Actualidad del lavatorio de manos en nuestro tiempo

La figura de Poncio Pilato, evocada en Semana Santa, sigue ofreciendo claves para entender actitudes muy presentes hoy: relativismo, cobardía política y evasión de responsabilidades ante la verdad y la justicia.

Las lecturas de estos días de Semana Santa nos llevan a reflexionar sobre su sentido profundo en especial, pero, querámoslo o no, es inevitable que también derivemos nuestra mente hacia aspectos humanos, que, sin omitir lo sagrado, nos impulsan a mirar a nuestro alrededor y a la actualidad.

Pilato como símbolo de actitudes permanentes

Siempre he considerado que la figura de Poncio Pilato representa una serie de actitudes que siguen presentes en nuestros días. Poco nos dice la historia sobre este personaje, crucial en los Evangelios; como siempre, las opiniones son variadas: Filón de Alejandría se caracterizaba por sus corruptelas y robos, por sus violencias y sus brutalidades; otros autores son más comedidos, y lo poco que sabemos es que fue destituido por su inmediato superior Vitelio, el gobernador de Siria; otras fuentes aseguran que regresó a Roma temiendo ser encausado por conspirar contra el propio emperador, pero todo queda en una nebulosa, a excepción de su protagonismo en los Evangelios.

De acuerdo con estos, siempre he considerado —personalmente— que Pilato fue uno de los primeros en sentar cátedra de “demócrata”, dicho sea en el peor sentido que hoy puede adquirir esta palabra y no en su significación justa de procurar la participación de la sociedad en las tareas del Estado, que es a lo que aspiramos casi todos. Veamos algunos rasgos que apoyan esta opinión tan subjetiva.

El relativismo como coartada del poder

En primer lugar, en los textos evangélicos, aparece como un adalid del relativismo (¿Qué es la verdad?), lo que muestra su talante de político al uso, incapaz de vislumbrar las categorías permanentes de razón y, por supuesto, la Verdad absoluta, la que representaba el acusado que tenía ante él; y ello sin atender la voz de su esposa, que no dudaba en calificar de justo al reo.

Sin apartarnos de la letra de las Escrituras, observamos que somete su decisión, no a su criterio de gobernante, sino a lo que opine una mayoría manipulada por la demagogia de los fariseos de entonces, y prefiere, sin debate ni juicio previo, dar la libertad a un delincuente confeso.

Previamente, había pretendido eludir su responsabilidad por motivos políticos, al enviar a Jesús a Herodes, que se lo devolvió al no haber satisfecho su curiosidad frívola de presenciar un prodigio; su motivación más profunda es el miedo a perder el favor de Tiberio, el emperador, pues se asusta ante las palabras envenenadas de los jefes judíos (Si sueltas a este hombre, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey va en contra del César); la cobardía es, pues, su leit motiv para practicar la injusticia.

También se manifiesta este miedo en la sospecha de que, al oponerse a la plebe manipulada, se produzcan alborotos que deba reprimir; aunque Roma esté lejana, las noticias de su falta de tacto pueden repercutir en su carrera política, pues ya había suficientes antecedentes de baños de sangre por su posible rapacidad en su gobierno.

Lavarse las manos: la evasión de la responsabilidad

El gesto de lavarse las manos en público y pretender eludir su responsabilidad «en la sangre de este hombre»​ es significativo de su nulo sentido del deber y de la justicia; evidentemente, el gentío ve con complacencia este ademán demagógico y responde complacido «caiga esta sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos». La única sensación de firmeza se advierte en su respuesta a los jefes del Sanedrín cuando van a protestar por el texto del cartel sobre la cruz: «lo escrito escrito está»; en esa respuesta parece recobrar sus prerrogativas de gobernante, pero ya de forma completamente inútil, pues su poder no ha sido respaldado nunca por la Auctoritas otorgada por Roma, que solo ha servido para ordenar a los soldados que ejecuten la ignominia y la ilegalidad de crucificar a un inocente.

Contrasta con la postrera actitud del centurión y de algunos soldados que, al expirar el Crucificado y ante los signos que acompañan esta muerte confiesan «verdaderamente, este era el Hijo de Dios»; el único gesto —llamémoslo humano— es conceder otorgar el cadáver a José de Arimatea para que sea enterrado dignamente.

Vigencia actual de las conductas descritas

Todo ello no trata en absoluto de hacer una lectura política de los hechos acaecidos en Jerusalén hace veinte siglos; a muchos nos basta con la certeza de que la Resurrección del que había sido ejecutado, por acción de unos y omisión de responsabilidad de Pilato, es el pilar definitivo de nuestra Fe y, por supuesto, primicia de nuestra propia resurrección. No obstante, podemos observar que las conductas ante aquel momento crucial no han cambiado, en lo fundamental, en nuestros días, pues el ser humano mantiene unos rasgos permanentes, equivalentes a los descritos.

¿No es acaso reflejo de aquella tentación que describe simbólicamente el GénesisSeréis como dioses») las bioideologías del posthumanismo y del transhumanismo actuales? ¿No se ven a diario actitudes de demagogia, de cobardía, de supeditación de intereses públicos a los personales, de sumisiones abyectas al Poder, de falta de responsabilidad? Y, sobre todo, de la presencia dominante de ese relativismo que es incapaz de llegar a percibir las verdades y, especialmente, la Verdad representada y predicada por Jesús de Nazareth, cuya muerte y resurrección hemos conmemorado en estos días.