Cinismo de Navidad

29/DIC.- Me voy a referir brevemente a casos de cinismo, en la acepción de hipocresía y falsedad, que me han llamado recientemente la atención: el Gobierno acusando de golpista a un general (retirado), la felicitación navideña plurilingüe –pero omitiendo al español– del templo de la Sagrada Familia de Barcelona, y el exhibicionismo de esteladas en el Palau de la Música.


Publicado en el número 328 de la Gaceta FJA, de enero de 2020.
Editado por la Fundación "José Antonio Primo de Rivera".
Ver portada de la Gaceta FJA en La Razón de la Proa.

Cinismo de Navidad

Cinismo de Navidad

Quién nos iba a decir que, adelantado el siglo XXI, iban a tener tanto predicamento algunas ideas y actitudes que tienen su origen en el siglo IV a.C.; me refiero en concreto a aquellas que se autodefinían orgullosamente como perrunas, que es lo que  traduce del griego la palabra cínicas; claro que ni Antístenes –que interpretó a su maestro Sócrates a su manera del mismo modo que interpreta el PSOE actual el socialismo– ni el más famoso Diógenes pudieron suponer jamás el impacto de su cinismo en la política y la sociedad de nuestros días.

Evidentemente, la palabra cínico ha tomado diversos significados, ramificados y derivados a partir del original; en principio, se trataba de una corriente de pensamiento que preconizaba la supresión de necesidades, la autosuficiencia del pretendido filósofo ante la vida, el desprecio de las convenciones sociales, y, también, de la cultura y del servicio a la polis; la consecuencia era una actitud negativa ante la propia existencia humana y la pretensión de vivir según la naturaleza, al modo de los irracionales; no llegaron al animalismo actual, pero se aproximaron bastante.

Mutatis mutandis, un reflejo de estos planteamientos puede rastrearse sin dificultad en el feísmo que preside algunas manifestaciones pretendidamente culturales (como el belén de la señora Colau) o que se plasma en talantes personales en abierta oposición con cualquier noción de elegancia, interna o externa; jóvenes y maduros, adolescentes y ancianos, gustan de hacer ostentación de desprecio, no digamos a cualquier canon estético, sino a forma alguna que implique distinción, finura o gracia.

Ya lo dejó escrito Ortega, como tantas otras cosas que no han perdido un asomo de actualidad: El plebeyismo, triunfante en todo el mundo, tiraniza España (…). Tenemos que agradecer el adviento de tan enojosa monarquía al triunfo de la democracia. Al amparo de esta noble idea, se ha deslizado en la conciencia pública la perversa afirmación de todo lo bajo y lo ruin.

Pero el cinismo no solo se pone de manifiesto en este feísmo –ni en su pariente cercano la cursilería–, de elección personal y de impronta colectiva, sino que impregna un sinfín de expresiones en la cosa pública.

Así, la RAE, tras la primitiva acepción filosófica del término y la inmediata y consecuente de algo impúdico y procaz, generaliza el concepto de cinismo en la desvergüenza en el mentir y en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables. Tampoco es extraño que, en lo tocante a la sinonimia, tengan cabida oportuna las palabras falso e hipócrita como formas actuales de cinismo.

A estas alturas de lo escrito, me imagino que todos los lectores ya han identificado mentalmente casos de cinismo galopante de forma práctica y de aplicación inmediata a la política nacional, incluso con nombres y apellidos. Como no quiero ser reiterativo en lo que todos los españoles sabemos de sobra, me voy a referir brevemente a casos de cinismo, en la acepción de hipocresía y falsedad, que me han llamado recientemente la atención, sin escandalizarme en demasía, porque uno ya está curado de espantos a estas alturas.

El primero de ellos se refiere al escándalo que han producido las palabras del general (retirado) Fulgencio Coll y que le han merecido por parte del otro PSOE (Guerra dixit) la acusación de golpista; es decir, unas opiniones de un ciudadano ya no sometido a la disciplina castrense son elementos acusadores de pretender un golpe de Estado, no así el auténtico golpe que vimos, en directo, por televisión hace un par de años y cuyos protagonistas están ahora sentados en la mesa de negociaciones con el presidente del gobierno español, y que no cesan de repetir que lo volveremos a hacer, por activa y por pasiva; como dicen los manchegos, para mear y no echar gota…

Los otros casos tienen, por desgracia, trasfondo más navideño y son de carácter local, mejor dicho, localista, en el peor sentido de la palabra. Resulta que el templo de la Sagrada Familia de Barcelona ha difundido un vídeo con el Noche de Paz en árabe, coreano, catalán, inglés, alemán y, para ser inclusivos a tope, en lenguaje de signos, pero no en español o castellano; es decir, que la conciencia católica (es decir, universal) de dicho templo prescinde del idioma que ha sido el primer vehículo de evangelización en el mundo, y todo ello al maiorem gloriam del secesionismo antiespañol, trufado del clericalismo habitual.

Como coda de esta última noticia, me hago eco de la noticia de que el concierto navideño del Auditorio de Barcelona, en el que se interpretó el Mesías de Haendel (esta vez, Mesías participativo o democrático) derivó en un a modo de mitin separatista, con exhibición de esteladas, lazos amarillos y gritos de libertad para los presos políticos, esos que estarán en la calle previsiblemente en pocos meses en virtud de los acuerdos del sanchismo con ERC.

Pongan ustedes calificativos a estas noticias menores que acabo de glosar; con perdón de Antístenes y Diógenes, y todas sus prácticas y teorías perrunas, a un servidor se le ocurre la de cinismo en su peor sentido. Y aquí termino porque estamos en fechas navideñas.


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