Menores ante el vacío y la cultura de la muerte

El aumento de suicidios e intentos de suicidio entre niños y adolescentes revela una crisis profunda de valores, familia y educación que exige una reflexión urgente de toda la sociedad.

Juventud —y niñez— a la intemperie

Aún no se han apagado los ecos de la muerte por la eutanasia “legal” de aquella joven, que fue, en realidad, su segundo y ahora completado suicidio, pero esta vez coreado y aprobado, con bárbara unanimidad, por la “corrección política” y justificado por una parte de la sociedad abducida por esta, cuando encuentro en la prensa datos alarmantes sobre el deseo de morir en edades en que se debería precisamente pensar de forma esperanzada en la vida.

Así, me detuve en una pequeña crónica, a pie de página, escrita por la señora Celeste López (La Vanguardia de Barcelona, 9-IV-26), que recoge un informe de los expertos de la Fundación Anar de Madrid (anar, en catalán, significa ir), entidad que ha salvado la vida, el pasado año, a casi 6.500 niños y adolescentes con ideas y propósitos suicidas: «17,7 % menores al día, de los que el 3,8 % ya había iniciado su intento de suicidio»; dicha fundación ayudó a un total de 19.900 a través de su teléfono y su chat, «un 8,9 % más respecto al año anterior». Lo más grave, al parecer, es que, según dice la noticia, «desde las pantallas encuentran a personas (¿influencers?) que animan al suicidio y explican métodos para ejercerlo».

Diversas estadísticas fiables coinciden en un aumento progresivo de suicidios, hayan quedado o no en conatos, en edades tempranas.


Más allá del acoso escola

Me ha venido a la memoria un hecho ya lejano, cuando, como tutor de un grupo de Bachillerato, tuve que actuar con premura para evitar un suicidio (o, por lo menos, intento, quizás para llamar la atención) de una alumna de mi grupo; en esa ocasión, tuve que acudir a mis parvos conocimientos de cursos de sanidad y socorrismo campamentales y a una buena dosis de psicología de la adolescencia…, pero el susto no me lo quitó nadie.

Algunos medios, especialmente televisivos, se limitan a concretar ese deseo de morir a casos de bullying escolar y suelen reflejar que los familiares echan las culpas a los equipos de dirección y a los docentes por no haber detectado antes el problema; puede ser así en algunos casos, pero el argumento resulta insuficiente a todas luces.

El fondo de la cuestión habrá que buscarlo en causas de mayor peso; en primer lugar, la carencia de una verdadera formación en valores. Empecemos, al llegar a este punto, por aquellos valores que inciden en una dimensión trascendente de la vida, esto es, sin tapujos, en la religión, que nos recuerda que la vida es un don de Dios y que no es lícito arrebatarla por decisión propia. La secularización progresiva de la sociedad, que ha llevado al laicismo en un doble sentido —ignorancia e indiferencia ante cualquier referencia religiosa y, en concreto, ante lo cristiano—, viejos tópicos han ido resurgiendo en muchas capas sociales, acompañados, algunas veces, por el silencio de quienes tendrían que alzar su voz, fuera o no fuera del agrado general.


Familia debilitada y escuela desarmada

Además de esta desafección religiosa, habrá que ahondar en otras muchas causas y campos, como son el sociológico, el político y el educativo en general. La crisis de la institución de la familia —enemiga señalada, junto a la Iglesia, por Gramsci— se halla en el centro del problema; el relativismo sobre el amor (reducido a puro sentimiento con fecha de caducidad) ha hecho mella en los fundamentos de la familia, sometida además a la falta de protección como institución básica de la sociedad, tanto en lo social y económico como en su consideración y valoración.

En estos aspectos, se oscila entre la despreocupación y cierto abandono de las exigencias parentales y la sobreprotección a la niñez, que va creciendo en menoscabo de la virtud de la resiliencia, esa que permite hacer frente a las inevitables adversidades de la vida, pequeñas o grandes; muchos niños y adolescentes van creciendo entre algodones, y son numerosas las intervenciones de los adultos ante el profesor que ha osado reñir, castigar o suspender al menor escolarizado.

Por parte del ámbito escolar, a veces encontramos una sobrevaloración de la virtud de la “tolerancia”, expuesta ad nauseam como bálsamo de Fierabrás ante determinados casos; al mismo tiempo, el educador está desprovisto de autoridad y considerado como simple “colega” de los alumnos, mientras se le exige una vigilancia y una prevención de situaciones conflictivas que roza lo policíaco. Recientemente, en Cataluña, ha despertado cierto escándalo la propuesta de situar en los centros educativos a Mossos d’Esquadra (como en la película Poli de guardería), que ha sido contestada socialmente, como no podía ser menos.


Pantallas, desorientación y prevención

No olvidemos un dato que menciona el informe mencionado de la Fundación Anar: el acceso de niños y jóvenes a las pantallas de sus móviles, con posibilidad de que la pornografía y la violencia irracional irrumpan en sus mentes, distorsionando así sus perspectivas sobre el respeto al otro, sobre el sexo y, en general, sobre las relaciones sociales; señala el informe que «la Inteligencia Artificial se está convirtiendo en una guía nefasta y maligna para los menores».

Es evidente que desde los poderes públicos se persiguen aquellos casos flagrantes que puedan provocar críticas de la sociedad, pero suele faltar la tarea principal: la prevención, que pasa, como casi todo, por un redescubrimiento de valores, creencias e ideas y una revalorización del concepto de Educación en todos los niveles, y no solo en las aulas escolares.


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