RASGOS DE NUESTRO ESTILO

Mirar los árboles y saber, a la vez, del bosque...

Cada suceso, cada hecho, cada anécdota, que nos llega en forma de noticia diaria es uno de esos árboles y tiene su explicación si sabemos que forma parte de un bosque. (...) Y, una vez que hayamos conocido la anécdota y la hayamos elevado a categoría, debemos contemplarlo todo a la luz de ese sol que es el Ideal..


Publicado en la revista Trocha, núm. 218, de octubre de 2020. Ver [PDF] [ÍNDICE] [WEB].
Editado por Veteranos OJE - Cataluña.

Mirar los árboles y saber, a la vez, del bosque...

Mirar los árboles y saber, a la vez, del bosque.


Conocido es el refrán: Los árboles no nos dejan ver el bosque, que se aplica a las actitudes miopes de quienes solo se fijan en lo que tienen delante, lo más aparente, y pierden de vista la magnitud de las cosas, de lo que se esconde bajo el subsuelo, junto a las raíces, o en las ramas y hojarasca que ocultan, en su frondosidad, la fealdad o belleza del conjunto.

Cada suceso, cada hecho, cada anécdota, que nos llega en forma de noticia diaria es uno de esos árboles y tiene su explicación si sabemos que forma parte de un bosque; hay que mirarlas, efectivamente, vivir el día a día, y no esconder la cabeza bajo el ala para que no nos perturben las incomodidades que se derivan de ellas.

Pero todos esos hechos, esas noticias cotidianas, se inscriben a su vez en un contexto, en una circunstancia que no es lícito desconocer o estudiar: todo tiene su explicación profunda, su razón de ser, y hay que llegar a ella.

Habrá quienes se quedan con lo sorprendente, lo agradable o desagradable, del acontecer diario –cada árbol– y, por el contrario, habrá quienes se limiten a especular sobre el conjunto –el bosque– sin descender a lo aparentemente minúsculo. Ambas actitudes, por separado, son erróneas: deben ser complementarias, es decir, mirar los árboles y saber, a la vez, del bosque. No está de más, incluso, inscribir la existencia del bosque en las constantes universales de la historia y del pensamiento.

Y, una vez que hayamos conocido la anécdota y la hayamos elevado a categoría, debemos contemplarlo todo a la luz de ese sol que es el Ideal; entonces comprenderemos la razón de nuestra andadura y llegaremos a la conclusión de que vale la pena entregarse a ella, aunque no veamos clara la meta; y ello, si es posible, en colectividad de camaradas: Tener por horizonte la luz del mismo sol.

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