordio, pero no es un problema. El problema viene de Rusia. Tarde o temprano Inglaterra habrá de aliarse con Alemania para hacer frente a la amenaza comunista. —Se volvió al retrato de Su Majestad Eduardo VIII y lo señaló con la pipa—. Su Majestad así lo entiende y no oculta sus simpatías por Hitler.

Hitler no es un demócrata cabal, es cierto, pero la política no permite hacer distingos. Por eso no es para personas educadas y sensibles como usted, Whitelands. Vuelva a Londres, a sus cuadros y a sus libros».


José Antonio y la Falange según la novela

En la novela se describe así a José Antonio y a la Falange:

«En 1933 fundó Falange Española, un partido político de orientación fascista. Un año más tarde el partido se fusionó con el grupo de Ramiro Ledesma Ramos denominado Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas, o, más simplemente, las JONS, de orientación similar, más radical en sus planteamientos. Al cabo de poco se produjo la ruptura, Ramiro Ledesma abandonó la formación y por convicción o por despecho lanzó una virulenta campaña de descrédito contra la Falange y contra su Jefe, acusando a ambos de haberse apropiado del programa y de los símbolos de las JONS. De nada le sirvió, porque la mayoría de militantes de este partido habían optado por abandonar a su antiguo líder y permanecieron en el seno de la Falange, pero la escisión fue dolorosa y puso de relieve algunas contradicciones todavía no resueltas en el momento presente.

Más tarde, cuando José María Gil Robles parecía destinado a convertirse en el Mussolini español, José Antonio Primo de Rivera le ofreció el concurso de la Falange para consumar el golpe de Estado, pero Gil Robles no se decidió a dar el paso definitivo y declinó la oferta. Estos dos contratiempos convencieron a José Antonio de la necesidad de conducir a la Falange al combate sin contar con más fuerzas que las propias.

Poco después, este convencimiento le llevó a rechazar una posible alianza con José Calvo Sotelo, monárquico, autoritario, orador brillante y hombre de fuerte personalidad, que se había convertido en el adalid de la derecha más conservadora y pretendía acaudillar el movimiento fascista español. Las relaciones de la Falange con los militares proclives a la sublevación eran cordiales pero fluctuantes: entre ambos sectores predominaba la desconfianza de José Antonio hacia el Ejército, al que culpaba de haber abandonado a su padre, y la desconfianza del Ejército hacia un partido de ideario confuso y actuación errática.

La violencia formaba parte del programa de Falange Española desde su fundación. En sucesivos choques con grupos de izquierda, los falangistas habían sufrido bajas y también las habían causado. En las elecciones legislativas de 1933, Primo de Rivera obtuvo un escaño; en las de 1936 se quedó sin él.

En rigor, Falange Española y de las JONS no pinta nada. Los fundadores son unos señoritos ociosos; sus seguidores, un puñado de estudiantes y en los últimos tiempos media docena de pistoleros a sueldo. Los apoya un sector de la carcunda y lo votan las niñas cursis y los pollos pera de Puerta de Hierro. Con todo, no se puede negar su capacidad de acción.

Los falangistas de José Antonio están organizados en forma piramidal: elementos, escuadras, falanges, centurias, banderas y legiones. La unidad más pequeña, un elemento, consta de tres hombres, un jefe y un subjefe. La mayor, una legión, de unos 4.000 hombres. Este sistema les da una gran capacidad de acción en todas las modalidades de lucha armada: como guerrilla y como fuerza de choque, y se adapta a cualquier circunstancia, salvo al campo abierto.

El número total de falangistas encuadrados en esta tropa es difícil de precisar. Todos exageran, unos por lo alto y otros por lo bajo, según les conviene. De todos modos, no son tantos como para tomar el poder por sí solos. Primo de Rivera ha ofrecido su colaboración al Ejército en varias ocasiones, si el Ejército o una parte de él se decide a un pronunciamiento. Naturalmente, los militares le han dado con la puerta en las narices. Harán lo que quieran cuando lo estimen oportuno, y ni entonces ni antes ni después quieren saber nada de una facción armada que no reconoce la jerarquía militar, que sólo obedece a un jefe que en su día se lio a mamporros con un general y que pretende imponer sus objetivos políticos al propio Ejército si éste toma el poder.

Aun así, no hay que descartar que de producirse un conflicto, el Ejército utilizara a los falangistas como fuerza auxiliar o para acciones concretas poco gratas. Los falangistas no son remilgados.

En definitiva, que no sabemos lo que puede pasar. Al margen de todas las consideraciones lógicas, no hemos de olvidar que José Antonio es un memo y un irresponsable, y sus seguidores, unos fanáticos que harían lo que él les dijera sin pararse a pensar. La mayoría son unos críos, exaltados y románticos. A esa edad no tienen miedo a la muerte, porque todavía no saben lo que es. Y el Jefe les ha calentado la cabeza con la mandanga del heroísmo y el sacrificio».


La duda ante la guerra civil

Sobre lo que pensaba José Antonio de una hipotética guerra civil, en la novela se señala:

«La Junta Política estaba dividida y las previsibles revelaciones traídas por el padre Rodrigo directamente del palacete de la Castellana ahondaban las diferencias. Los moderados consideraban necesario de todo punto unirse a los militares, aunque eso supusiera asignar a la Falange un papel auxiliar en el movimiento. Los más impulsivos eran partidarios de tomar la iniciativa. Algunos, más reflexivos, veían la inutilidad de una y otra decisión: con la intervención del Ejército, diera quien diera el primer paso, no sólo el mando quedaría en manos de los generales, sino que la Falange, su ideario, su espíritu y su programa, se verían desvirtuados a la larga o a la corta. Entre éstos no faltaban quienes preferían mantenerse al margen de los acontecimientos y esperar una oportunidad más clara en el futuro.

Que se produjera un levantamiento contra el gobierno del Frente Popular y la Falange permaneciera cruzada de brazos era una idea rara, casi obscena; ni siquiera los partidarios de esta estrategia se atrevían a proponerla abiertamente, a sabiendas de que la propuesta se atribuiría a cobardía e indecisión. Sólo a veces alguien, indirectamente, había insinuado la hipótesis de la neutralidad.

José Antonio Primo de Rivera se debatía en la duda. Como Jefe Nacional de un partido autoritario, no había de consultar con nadie ni dar cuentas a nadie de su decisión, pero en el fondo no era un líder político, sino un intelectual, un jurista educado para examinar los hechos bajo todos los ángulos. Su fanatismo era retórico. Porque los conocía desde la infancia, sabía mejor que nadie que los generales, con su pomposo discurso patriótico, sólo eran el brazo ejecutor de los terratenientes, la burguesía financiera y la aristocracia».



Lo que han dicho otros críticos

La presencia de José Antonio en Riña de gatos no ha pasado inadvertida para quienes han estudiado o reseñado la novela. Desde La Razón de la Proa hemos querido acudir también a esas otras miradas para comprobar cómo han interpretado distintos críticos la recreación literaria del líder falangista que hace Eduardo Mendoza.

La novela y el significado de su título

José-Carlos Mainer, en Babelia de El País, relaciona directamente a José Antonio con el significado del propio título de la novela. Mainer recuerda que los madrileños eran conocidos tradicionalmente como «gatos» y que la expresión «pelea de gatos» evoca una disputa ruidosa y desordenada. En ese juego de imágenes, José Antonio califica la conspiración de los generales que pretenden derribar a la República como una «pelea de perros». El crítico destaca así la manera en que Mendoza entrelaza arte, violencia política, humor y simbolismo en la construcción de su relato. (Leer El Universo)

José Antonio en el Madrid de 1936

Una mirada más detenida sobre el personaje ofrece Justo Serna, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, en Ojos de Papel. Su reseña presta especial atención a la relación de José Antonio con el entorno aristocrático del duque de la Igualada y a su papel dentro de la trama política. La presencia del líder falangista no aparece, por tanto, como un simple recurso para dotar de historicidad a la novela, sino como uno de los elementos que contribuyen a reconstruir el ambiente político y social del Madrid de 1936. (Ojos de Papel)

Una mirada grotesca y paródica

Desde una perspectiva diferente, Jaime Pacios, en Tarántula Cultura, pone el acento en el carácter grotesco y paródico de la recreación de los personajes históricos. Considera que tanto José Antonio como Sánchez Mazas y Fernández Cuesta aparecen especialmente sometidos a esa mirada deformadora que Mendoza utiliza para construir el ambiente madrileño. La novela se sirve así del humor y del esperpento para presentar a unos personajes históricos que, vistos desde el presente, resultan difíciles de separar de la tragedia que terminaría desencadenándose. (Tarántula Cultura)

Entre la ficción y la reconstrucción histórica

Más crítica con el resultado literario se muestra la reseña de Adolfo Torrecilla, publicada en Aceprensa. Torrecilla señala la importancia de José Antonio dentro de la trama y del círculo familiar del duque de la Igualada, pero considera que la radiografía política de la Segunda República resulta en algunos momentos demasiado superficial. Su valoración introduce un contrapunto interesante: la relevancia histórica de los personajes no garantiza por sí misma la profundidad de su tratamiento literario. (Aceprensa)

José Antonio como personaje literario

A estas aproximaciones periodísticas se suma un estudio académico especialmente centrado en la cuestión que nos ocupa. Durba Banerjee, de la Universidad de Delhi, publicó en 2016, en Entrehojas: Revista de Estudios Hispánicos, el estudio «Riña de Gatos. Madrid 1936: Mendoza desde la óptica de la memoria histórica en el siglo XXI». Banerjee considera que la novela trasciende los límites habituales de la literatura sobre la Guerra Civil mediante un «redescubrimiento» de Primo de Rivera, convertido en una figura central para la reinterpretación literaria de aquel periodo. (OJS Western)

El estudio de Banerjee resulta especialmente significativo porque no se limita a constatar la presencia de José Antonio: analiza cómo Mendoza añade distintas capas a su caracterización, entre ellas su relación con la familia del duque de la Igualada y la dimensión personal y humana del personaje. La investigadora señala, además, la transformación de José Antonio en una figura que combina elementos de dandi, héroe y personaje en ocasiones absurdo, dentro del particular tono humorístico de la novela. (OJS Western).

También merece mencionarse la crítica publicada en Crítica de Libros por Aretino, que destaca desde el comienzo que el cuadro cuya autenticidad debe determinar Anthony Whitelands pertenece a un amigo de José Antonio. Para esta reseña, la presencia de numerosos personajes históricos tratados con naturalidad es precisamente uno de los rasgos que singularizan la novela. (Crítica de Libros).

Distintas miradas sobre un mismo personaje

El recorrido por estas críticas permite apreciar una coincidencia fundamental: José Antonio no aparece en Riña de gatos como un personaje histórico introducido de manera meramente decorativa. Su figura está integrada en la trama, en las relaciones entre los personajes y en la reconstrucción del Madrid de la primavera de 1936. Al mismo tiempo, los críticos discrepan sobre el resultado de esa recreación: algunos destacan su dimensión simbólica y humana; otros, su carácter grotesco o paródico; y otros ponen en duda la profundidad de la interpretación histórica.

Precisamente ahí reside uno de los principales intereses de esta novela para nuestro propósito: no tanto establecer qué José Antonio histórico quiso retratar Eduardo Mendoza, como observar qué José Antonio literario construyó el novelista.

Comentarios