SEMBLANZAS

Millán Astray y Dionisio Ridruejo

El 18 de julio de 1938, Dionisio Ridruejo organizó varios actos públicos de homenaje a los combatientes y el más importante se convocó en Valladolid. Invitó al general Millán Astray como orador. Ambos compartían el mismo hotel y en la mañana del acto Ridruejo recibió un aviso del general para que pasara por su habitación.


Publicado también en el núm. 331 de la Gaceta FJA, de abril de 2020.
Editado por la Fundación "José Antonio Primo de Rivera".
Ver portada de la Gaceta FJA en La Razón de la Proa

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Las imágenes no tienen porqué corresponder al acto de Valladolid en 1938. La de Ridruejo desconocemos el lugar y la fecha. La del general es en Salamanca, el 4 de junio de 1939, en un acto de homenaje y despedida de los voluntarios portugueses.
Millán Astray y Dionisio Ridruejo

Millán Astray y Dionisio Ridruejo

Este último, el poeta que ha escrito haber conocido a José Antonio en La Granja, donde vivía la familia Chávarri en una casa del siglo XIX con jardín de arboleda fresca, y en donde también se encontraba la poetisa Ernestina de Champurcín, morena, intensa retraída y nerviosa que pronto se casaría con Juan José Domenchina, el poeta secretario de Manuel Azaña.

Aquel día se encontraban charlando de cosas sin importancia cuando, llegó José Antonio acompañado de Agustín de Foxá. Dionisio encontró en el fundador de Falange un hombre tímido que hablaba en buena prosa y cuidaba, mientras del poeta Foxá se sabía que se esperaba de él su simpatía y siempre en vena de frases.

Al final, aquella velada fue más literaria que política. José Antonio, en opinión de Dionisio, se mantuvo en su rigor verbal acostumbrado. Cuando el poeta leyó un soneto con versos agudos al final de los tercetos, José Antonio le hizo observar corrompía el ritmo del endecasílabo, que era muy delicado.

A continuación Ridruejo le habló de Quevedo, sin embargo José Antonio se declaró su decidida preferencia por Pierre de Ronsard, algo que le causó sorpresa a Ridruejo pues siempre le habían dicho que el célebre If de Kipling era una devoción muy especial suya.

Al mismo tiempo, Ridruejo nos ha dejado escrito un libro, por cierto, muy poco conocido, que lleva por título Sombras y bultos y en él nos relata su amistad con el general en el que jamás vio «ni sombra de la embriaguez de creencia que ese arquetipo supone». 

Millán Astray no era para el poeta una persona, «era un manifiesto. Jamás he conocido  –dice Ridruejo– una pasión de protagonismo, una avidez de representación tan acentuada como la suya. En Salamanca, Unamuno transformó –con su fuerte carácter insumiso y su exigencia moral– un acto académico en una situación dramática de las que quedan. Y Millán aprovechando la alusión polémica a su d’anunziano y decadentista Viva la muerte (que otros muchos, como los falangistas, imbuidos por un idealismo vitalista, “contestábamos” también entonces) creyó que aquél era el buen momento para “alzarse” con el acto, para antagonizarse con Unamuno arrebatándole la titularidad exclusiva de la representación». Millán era, un personaje complejo y de extremosidad calculada.

Así pues, el 18 de julio de 1938, Ridruejo organizó varios actos públicos de homenaje a los combatientes y el más importante se convocó en Valladolid, con algunos miles de hombres traídos de los frentes. Invitó al general como orador y éste agradeció la invitación. Ambos compartían el mismo hotel y en la mañana del acto Ridruejo recibió un aviso del general para que pasara por su habitación.

Allá fue el poeta y encontró a Millán Astray «en el baño, desnudo, el muñón vibrante y las cicatrices a la vista. Le ayudaban su mujer y un par de legionarios, que le acompañaban siempre más como secretarios que como escolta. Se hizo secar y se enfiló el calzoncillo. Yo estaba en pijama. Así los dos, me invitó a acercarme a la ventana para hablarme aparte, mientras los suyos trajinaban preparando sus vestidos. Y me dijo algo parecido a esto: «Me eres muy simpático y además te estoy muy agradecido por haberte acordado de mí. No te pesará. Y quiero pagarte con un  favor. Tengo que informarte que tu nombre no suena bien en las alturas. Te consideran rebelde y poco de fiar. Yo estoy dispuesto a garantizarte, pero para ello, tenemos que hacer aquí, ahora mismo, el juramento de La Legión». No me acuerdo de lo que rezaba el juramento, pero era más solemne que enjundioso y ni siquiera una conciencia estrecha hubiera dudado en jurar algo tan general. Por otra parte, yo no hubiera estropeado aquella escena para nada del mundo. Así, pues, juramos –él en calzoncillos; yo en pijama– con la mano tendida sobre un Cristo imaginario una bandera inexistente, a contraluz de una mañana calurosa».

Cuando Ridruejo volvió al cuarto y se lo contó a Foxá, compañero de habitación, casi entró en explosión. «Esto hay que apuntarlo en seguida», le dijo. «Y tiró de pluma…».

Espero, pues, que quienes no conocían esta anécdota hayan disfrutado con lo que nos ha dejado escrito el poeta.

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