Redacción
19:33
22/06/26

Colombia y el fracaso del populismo izquierdista

La derrota de la izquierda en Colombia trasciende el ámbito electoral. Refleja el desgaste de un modelo populista que, al dividir a las naciones hispánicas, alimenta nuevas reacciones populistas de signo contrario.
Colombia y el fracaso del populismo izquierdista

El desgaste de una promesa revolucionaria

La derrota de la izquierda en Colombia no puede entenderse únicamente como un resultado electoral. Es la consecuencia de años de desencanto con un proyecto político que prometió justicia social y regeneración democrática, pero que acabó identificado con la polarización, la confrontación permanente y una preocupante incapacidad para resolver los problemas reales de la nación. El populismo nunca construye; únicamente moviliza emociones y agrava divisiones.

La experiencia colombiana confirma una tendencia visible en buena parte de Hispanoamérica. Allí donde la izquierda radical alcanza el poder, suele sustituir el debate político por una narrativa de buenos y malos, de pueblo y oligarquía, de revolucionarios y enemigos. A corto plazo puede generar adhesiones fervorosas; a largo plazo provoca desgaste institucional, frustración económica y una creciente desconfianza hacia las propias reglas democráticas.


Cuando la historia se convierte en propaganda

Una de las características más llamativas de estos movimientos es su utilización política de la historia. Gustavo Petro ha recurrido repetidamente a una interpretación ideológica del pasado, insistiendo en presentar la emancipación americana como una lucha contra un supuesto «yugo español». La historia deja de ser conocimiento para convertirse en instrumento de combate político.

Sin embargo, esa visión ignora que las naciones hispánicas nacieron de una misma civilización, compartieron lengua, fe, instituciones y una empresa histórica común. La permanente búsqueda de agravios en el pasado impide afrontar los desafíos del presente. Resulta más sencillo alimentar resentimientos que reconocer la profunda comunidad cultural que todavía une a los pueblos de Iberoamérica.


El riesgo de los populismos enfrentados

El fracaso de la izquierda radical suele producir una reacción casi mecánica: el auge de populismos de signo contrario. Muchos ciudadanos, cansados de promesas incumplidas y discursos victimistas, buscan respuestas rápidas en líderes que se presentan como salvadores nacionales. Un populismo suele engendrar otro populismo.

Desde una perspectiva joseantoniana, esa alternativa tampoco puede contemplarse sin reservas. La defensa de la nación, de la libertad o de la tradición pierde fuerza cuando se reduce a consignas simplistas o a enfrentamientos estériles. Frente a los excesos de la izquierda revolucionaria, la respuesta no debería ser una mera inversión de los mismos métodos, sino la recuperación de un proyecto político asentado en el servicio al bien común y en la unidad de destino de los pueblos.


La Hispanidad como horizonte compartido

La verdadera cuestión de fondo es que las repúblicas surgidas de la fragmentación del mundo hispánico afrontan hoy enormes dificultades para competir en un entorno global cada vez más exigente. Separadas, muchas de ellas padecen debilidad económica, dependencia tecnológica y escasa influencia internacional. La división ha demostrado sus límites.

Quizá haya llegado el momento de volver la mirada hacia aquello que durante siglos mantuvo unidos a esos pueblos. No se trata de restaurar estructuras políticas desaparecidas, sino de recuperar una conciencia de comunidad histórica y cultural. La Hispanidad fue la primera gran globalización de la Edad Moderna y sigue siendo un inmenso espacio humano unido por una lengua, una tradición y una visión del mundo. En ella podría encontrarse una respuesta más fecunda que la ofrecida por los sucesivos populismos que hoy disputan el futuro de Iberoamérica.


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