SEMBLANZAS

Leopoldo Panero, la verdad en persona.

Leopoldo Panero fue todo un poeta y la clave de su poesía su amigo Luis Rosales la definió «como un nuevo humanismo». Autor de Versos del Guadarrama y Escrito a cada instante, ganaría con su obra Canto personal, en 1953, el Premio 18 de julio.

Leopoldo Panero en diversas épocas: Junto a Francisco Franco en la inauguración de la Bienal Hispanoamericana de Arte, celebrada en Madrid en 1951. Con su hermano Juan, en 1931, y con con su esposa Felicidad Blanc, en 1949.
Leopoldo Panero en diversas épocas: Junto a Francisco Franco en la inauguración de la Bienal Hispanoamericana de Arte, celebrada en Madrid en 1951. Con su hermano Juan, en 1931, y con con su esposa Felicidad Blanc, en 1949.
Leopoldo Panero, la verdad en persona.

Leopoldo Panero, la verdad en persona.


En una carta que Unamuno escribió a Leopoldo Alas Clarín al comenzar el siglo pasado le decía que al morir quisiera que se dijese de él «¡fue todo un poeta!». También escribió que «el poeta es el que nos da todo un mundo personalizado, el mundo entero hecho hombre, el verbo hecho mundo». El mismo Unamuno que si tiene alguna coincidencia con Panero es «de actitud religiosa, pero no poética», nos dice Luis Felipe Vivanco.

Leopoldo Panero fue todo un poeta y la clave de su poesía su amigo Luis Rosales la definió «como un nuevo humanismo», que nació un 17 de octubre de 1909 en Astorga –muy cerca de la catedral y del palacio episcopal, la obra que diseñara Antonio Gaudí–, y que apareció en el panorama poético español en el año 1928 cuando aún no había terminado su carrera de derecho y que después ampliaría sus conocimientos estudiando lengua y literatura francesa en las universidades de Tours y Poitiers, así como lengua y literatura inglesa en la Universidad de Cambridge.

Algunos dicen de él que tuvo la buen y la mala suerte de pertenecer a la generación de 1936. La mala porque venía detrás de la de 1927; y la buena «porque vivió una época en la que era fácil replegarse hacia el culto de la belleza pura». En el momento presente se encuentra en una discreta penumbra, aunque también es cierto que al cumplirse el cuarenta aniversario de su muerte su obra ha sido revisada en el mundo académico con dos cursos universitarios realizados en Astorga por la Fundación de Universidades de Castilla y León, y por la Universidad de La Laguna con la presentación del poemario De Astorga y el poeta, de Javier de la Rosa.

Sin embargo, el poeta Carlos Bousoño, en el 25 aniversario de la muerte de Panero, ya denunciaba la injusticia, no generalizada lógicamente, con que sus versos eran vistos en aquellos momentos «por algunas personas aficionadas a la poesía a causa de los elementos ideológicos que tales versos encierran, tan opuestos a lo que en el momento actual demandamos muchos españoles».

Los Panero en Astorga –nos dice su pariente y amigo Ricardo Gullón– eran toda una institución. La confitería fundada por Juan Panero, abuelo del poeta, era algo así como el punto de cita y reunión de mucha gente en Astorga. Juan Panero, casado con Niceta Núñez, llegaron a tener dieciséis hijos, de los que el padre del poeta, Moisés, haría el número tres. Éste se casaría con Máxima Torbado de carácter entero y caridad incesante.

Tuvieron seis hijos, cuatro chicas de la que una de ellas moriría de muy joven, y dos varones, Juan y Leopoldo. Éste haría el número tres, detrás de una chica y de Juan que fallecería en un accidente de automóvil el 7 de agosto de 1937 y que repitiendo a Miguel Hernández en su elegía primera a Federico García Lorca: Muere un poeta y la creación se siente / herida y moribunda en las entrañas. / Un cósmico temblor de escalofríos / mueve temiblemente las montañas...

Efectivamente, fue Juan Panero un buen poeta, un profundo y delicado poeta que había labrado una poesía de amoroso misticismo, en palabras de Luis Felipe Vivanco, y que ya era conocida cuando empieza a publicar su hermano Leopoldo. Tres años después de su trágica muerte, la revista falangista Escorial divulgaría de él cinco sonetos y dos poemas amorosos:

Yo quisiera recordarte que el amor es eterno,
y que es sólo la muerte quien le unge de Gracia y lo colma
de paz en la paz de los cielos.

No extrañes mis palabras, transidas de nombrarte:
sólo la carne es muerte;
pero cumplo un deber suscitando en tu sangre la inocencia
del tiempo
y complazco el instante soñado con tu nombre
en que me has de cerrar con dulzura los párpados
para dar evidencia suficiente a mi carne.

Leopoldo Panero se vio muy afectado por la inesperada muerte de su hermano –«en acto de servicio», la calificó la revista Escorial– . Un año más joven que Juan, Leopoldo dedicaría a su hermano un poema lleno de dolor donde recuerda en sus estrofas y canto en sus palabras la infancia y adolescencia de ellos dos «en las campesinas llanuras, aleteantes de chopos y ensombrecidas de encinas que circundan Astorga, y más tarde nuestra estancia como internos en un colegio de San Sebastián, tan melancólicamente lejos de nuestra luz nativa, pegado el oído al sordo ruido de las olas y empapado el pensamiento de ausencia desde las cumbres del monte Ulía, donde tantas horas nuestras transcurrieron para siempre, caídas en la luz de sus valles». Y he aquí los tres primeros versos:

A ti, Juan Panero, mi hermano
mi compañero y mucho más;
a ti tan dulce y tan cercano;
a ti para siempre jamás.

A ti que fuiste reciamente
hecho de dolor como el roble;
siempre pura y alta la frente,
y la mirada limpia y noble;
a ti nacido en la costumbre
de ser bueno como la encina;
de ser como el agua en la cumbre,
que alegra el cauce y lo ilumina.

La guerra estaba dejando una fuerte impresión en la familia Panero. El poeta «en la época del segundo bienio republicano, después de la revolución de octubre, había tenido refugiado en su casa a César Vallejo. Él, su padre y su hermano Juan eran republicanos y, por añadidura, los dos últimos habían colaborado en la revista poética de Neruda Caballo verde para la poesía. Era más que sobrado. Su padre y él estuvieron en la cárcel, de donde los sacó, a duras penas, la energía y decisión de la madre, que acudió a Salamanca en busca de valimientos familiares». Sin embargo, esta versión, que nos da Dionisio Ridruejo, no es del todo coincidente con la que nos dan otros estudiosos del poeta.

Al parecer el 20 de octubre de 1936 es detenido Leopoldo Panero y conducido a San Marcos, en León, donde su vida podía correr la misma suerte que la que corrió García Lorca en Granada. Es el ya citado pariente Ricardo Gullón quien nos dice que a Leopoldo le acusaban en Astorga de pertenecer al Socorro Rojo y de haber estado, durante su estancia en Inglaterra, al servicio de la citada organización: Por esta razón estuvo detenido, pero aclaradas las cosas, el 18 de noviembre fue puesto en libertad y retornó de nuevo a su casa de Astorga donde la familia decidió que se incorporase en el Ejército y un pariente lejano, Miguel Arredondo, le incorporó en su unidad. De esta manera se terminaron los momentos de angustia y zozobra por los que toda la familia estaba pasando hasta que llegó la muerte de su hermano Juan, al que ya nos hemos referido.

Terminada la guerra, parte de la familia se instala durante largas temporadas en Madrid donde el poeta coincidiría en la tertulia del Lyon, entre otros, con Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Gerardo Diego, tertulia que se fundiría más tarde con la de Manuel Machado. Y lentamente retornaron las costumbres de siempre.

Un día Manuel Machado tiene la idea de establecer una academia literaria o más bien una especie de tertulia literaria que llevaría el nombre de Musa Musae. En la tercera reunión, Panero se reveló como poeta. Fue en el mes de abril de 1940 en el Museo de Arte Moderno y que dirigía el poeta sevillano Eduardo Llosent. Con voz grave, Leopoldo Panero dijo el romance a Joaquina Márquez, el amor del poeta que había conocido en Guadarrama y que fallecería poco después:

¡Dejad que llene mis manos
de nieve para tocarla!
¡Dejad que sienta la muerte
como la lluvia en la cara!

Dejad la muerte conmigo;
la muerte rota en el alma.
Dejad volar mi alegría.
Dejad que vuele. Dejadla.

Poema del amor perdido en un sanatorio donde ambos, enfermos, habían coincidido. Le seguiría después Tierra del corazón, notándose en este poema la presencia del hermano perdido, y otros a la gótica catedral de León. Para terminar, un largo poema de amor, del nuevo amor que por aquellos días ocupaba un lugar preferente en su corazón. Era, como dijimos, Felicidad Blanc, escritora, con la que se casaría más tarde y que según Mercedes Fórmica, que la conoció antes de la guerra, «era la muchacha más bella de Madrid y vivía en una bonita casa de los bulevares rodeada de jardines y de cierto misterio».

A partir de aquí, Leopoldo Panero ocuparía varios cargos oficiales: Sería director con carácter provisional del Instituto de España en Londres donde al mismo tiempo existía otro Instituto de España, el de los republicanos que dirigía un pariente de Leopoldo, Pablo Azcárate, con quien siempre mantuvo buenas relaciones; director de la revista Correo literario; secretario general permanente de las Bienales Hispanoamericanas de Arte de Madrid, La Habana y Barcelona; miembro de gobierno del Instituto de Cultura Hispana y director del departamento de cooperación intelectual de dicho organismo; secretario general del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, etc.

En el semanario El Español publica en 1942 un artículo dedicado a Miguel de Unamuno, del que era gran admirador y cuyo espíritu rebelde la impresionó. Lo tituló El paisaje salmantino en la poesía de Unamuno.

«El poeta está sintiendo la belleza, la unidad en la belleza del paisaje, que le llena de sosiego y le aduerme en la contemplación de su hermosura y dice: Con la ciudad enfrente me hallo solo / y Dios entero / respira entre ella y yo toda su gloria. Y al final de su poema, como un último latido desamparado, irrumpe la duda agónica, la duda y el ansia personal de don Miguel, que siente removido en el fondo de su pecho el foso de su tristeza, como un niño ciego, y la ceniza de su condición humana arrastrada por el remolino interior de su profunda soledad: Y ahora dime Señor, dime al oído: / tanta hermosura, / ¿matará nuestra muerte?». Anteriormente ya le había dedicado otro artículo, en noviembre de 1931, en el diario El Sol, que recogen sus Obras completas: «En Miguel de Unamuno, el mismo eco de sus pasos ardientes levanta batallas en la paz. Sí; lo poético lleva en su alma, en su belleza, la propia y pura razón de vida».

La soledad de la que nos habla Unamuno es la misma en la que se encuentra nuestro poeta. Hay quien opina que el hombre quiéralo o no, ha nacido para la soledad. También hay quien llega más allá y dice que el hombre «debe estar solo, si quiere encontrarse a sí mismo». Es muy posible que esto sea lo que buscaba Panero, sobre todo cuando pierde a algún ser querido. Y aunque el poeta había sido agnóstico durante toda su juventud, abdicaría más tarde de su agnosticismo y viviría el resto de su vida dentro de la religión católica; ahora quiere hacer partícipe a Dios de su soledad por eso escribe estas bellas palabras:

Estoy solo, Señor, en la ribera
reverberante de dolor. Las nubes
se espacían, vastas, grises, mar adentro.
Entre el salado, vaho de los pinos
la luz en estupor de la distancia,
lo mismo que un barranco. Estoy yo solo.

Estoy solo, Señor. Respiro a ciegas
el olor virginal de Tu palabra.
Y empiezo a comprender mi propia muerte
mi angustia original, mi dios salobre.
Crédulamente miro cada día
crecer la soledad tras las montañas.

El concepto de poesía de Leopoldo Panero se parece mucho al de Miguel de Unamuno y Antonio Machado, poeta éste que más influyó en su obra, según palabras del propio Panero. «Para él como para ellos, poesía era primeramente una revelación del poeta y una iluminación de las condiciones humanas conseguida por medio de la contemplación personal, siempre en la dimensión solidaria» .

Lo mismo que había hecho con Unamuno, Panero escribió otro artículo en El Sol en 1931 donde nos habla de Machado y que recogería sus Obras completas: «Antonio Machado deja siempre derretido y fuerte al otro lado de los sensual su pecho dolorido, su sangre temblando; su visión de la tierra, yerta y renacida, como soledad donde apenas una fuente late, descansa vagamente rendida, sobre la propia existencia del ser, sobre el hombre melancólico de su destino».

Leopoldo Panero participa en la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera, junto con Ridruejo, Manuel Machado, Gerardo Diego, Rosales, Vivanco, d’Ors, etc. Hay quien dice que el soneto de Panero fue «uno de los más asépticos de la colección»; sin embargo, a pesar de este juicio muy particular de quien lo emitió y también de que es muy posible que Panero jamás tratara a José Antonio, hay quien cree que la figura del fundador de Falange la «debió empezar a admirar después de su muerte, tras la lectura de sus discursos y a consecuencia, sobre todo, de la labor proselitista de algún viejo camarada» como por ejemplo Rafael Sánchez Mazas, de quien nos dice la viuda del poeta:

«Rafael es un conversador maravilloso, habla de José Antonio y de los recuerdos que conserva de él; alguna vez incluso nos ha leído alguna carta suya, y es imposible oyéndole no sentir admiración por José Antonio. Quizá de estas conversaciones quedara en Leopoldo esa admiración que se refleja más tarde en el Canto personal»

Un día, la periodista Pilar Nervión haciéndose eco de las palabras de Dionisio Ridruejo en el prólogo al libro Canto personal que habla de los amigos muertos y de lo que para un cristiano supone la pérdida de un semejante, de un hermano –en la muerte, en la locura, en el odio o en la ruindad–, le pregunta: «¿Qué amigos poetas ha ido perdiendo usted en cada uno de esos dolorosos capítulos?». Y Panero le responde:

En la muerte perdí a mi hermano, a Federico García Lorca, a Miguel Hernández, a Vallejo y a Hidalgo. En el odio y en la ruindad he perdido a Pablo Neruda. En la locura no me ha desaparecido ninguno».

El autor de Versos del Guadarrama y Escrito a cada instante, ganaría con su obra Canto personal, en 1953, el Premio 18 de julio que le entregan en un brillante acto con asistencia del ministro Raimundo Fernández-Cuesta que comenzó su discurso manifestando que la Falange ha buscado siempre la inteligencia como motor de sus actos. Al referirse al poeta dijo, entre otras cosas:

«El Canto personal de Panero, carta perdida a alguien que por su actitud sucia y rencorosa merece el desprecio de cuantos hablan o escriben la limpia lengua castellana. Frente a la poesía que destruye debe alzarse la poesía que promete, dijo quien incorporó a la política un sentido poético».

Por su parte, Leopoldo Panero hizo referencia a que las palabras más hermosas del mundo son libertad y poesía, y ambas se unen sin mentira en el nombre de José Antonio. Asimismo señaló:

«Si con la guerra marcharon de España media docena de excelentes y genuinos poetas españoles, la cantera quedaba aquí, entre las encinas y los surcos».

El poeta menciona en esta obra varias veces a José Antonio: La irrenunciable sed de José Antonio / era sed de unidad, porque en Castilla, / la sed es patrimonio. Y también: La voz de José Antonio nos avisa / (a través del amor: con doloroso / pensamiento de amor) que corre prisa. Recuerda en otro momento su paso por La Habana y al poeta cubano José Julián Martí y de nuevo a José Antonio:

Mi voz se empapa dolorosamente
de Martí a José Antonio: ¡qué anatema,
qué atrocidad, ¿verdad?, tan fehaciente!

¡Qué dos rebeldes de la misma yema!
¡Qué dos esperanzados, roto el pecho!
¡Qué ejemplos juntos de visión suprema!

Martí es el José Antonio a tiempo hecho
(igual que un manantial de Dios alumbra),
y Cuba en Zaragoza tuvo techo.

Los dos murieron cuando el ser se encumbra
a firme madurez; y en flor cortados,
fundaron a su patria en su penumbra.

Porque no están los días acabados
de Martí y José Antonio, en el oficio
del tiempo, sino apenas iniciados...

Hay otro momento que funde los nombres de Federico García Lorca con José Antonio, sin dejar de seguir citando a Martí:

Ninguna voz profética cortada
por el hacha, se extingue o se ha extinguido;
tampoco en Federico está enterrada.

Los dos eran temblor, en el sentido
poético de España; y eran buenos,
lo mismo que Martí. Todo es gemido...

Leopoldo Panero muere en su casa de Castrillo de las Piedras (Astorga) el 27 de agosto de 1962 donde se hallaba en compañía de su esposa y sus hijos. Ese día el poeta dice a su mujer que se encontraba mal y que fuera a llamar al médico. Ella corre en su busca. Lo encuentra cuando se disponía ir a una fiesta. Al regresar a casa el poeta parece que se encuentra mejor, hasta da la impresión que ha recobrado el color de su cara. El médico le toma el pulso y dice que no le ve nada anormal. Marcha, pero una nueva llamada le hace volver. Sigue sin verle nada grave y le manda tomar una pastilla.

El poeta queda tranquilo y su mujer lo deja solo para que descanse un rato. Pasa el tiempo, sube a la habitación, le coge la mano: está helada y no le encuentra el pulso. Manda buscar esta vez al practicante porque sabe que no encontrarán al médico. Cuando sube a la habitación le explica lo que pasa, le abre los ojos y volviéndose hacia ella no sabe cómo decírselo, pero la mujer ve en aquella mirada el reflejo de la muerte del poeta y de que todo se acabó: «¿No me irá a decir que está muerto?». «Qué puedo decir. Sí, está muerto».

Déjame, Señor, así;
déjame que en Ti me muera
mientras la brisa en la era
dora el tamo que yo fui.

Déjame que dé de mí
el grano limpio, y que fuera,
en un montón, toda entera,
caiga el alma para Ti.

Déjame cristal, infancia,
tarde seca, sol violento,
crujir de trigo en sazón:
coge, Señor, mi abundancia,
mientras se queda en el viento
el olor del corazón.

Se produce un silencio solamente roto por las plegarias del sacerdote que se inclina ante el cadáver. Empieza a llegar gente, las hermanas de Leopoldo gritan y lloran, pero la muerte no es eso, no ha sido nunca eso, «la muerte es el silencio».

Para morir contigo cada día,
Felicidad te quiero. ¡Oh insondable
pasión de la vejez en largo sueño!

Ese mismo día otro poeta, José García Nieto, recibe la noticia de la muerte de su amigo. Se encontraba en un pueblo cerca de Guadarrama. Camina hacia la ermita del Cristo de Gracia, de las Navas, «estaba vacía. Recé por él, creo que con él, todavía sentado, como si estuviéramos hablando de la vida, de la poesía, de la muerte, de todo eso que él nos enseñó que podía ser uno. Había una rendija hacía el sol de fuera en la puerta de Dios. Por ella se veía esa encina grande, de fuertes brazos, como muerta de pie, que da historia y referencia del pueblo. El árbol, el poeta, estaban allí, sobre la muerte». Y a continuación García Nieto escribe este hermoso soneto:

Busco tu compañía en esta ermita
donde he entrado a rezar por ti, tocado
de soledad, herido y asombrado
por todo lo que un golpe precipita.

Y tú no estás. ¿O no era aquí la cita?
Estoy solo. Pasaba. Me han llamado.
Y era tu voz; la voz del desterrado
que en el desierto del poema grita.

Torre de hombría, paz andante, lumbre
cautiva, acostumbrada pesadumbre:
¡Cuánto valor sin sitio y tan aparte!

Rezo sin entender... ¿Cómo podía
haber sido...? En la Cruz, El me decía
que lo mejor estaba de su parte.

Después, García Nieto, junto con otros poetas y escritores: Ridruejo, Laín Entralgo, Vivanco, Crémer, Castillo Puche, etc., acompañaría los restos mortales de Panero al panteón de la familia en el cementerio de Astorga. En el momento de producise el óbito tenia en preparación La verdad en persona, poema que trataba sobre Cristo, porque Dios estuvo siempre presente en la poesía de Leopoldo Panero como punto de referencia a esperanzas y angustias.

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