Los jóvenes ante el peor ejemplo
La corrupción como paradigma educativo
Al actual panorama de la vida política española se le puede aplicar, sin miedo a errores, el calificativo de desolador. Y no nos referimos en este comentario a líneas ideológicas concretas, con las que cada ciudadano puede, legítimamente, estar de acuerdo o en desacuerdo, sino a los aspectos éticos y morales de muchos personajes públicos, teóricamente encaramados en sus puestos para un mejor servicio al bien común de los españoles.
No hace falta entrar en detalles, pues, día a día, las páginas de los periódicos y las pantallas de televisión nos ofrecen sobrados datos de esa plaga que parece haberse enseñoreado de la España oficial (Ortega dixit) y que tiene el sonoro apelativo de corrupción; a veces, nos formulamos la triste pregunta de si esta es transversal, es decir, si ha inficionado también a muchos sectores de la España real...
Aquí vamos a referirnos a uno de los aspectos que no suelen tenerse en cuenta en los medios: el efecto que esta evidencia puede tener entre los jóvenes, al tratarse de un paradigma educativo negativo en todos sus extremos: todo lo contrario de lo edificante, lo educativo, lo loable, lo meritorio, lo digno... ¡Pobre sociedad española! No solo la que contempla —estupefacta o indiferente— el panorama actual, sino la que deberán edificar nuevas generaciones de seguir las pautas actuales.
El valor insustituible del ejemplo
Cuando éramos... más jóvenes, se nos insistía en el valor educativo del ejemplo, que estaba más allá de toda técnica o recurso didáctico: «Fray Ejemplo es el mejor predicador», «La palabra mueve, el ejemplo arrastra». Y se nos proponían referentes históricos, no para reverenciarlos o imitarlos, sino para tomar nota de sus cualidades en otros momentos diferentes.
¿Qué tienen ante sí las actuales generaciones de relevo? ¿Qué Influenciadores políticos desfilan ante sus ojos a diario? El educador no tiene más remedio que intentar echar pelotas fuera y decir aquello tan sobado de «¡Niño, aquí no se habla de política!», estupidez censora que tantas veces han aguantado nuestros oídos en los últimos tiempos.
Y tampoco vale el recurso de decir, en genérico, que la ley se encargará de afrontar la corrupción, pues sabemos de sobra que una cosa es la letra de los tribunales y otra la noción clara de justicia, esa con que nos martilleaban en nuestros campamentos de antaño y que equivale, en su fondo, a establecer una guía ética de las conductas, en público y en privado, y de las instituciones que nos proponíamos, acaso ingenuamente, instaurar en aquella España mejor de nuestros horizontes.
Una llamada a la regeneración moral
De ahí nuestra continua invocación al aire libre, con la guía de un cielo de estrellas, con desprecio de quienes preferían las atmósferas turbias y sus festines.