ARGUMENTOS
Falange autogestionaria y el giro guildista
Una reflexión sobre la vertiente autogestionaria del nacionalsindicalismo y sus paralelismos con el guildismo británico y la evolución de Georges Valois, entre sindicalismo, fascismo y antifascismo
La autogestión como alternativa política y social
Los grupos falangistas que más empeño ponían en marcar distancias respecto del franquismo, a la par que mostrar cercanía a posiciones del obrerismo más anarquizante, insistían en el término "autogestión" como definidor de la orientación genuinamente sindicalista de la política económica y de la reforma de la empresa que pensaban acometer en cuanto tuviesen opciones de gobierno efectivo. Circunstancia que jamás llegó.
Cuando hablábamos —y algunos seguimos hablando— de autogestión, nos ocupamos y preocupamos por y de lo siguiente:
—Conocemos y somos conscientes de las consecuencias que ha traído el individualismo capitalista y de las que trajo, y continúa trayendo en algunos rincones del planeta, el colectivismo marxista. Conocimos —José Antonio así lo dejó escrito— que el fascismo, o los fascismos, tuvieron un efecto capitalista retardatario, siendo, en definitiva, fundamentalmente falsos, suponiendo, además, la absorción del individuo en la colectividad.
Por ello, sus logros aparentes ocultaban una quiebra interna: exterioridad religiosa sin religión y nacionalismo en estado de crispación permanente. De lo que sabemos bien poco es de lo que hubiera pasado si se hubiera apostado por un modelo fundado en la persona como protagonista de su propia existencia, construyéndose en relación solidaria con los demás, siguiendo la orientación joseantoniana.
Comunidad frente a colectivismo e individualismo
—El panorama social que se nos ofrece es el de un mundo fragmentado en dirigentes y dirigidos, y en poseedores y desposeídos. En lugar de haberse hecho una apuesta por una sociedad comunitaria, se han reprimido, de formas diversas y más o menos explícitas, las iniciativas comunales. Poco que ver, desde luego, tiene lo comunal con el comunismo: el comunismo supone la disolución del individuo en la comunidad y deviene en totalitarismo, mientras que lo comunal supone la armonización de los individuos con los fines de la colectividad, pero preservando la libertad de estos.
—El espíritu comunitario es peligroso para los intereses totalitarios de carácter ideológico, o para los encaminados a la acumulación ciega de beneficios; y tiende a reivindicar la mayoría de edad de hombres y mujeres que se sienten capacitados para gestionar su vida, su trabajo y la vida y actividad de aquellos ámbitos sociales en los que nace y se desarrolla su propia individualidad. El capitalismo neoliberal, o los estatismos socialistas, han mantenido a la ciudadanía en una relación de dependencia y dimisión de las responsabilidades que les son propias, vergonzosa y vergonzante.
Se desconfía y se desacredita constantemente la democracia participativa y se encumbra a un pedestal a la democracia representativa. La democracia representativa es la democracia para la que los hombres son solo individuos —números y votos—, mientras que la democracia participativa, autogestionaria, es aquella para la cual los hombres son personas.
Crisis del modelo y reivindicación autogestionaria
Pero la autogestión aparece hoy día cada vez más desacreditada. Incluso buena parte de la izquierda piensa que la autogestión es algo trasnochado, equivalente a hablar de autoempleo, de microutopías restringidas a pequeñas cooperativas o de fórmulas a usar por trabajadores de empresas en quiebra.
Lo cierto es que la autogestión no es tampoco un bálsamo mágico: no hará que desaparezcan los problemas; quizá, incluso, surjan otros. Pero, para los que estamos convencidos de que nuestro mundo está en crisis y de que no hay salidas fáciles a esta crisis, la vía autogestionaria nos ofrece, al menos, una forma distinta de abordar los problemas, un método para construir la sociedad de abajo arriba, comenzando por el individuo, víctima principal del desarraigo liberal.
Para elevarnos a sus sociedades más inmediatas y culminar en otro concepto de Estado, se trata de edificar comunidades con las que nos sintamos identificados, como alternativa a vivir en abstractas y anónimas sociedades. Sentir la capacidad para liberarse de parásitos intermediarios abusivos, de burocracias indolentes o del expolio ejercido por los sectores dirigentes proporciona una conciencia de libertad que compensa las dificultades y ofrece una motivación diferente para emprender actividades empresariales.
Capitalismo neoliberal y retroceso social
El reforzamiento del capitalismo salvaje mediante el paraguas neoliberal nos ha llevado, en España, desde el inicio de la llamada Transición y a lo largo de todo el régimen del 78, a retroceder en las conquistas sociales; a desarmar a la sociedad de toda norma jurídica para la defensa y conquista de derechos sociales; a integrar la pobreza como parte del modelo; a una estrategia asistencialista tolerada mediante ONG, bolsas de alimentos y marginalidad calculada.
Se trata de eliminar cualquier función reguladora del Estado en nombre de los sacrosantos principios de la competencia, el mercado y el beneficio. El modelo político de Estado constitucional coherente con tal modelo implica también un nivel de participación democrática de perfil bajo, cuando no una auténtica tomadura de pelo.
Frente a lo anterior, ni unos sindicatos basados en la mentalidad vieja de salario a cambio de trabajo, auténticos centros de poder oligarquizados, ni unos partidos políticos, instrumentos igualmente de los centros oligárquicos, ofrecen una alternativa de cambio liberadora hoy día.
La Falange de preguerra y la búsqueda de alternativas
Pero todo esto de la autogestión no es un invento de falangistas "rojos", ni de las Falanges más o menos auténticas de la Transición. Esta inquietud y estos derroteros los podemos advertir ya en la Falange de 1936. Este era el planteamiento de un falangismo que iba abandonando la estela, brillante pero efímera, del detonante inicial fascista. Buscar alternativas auténticas al capitalismo, apostar por el control obrero y por la democracia participativa era algo que podemos rastrear en la prensa falangista de fechas anteriores a la Guerra Civil.
Se exploraban caminos distintos al fascismo, que aparecía ya como un fraude al mantener intacto el esquema capitalista de la relación bilateral capital-trabajo. En enero de 1936, en las páginas del semanario Arriba, aparte de echar ojeadas a lo que sucedía en Alemania e Italia, también se analizaban fenómenos alternativos surgidos en Inglaterra o Francia. Mención especial merece, por sus similitudes con la versión del nacionalsindicalismo más distanciada de Ramiro Ledesma Ramos, el guildismo inglés, del que nos ocuparemos brevemente.
En los números de Arriba del 2 y 9 de enero de 1936 aparecen sendas reseñas sobre el movimiento corporativo inglés y la idea corporativa, así como sobre el socialismo de las guildas —guildas o gremios—. El analista de Arriba oponía el guildismo a su adversario natural, el fabianismo, y explicaba cómo el deus ex machina de este último lo constituía una centralización política sin concesión alguna.
Guildismo frente al fabianismo
Pero, siendo el sindicalismo un movimiento de productores, son la filosofía del trabajo y la mística de la producción las que deben guiar a los nuevos sindicalistas. Relataba el comentarista de Arriba cómo: «En 1907 algunos miembros del movimiento fabiano, especialmente el publicista Hobson y un joven universitario recién salido de Oxford, H. Cole, inician la reacción contra el socialismo de Estado, y con ello nace el guildismo». Mientras Sidney Webb y los fabianos hablaban de nacionalización estatista, las guildas defendían el control obrero.
Si Webb pedía la acción política de los Trade Unions, Hobson y Cole reclamaban la de las guildas. Al reformismo de Webb, ellos oponían el método revolucionario de los comités obreros. El materialismo fabiano se preocupaba, ante todo, de las necesidades del consumidor; el guildismo pretendía restaurar una doctrina moral del trabajo y la mística de la producción.
El guildismo señalaba dos etapas para la conquista de la economía por los obreros mismos: primero, la comandita; después, la dirección. No se trataba, pues, como en el reformismo, de una participación en la empresa, sino de una democratización total de aquella. Aspiraba, en definitiva, a poner la producción en manos de los obreros.
La democracia funcional y las guildas
La sociedad no será democrática en tanto que no esté organizada sobre una base funcional. La actividad sindical ampliada hasta hacerse corporativa será la base de esta democracia funcional (recordemos a Duguit). M. Cole propone que haya tantos grupos de representantes separadamente elegidos como funciones esenciales y distintas. El hombre debe tener tantos votos distintamente ejercidos como intereses sociales tenga.
El sindicato obrero es la base del sistema. La célula social está, en efecto, representada por el lugar del trabajo del obrero: fábrica o taller. Pero el sindicato se amplía hasta llegar a ser una guilda, es decir, «una asociación autónoma de gentes dependientes las unas de las otras, organizada para la ejecución responsable de una función particular de la sociedad».
El socialismo de las guildas —continuaba el falangista comentarista— es, probablemente, la única doctrina británica que haya descrito la estructura de una sociedad verdaderamente sindicalista. Pero, sobre este punto, los guildistas se dividen. Una doctrina sindicalista integral que siga la línea proudhoniana abolirá enteramente el Estado. Este sería reemplazado por una federación, no de municipios políticos, sino de grupos funcionales. Ahora bien, ¿en qué medida es posible? ¿El productor desplaza definitivamente al ciudadano? —se preguntaba el articulista—.
Y continuaba: la mayoría de los guildistas entiende que el sistema corporativo de la Edad Media no podía ser restablecido y propone la organización de algunas grandes guildas nacionales (algo parecido a unos sindicatos verticales por ramas de producción).
Clay, Morrison y la funcionalización del Estado
Siguen los paralelismos con lo que propone Falange:
1.º Desde el punto de vista económico, la idea de una economía dirigida por grupos funcionales debe su éxito en el mundo anglosajón a los esfuerzos de M. Cole y M. Hobson. Ellos han sido los primeros en presentar un plan de distribución del crédito por mediación de las guildas funcionales. Han sido ellos quienes han atribuido a la corporación el poder de regular su producción, fijar precios y decretar los salarios de sus obreros.
2.º Desde el punto de vista político, el guildismo ha hecho resaltar todo lo que en la doctrina sindicalista integral era prácticamente realizable. Las dificultades con que se tropieza por prescindir del Estado indican la necesidad de mantener un cuadro político general en la sociedad sindicalista. Pero las guildas han demostrado que el reparto de las funciones culturales, sociales y económicas del Estado entre diversos organismos autónomos es una empresa realizable y ha criticado de manera definitiva la concepción puramente parlamentaria del Estado, preconizando la «funcionalización» de este y preparando el camino al corporativismo sindical —concluye el autor de la reseña—.
3.º Herbert Morrison, como hombre de Estado, cuidadoso por ver que el socialismo se realice en provecho de la nación entera, rechaza la concepción de la lucha de clases desde el momento en que esta tienda a satisfacer tan solo las reivindicaciones de una parte de aquella: los obreros. Concibe el sindicalismo como el cuadro de la corporación pública. Morrison desconfía también del estatismo. La corporación pública debe ser autónoma. Ha de ser concebida como un servicio nacional y, por consecuencia, no puede depender de las fluctuaciones ministeriales.
Sindicato autónomo o corporación pública
4.º Sindicato autónomo o corporación pública. — Es toda una concepción filosófica la que, en este punto, separa a Clay y Morrison. Aquel ve en la organización sindical el medio de derribar al Estado opresor, a fin de sustituirle por la dictadura del proletariado. Morrison, por el contrario, cree que no hay razón para que los obreros sean tratados como clase privilegiada, toda vez que los capitalistas no lo serán tampoco. La corporación pública, dirigida por técnicos, será una empresa colectiva al servicio de la nación, y no de una clase. (Cfr. Arriba, 2 y 9 de enero de 1936).
Y, al final del artículo de 9 de enero de Arriba, se resume, como conclusión de cuanto llevamos escrito sobre el movimiento obrero inglés, que el sindicalismo revolucionario anterior a la guerra ha demostrado claramente la insuficiencia del socialismo parlamentario. El guildismo, por su parte, presentó un programa general de reconstrucción sindical, de democratización económica total, pero no ha sabido delimitar el papel respectivo del gobierno político y de los sindicatos económicos. Harold Clay se contenta con hacer revivir la tradición sindical anterior a 1914.
Es Herbert Morrison quien ensaya construir la síntesis más original del sindicalismo y de la democracia socialista. El tiempo nos dirá qué tendencia de las expuestas podrá edificar con más éxito y acierto un orden nuevo que sustituya al capitalismo moribundo.
Georges Valois: del fascismo al antifascismo
Por Ceferino Maestú sabemos también del interés y atención de José Antonio hacia la evolución seguida en Francia por Georges Valois. Georges Valois sufrió una evolución radical desde el anarquismo hacia el fascismo y, finalmente, hacia la resistencia antifascista. Comenzó en círculos anarcosindicalistas bajo la influencia de Georges Sorel. Sin embargo, en 1906 se unió a Action Française, creyendo que la monarquía era el marco necesario para el sindicalismo. Fundó el Círculo Proudhon en 1911, con el objetivo de unir a sindicalistas revolucionarios y nacionalistas, buscando una síntesis contra la democracia liberal.
Tras la Primera Guerra Mundial, y decepcionado con el conservadurismo de Action Française, fundó Le Faisceau en 1925, considerado el primer partido fascista fuera de Italia. Su programa combinaba nacionalismo extremo con justicia social y corporativismo profesional. Tras abandonar el fascismo en los años treinta, Valois regresó a modelos económicos descentralizados y cooperativos, acercándose de nuevo a las raíces libertarias y gremiales que inicialmente le atrajeron.
Se acercó de nuevo a posiciones sindicalistas, fundando el Partido Republicano Sindicalista y promoviendo el distributismo y el cooperativismo. Durante la Segunda Guerra Mundial, se unió a la Resistencia Francesa contra la ocupación nazi. Fue arrestado por la Gestapo en 1944 y deportado al campo de concentración de Bergen-Belsen, donde murió de tifus en febrero de 1945.
La vía autogestionaria como horizonte político
La evolución del nacionalsindicalismo desde la perspectiva de la Falange capitaneada por José Antonio claramente se orientaba hacia fórmulas parecidas a las propuestas de los guildistas o de los republicanos sindicalistas de Valois. Desgraciadamente, ninguna de las tres propuestas llegó a materializarse en políticas de Estado. Aun así, quienes quieran continuar por la vía autogestionaria y de funcionalización del Estado habrían de intentar ocupar los espacios sociales, económicos y políticos que den un poder real para pelear con posibilidades contra el determinismo ideológico y tecnológico del capitalismo especulativo actual.
Habrá que construir sectores de economía solidaria, con los apoyos externos necesarios, dentro de economías mixtas, con posibilidades de presencia eficiente en el orden económico general. Habrá que organizar alianzas de municipios libres, con planes compartidos con las organizaciones sociales de carácter popular, como estrategia política. Se trata de dar prioridad a una comunidad de protagonistas éticos, en donde la libertad y la dignidad de la persona ni se alquilen ni se vendan, sino que sean el eje vertebrador de un nuevo clima moral.

