ARGUMENTOS
Rebeldes vendidos
¿Qué ocurrió con aquella juventud europea que quiso incendiar el mundo heredado bajo el impulso de Nietzsche? Este ensayo rastrea cómo la rebeldía vitalista acabó absorbida por ideologías, Estados y dogmas.
El despertar de una rebeldía filosófica
¿Es pertinente preguntarse, todavía, por la crisis y decadencia de aquellos movimientos juveniles que, inspirados en la filosofía de Nietzsche, emergieron en la Europa de principios del siglo XX? Más de cien años después, cuando sus ecos parecen apagados y sus herederos se convirtieron en polvo institucional, la pregunta no solo es pertinente, sino urgente. Porque en el espejo de aquella rebelión fallida —en su entusiasmo, en sus contradicciones y, sobre todo, en su traición final— acaso podamos reconocer las sombras de nuestras propias tentaciones.
A comienzos del siglo pasado, Europa era un continente escindido entre la confianza positivista en el progreso y una angustia cultural que se filtraba por todas las grietas del orden burgués. Fue entonces cuando la filosofía de Friedrich Nietzsche, profeta solitario de la muerte de Dios y del advenimiento del superhombre, actuó como un detonante. Sus martillazos filosóficos —la crítica radical a la moral cristiana, el desprecio por la democracia como prolongación de la teología, la exaltación de la voluntad de poder y la vida como creación incesante— encontraron en la juventud europea un auditorio dispuesto a incendiar el mundo heredado.
Sin embargo, estos movimientos no fueron homogéneos, ni constituyeron jamás un partido. Nietzsche no fue un ideólogo, sino un aguijón. Su espíritu impregnó por ósmosis a grupos muy diversos: desde los anarquistas que soñaban con la destrucción del Estado hasta los Wandervögel alemanes que huían de las ciudades hacia bosques primigenios; desde las vanguardias artísticas que querían quemar los museos hasta los intelectuales de la Revolución Conservadora que anunciaban el ocaso de Occidente. Todos ellos compartían algo, sin embargo: una voluntad de ruptura, un ansia de autenticidad, un rechazo visceral a la mediocridad del hombre-masa.
La paradoja nietzscheana: libertad y disciplina
La decadencia de estos movimientos no puede explicarse únicamente por factores externos —las guerras, las dictaduras, la represión—, sino que obedece a una contradicción íntima que los habitaba desde su nacimiento. Podemos denominarla la paradoja nietzscheana: cómo predicar el individualismo radical en una era de masas; cómo exigir la creación de valores propios en un tiempo que demandaba organizaciones, programas y cuadros de militancia. Nietzsche fue, ante todo, un aristócrata del espíritu. Su superhombre es una figura esencialmente solitaria que se auto-supera en un combate sin testigos, lejos de la plebe y sus consuelos. Pero los jóvenes que lo leyeron a comienzos del siglo XX necesitaban actuar juntos, fundar revistas, organizar marchas, conquistar el poder. Esta tensión entre el individualismo extremo y la exigencia de organización fue, desde el principio, insalvable. Para actuar en masa, la voluntad individual debía ser supeditada a una causa común; y esa supeditación, inevitablemente, traicionaba el espíritu nietzscheano original.
Nietzsche había proclamado la necesidad de situarse «más allá del bien y del mal», pero los jóvenes rebeldes, una vez destruidos los antiguos mandamientos, experimentaron el vértigo del vacío y la urgencia de nuevos dioses. Al rechazar el cristianismo y el liberalismo, muchos terminaron abrazando nuevas tablas de valores tan rígidas o más que las anteriores: el dogma de la revolución social, el culto a la raza, la lealtad incondicional al líder. La muerte de Dios dejó un hueco que fue llenado por ideologías totalitarias. La libertad nietzscheana, tan difícil de sostener, fue así canjeada por la servidumbre voluntaria.
Estos movimientos contribuyeron decisivamente a lo que George Mosse denominó «la nacionalización de las masas»: la transformación de la política en una experiencia de trascendencia, heroísmo y comunidad casi religiosa. Buscaban en la acción colectiva no la eficacia administrativa, sino la epifanía; no la gestión de lo público, sino la redención. Esta espiritualización de la política fue el caldo de cultivo perfecto para los fascismos europeos, que se apropiaron del lenguaje nietzscheano —vitalidad, lucha, voluntad, hombría— vaciándolo de su hondura filosófica para convertirlo en mera propaganda estatal.
La guerra, el mito y la captura totalitaria
La Primera Guerra Mundial constituyó el punto de inflexión definitivo. Para muchos jóvenes, el conflicto se presentó como la gran prueba nietzscheana, la oportunidad de demostrar su temple, su capacidad de sacrificio, su heroísmo. Los poetas futuristas exaltaron la guerra como «única higiene del mundo»; Ernst Jünger la describió como una forja del hombre nuevo. Pero la realidad de las trincheras —esa matanza industrializada, anónima, mecanizada— no fue la gesta heroica soñada, sino una carnicería que destruyó físicamente a toda una generación y desacreditó para siempre su romanticismo violento. Los supervivientes regresaron mutilados, traumatizados o, en el peor de los casos, radicalizados hacia los extremos que culminarían veinte años después.
El factor más decisivo para su decadencia fue, sin duda, la cooptación por el fascismo y el nacionalsocialismo. El nazismo alemán, de forma burda y sistemáticamente tergiversada, se apropió de los conceptos nietzscheanos: la voluntad de poder fue identificada con el dominio racial; el superhombre, con el ario germánico; el eterno retorno, con la mística milenarista del Tercer Reich. Al identificarse con el régimen —o, más exactamente, al ser absorbidos por él— estos movimientos juveniles perdieron su carácter crítico y rebelde para convertirse en meros instrumentos de adoctrinamiento estatal. Las Juventudes Hitlerianas son el ejemplo más acabado de esta metamorfosis: lo que había nacido como rebelión contra el mundo burgués terminó como correa de transmisión del totalitarismo. La derrota de 1945 significó, para estos movimientos, no solo su desaparición política, sino también su desprestigio filosófico definitivo.
Alemania, Italia y Francia: las derivas europeas
En Alemania, el movimiento Wandervögel surgió a finales del siglo XIX como una reacción romántica contra la industrialización y el racionalismo burgués. Sus miembros huían de las ciudades para recorrer los bosques, cantar canciones populares, recuperar el folclore germánico. No era, ciertamente, un movimiento nietzscheano en sentido estricto; pero compartía con Nietzsche el rechazo a la cultura libresca y la búsqueda de una autenticidad primigenia. Con el tiempo, su nacionalismo romántico se fue tiñendo de ideas völkisch —esa mezcla de racismo, misticismo germánico y antisemitismo—, lo que facilitó su absorción por el nazismo. Por su parte, la Revolución Conservadora agrupó a intelectuales como Oswald Spengler, Arthur Moeller van den Bruck o el primer Ernst Jünger. Estos autores bebieron directamente de Nietzsche para diagnosticar la decadencia de Occidente y anunciar la necesidad de una regeneración heroica. Su pensamiento era más complejo y, en ocasiones, más lúcido que el del nacionalsocialismo; pero al exaltar la guerra como experiencia metafísica y al despreciar la democracia como forma política, allanaron el camino ideológico para el Tercer Reich.
En Italia, Filippo Tommaso Marinetti y sus futuristas representan quizá la expresión más pura del espíritu nietzscheano aplicado al arte y a la política. Su programa era arrasador: exaltación de la velocidad, la tecnología, la violencia; glorificación de la guerra como «única higiene del mundo»; desprecio furibundo por el pasado («¡quememos los museos!»). El futurismo fue, ante todo, una rebelión estética, pero pronto derivó hacia la política activa. Marinetti vio en Mussolini y en su recién nacido fascismo la encarnación de esa energía vital que el movimiento reclamaba. La alianza, sin embargo, resultó letal para el futurismo: absorbido por el régimen, perdió su carácter vanguardista y transgresor para convertirse en un arte oficial, decorativo, domesticado. La rebeldía se hizo ceremonia.
En Francia, la recepción de Nietzsche se produjo por cauces distintos. Georges Sorel, pensador heterodoxo, tomó del filósofo alemán —y también de Bergson— la idea del «mito» como fuerza movilizadora. Para Sorel, la huelga general no era un objetivo pragmático, sino un mito capaz de galvanizar las energías revolucionarias de las masas obreras. Este «nietzscheanismo de izquierdas» influyó poderosamente en el anarcosindicalismo y, paradójicamente, también en ciertos sectores de la derecha radical. Action Française, el movimiento monárquico de Charles Maurras, intentó asimilar el vitalismo nietzscheano a su proyecto reaccionario, aunque con escaso éxito: el pensamiento de Nietzsche era demasiado germánico, demasiado anticristiano, demasiado individualista para encajar en el tradicionalismo galo. La crisis de estos movimientos llegó cuando sus mitos se revelaron impotentes frente a la realidad organizativa de los partidos y los sindicatos. Los jóvenes franceses que habían soñado con la revolución heroica se inmolaron, finalmente, con los mitos germánicos que habían importado.
España: del regeneracionismo a la disciplina política
En España, la recepción de Nietzsche fue temprana e intensa, pero adquirió características singulares. Aquí, el pensamiento del filósofo alemán no llegó en estado puro, sino que se mezcló con tradiciones autóctonas —el regeneracionismo, el anarquismo, el nacionalismo emergente— para producir fenómenos de extraordinaria originalidad. Miguel de Unamuno y Pío Baroja fueron, quizá, los más fervientes divulgadores de Nietzsche en España. Lo leyeron, sin embargo, en clave española: no como el profeta del superhombre germánico, sino como el filósofo que podía sacudir la modorra nacional, aquella «abulia» que Ganivet había diagnosticado. Para Unamuno, el superhombre era el individuo de voluntad y acción capaz de regenerar España desde dentro, mediante una revolución espiritual. Su crisis fue, precisamente, la constatación del fracaso de ese proyecto regeneracionista, que chocó una y otra vez con la realidad inmóvil de la Restauración y con la creciente polarización política que conduciría a la guerra civil.
El anarcosindicalismo español, especialmente a través de la CNT, desarrolló una corriente fuertemente impregnada de nietzscheanismo. Federico Urales, La Revista Blanca y otros militantes libertarios vieron en el superhombre al militante ejemplar: aquel individuo liberado de la moral esclava, capaz de sacrificarse por la revolución sin esperar recompensa ultraterrena. La idea de una «minoría selecta» que actuara como fermento revolucionario era profundamente nietzscheana. Esta corriente sufrió una doble crisis: interna, por la tensión insalvable entre el individualismo extremo y la disciplina sindical; e histórica, por la derrota en la Guerra Civil y la posterior represión franquista, que aniquiló físicamente a toda una generación de militantes libertarios y arrasó su cultura.
Revistas como La Gaceta Literaria, dirigida por Ernesto Giménez Caballero, fueron vehículo de un nietzscheanismo vitalista que conectaba con las vanguardias europeas. Giménez Caballero evolucionó desde ese vitalismo estético hacia el fascismo a la italiana y, finalmente, hacia el falangismo. Su trayectoria es un ejemplo paradigmático de aquella deriva que nos ocupa: de la rebelión cultural esteticista a la solución autoritaria; de la exaltación de la libertad creadora a la sumisión al líder y al partido.
El caso más paradigmático en España fue Falange Española fundada en 1934 por José Antonio Primo de Rivera. Aunque de formación más orteguiana que nietzscheana, utilizó un lenguaje impregnado de tópicos procedentes del filósofo alemán: la «vida como milicia», la «dialéctica de los puños y las pistolas», la búsqueda de un estilo de vida «ardiente y militante». La Falange intentó canalizar el descontento juvenil y el espíritu de rebelión hacia un proyecto nacional-sindicalista que, en ciertos aspectos, recordaba al sorelismo francés. Sin embargo, tras la Guerra Civil, el general Franco vació a Falange de todo contenido revolucionario y la convirtió en un instrumento más de su régimen. El nietzscheanismo quedó reducido, en el nuevo Estado, a una retórica hueca al servicio de una dictadura profundamente conservadora y católica.
Las Falanges Juveniles: la rebelión domesticada
Las Falanges Juveniles de Franco era la sección política, de carácter voluntario incardinada en el Frente de Juventudes, la organización única de la juventud bajo el franquismo. Tuvo vigencia entre 1941 y 1960 en que fue disuelta. Las Falanges Juveniles (FF.JJ.) constituyen un caso de estudio fundamental; no porque sea un ejemplo más de movimiento juvenil nietzscheano —no lo es, o lo es solo en el sentido en que la caricatura lo es del retrato—, sino porque representa el epílogo institucionalizado, domesticado y definitivamente vaciado de aquel impulso rebelde que recorrió Europa a comienzos de siglo que no puede entenderse sino como la versión domesticada, oficialista y nacionalcatólica de aquellos movimientos juveniles vitalistas que, treinta o cuarenta años antes, habían soñado con incendiar el mundo. Heredó de ellos las formas —el estilo paramilitar, el culto al aire libre, la exaltación de la camaradería, los campamentos y las marchas— pero los vació por completo de su contenido original.
Las FF.JJ. tomó de los Wandervögel alemanes la afición por la naturaleza y el folclore; de los exploradores, la organización por patrullas y la mística del servicio; del falangismo, el lenguaje marcial y la simbología imperial. Pero todo ello fue puesto al servicio de un objetivo radicalmente opuesto al de sus predecesores: no la rebelión contra el orden establecido, sino la sumisión a él; no la crítica de la cultura burguesa, sino la formación de la juventud del Estado; no la creación de nuevos valores, sino la transmisión acrítica de los valores del nacionalcatolicismo. Las FF.JJ. intentaron una síntesis imposible entre dos mundos antagónicos. Por un lado, asumió la estética y el estilo de los movimientos juveniles vitalistas —ese eco lejano del espíritu nietzscheano que había llegado a través del falangismo—; por otro, se sometió sin reservas a la ortodoxia católica más tradicional y al conservadurismo político del régimen franquista. Esta contradicción, que para un nietzscheano auténtico habría resultado insoportable, fue resuelta mediante la simple eliminación del conflicto: se suprimió la filosofía y se conservó la coreografía.
Tres evidencias bastan para demostrar que las FF.JJ. representan, efectivamente, el momento final de la decadencia del impulso nietzscheano en España. Primera: el superhombre convertido en buen ciudadano. El ideal nietzscheano del individuo creador de sus propios valores, situado más allá del bien y del mal, fue sustituido por el ideal del joven disciplinado, obediente a Dios y a la Patria, perfectamente integrado en el orden social establecido. Las FF.JJ. no formaban rebeldes, formaba funcionarios en potencia. Segunda: la voluntad de poder al servicio del Estado. La energía juvenil que los primeros movimientos habían querido canalizar hacia la rebelión y la transformación radical de la sociedad fue reconducida hacia la sumisión y el servicio acrítico al Estado. Los campamentos, las marchas, los cantos no buscaban la autenticidad individual ni la creación de nuevas formas de vida, sino la socialización en los valores de la dictadura. Tercera: la muerte de la transgresión. Las FF.JJ. representan la institucionalización total y, por tanto, la muerte definitiva del espíritu transgresor. No hay en ella «más allá del bien y del mal», sino una definición estricta y policial del bien y del mal, impuesta por el Estado y la Iglesia.
Las FF.JJ. son, así, el eslabón final de una cadena que se inicia con la recepción entusiasta de Nietzsche por parte de la Generación del 98, continúa con su politización en los años treinta a través de Falange, y culmina, durante la dictadura, con su domesticación y vaciamiento definitivos en 1960. Lo que fue llama se hizo ceniza; lo que fue rebelión, adoctrinamiento.
Las FF.JJ. —insisto en ello— no fue un ejemplo más de movimiento juvenil europeo de carácter nietzscheano. Es, exactamente, lo contrario: la prueba definitiva de su fracaso histórico en España. Es el caso paradigmático de cómo un régimen autoritario puede tomar la estética y las formas de los movimientos juveniles vitalistas —la camaradería, el amor a la naturaleza, el espíritu de servicio, el lenguaje marcial— y vaciarlas por completo de su potencial revolucionario y transgresor, transformándolas en herramientas de adoctrinamiento y control social. Fue la tumba institucionalizada de aquel espíritu rebelde; sus cantos, el réquiem de una generación que se extinguió sin haber llegado nunca a nacer a finales de los años sesenta del siglo pasado.
El fracaso de una revolución espiritual
La decadencia y desaparición en Europa de los movimientos juveniles de inspiración nietzscheana no fue, por tanto, un simple fracaso —como si se tratara de una empresa que no alcanzó sus objetivos—, sino el resultado necesario de unas contradicciones internas que la historia del siglo XX se encargó de hacer estallar. Fue, en última instancia, la crisis de la propia modernidad: aquella que, tras declarar la muerte de todos los dioses, se encontró con el vértigo del vacío y, presa del pánico, se apresuró a fabricar nuevos ídolos, más sanguinarios y exigentes que los antiguos. Los jóvenes nietzscheanos quisieron derribar el templo y, al hacerlo, levantaron sin saberlo las paredes de un templo nuevo, más oscuro y opresivo que el primero. Incendiaron el mundo antiguo y se quemaron con él.
Y sin embargo —quizá sea esta la última ironía nietzscheana—, aquel impulso originario, aquel afán de autenticidad, aquel gesto de ruptura que los movió a decir «no» al mundo heredado, no ha desaparecido del todo. Sobrevive, acaso, en formas más modestas y solitarias: en el artista que trabaja en la oscuridad de su taller, en el pensador que escribe contra la corriente, en el joven que, sin saberlo, vuelve a plantearse las mismas preguntas que atormentaron a aquellos rebeldes de hace cien años. Porque la muerte de Dios, como Nietzsche sabía bien, no es un acontecimiento que ocurra una vez y para siempre. Es una tarea infinita, un combate que cada generación debe librar por sí misma, sin garantías ni consuelos. Tal vez por eso sigue siendo pertinente preguntarse por aquellos jóvenes que lo intentaron y fracasaron. No para condenarlos, ni para absolverlos, sino para aprender, en su derrota, algo sobre la nuestra.
Nota editorial
Como complemento y contrapunto interpretativo a este ensayo, se sugiere la lectura de unas apostillas al texto Rebeldes vendidos, de Manuel Parra Celaya, un texto que revisa críticamente la influencia de Nietzsche en el nacionalsindicalismo y matiza el juicio sobre las juventudes falangistas, entre contradicción histórica, idealismo y disconformidad.
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